Historia: Un acto de vileza sin paliativos: la cruel muerte de Pedro I
UNA MENTIRA FLAGRANTE

Un acto de vileza sin paliativos: la cruel muerte de Pedro I

Era un 22 de marzo del año 1369 y Enrique de Trastámara se llevaba por delante a su hermano en la Villa de Montiel ocupando de esta expeditiva manera el trono de Castilla

Foto: Retrato de 1857 de Pedro I en el Consistorio hispalense.
Retrato de 1857 de Pedro I en el Consistorio hispalense.

"Rezar es como una mecedora, te da algo que hacer pero no te lleva a ningún sitio".
Rose Lee

Con la mirada en apariencia extática y los ojos ya desconectados de su función biológica, alejados de lo que fue la existencia, abiertos pero inertes, perdidos en el alma de la muerte, palpando la oscura nada en los inextricables laberintos donde el caprichoso Caronte conduce a los que ya no son y solo circulan en la dirección de la eternidad, Pedro I de Castilla, había bajado el telón de su última y postrer función.

Minutos antes, los traidores allegados a los Trastámara lo habían conducido con buenas maneras pero peores intenciones hacia un callejón sin salida donde una daga aviesa le había seccionado la carótida sin más preámbulos. Todo había sido muy rápido e inesperado, se suponía una negociación, pero la crueldad de los mercenarios a las órdenes de Bertrand du Guesclin era legendaria. El rey castellano daba por supuesto que se iban a respetar las formalidades mínimas pero lo cierto es que no había tomado las precauciones necesarias para evitar tan mayúscula sorpresa. Esa confianza, le costaría la vida y el reino.

Juego de tronos

Era un 22 de marzo del año 1369 y Enrique de Trastámara, en una vileza sin paliativos, se llevaba por delante a su hermano Pedro I en la Villa de Montiel ocupando de esta expeditiva manera el trono de Castilla. Dos enormes perros alanos de unos cuarenta kilos jugueteaban con las vísceras del caído ante la indiferencia de los concurrentes.

A la postre, fue una jugada que aportaría enormes réditos a la corona castellana. El prolífico semental que era el padre de Pedro y Enrique –hermanastros entre ellos–, Alfonso XI, dejaba estos lares tras el paso de la altiva guadaña de la peste negra que ya en aquellas fechas se había llevado a un tercio de la población europea dejando una desolación sin precedentes no solo por el impacto demográfico sino porque también, la guerra cabalgaba solapada a aquella terrible pandemia convirtiendo el escenario en algo dantesco.

Sus decisiones le pasarían factura años después ya que el resentimiento larvado de aquellos estirados aristócratas sería su sudario

Pedro I fue apodado por los vencedores y por la nobleza levantisca como El Cruel aunque más bien lo que fue en realidad era un rey expeditivo en sus actuaciones que no permitía a la subida nobleza los abusos indiscriminados sobre sus vasallos; por decirlo de alguna manera, era un rey del pueblo que se oponía a los poderes facticos con vehemencia y que sí, a veces, era bastante contundente.

Cuando convocó las Cortes de Valladolid tomaría decisiones que enervaron a los poderosos que se habían venido muy arriba. Esto obviamente, le pasaría factura años después pues el resentimiento larvado de aquellos estirados aristócratas sería su sudario. Durante su reinado se creó el germen de una virulenta guerra civil en la que al final se impuso el “bastardo” de la casa Trastámara.

Retrato de Enrique de Trastámara y su ladina mirada en 'La Virgen de Tobed', de Jaume Serra.
Retrato de Enrique de Trastámara y su ladina mirada en 'La Virgen de Tobed', de Jaume Serra.

Enrique de Trastámara era un gemelo de nombre Fadrique, y ambos a la vez eran hijos naturales de Alfonso XI y mayores que Pedro, pero su bastardía les restaba galones en la carrera por el trono. Sus privilegios nobiliarios, su envidia larvada mal asimilada de segundón y su matrimonio con la sobrina de Alfonso X el Sabio, le acercaban a los derechos al trono, por lo que se perfilaría como el principal aspirante a la corona castellana que detentaba Pedro I, con el agravante de que la nobleza castellana a la que había hecho un trabajo de esquilmado y poda de prebendas, decantaba sus intereses o simpatías por Enrique de Trastámara.

No obstante, Pedro I era un excelente militar con un agudo instinto cazador, arte en la que se habría criado cuando aún era portador de pañales y aunque algo mermado de seseras, supo mantenerse durante algún tiempo a salvo de las intrigas de aquella levantisca nobleza agraviada por tanto recorte de ínfulas. Pero su oponente Enrique, era más sagaz, astuto y un diplomático de mucha pegada. Su trío vertical –políticamente hablando– con Francia, Aragón y el Papa de Roma (residente forzoso en Aviñon), sería una alianza decisiva que al fin y a la postre decantarían la suerte de aquel conflicto en detrimento de Pedro I, inclinando el pulgar del destino hacia quien legítimamente era el propietario de la corona castellana.

Un problemón de calibre invaluable

Todo este enfrentamiento venía de largo. Las proezas de Alfonso XI en el tálamo eran notorias y habían hecho que de sus devaneos con la espectacular Leonor de Guzmán, una sevillana de aspecto portentoso, una diosa telúrica, una criatura de líneas perfectas que te podía enviar al paraíso con una mera mirada oblicua o un ligero pestañeo; más allá de los momentos estelares en la horizontalidad, le había proporcionado una prole para la que se hacía necesarios conocimientos matemáticos o como mínimo de contabilidad avanzada .Cuando el que fue gran rey Alfonso XI dejaba este extraño escenario a causa de la probablemente más terrible peste que la humanidad haya padecido, dejaba un hijo legítimo, sí; pero un problemón de un calibre invaluable. La herencia en réditos y expectativas de conquista eran las mismas que las de una buena crema a punto de soufflé.La ambición y la codicia abrazaron a aquel reino que llevaba algunos años gozando de un tranquilo trajinar por la historia.

Castilla se vestía de luto, de un luto de largo recorrido, y entre la peste y la guerra, el inmisericorde viento abductor del infierno se había puesto en marcha sin reparar en números convirtiendo el entero reino en un sudario inmenso.

A pesar de la ayuda inglesa y de la enorme y excepcional experiencia militar en la Guerra de los Cien Años, el Príncipe Negro (príncipe de Gales) o Eduardo de Woodstock, auxiliar de Pedro I y de fidelidad probada hacia el coronado, la batalla crucial de Nájera dejaría un sabor agridulce en sendos bandos buscando ambos el desquite que llegaría meses después.

Se enfrentan en un cuerpo a cuerpo mientras el francés zancadillea al rey castellano, que ya se había llevado una potente puñalada

En los campos de Montiel, el mermado ejército de Pedro recibe una advertencia seria y es puesto en fuga por los mercenarios franceses que apoyan al Trastámara. El monarca, quebrado por las deserciones y la fractura de una hueste encontrada por los intereses de sus amos, la nobleza local, se refugia en el inexpugnable Castillo de la Estrella. Cercado y valiente todavía, mide sus fuerzas y sabe que puede resistir un asedio, pero le sabe mal que digan de él que tuvo un momento de cobardía. Entonces, intenta pactar su huida, y su vasallo más fiel, Rodríguez de Sanabria, le traiciona en un pacto –según las crónicas de López de Ayala-, con el jefe militar del Trastámara, Bertrand du Guesclin, que simula un preacuerdo con flecos a negociar, y así, de esta guisa, quedan citados en la tienda del aspirante.

Allí, su hermanastro, bien plantado y seguro de sí mismo, le espera junto al fornido gigante francés, jefe de las Compañías Blancas, ejercito mercenario que lo mismo valía para un roto que para un descosido. Pedro alcanza la distancia de un brazo y es entonces cuando su hermanastro saca la daga mortal sin darle tiempo a desenvainar, pues el recorrido de la espada tiene un tiempo superior para salir limpio de la vaina. Se enfrentan en un cuerpo a cuerpo mientras el francés zancadillea al rey castellano, que ya se había llevado una potente puñalada. Queda para las crónicas aquella famosa frase, "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor", para justificar el dos contra uno. El capitán de mercenarios todavía no había cobrado los atrasos, todo hay que decirlo.

Según los buenos, esto es, los vencedores, Enrique II mostró destreza en el arte de la gobernanza pacificando aquella monumental agarrada y dirimiendo salomónicamente las diferencias entre notables. Castilla ya empezaba a mira hacia el mar y a asustar a los grandes reinos de Europa con unas políticas atrevidas: castigos a los piratas ingleses del Canal de la Mancha, conciertos económicos con la Hanseática, fructíferas relaciones comerciales con los flamencos, potenciación de La Mesta, etc.

Un nuevo escenario dejaba atrás una tramoya de luto y dolor en su avance hacia un futuro de grandeza.

Alma, Corazón, Vida

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