EN LAS GARRAS DE ENRIQUE vIII

Así fue como una digna reina española acabó en un calabozo inglés

La hija de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla era ante todo una mujer de carácter pero, a la luz de la historia, con un pronóstico muy desafortunado

Foto: Catalina de Aragón. (Lucas Hornebolte)
Catalina de Aragón. (Lucas Hornebolte)

El precio de desentenderse de la política es el de ser gobernado por los peores hombres.

Platón.

A la hora en la que el silencio se apodera del momento que precede al crepúsculo, una ágil y marinera embarcación castellana de alto bordo preparada para enfrentar el proceloso Cantábrico y sus caprichosos vientos cambiantes, arribaba a Plymouth, en el sur de Inglaterra. En su cubierta, se alojaba la garantía y la esperanza de una alianza de largo recorrido y de un paréntesis de paz en un tiempo convulso.

Eran tiempos en los que los reinos unidos de España, emergían a un nuevo mundo de ingentes posibilidades a la par que les proyectaba hacia el control casi absoluto de vastos océanos e ilimitadas extensiones de tierra. Era la aparición en escena, del que sería el mayor imperio de la historia conocida hasta la fecha en términos territoriales.

La hija de Fernando II de Aragón y de Isabel I de Castilla, era ante todo una mujer de carácter y a la luz de la historia, con un pronóstico muy desafortunado. Hacia el año 1501 contraería matrimonio con el primogénito de Enrique VII de Inglaterra, cuidando la política de alianzas diseñada por sus padres para aislar diplomáticamente a Francia. Pero el escuálido e imberbe heredero inglés, Arturo, moriría al año siguiente a causa de una pulmonía probablemente contraída tras un intenso ejercicio horizontal en el lecho de su amada en un invierno que traería malos augurios. Para abundar en la tragedia, la peste le daría la puntilla. Aunque el mozalbete lo intentó una y otra vez, a la historia ha pasado como un matrimonio no consumado. Intereses de Estado llevarían a negociar nuevamente el matrimonio de la viuda con el nuevo heredero, el príncipe Enrique, hermano del difunto, un auténtico “pieza”.

Pero por caprichos del destino, esta regia y recia mujer, no acababa de concebir varón, por lo que el crápula de su marido estaba inquieto con el tema sucesorio, ya que por aquel tiempo, la dirección del reino solo podía recaer en los hombros de un vástago con colgajos. La ley Sálica,–inexistente en las islas– tenía una aplicación tácita, y los derechos sucesorios a favor de los varones, discriminaban de manera flagrante a la mujer.

Dieciocho años en incesto

Pero en paralelo corría otra realidad bien diferente. El orondo rey inglés, estaba prendado de los encantos de una tal Ana Bolena, que lo tenía encendido permanentemente.

Ana Bolena, era una mujer elegante y refinada, ambas condiciones con mayúsculas, pero esta criatura celeste, rehusaba entregarse sin obtener antes la consideración de reina. Wolsey, a la sazón cardenal de Roma en estas tierras al Oeste del continente, persuadió al rey para que solicitara del Papa una declaración de nulidad de su primer matrimonio. Enrique VIII que tenía la inveterada afición de lucubrar sibilinamente, venía madurando de tiempo atrás esta idea y al parecer encontró fundamento para esta anulación en un pasaje del Levítico (20,21) que prohibía el matrimonio con la mujer del hermano, acordándose de repente, que había vivido dieciocho años en incesto el muy perillán. Llegó a considerar oportunamente, las sucesivas muertes de sus cuatro hijos varones, como un castigo de Dios.

La reina española, que padecía todo tipo de humillaciones por negarse a firmar su inhabilitación, se había enrocado a la grande

La cosa empezaba a complicarse porque el Papa Clemente VII, estaba bajo un severo arresto domiciliario impuesto por Carlos I, el emperador español en el momento de los hechos. No obstante, privado el pontífice de sus prebendas y lujos habituales, y ante la visión de su galopante delgadez, comenzó a madurar la posibilidad de llevarse bien con el Habbsburgo; decisión que precipitó el alemán con la sutil picardía de hacer pasar bajo su ventana todos los días manjares muy aromatizados para castigar el olfato del traspuesto y resignado representante del Dios todopoderoso.

En medio del rifirrafe, el purpurado de Roma accedió a organizar una comisión negociadora en la que la mayoría de los componentes eran isleños, que a sabiendas de cómo se las gastaba su monarca apuntaban a una sumisión asegurada. El pobre de Wolsey cayó en desgracia entretanto y le dio un soberano infarto tras una endemoniada caminata hacia la lúgubre Torre de Londres. A continuación, Tomas Moro, hombre de elevada estatura moral, perdería la cabeza en un desafortunado lance promovido por el sádico y cruel rey.

En 1529, Enrique VIII había convocado el Parlamento, institución de la que pasaba olímpicamente, donde un grupo de legisladores laicos y anticlericales, en la línea del monarca, comenzaron a reformar la administración eclesiástica. La impopularidad del Papado era secular en Inglaterra y la autonomía eclesiástica local era harto evidente. Dispuesto el orondo monarca a dar la batalla en toda regla, apeló a un instrumento legal que existía desde 1383 para contrarrestar las injerencias de la Curia romana, llamado el estatuto de “Praemunire”. Concebido en principio para excluir disposiciones pontificias que interfirieran los derechos del reino, Enrique VIII se sirvió ampliamente de esta herramienta jurídica para acallar las voces discrepantes. El camino para la ruptura con Roma, quedaría expedito.

Entretanto, la reina española, que padecía todo tipo de humillaciones y desplantes por negarse a firmar documento alguno que la inhabilitara, se había enrocado a la grande. Enrique VIII, sería llamado a capitulo a la Santa Sede haciendo caso omiso del llamado y ante la previsión de que sus huesos dieran en el Castillo prisión de Sant Angelo. El tema se complicaba.

Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique. Cuadro por Henry Nelson O'Neil.
Catalina suplicando en el juicio contra ella por parte de Enrique. Cuadro por Henry Nelson O'Neil.

Un futuro incierto

Cuando Catalina de Aragón abandonó su amada Granada en 1501, era una joven pecosa de 16 años. Como en el caso de todas las princesas de su tiempo, su futuro era incierto. Su familia, como era costumbre, la utilizaría como moneda de cambio político para servir a los intereses de Estado. Tristemente, fue una reina utilizada por todos aquellos hombres que la rodearon, desde su padre hasta su propio marido.

Catalina de Aragón, reina firme ante situaciones difíciles con un matrimonio sesgado prematuramente por la muerte de su esposo, sería la primera de una larga lista de esposas y amantes del impetuoso monarca inglés. El destino de Catalina sería el del enclaustramiento en distintos castillos de Inglaterra, jamás volvería a su tierra natal. Shakespeare diría de ella que era la “reina de todas las reinas y modelo de majestad femenina”.

De motu proprio, el sabio pueblo inglés, llevaría luto largo tiempo por la llorada reina ida. Quedaban en manos de un monstruo

Catalina de Aragón, condenada en vida a muerte, daría con sus huesos en varios castillos húmedos y malsanos y nunca renunciaría a sus derechos de reina ni aceptaría la nulidad de su matrimonio. En la fortaleza de Kimbolton, moriría de cáncer el 7 de enero de 1536, a la edad de 50 años.

De motu proprio, el sabio pueblo inglés, llevaría luto largo tiempo por la llorada reina ida. Quedaban en manos de un monstruo.

Esta extraordinaria mujer que provocaría en el pueblo ingles una irresistible admiración y simpatía hasta que fue groseramente apartada de su función regia participó en la vida política y social, sentando un importante precedente histórico. Su impresionante cultura, su mecenazgo a humanistas, universidades y artistas; su labor como estadista y diplomática consorte, hacen que se la puede considerar la primera embajadora en la historia europea. Erasmo, Tomás Moro, Luis Vives, dan fe de ello.

El parlamento finalmente dio el visto bueno al matrimonio entre Enrique y Ana Bolena en el Acta de Sucesión de 1534. Todos los adultos del reino serían obligados a admitir lo dispuesto en esta Acta, quienes la rechazaban eran condenados a prisión perpetua. Opositores como Tomás Moro, pasarían a mejor vida, habida cuenta de que todos los condenados por oponerse a esta fuerza de la naturaleza penarían en lóbregos calabozos infectos.

Tras Ana Bolena que sería acusada de brujería –por haber “hechizado” al rey crápula–, incesto y alta traición, vendrían la bellísima y espectral Jane Seymour muerta por septicemia a las dos semanas del parto del ansiado hijo varón; Ana de Cleves, que cuando cayó en desgracia y oliéndose un más que probable ataque de cólera del pendón regio alegó que el rey solo entraba en la habitación de “pascuas a ramos” para darle un besito en la frente, Catalina Howard que osó despreciarle y de paso incorporarle una cornamenta importante, lo que le llevaría al cadalso; y finalmente Catalina Parr que se casaría con este elemento de la naturaleza cuando ya la gota lo tenía postrado.

Catalina de Aragón, un paradigma de dignidad; Enrique VIII, sin comentarios.

Alma, Corazón, Vida

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