BENEDICTO xIII DE AVIÑON

El Papa honesto que murió sobre las losas de un edificio templario

Benedicto XIII, fue el único Papa que no había pecado de simonía, ya que el tráfico de influencias estaba a la orden del día en los vastos territorios vaticanos

Foto: Estatua del Papa Luna en Peñíscola (Panoramio).
Estatua del Papa Luna en Peñíscola (Panoramio).

 

Cuando soplan aires de cambio, unos construyen murallas,

y otros, molinos de viento.

 Proverbio chino 

 

Al norte de Calatayud y al pie de las primeras estribaciones de la sierra del Moncayo, sobre la ribera del pequeño río Aranda, un pueblo de nombre Illueca, en su tiempo fronterizo con Castilla, alumbró allá por el año 1328 a un tal Pedro de Luna que posteriormente pasaría a ser uno de los pontífices más famosos de la historia. Un clima recio y unos cielos de pureza cristalina gracias al cierzo que sopla desde las montañas del norte, mantiene una bóveda celeste que por la noche permite ver el espacio profundo con nitidez. Es un lugar que procura gran serenidad ante la clara visión del espacio más profundo o, lo que es lo mismo, una teoría de la relatividad a la carta.

El clérigo aragonés vivió la amable y refinada cultura que la corte provenzal había difundido por el Mediodía francés en un efervescente preludio del temprano humanismo

Destinado a la carrera eclesiástica como requería la condición de segundón en aquel tiempo, Pedro de Luna escapa a duras penas, y de manera un tanto estrambótica, de la cruda guerra civil que se desarrolla en Castilla y las tierras de Aragón entre Pedro el Cruel y Enrique el Bastardo, Conde de Trastámara. Disfrazado de labriego, acaba en la Casa de Foix al otro lado del Pirineo que le albergará hasta que se apacigüe un poco el tema, lo que duró más que un rato. En Montpellier, buscando aires nuevos, se doctora con aprovechamiento tras una brillante singladura por la antiquísima universidad local. Ciertamente era una lumbrera y absorbía conocimiento como una esponja. Reputado canonista, con el tiempo llegaría a ser el mejor de entre sus pares por su impecable y brillante argumentación. El clérigo aragonés vivió la amable y refinada cultura que la corte provenzal había difundido por el Mediodía francés en un efervescente preludio del temprano humanismo que ya despuntaba en el horizonte con Petrarca a la vanguardia.

Inmerso en el conflicto fratricida entre el papado romano y el de Aviñón que estaba contra la pared por las fuertes presiones del rey de Francia, o del poder secular en definitiva; con el telón de fondo de la Guerra de los Cien Años y una Peste Negra desatada y a todo rendimiento; una de las tantas escisiones que ha padecido la Iglesia Católica –el Gran Cisma de Occidente–, centrifuga al que será definido como Antipapa y declarado al tiempo como hereje, Benedicto XIII de Aviñón, más conocido como el Papa Luna. La inercia de los acontecimientos y la laxa contemplación del cardenalato que no admitía otra religión que la de las prebendas, dádivas y bulas envasadas con un ánimo claramente recaudatorio y basadas en el miedo a un infierno atroz –como si la vida no fuera una antesala de esa otra forma de locura imaginada–, aceleran su anunciada caída.

Corruptelas y trapicheos en el Vaticano

Los Papas se suceden a un ritmo vertiginoso mientras que el rey de Francia arbitra a su antojo. Bonifacio VIII, un Papa autoritario que se creía omnipotente, muere tras el maltrato infligido a su ya añejo cuerpo por los secuaces del francés en una guerra hecha a la medida de los intereses del cetro galo. El ecuánime y ponderado Benedicto XI es a su vez envenenado por el monarca transpirenaico que en su voracidad imparable utilizaría al Papa Clemente V, para incautarse de los tesoros de los cátaros, eso sí, declarándolos previamente herejes. Un “pieza” el monarca en cuestión.

Hoy día su memoria yace recordada en uno de los castillos más hermosos de la cuenca mediterránea, frente al mar que lo acoge en Peñíscola

Benedicto XIII, hasta la fecha fue el único Papa que no había pecado de simonía, ya que el tráfico de influencias y el tenderete espiritual estaban a la orden del día en los vastos territorios hasta donde llegaba la influencia vaticana. Este hombre fue la excepción ante tanta corruptela y trapicheo, ya que ante todo fue alguien que actuó siempre bajo los dictados de su conciencia y nunca por presiones; quizás, un hombre inusual. Fue una de las pocas ocasiones en que la Iglesia Católica pudo tener la ocasión de ser dirigida por alguien realmente honrado y en sintonía con aquel gran mentor e idealista de una utopía que después de dos mil años sigue hibernada.

Benedicto XIII no quería enemigos detrás sino delante, pero la curia vaticana y los cambalaches en aquel tiempo hermanados a las “buenas prácticas” del ente claramente mercantil en que se había convertido la institución, conspiraban sin desaliento. La presión de los bonetes rojos y la persuasión de pingües beneficios hicieron el resto.

Hoy día su memoria yace recordada en uno de los castillos más hermosos de la cuenca mediterránea, frente al mar que lo acoge en Peñíscola. Subir al castillo del Papa Luna es una experiencia fascinante. La fortaleza  se encuentra en lo alto de un promontorio rocoso desde donde contempla la playa y la ciudad. Robusta en toda su expresión, su patio de armas, muralla y torreones no dejan indiferente a la imaginación. Comparte con el Vaticano y el palacio de los papas de Aviñón el haber sido Sede Pontificia, una de las tres que ha habido a lo largo de la historia. La primera piedra de esta espectacular fortaleza se puso en 1294, concluyéndose la obra en los albores del siglo XIV.

Su tránsito a los 97 años de edad no significaría el olvido de la historia, su muerte fue una asfixia por silencio; fue, en suma, la lucha entre la tenacidad y el olvido. Su figura ha sido objeto de debates encendidos entre la ortodoxia eclesial y las corrientes que han aventurado una avanzadilla de la nueva Iglesia cristiana, que no católica. Era un alma gigante en conflicto con una doctrina anquilosada. Murió sobre las losas de una edificación templaria. ¿Casualidad?

Alma, Corazón, Vida
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