HISTORIAS EJEMPLARES DE LA HISTORIA

Carlos V vs. Francisco I. Érase una vez un hombre sin honor

Durante el siglo XVI se desarrolló un episodio más de los muchos que enfrentarían a Francia y España. Francisco I -rey francés a la sazón-, de

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Carlos V vs. Francisco I. Érase una vez un hombre sin honor
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    Durante el siglo XVI se desarrolló un episodio más de los muchos que enfrentarían a Francia y España. Francisco I -rey francés a la sazón-, de entre varias, reunía dos características muy particulares; una, que era acusadamente atildado y la otra que tenía una voz atiplada poco acorde con el cargo que detentaba. Lo importante es que fue un gran rey, en un pequeño reino que ya había superado una larga secuencia de disputas internas y que finalmente había conseguido una estabilidad razonable para consolidarse como nación.

    Ocurría que las paredes de este pequeño gran dominio colisionaban con un orden superior. Este orden superior estaba representado por un inteligente y austero emperador en cuyas posesiones nunca se ponía el sol. Era tal la superficie de sus territorios y el número de súbditos, que a lo largo de la historia oficial, solo el volátil y breve imperio del Gran Alejandro Magno y el Imperio Romano de Occidente pudieran admitir comparación por su entidad e importancia.

    La larga trayectoria de seculares conflictos que asolaban a Europa desde “in illo tempore” se reveló en su máxima intensidad cuando estas dos fuerzas de la naturaleza se encontraron.

    Muy dado a la pompa real, de porte esbelto, de mirar melancólico y perdido, el soñador rey galo quiso llevar a su reino a un lugar en el escenario internacional, al que Francia tardaría todavía más de doscientos años en llegar. Fue un emblemático monarca que ejerció un sabio mecenazgo en un tiempo en el que el conocimiento pudo zafarse momentáneamente de la aherrojante presión del oscurantismo.

    A la edad de 20 años y con un ego sobredimensionado, este rey de pómulos nacarados y de finas vestimentas accedió al siempre elegante y sibilino poder de Francia. Este hombre que pugnaba por la hegemonía de la vieja Europa encontró en su hierático oponente español la horma de su zapato.

    Era España entonces un estado hondamente impregnado por los densos vientos de la religión.

    Mientras que entre ambas testas coronadas se producían algunas “fraternales” escaramuzas, los turcos atronaban con los cascos de su caballería la campiña húngara y las murallas de Viena empezaron a parecer más bien de cartón piedra.

    Inglaterra no tiene amigos, sólo interesesPero ocurrió un imprevisto. Tras la muerte de Maximiliano, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y a su vez abuelo de Carlos V, quedaría el trono vacante, por lo que el rey de Francia intentó poner en valor sus débiles opciones sobre el trono. El emperador español también reclamaría sus legítimos derechos por lo que entraron en un litigio de consecuencias incontrolables. Entre tanto, el hábil apostante Enrique VIII daba una de cal y otra de arena a conveniencia. Ora tocaba la fibra de los españoles, ora la de los franceses. Como diría cuatro siglos después Winston Churchill en un arrebato inusual de sinceridad muy alejado del proverbial cinismo "marca de la casa" tan peculiar en los británicos, "Inglaterra no tiene amigos, solo intereses".

    Por aquel tiempo los Fugger –poderosos banqueros alemanes- tenían claro que el devenir del negocio pasaba por el beneficio de los futuribles españoles que a buen ritmo afluían a la península desde América. Además, por entonces, España hacia política con mayúsculas y algunos desatinos –como el embrollo de Flandes– quedaban eclipsados por su brillante cuerpo diplomático y su bien engrasada maquinaria de espionaje.

    Para 1521, el frívolo rey francés –que no era manco en el arte de lo militar– y que además era un devoto seguidor de Maquiavelo, había decidido enzarzarse con los españoles en una larga guerra que asolaría buena parte de Europa durante más de veintiséis años.

    Ya puestos en faena y a las primeras de cambio, los franceses recibieron un correctivo espectacular en la batalla de Bicoca. Pero eso no fue todo.

    Malas decisiones y sangrientas batallas

    En el primer invierno del año 1525, el rey galo que había atravesado previamente los Alpes para invadir el Milanesado, pilló desprevenidos a los españoles que apresuradamente tuvieron que atrincherarse en la ciudad de Pavía. Cerca de seis mil hombres padecieron un sitio extremadamente duro mientras el incesante bombardeo de la implacable artillería francesa no remitía. Ciertamente era un ejercicio de tiro al blanco, pero muy real .

    Finalmente llegaron los refuerzos en un momento providencial pues el hambre y las enfermedades estaban haciendo estragos entre los sitiados.

    Ocurrió entonces que el valeroso rey francés tomó una desatinada decisión desoyendo a sus generales. Dado que le gustaba combatir en primera línea, arriesgó más allá de lo razonable.

    En medio del embrollo que se desarrolló aquel día, Francia perdería en un terrible cuerpo a cuerpo más de ocho mil hombres de probado valor, a dos de sus mejores estrategas (Bonnivet y Tremoille) y por supuesto a su rey. Infausto momento para la orgullosa historia del país galo.

    En el apogeo de aquella locura desatada y en medio de la carnicería, un desconocido y anónimo arcabucero español con firme pulso y mejor fortuna, le atinó un pepinazo al caballo del rey en pleno galope. Mala suerte para el equino, pero peor fue la de su amo.

    Es probable que la larga estancia a la que fue sometido le causase una severa depresiónJuan de Urbieta fue el vasco que le puso el estoque al cuello al ilustre monarca. Habida cuenta de que el epicentro de la batalla se hacía cada vez más virulento y con objeto de retener a tan valiosa presa a buen recaudo, acudieron en socorro del primero, el oficial granadino Diego Dávila y un alférez llamado Pita da Veiga.

    El caso es que después de este tremendo varapalo, el egregio personaje fue conducido a Madrid a pasar una larga temporada a la recién habilitada "ad hoc", Torre de los Lujanes. Es harto probable que la larga estancia a la que fue sometido por el rey español (casi un año) fuera la causa de la severa depresión en la que cayó. Nada demuestra que fuera tratado de forma inadecuada y es notorio que se le dispensó la máxima cortesía posible, aunque dado el tren de vida de la primera espada de Francia, puede que la hospitalidad del emperador español no se ajustara a las demandas de tan insigne mandatario.

    "Donde dije digo, digo guerra"

    Y así con estos mimbres, se llegó al Tratado de Madrid. Quizás ahíto de tanto cordero y mazapán y al límite de sus resistencia sicológica firmó con las dos manos. Una de las condiciones "sine qua non", era que sus dos hijos avalaran su palabra; para lo cual se les hizo traer a “uña de caballo” desde Poitiers. Sospechaba el emperador de las verdaderas intenciones del malandrín. La exigencia genérica y el trasunto del tratado giraban en torno a un principio innegociable. Que Francia dejara de incordiar y aceptara el "statu quo".

    Tras jurar sobre los evangelios y empeñar su palabra de caballero, fue liberado y en cruzando los Pirineos y a una escasa legua de ellos le entró un súbito ataque de amnesia más que sospechoso. El caso es que donde dijo digo, dijo guerra. Total, un error tipográfico.

    El avanzado pensamiento erasmista que presidia el espíritu del emperador montó en cólera ante tamaña afrenta.

    Aquella masacre en la que el felón rey francés había puesto el acento no pasó desapercibida a la cristiandadEl francés creó la Liga Clementina con el ubicuo y “alternativo” Enrique VIII, el Papa Clemente VII, La Serenísima Republica de Venecia que siempre jugaba en el casino geoestratégico a blanco o negro y, "¡Oh la lá! Rien va plus", al ínclito Soliman el Magnifico, convidado contra natura por el mismísimo vaticano y los reinos cristianos .

    El caso es que el turco ya con carta blanca y en un arrebato, entró por Hungría y no dejo títere con cabeza. A unos doscientos kilómetros de Budapest acabó con la vida de veinte mil hombres y su rey (Luis II, cuñado del emperador) en las llanuras de Mohács. Todos sabían de antemano que iban a morir.

    Aquella masacre en la que el felón rey francés había puesto el acento, no pasó desapercibida a la cristiandad. Viena estaba a tiro de piedra y era la siguiente. Muchas voces se levantaron en contra del traidor.

    A lo largo de su agitado reinado, Francisco I jamás respeto un solo tratado. Digno émulo de El Príncipe, gran valedor de artistas emergentes o consagrados (Leonardo murió en sus brazos), intrigante consumado, sosias de los Sforza, Borgia y Colonna, su palabra no tenía valor. Era un político de manual.

    El 31 de marzo de 1547 un súbito viento borraría sus huellas.

    Alma, Corazón, Vida
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