UN EPISODIO OCULTO

Las barraganas, las mujeres que pusieron al descubierto la hipocresía española

Es una palabra que destila desprecio, llegándose a asociarlas con la prostitución. Sin embargo, la barragana era una mujer legítima que vivía una especie de concubinato

Foto: Foto: iStock.
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"Todo el que alguna vez ha construido un nuevo cielo, encontró antes el poder para ello en su propio infierno".

–Friedrich Nietzsche

Es curioso cómo la hipocresía camufla sus ángulos simétricos y los convierte en geometría variable. Al fin y al cabo la moral tiene mucho de matemática sesgada o aleatoria por la cantidad de principios de incertidumbre que alberga –si cabe esta contradicción flagrante en una ciencia exacta–, según la aplique el afectado o el verdugo y según que casos.

Los sinónimos de la palabra Barragana equiparan a la mujer con otros menos castos y de menor ralea en el elenco de alternativas que la estadística de las necesidades de cada ser humano –y la mujer es parte de ese par, conjunto binario o unidad a secas cuando se produce la simbiosis adecuada–, que se ha dado en llamar tal que así como “amante”, “concubina“,” manceba”, “querida” y otros palabros o zarandajas semánticas que habitualmente hacen referencia a féminas que mantienen relaciones estables que suponen un componente obvio de carácter sexual que prima sobre ese principio de amor debido como base de la relación humana y por ende, de la que debería de presidir el nexo entre hombre y mujer; sin por ello haber contraído indispensable y necesariamente una relación jurídica aprobada por la ley.

Deriva de la latina “barragán”, que significaba “hombre libre” o “compañero”

Frecuentemente, es una palabra que destila desprecio, llegándose a asociarla con la de una mera prostituta, mantenida o secundaria. Sin embargo, la barragana era culturalmente una mujer legítima que vivía una especie de concubinato aceptado socialmente y mucho más, si lo era en los virreinatos de América o como “ama de llaves “o “cocinera “de los tonsurados cuando no se dedicaban a actividades de menor estatura.

La palabra “barragana” deriva de la latina “barragán”, una forma de latín tardío asimilado con el tiempo al godo y a algunas lenguas romances en particular. En puridad, un Barragán, era un “hombre libre” o un “compañero”, y la Barragana era la amante que compartía techo, suelo, cama y colchón y otros sitios donde darse un revolcón. Esto ocurría en el hogar de un hombre con el que se supone estaría amancebada, pero al mismo tiempo también era una mujer legítima que no podía disfrutar de los mismos derechos civiles que las que habían contraído matrimonio legal; esto es, una relación saludable para el cuerpo serrano del beneficiario, que derivaba en una reducción de la palabra amar en lo relativo a plan con derecho a roce o fricción horizontal de tipo “low cost”.

En la España anterior

Desde in illo tempore, las barraganas serian toleradas entre los Papas. El aragonés Alejandro VI –siglo XV- se calcula que tuvo más de cien amantes y la mitad de hijos naturales (que conste que Cristo se conformó con María de Betania y María Magdalena), además de yacer con su hija Lucrecia y los tres hijos de que le proporcionó la “oficial” Vanozza Catanei - un máquina el representante de Dios en la tierra, todo hay que decirlo-. Los capelos cardenalicios, a los que la anacrónica tradición cultural católica no permitía contraer matrimonio- ya que podrían distraerse de sus obligaciones litúrgicas-estaban en la misma frecuencia horizontal y no hablemos para no abundar demasiado en el tema, de las mujeres multiuso que igual valían para un roto que para un descosido, y que lo mismo te quitaban el polvo de los retablos al igual que lo restablecían si era menester.

La clave estaba en que el lazo con esta suerte de mujeres comodín no era indisoluble y se las podía dejar para vestir santos si así lo requería el varón por repudio u otras razones de lo más espurias.

El Papa Alejandro VI, retratado por Cristofano dell'Altissimo.
El Papa Alejandro VI, retratado por Cristofano dell'Altissimo.

Según las costumbres que rigieron a través de los Fueros Antiguos en España hasta recién entrado el siglo XVIII, las leyes contemplaban, ya fueran “autorizados” o “tolerados”, tres opciones de emparejamiento como honorables o al menos, con el buen visto de la omnipresente Iglesia Católica que en muchos casos miraban al lado contrario donde ocurrían las cosas siempre y cuando hubiera una generosa dadiva por parte de los desviacionistas.

El matrimonio común era sin duda el que contaba las bendiciones vaticanas y los derechos civiles lo amparaban. Existía un segundo matrimonio conocido como “a iuras” o basado en un juramento; también legítimo y más extendido en Aragón y sobre todo en los medios rurales, en los cuales las carencias para las festicholas o grandes ceremonias brillaban por su ausencia por factores económicos sin duda, la diferencia estaba basada en que se solía hacer en secreto y con contados testigos o ninguno. Normalmente, este último modus operandi permanecía en el anonimato pero solía comportar los mismos derechos y obligaciones. El tercero era la pura “barraganía” en su esencia y era muy practicado en aquellos lares donde la sacrosanta mano de la Iglesia no alcanzaba por ausencia de tonsurados, lejanía de los mismos o porque no quedaba otra, como era el caso de muchos lugares donde la cosa de evangelizar tenía sus dificultades por lo inaccesible de la orografía o porque directamente no compensaba porque no había “caja” de por medio.

La barragana y sus hijos solían heredar la mitad de los bienes gananciales, y el resto pasaba a manos de los familiares más próximos o a la Iglesia

En este caso el enlace más frecuente era el de un hombre soltero, independientemente de que fuera clérigo (que eso de llevar sotana favorece los pecados amparados por el ocultismo del hábito) o también de los legos con mujeres solteras. A esta mujer se la llamaba barragana para crear una clara distinción en relación con las otras dos figuras matrimoniales.

En lo tocante a los derechos de las interesadas en este capítulo tan peculiar de nuestra España anterior, la barragania, implicaba un contrato de permanencia y fidelidad o de amistad y compañía. Los hombres estaban obligados con las barraganas por una serie de leyes que recogían los compromisos a los que se tenían que atener estos y que giraban en torno a los derechos de asistencia y mantenimiento de la prole común y de las madres incluyendo la herencia de la que pudieran beneficiarse. Los hombres casados tenían taxativamente prohibido tener una barragana, pero los solteros no.

Durante la alta y baja Edad Media, convivir en barraganía suponía una protección civil para la mujer e hijos considerando “derecho de alimentos” muy cercano a nuestra actual pensión alimenticia, derecho este, que corría a cargo de la herencia del fallecido. En general y prácticamente sin salvedades, la barragana y sus hijos solían heredar la mitad de los bienes gananciales, y el resto, o pasaba a manos de los familiares más próximos, o iba directamente a parar a la Iglesia.

La lucha de la Iglesia

En los fueros castellanos, en el caso de que se tomara como barragana a una viuda o a cualquier otra mujer libre -siempre de probada honestidad-, debía hacerse ante testigos ya que si no se hacía así podía ser interpretada como esposa legítima o en su defecto, como relación clandestina que podría afectar el buen nombre de la mujer.

En el tiempo de Alfonso X el sabio, en el “Libro de las Leyes”, con la idea de obtener cierta uniformidad jurídica en los territorios del reino, la figura de la barragana debería de tener unos requisitos que se resumían en el caso de ellos; en no estar casado, no tener más de una barragana y no ser parientes. En el caso de ellas, ser mayor de doce años, estar libre de relación sentimental probada o de aproximación autorizada por los progenitores o tutores en su defecto, ser sierva y como añadido, no se hacía indispensable el ser virgen.

Aunque curiosamente la autocomplaciente iglesia lucharía contra la barragania denodadamente, la legislación civil vería en ella una figura útil al entender que el hombre que estaba unido a una sola mujer permitía verificar y reconocer quienes eran sus hijos.

Estatua de Alfonso X junto al Castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María. (CC/Emilio J. Rodríguez Posada)
Estatua de Alfonso X junto al Castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María. (CC/Emilio J. Rodríguez Posada)

Amanecido el siglo XIII, la Iglesia recrudeció su lucha contra dicha barraganía vinculada al clero sin conseguir avances notables. Se amenazó a este colectivo con penas de excomunión, pero el éxito fue más que dudoso pues la carne es la carne y lo que ya era un hecho secular consumado, hasta bien entrados los siglos XV y XVI seguiría inamovible como costumbre, y me atrevería a decir que no ha cambiado mucho y sí incorporado algunas otras alternativas bastante cuestionables siempre desde la perspectiva de los valores que se predican. No nos compete desde aquí juzgar a los que con frecuencia y autoridad moral discutible se erigen en jueces de las costumbres, siendo siempre ellos los primeros infractores, pero a título de opinión, entiendo que es un tema que se resolvería –el de la barragania clerical–, en un capitulo pendiente de una de las tantas reformas necesarias de la iglesia de Roma, en la que los protestantes nos miran por el retrovisor.

En el caso de la nobleza se prohibía a esta tener relaciones con mujeres cuya procedencia social proviniera del ejercicio de profesiones viles tales como taberneras, siervas, vendedoras de mercadillos, etc. no fuera a ser que la sangre azul se contaminara.

En la ciudad de Soria, a raíz de las bodas del rey don Juan I con doña Leonor, infanta de Aragón hacia mayo de 1375 que durarían más de un mes, se acabaría regulando el oficio de barragana, ya que estas mujeres habían logrado imponer por derecho consuetudinario y carta de naturaleza el ser reconocidas de hecho por las autoridades, habida cuenta de la proliferación a la que se había llegado.

El amancebamiento de las mujeres con los clérigos daría origen a los elocuentes apellidos tales como De la Iglesia, Del Cura y similares

En 1380, la proverbial libido de los clérigos hispanos chocó de frente con el concepto de justicia del rey castellano, pues este se plantó. Debía de responder a las numerosas demandas de los súbditos que chocaban con los usos consuetudinarios de tal forma que se empeñó el monarca en regular el oficio de las barraganas, tan extendido entre los miembros del clero pues para el pueblo llano era un escándalo el tema concerniente a los derechos sucesorios de los hijos producto de la barraganía, provocando una ingente cantidad de pleitos entre los que se consideraban "legítimos herederos" o "herederos de derecho", teniendo en cuenta que no había matrimonio de por medio.

Una ley que levantó ampollas

El hábito –nunca mejor dicho–, de la barraganía, o el amancebamiento de las mujeres con los clérigos, daría origen a los elocuentes apellidos tales como De la Iglesia, Del Cura y similares con nombres del santoral a tutiplén, de tal manera que así se eludía el apellido paterno. Pero la testa coronada se volvería a estrellar como otras tantas veces a través de la historia, con aquel muro pétreo que dicen fundó un tal San Pedro.

La famosa Ley de Soria aprobada en las Cortes Generales de 1380 causó un revuelo que levantó muchas ampollas, sus ecos se hicieron notar hasta en el propio Vaticano, pues afectaba casi en su totalidad a cardenales, abades, obispos y clérigos de toda condición, todos ellos muy lejos de la castidad que se les suponía debían de practicar. Eran la hipocresía encarnada que atentaba descaradamente contra los elevados principios que según esta casta religiosa que tan habitualmente se amparaba en la impunidad de su estatus; había sido divulgada por aquel profeta de referencia llamado Cristo.

La Celestina de Pablo Picasso.
La Celestina de Pablo Picasso.

Aquella ley emanada en 1380, venía a condenar la barraganía por tratarse de una grosera obscenidad, al exhibirse por un lado el ayuntamiento de mujeres con hombres de la Iglesia, que según la teoría vigente, los contenidos del dogma y siguiendo su propio discurso, se supone vivían en pecado además de engendrar el grave problema de fondo de los hijos por los conflictos que emanaban de intereses que chocaban frontalmente con el derecho de otros nobles o súbditos que aspiraban a los títulos y prebendas que les correspondían conforme al derecho civil de la época.

A la postre, la buena intención de esta ley, era de muy dudosa eficacia práctica, y si no, a las pruebas me remito; pues basta con leerse 'La Celestina' o 'La Lozana Andaluza', para ver que esto de la barraganía, tenía un fuerte componente de inclinación natural entre mujeres y clérigos –quizás por la seguridad que los cargos eclesiales aquilataban en su ostentación y realidad cotidiana–, algo que en suma, tenía difícil arreglo.

Poco ha cambiado el tema, pues en lo subyacente todo sigue igual; eso sí, ahora los escándalos llevan la sordina puesta. Más de lo mismo pero con otro maquillaje.

Alma, Corazón, Vida

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