LAS CAMARERAS CUENTAN SU DÍA A DÍA

“La máxima es salir, pillar con la camarera y si no puedes, que las copas salgan gratis”

Varias camareras españolas, de restaurantes de menú del día a discotecas selectas, nos explican qué es lo peor que han tenido que aguantar mientras hacían su trabajo

Foto: Las bromas son comunes en el trabajo diario. (iStock)
Las bromas son comunes en el trabajo diario. (iStock)

La hostelería no solo ha sido durante décadas un sector clave para la economía española, sino que además se trata de uno de los que más crecimiento han experimentado en los últimos años, de mano con la explosión del turismo. Es también un entorno, el de los bares, restaurantes y pubs nocturnos, en el que las mujeres tienen una gran presencia. Un ambiente en el que, por sus particularidades –desde el consumo de alcohol hasta los horarios nocturnos–, provoca que estén particularmente expuestas al machismo, la mala educación y los abusos.

“En el momento en que hay cualquier clase de intercambio con una mujer, se piensan que es parte del producto”, sintetiza Raquel, que ha trabajado en toda clase de bares, desde garitos para universitarios hasta coctelerías para la clase alta barcelonesa en barrios como Pedralbes. Hemos hablado con tres mujeres que han trabajado en restauración en distintos entornos españoles –de restaurantes de menú del día a grandes discotecas– para que nos expliquen todo aquello que tienen que aguantar en su día a día. No son solo actitudes que se considerarían incorrectas en cualquier ámbito, sino también gestos inconscientes que realizamos pensando que son aceptables… y no.

Ligar, tocar y abusar

“Está el típico que quiere ligar y que va a la barra y te dice '¿me das un beso?'”, explica Erica, que ha trabajado durante años en una discoteca cercana a la Gran Vía madrileña, de las pocas que abren hasta las seis de la mañana. Todas ellas refieren historias de acercamientos por parte de los clientes, a veces físicos. Es lo que Raquel llama “el toque de codo”. Es esa forma de agarrar a la camarera para llamar su atención, “suavemente pero con lascivia” que ha sufrido muchas veces, y contra el cual poco se puede hacer. O, peor aún, la costumbre de algunos hombres de agarrar a la camarera por el cuello cuando están pidiendo una copa para acercar su oreja a su boca.

Si te ven que eres de un nivel cultural un poco más bajo, si te ven más accesible, es normal hasta que te pregunten cuánto cuestas

Erica recuerda una ocasión en la que estuvo a punto de llegar a las manos. Mientras hacía un descanso para fumar un cigarro, un cliente al que llevaba atendiendo toda la noche le acorraló e hizo un amago de besarla. Ella se libró de él empujándole, y la respuesta fue “eres una creída que va de guapa, que era broma”. Aunque podría parecer que esto ocurre solo en la noche, no es así. Cristina, cuya familia ha tenido durante años un restaurante en el centro de una capital de provincias, explica que “hay mucho machismo”. “A mí no me pasaba tanto porque era la hija del jefe, pero lo de '¿quedamos cuando salgas?' es muy típico”, explica. Como añade Raquel, no es tan raro que haya “comidas de empresa que terminan siendo muy turbias”.

La camarera, ese ser inferior

Aquí entra en juego otro factor más, el clasismo. “Si te ven que eres de un nivel cultural un poco más bajo, si pareces más accesible, es normal hasta que te pregunten cuánto cuestas”, recuerda Cristina. Raquel coincide, y añade el caso de una compañera inmigrante que provenía del este, madre a los 22 años. “Si eres chica y extranjera, parece que lo de que puedes hacer algo más va implícito; si eres española no”, lamenta. “En cuanto te llaman y te das la vuelta para hacerles caso, ya se han montado su peli porno en la cabeza”.

'¿Nos invitas a una ronda? Que te hemos hecho mucho gasto, venga'. (iStock)
'¿Nos invitas a una ronda? Que te hemos hecho mucho gasto, venga'. (iStock)

Muchos clientes, coinciden las trabajadoras, muestran su clasismo en sus interacciones. “Piensa que si él tiene el dinero y paga, estás a su disposición y eres su sirvienta y su mayordomo, cuando en realidad eres una persona igual que la que está sentada en la mesa”, explica Cristina. A Erika, en una ocasión, le dijeron “da gracias de que sepas sumar”. “Se piensan que por estar trabajando en una barra eres inferior a ellos y que estás ahí porque no sabes hacer otra cosa”, añade.

Y si no ligas, que te salgan las copas gratis

Si el plan número uno de entablar conversación con la camarera no sale, siempre queda otra alternativa, que es intentar que la jugada te salga barata. “Te piden que les invites como si se diera por sentado que tienes que hacerlo”, recuerda Cristina. “El camarero no suele tener en su mano invitar al cliente, si te pone un chupito se está buscando un problema”. Aunque no sea una invitación, también vale con una rebaja. “Lo quieren todo bueno, bonito y barato, pero sobre todo barato. Es normal que te regateen con un menú, en plan 'quiero chuletas de cordero lechal, pero a 15 euros'”.

“La máxima es salir, pillar y que te inviten a una copa”, recuerda Raquel. “Si no puedes ligarte a la camarera, por lo menos que te salga gratis”. No obstante, considera que han sido muchos establecimientos los que han malacostumbrado al cliente con promociones o invitaciones. “El cliente aprende lo que le enseñamos. Le damos vales de 2x1, pones chupitos… Lo hemos hecho nosotros primero”.

Es habitual que los clientes insulten al darse la vuelta si no has invitado a algo. “Se piensan que porque hay música no los voy a oír”


Además de los clientes anónimos que “se toman dos rondas de cañas y te piden que le invites porque se piensan que el negocio sale adelante por ellos”, como explica Erica, hay otra peligrosa estirpe: los conocidos jetas. “Esa gente que mira para otro lado cuando te la encuentras por la calle y que se convierte en tu colega cuando te ve tras la barra”. Algo habitual es que estos esperen a que termines de atender, aunque el resto de camarero estén libres, para ver si cae algo. “Y cuando les das las vueltas, te miran raro”, recuerda Erica. Una estrategia relativamente habitual es hacerse pasar por el dueño de otro bar para pedir una invitación.

Borrachos pesados y farloperos ansiosos

Trabajar en un restaurante o un bar no solo te hace estar expuesto a “100 animales hambrientos esperando a ser alimentados”, sino también a una fauna con fácil acceso al alcohol (y, quizá, otras sustancias). Erica tiene claro que lo peor de su trabajo es “tener que poner copas a los farloperos”. Entre otras cosas, por su costumbre de utilizar para pagar los mismos billetes que acaban de emplear para esnifar. Sin embargo, Raquel los prefiere a los borrachos. “Como mucho, están tensos, quieren el cambio rápido y ya está. El borracho no, es peor porque quiere interactuar”.

La embriaguez saca lo peor de los clientes, coinciden todas. “Aprendes a lidiar con ellos”, admite Cristina. “Llevas tantas horas que, aunque a veces te equivocas, sabes a quién vas a tener que terminar echando. Eso te ayuda a detectar al que es mejor invitarle a que se vaya al principio que tener que terminar llamando a la poli”. El alcohol y las drogas hacen que los clientes se tomen licencias que no se deben tomar. “No tienes por qué tocarme, no tienes por qué reírte de mí, no tienes por qué insultarme”, recuerda Erica, que a menudo pilla a los clientes insultándola en cuanto se dan la vuelta. “Se piensan que porque hay música no los oigo”.

Terraza de un restaurante sevillano. (Reuters/Marcelo del Pozo)
Terraza de un restaurante sevillano. (Reuters/Marcelo del Pozo)

Los timos cotidianos

Un truco típico, recuerda Erica, es el de intentar hacer el lío con el cambio. Eso o “que se piensen que soy tan imbécil que me puedan colar billetes falsos”. Otra estrategia habitual es la de chantajear al camarero con una mala crítica en aplicaciones como TripAdvisor, o amenazando con hablar con el jefe. A menudo, se regatea el tamaño de las raciones o la cantidad de alcohol que se sirve en la copa. “Un cliente vino y pidió de chupito 'el más caro que tengas'”, recuerda Raquel. “Ya sabes que es uno de los que te van a dar la noche”. Dicho chupito salía de una botella de whisky de 180 euros, por lo que, como el resto de bebidas del local, debía echarlo con medidor. “Según lo echaba, ya estaba diciendo 'esa no es la medida, no tienes ni idea de esto'”.

¿Qué clase de cliente es peor?

Raquel lo tiene claro. Siguiendo la lógica del poder y el clasismo, cuanto más dinero tiene el cliente, más posibilidades hay de que se comporte de forma machista: “Es el tema de cliente poderoso frente a mujer que te sirve”. Además, si eres una camarera joven, la mayoría de problemas suelen surgir con los clientes de mayor edad. “Si es alguien de tu generación es una relación más de igual a igual, por lo menos cuando atendía en terraza”, recuerda. “Cuando añades edad y poder económico dan por hecho que tienen más poder que tú y cruzan la línea siempre”.

No hace falta que sean pijos, hay quien se cree que por ser auxiliar administrativo ya es mejor que tú por no estar poniendo copas

Erika no está totalmente de acuerdo. Aunque hay “algunos pijos que tienen sus prejuicios respecto a los obreritos”, reconoce que también hay otros muy educados. Como explica, también hay “curritos que vienen con las pintas de punki del Zara o que por ser auxiliar administrativo ya creen que son más que tú por no estar detrás de una barra”.

Decálogo complementario

Aquí añadimos otras fuentes de irritación:

¡Guapa!”, “¡niña!”, “¡chaval!”. No vale cualquier muletilla sexista o clasista para llamar la atención del camarero.

El cliente no tiene siempre la razón. En algunas ocasiones, los camareros cuentan con el apoyo de sus superiores; en otras, no, y el cliente aprovecha para cruzar límites que no deben traspasarse.

La camarera no es la tele. Erika explica que a menudo siente cómo los clientes fijan sus ojos en ella. “Como no hay fútbol, pues te miran a ti”.

Cuidado con los niños. “Un restaurante no es un parque, si se tropiezan podemos tener un problema”, recuerda Cristina.

El que intenta molar. Algo común en los garitos de la noche, en los que algunas intentan entablar conversación con los camareros recordando su juventud o explicando que les gusta mucho Extremoduro, aunque la música del bar no tenga nada que ver.

No insistas. “Te hemos oído a la primera, pero a veces hay que esperar un poco”, explica Cristina.

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