LAS GUERRAS DEL PASADO

El saqueo de Roma por las tropas españolas

España se pasó de frenada al poner fin al Renacimiento romano, dañar el prestigio del Papa de la época y humillar a los franceses en la liga de Cognac

Foto: Pintura de el 'Saco de Roma', por Francisco Javier Amérigo Aparicio (1888)
Pintura de el 'Saco de Roma', por Francisco Javier Amérigo Aparicio (1888)

Las cicatrices son sitios por donde el alma ha intentado marcharse y ha sido obligada a volver, encerrada y cosida dentro.

-John Maxwell Coetzee. Nobel de Literatura en el 2003.

Decía Catulo, aquel famoso y controvertido poeta del siglo Iº a.C, que la manipulación es más veloz y la pedagogía es más lenta. La historia está llena de malos prefabricados- el perejil de todas las salsas-, para el consumo de un público ávido de noticias sensacionales y de potente reverberación donde la bondadosa e insípida ignorancia se suele cebar con pastos de fácil digestión sin hacerse muchas preguntas. El 6 de mayo del año 1527, 189 guardias suizos – una selecta elite de escogidos soldados y guardia personal del papa – fue masacrada de forma heroica en las escalinatas del Vaticano en una resistencia más allá de lo humanamente exigible, salvándose algo más de cuarenta de ellos.

Tropas alemanas y españolas al servicio del emperador Carlos I se implicaron en una carnicería antológica en una ciudad defendida tan solo por 5.000 milicianos, muy voluntariosos eso sí, pero con un exiguo y lamentable entrenamiento. La victoria imperial decisiva en el conflicto entre el Sacro Imperio Romano Germánico y la Liga de Cognac, se les fue de las manos no solo al comandante de la tropa, sino al trato debido a tan alta representación eclesial, que gracias a la audaz intervención de la guardia transalpina, le dio tiempo a darse a la fuga disfrazado de peregrino por un pasadizo secreto, el famoso “pasetto”, un corredor que une el edificio vaticano con el castillo de Sant Angelo.

El problema que tienen las balas es que no detienen las hemorragias, sino que las provocan

El Papa que no quería convocar un concilio cediendo a las presiones del emperador para combatir al turco conjuntamente con toda la cristiandad, veía como los Habsburgo se derramaban como una mancha de aceite desde el sur hacia el norte desafiando la gravedad propia de la verticalidad. La cesión sobre este tema conllevaba una demostración de debilidad por parte del detentador del poder espiritual, que tenía como arma irrefutable la excomunión, que en aquella turbulenta época no era moco de pavo. Desde el año del señor de 1522, el Sacro Imperio Romano Germánico, dirigido por el rey Carlos I, había acaparado importantes territorios en la península itálica, sobre todo, desde la Apulia en el sur, hasta Nápoles y el crescendo conquistador de los famosos tercios- mortífera creación del Gran Capitán -, todavía en sus balbuceos, era imparable.

No obstante, lo que el paladín de la cristiandad, el egregio emperador jamás imaginó, sería la angelical e inocente pataleta del máximo togado y purpurado de la Iglesia Católica, el entonces Clemente VII, que se opondría frontalmente al avance de las tropas mercenarias y de los tercios sobre los estados pontificios en su persecución o confrontación con la llamada Liga Clementina o Liga de Cognac. La oposición no sería meramente simbólica pues el máximo capitoste de la Iglesia Católica en aquellos años, aglutinó en torno suyo a tropas provenientes de las regiones aledañas de Francia, Florencia, Milán y la República de Venecia. El tema se ponía feo.

Con una apariencia de compungido algo impostada, Carlos I se hizo emperador de las tres coronas

Pero ocurre, que el problema que tienen las balas, es que no detienen las hemorragias sino que las provocan y al igual que los canarios en las minas advertían del peligro antaño, al emperador, como máxima autoridad de sus tropas, se le había ido la mano un poco al entrar en territorio sagrado y crear aquel estado de horror en el mismísimo corazón de la máxima representación geográfica del cristianismo, y aquello, obviamente, iba a tener consecuencias.

Tras tres días de padecer la ciudad una orgia de sangre con las secuelas periféricas que conlleva el terror de la guerra y un saqueo y expolio de obras de arte sin precedentes en la historia – hasta que llegó el orondo, ambicioso y melifluo nazi Goering-, el Papa Clemente VII se avino a razones enrocado como estaba en la vieja fortaleza concluida por el emperador Antonino Pio en el 139 a.C donde reposan los restos de dos de los más grandes emperadores romanos; Marco Aurelio ( el autor de las increíbles Meditaciones) y el hispano Adriano. Cuatrocientos mil ducados del ala tuvo que pagar el purpurado y arrogante mandatario para salvar el pescuezo.

Tras las batallas de Bicoca y Pavía, los franceses estaban por los suelos y el Papa con una depresión de aquí te espero

Con una apariencia de compungido tal vez algo impostada, como la de aquel niño que tras hacer una pirula inclina la cabeza evitando el contacto visual y abrumado por el pesar y la colleja que le va caer, tras un riguroso luto por las noticias recibidas tras la mortandad causada por sus tropas, el emperador de las tres coronas; pues Carlos I de España, había sido también ungido como Carlos V de Alemania y posteriormente por el Papa en Bolonia – ya más suave que la seda-,como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, consumando así las negociaciones para acercarse al estirado sucesor de San Pedro que no era otro que un miembro de la familia de los Medicis.

La verdad es que el cirio que habían montado en Roma los lansquenetes luteranos y los españoles (que respetarían lo sacro pero no la eufórica afananza), llevaban unos cuantos meses sin cobrar, y lo acontecido en Roma había trascendido y cobrado una dimensión internacional. Todo comenzó cuando Carlos de Borbón, el comandante del ejército imperial, había recibido un pepinazo de arcabuz a quemarropa y en consecuencia, el ejército, ya sin mando, se había desmadrado y dedicado a aligerar a los nobles y clero romanos – que era más o menos lo mismo -, hasta dejarlos como Dios los trajo al mundo.

Roma había caído, y entre el 40 y el 50% de su población según que fuentes, pasaría a mejor vida. Los lansquenetes alemanes nombrarían a Lutero Papa por unos días. Monasterios, iglesias, las mansiones de los cardenales, obras de arte de incalculable valor y una cifra estimada muy elevada de cerca de 40.000 ciudadanos romanos (el primer momento del asalto había coincidido con día de mercado) perecerían en aquella orgia de sangre. Hay historiadores que consideran este acto de guerra como el final del Renacimiento. Tras las batallas de Bicoca y Pavía (en esta última Francisco I rey de Francia sería hecho prisionero), los franceses, su “grandeur” y la liga de Cognac estaban por los suelos y el Papa, con el báculo algo oxidado, el ego un poco deteriorado y una depresión de aquí te espero. España se había pasado de frenada.

Alma, Corazón, Vida

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