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Felipe II, nuestro primer climatólogo: el gran tesoro oculto en los diarios de nuestras flotas
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MÁS DE 300.000 DATOS CLIMÁTICOS

Felipe II, nuestro primer climatólogo: el gran tesoro oculto en los diarios de nuestras flotas

Un catedrático de Física busca respuestas sobre cómo era el clima del siglo XVII o cómo puede compararse al de la actualidad en los cuadernos de a bordo de la Armada Invencible

Foto: La Armada española, en los alrededores de la costa inglesa, cuadro firmado por C.C.W. circa 1620.
La Armada española, en los alrededores de la costa inglesa, cuadro firmado por C.C.W. circa 1620.
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Hace años, el profesor portugués Filipe Vieira de Castro fue el primero en hacerme mirar con otros ojos nuestro pasado náutico, un recuerdo a menudo distorsionado por la neblina de lo que otros contaron. "Los ingleses han escrito la historia de la Armada española como un relato de gente malvada y avariciosa, que hundía sus barcos porque no eran competitivos", me contó De Castro en aquella entrevista, "y la realidad es que estaban mapeando el planeta, haciendo los primeros estudios antropológicos de las gentes que encontraban y escribiendo páginas increíbles de la literatura mundial, pero los portugueses y los españoles tendemos a pensar en pequeño, y esto no está ayudando a la causa".

Este profesor de Antropología en la Universidad de Texas A&M, donde también dirige el Laboratorio de Reconstrucción de Barcos, vislumbraba aquellos barcos del siglo XVII como las naves espaciales de hoy en día. El reto entonces no era salir de nuestro planeta, sino descubrirlo, y este noble intento produjo muchísima tecnología y conocimiento científico, no solo naval. Por ejemplo, el célebre cronómetro marino de John Harrison que resolvió el problema de la longitud geográfica.

Pero mucho antes de eso, los barcos se enfrentaban a un problema mucho más acuciante: conocer las rutas más seguras para poder llegar a Nueva España, a Inglaterra o aspirar a circunnavegar el globo. Aquella ingente cantidad de documentación ha permanecido oculta en anaqueles, archivos y cajones durante siglos. Pero un día, Ricardo García Herrera, catedrático de Física de la Atmósfera en la Universidad Complutense de Madrid, se puso a pensar dónde podrían encontrar datos fiables que permitieran conocer cómo era aquel clima que comenzó a cambiar alrededor de 1850, con el advenimiento de la industrialización.

"En los océanos no hay observatorios, ahora mismo los observamos a partir de satélites"

Para conocer el futuro del cambio climático, los investigadores necesitan saber de dónde venimos. Para reconstruir el clima del pasado, tiran de numerosos puntos de información o 'proxies' como los anillos de los árboles, los isótopos de carbono contenidos en el hielo antártico, los corales, los fósiles o los registros de los primeros termómetros y demás documentación de la época, siempre escasa y con un grado de incertidumbre. Por ello, es muy complicado encontrar información fiable más allá de mediados del siglo XIX, o saber exactamente qué valor darle a cada 'proxy' climático.

Por esta razón, en las reconstrucciones del clima del pasado hay tanta incertidumbre, esa área sombreada que vemos en las gráficas, que se va reduciendo hasta ser mínima a partir de mediados del siglo XX, cuando la presencia de termómetros es habitual en todo el planeta.

"Nosotros habíamos estado interesados en búsqueda de documentos antiguos que pudieran contener información sobre el clima", explica García Herrera a El Confidencial. "Dándonos cuenta de que había habido un intercambio de flotas muy intenso, pensamos que a lo mejor a partir de las flotas se podían encontrar documentos que reflejaran las condiciones en los océanos". Estas, además, tendrían un valor añadido porque gran parte de los registros paleoclimáticos que conocemos hoy proceden de localizaciones en tierra firme. "En los océanos no hay observatorios, ahora mismo los observamos fundamentalmente a partir de satélites, pero entonces no había", explica el catedrático.

"Para esta gente, la observación de la atmósfera y del mar era vital porque su vida dependía de ello", subraya.

Para entender el futuro, hay que mirar al pasado

Hoy sabemos además el importante papel que fenómenos como el Niño —también conocido como Oscilación del Sur, en el que inestabilidades atmosféricas provocan la irrupción de una corriente cálida de aguas superficiales en el Pacífico que, a su vez, tiene implicaciones sobre la sequía o la pesca en Centroamérica, Asia, Australia o África— tienen sobre el clima de varios continentes, o viceversa: la relación entre las temperaturas y la ocurrencia de huracanes o monzones. Lo que permite esta investigación es expandir en más de un siglo hacia el pasado, hasta comienzos del XVII, la información fiable sobre el clima en el Atlántico.

"Precisamente, lo que quisimos hacer con este proyecto fue ver si aquellos datos", unas 300.000 observaciones inicialmente, "se podían empalmar con los datos modernos".

placeholder Diario de a bordo del San Francisco Javier, un barco de la Armada. (Archivo Museo Naval)
Diario de a bordo del San Francisco Javier, un barco de la Armada. (Archivo Museo Naval)

Así que García Herrera, junto a otros investigadores del Instituto de Geociencias o las universidades de Lisboa y Pablo de Olavide, se sumergieron entre los papeles del Archivo de Indias de Sevilla o el Museo Naval de Madrid para ver si era posible tirar de ese hilo. "Nos dimos cuenta de que todos los barcos españoles, desde más o menos la época de Felipe II, estaban obligados a rellenar un diario de a bordo donde tenían que dar cuenta de todo lo que ocurría en la navegación", indica. "Entonces eso se fue formalizando en el diario de navegación, que recoge las observaciones diarias y demás".

Como explican en el trabajo, publicado en una revista científica aunque sin demasiada repercusión en su momento, en 1575, Su Católica Majestad obliga mediante una ordenanza que todos los barcos españoles que atraviesen el Atlántico completen estos diarios. Con el paso de los años, estos se fueron sofisticando e incluían no solo el recuento de las tormentas, sino los daños causados al barco, las muertes que se producían en alta mar e incluso asuntos disciplinarios. El objetivo inicial no era tanto apuntar observaciones sobre el clima, sino disponer de un registro general sobre el día a día en el manejo de la nave que pudiera ser útil en asuntos legales o administrativos.

placeholder El buque escuela Juan Sebastián Elcano, de la Armada española, frente al Castillo de los Tres Reyes del Morro, a la entrada de la bahía de La Habana. (EFE/Ernesto Mastrascusa)
El buque escuela Juan Sebastián Elcano, de la Armada española, frente al Castillo de los Tres Reyes del Morro, a la entrada de la bahía de La Habana. (EFE/Ernesto Mastrascusa)

¿Qué aspecto e información contenían estos diarios? Por ejemplo, el San Francisco Javier era uno más de los barcos de la Armada que cruzaban el Atlántico para abastecerse de riquezas en Colombia o Cuba a mediados del siglo XVII, ya con Felipe IV como rey. En las travesías entre Cádiz y Cartagena, la tripulación solía tomar cada dos horas observaciones sobre la ruta del barco, la dirección del viento o la deriva hacia la que se desviaba el navío. Pese a que el barco, apodado La Suerte, fue hundido en 1656 tras perder una batalla con los ingleses frente a las costas de Cádiz, sus cuadernos de a bordo se conservan en el Archivo del Museo Naval.

Detectives paleoclimáticos

Para estos detectives, lo primero fue identificar dónde podía estar ese tesoro bibliográfico, tan repartido a lo largo de los siglos y por toda nuestra geografía. El ímprobo esfuerzo se ha extendido a lo largo de 20 años.

"Encontramos que en el Archivo de Indias estaba la colección de correos, como se llamaban, que salían desde La Coruña y que llevaban la carrera de La Habana o la carrera de Buenos Aires, porque iban o bien al Caribe o bien a al Río de la Plata", dice García Herrera. "Luego estuvimos digitalizando todos los diarios que había en el Museo Naval". Por último, también se apoyaron en dos investigadores británicos, Dennis Wheeler y Clive Wilkinson, que ayudaron a recopilar los diarios de navegación que hay en Inglaterra, que son bastantes. Tras siglos de cruentas batallas entre España e Inglaterra, por fin encontraron una en la que poder ir de la mano. "Tras terminar este proyecto, hemos seguido yendo periódicamente, porque la flota inglesa es la que ha dominado el mar hasta prácticamente la Segunda Guerra Mundial", apunta el físico.

Gracias a un proyecto europeo, España digitalizó la mayor parte de sus diarios de a bordo. En Inglaterra, sin embargo, se supone que aún, a día de hoy, hay unos 100.000 diarios anteriores a 1850 de la Royal Navy que nadie ha investigado.

Una de las cosas que estos navegantes descubrieron pronto fue la variabilidad del anticiclón de las Azores. "Ellos lo que hacían era evitar las zonas de alta presión, porque se entraba en una zona de calmas y ahí podían morirse, porque el banco se queda estancado", explica.

placeholder Felipe II ordenó que cada barco empezara a llevar un diario de a bordo. (EC)
Felipe II ordenó que cada barco empezara a llevar un diario de a bordo. (EC)

Los ingleses, por su evidente interés en la ruta que les llevaba a la India, pronto empezaron a recopilar datos sobre el monzón. Tenían claro que debían llegar a Sudáfrica antes de que eeste terminara o se arriesgarían a quedarse allí durante todo un año para poder proseguir con seguridad hasta la India. Claro, a aquellos marineros españoles o ingleses les faltaba la perspectiva que ahora tenemos gracias al trabajo de García Herrera y sus compañeros.

"Hemos visto, gracias a este tipo de trabajos, que el monzón del noroeste de África, el que afecta al Sahel, ha tenido cambios muy importantes", explica. "Desde principios del siglo XIX, esa zona experimentaba muchas más lluvias que ahora, donde está en una sequía prácticamente permanente". Lo mismo sucede en otras latitudes, como Australia.

¿Qué tiene que ver el cambio climático en todo esto? En términos de circulación del aire, se sabe que las corrientes ascienden al llegar al ecuador debido al clima cálido, se desplazan hacia los polos y, al ir encontrando temperaturas menores, acaban descendiendo en lo que se conoce como células de Hadley, siguiendo las enseñanzas del meteorólogo inglés George Hadley, quien también llegó a estas conclusiones basándose en observaciones instrumentales marinas.

Esas enormes células de circulación atmosférica que rodean la Tierra se extienden desde el ecuador hasta latitudes de unos 30° en ambos hemisferios, provocando que las regiones tropicales sean más lluviosas y las subtropicales más secas.

placeholder En amarillo, las regiones subtropicales. Como consecuencia del cambio climático, van ampliándose hacia el norte y hacia el sur. (Instituto Geografico De Agostini)
En amarillo, las regiones subtropicales. Como consecuencia del cambio climático, van ampliándose hacia el norte y hacia el sur. (Instituto Geografico De Agostini)

A causa del cambio climático, la diferencia de temperatura entre los polos y el ecuador se va reduciendo, la corriente de aire recorre más distancia antes de empezar a descender y, en definitiva, las células de Hadley se amplían. La consecuencia es que el área subtropical también va ampliándose, y con ella, los monzones.

Sabemos perfectamente cómo y dónde se producen hoy en día los monzones o los huracanes, e incluso cómo se relaciona lo que vemos hoy con lo que pasaba en el siglo XIX. Además de tomar la referencia de 1850 como inicio de la era industrial, alrededor de esa fecha fue también cuando el barómetro empezó a emplearse como un instrumento capaz de pronosticar el tiempo meteorológico. Las lecturas con instrumentos de presión y temperatura comenzaron a aparecer con normalidad a partir de la Conferencia de Bruselas (1853) pero, como descubrió García Herrera, la aparición de estos datos, aún entrecortadamente, se remonta hasta el siglo XVII.

El trabajo ha permitido extender en más de un siglo nuestro conocimiento del clima pasado

Tras empalmar varios proyectos del Ministerio de Economía y Competitividad, García Herrera y sus compañeros siguen en la brecha para extraer de esos viejos cuadernos hasta el último dato que pueda sernos útil para comprender cuánto ha cambiado el clima desde hace 300 años. Por ejemplo, tratan de entender cómo ha cambiado el afloramiento de aguas profundas frente a las costas de Canarias, que, al ser más frías y ricas en nutrientes, hicieron posible que el archipiélago fuera una zona fructífera para la pesca y cómo ese afloramiento ha ido variando con el paso de los siglos.

"Ahora no tenemos financiación, pero lo vamos haciendo poco a poco", lamenta.

Hace años, el profesor portugués Filipe Vieira de Castro fue el primero en hacerme mirar con otros ojos nuestro pasado náutico, un recuerdo a menudo distorsionado por la neblina de lo que otros contaron. "Los ingleses han escrito la historia de la Armada española como un relato de gente malvada y avariciosa, que hundía sus barcos porque no eran competitivos", me contó De Castro en aquella entrevista, "y la realidad es que estaban mapeando el planeta, haciendo los primeros estudios antropológicos de las gentes que encontraban y escribiendo páginas increíbles de la literatura mundial, pero los portugueses y los españoles tendemos a pensar en pequeño, y esto no está ayudando a la causa".

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