La última tribu indígena de Europa
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Los sámis, en Finlandia, Noruega y Suecia

La última tribu indígena de Europa

Los sámis son la demostración casi olvidada por la homogeneidad cultural europea de que el Viejo Continente también tiene una diversidad indígena que se conserva bajo cero

Foto: Una aurora boreal en Inrai, Finlandia. (Reuters/Alexander Kuznetsov)
Una aurora boreal en Inrai, Finlandia. (Reuters/Alexander Kuznetsov)

En sus tierras, en invierno, no hace frío, hace hielo, que es otra cosa. Jan-Eerik Paadar se esfuerza en su cabaña de su granja de Inari, en la Laponia finlandesa, en explicar que él forma parte de una tribu indígena, europea, que habita las tierras que están al norte del norte del mundo. ¿Te sientes más finlandés o sámi? Y él, que ha sido, explica, soldado del Ejército de Finlandia y que trabajó como cámara muchos años en Helsinki, responde: “Sámi. No tengo nada contra Finlandia, es mi país también, pero decidí dejar mi vida en Helsinki y regresar a mi tierra y mi cultura a vivir como vivía mi pueblo”. Y esa tierra y cultura es una enorme extensión, estos meses de hielo, entre Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Allí viven los sámis, la demostración casi olvidada por la homogeneidad cultural europea de que el Viejo Continente también tiene una diversidad indígena que se conserva bajo cero.

El relato de Jan-Eerik es muy similar al que se escucha a los pueblos indígenas de todo el globo. Un rodillo cultural los ha pasado por encima en forma de credo, fronteras que no son suyas o lengua impuesta. El idioma propio es el vehículo principal para sostener una idea de pueblo. Los más jóvenes regresan ahora a aprender una lengua que se saltaron sus abuelos y padres. “Mis hijos hablan una de las tres lenguas sámi porque lo estudian en la escuela. Yo intento aprender algo, pero no lo hablo, así que ellos deben traducirme”, explica Jan-Eerik.

Foto: Colegio de Helsinki (Finlandia). (EFE/EPA/Kimmo Brandt)

¿Es el mismo problema de otros pueblos indígenas que dejaron de usar su lengua por ser minoritaria, no enseñarse en las escuelas o ser poco rentable desde un punto de vista comercial? La respuesta tiene que ver con la aldea global. El finlandés es ya un idioma minoritario a nivel internacional y el inglés en muchos casos se ha impuesto por practicidad como segunda lengua en un lugar que vive en parte del turismo. “Aquí en Inari hablamos un sámi minoritario”, señala Jan.

placeholder (J. B.)
(J. B.)

Según los datos, el sámi inari lo hablan unos cientos de personas, frente al sámi septentrional, hablado también en Noruega y Suecia, que tiene más de 25.000. En total, según las cifras que da el Parlamento sámi de Inari hay unos 80.000 sámis entre los cuatro países, lo que significa que solo uno de cada tres sámis es capaz de hablar una de sus tres lenguas.

"Hasta los años ochenta, algunos padres creían que el no tener que cargar con (lo que les parecía) el fardo de ser sámi facilitaba la vida de sus hijos"

“Muchos padres pensaban que era mejor que sus hijos no aprendieran ninguna lengua sámi y se centraran solamente en aprender el finés”, explica Pirita Näkkäläjärvi, defensora de los derechos de los sámis en la web This is Finland. “Hasta los años ochenta, algunos padres creían sinceramente que el hecho de no tener que cargar con (lo que les parecía) el fardo de ser sámi facilitaba la vida de sus hijos”. Las palabras de Pirita son llamativas porque son exactamente iguales a las que dicen un quechua en Perú, un rarámuri en México o un bosquimano en el sur de África. Todos esos pueblos comparten que en la gran explosión de la globalización en los siglos XIX y XX renunciaron en parte a su cultura como “defensa”. Ser indígena era de alguna manera engrosar las filas del más bajo escalón social y los padres evitaban ese lugar a sus hijos negándoles su esencia.

placeholder Un hombre sámi, con su reno. (Visit Finland)
Un hombre sámi, con su reno. (Visit Finland)

Pero los tiempos han cambiado, o van cambiando, y los pueblos indígenas recuperan una cultura que en el caso de los sámis ha hecho que tengan un parlamento propio en Noruega, Suecia y Finlandia. “Los sámis queremos ser decisivos en los temas que conciernen a los sámis. La autodeterminación sámi no significa formar un nuevo Estado”, dice la web del órgano legislativo sámi en Suecia.

Esa balanza entre ser un pueblo con intereses propios y cultura propia dentro de otros Estados es la tensión permanente del mundo indígena: “El pueblo sámi ha vivido en estas tierras mucho antes de que las fronteras nacionales se hubieran establecido”, advierte el más viejo e importante Parlamento sámi, el noruego, país en el que habita el 50% de los sámis del globo.

Foto: Baster Rehoboth. (J. B.)

El esfuerzo del pueblo sámi es salir ahora al mundo y mostrar una imagen real y no caricaturizada de su pueblo por el uso turístico. De alguna manera, el turismo fue en el pasado una condena y puede ser en el futuro una salvación. Una de las tareas de los sámis es usar el flujo de los numerosos visitantes para dar, ahora sí, una representación auténtica de su pueblo: “Durante décadas, la cultura sámi se convirtió en un producto turístico. En otras palabras, la mercantilización de la cultura sámi en el turismo durante mucho tiempo ha sido explotada por forasteros. La representación primitiva e irreal difundida de los sámis en el turismo es en el peor de los casos insultante. Es una imagen que ha perjudicado la vitalidad de la cultura sámi y es complicado para nosotros dar una imagen correcta con recursos limitados”, señala el Parlamento sámi de Finlandia.

Jan-Eerik, en parte, se esfuerza en explicar su vida real entre las mancomunidades de ganaderos de renos y artesanos que luchan por colocar sus productos enfrentando retos de la globalización. “Las normas europeas complican mucho la comercialización de nuestros productos por tasas y regulaciones”, explica él dentro de una pequeña tienda donde vende su artesanía.

Hay más desafíos cuando se habita un mundo desértico de tonos blancos. “El récord de frío en Inari fue en 1992, cuando se alcanzaron los -52 grados. Mi siguiente vecino tiene una granja que está a varios kilómetros. Le llamé y me confirmó que no le funcionaba ni el agua porque las cañerías se habían congelado. Entonces supe que el problema era grave en todo Inari. A la mayoría de la gente, aquí somos como 600 personas, la sacaron los equipos de emergencia porque al no haber tampoco luz las casas estaban congelándose. Yo pude quedarme porque soy de los pocos que tienen la calefacción con madera y la casa aguantó. Estuve varios días solo”, explica Ro, el propietario de entre otras cosas una granja con perros y trineos. Fuera, mientras habla, hacen -32 grados: “Verano”, bromea él.

No es fácil, por tanto, hacerse hoy un hueco identitario en la aldea global cuando durante siglos has asimilado una religión, un idioma, unas normas y un tipo de comercio que te han pasado por encima. “Nosotros como pueblo teníamos una religión que se basaba en la naturaleza, pero la llegada del cristianismo acabó con todo. Los sámis de Noruega, Suecia y Finlandia hemos sufrido castigos y sanciones en el pasado por nuestras creencias ‘chamánicas’ y animistas. Los sámis creían que las rocas, ríos y árboles tenían una fuerza espiritual interior y esa es nuestra religión”, explica Ado, buscador de auroras boreales.

placeholder Una aurora boreal en Laponia, Finlandia. (Reuters/Alexander Kuznetsov)
Una aurora boreal en Laponia, Finlandia. (Reuters/Alexander Kuznetsov)

También aquí hubo capítulos de opresión por parte de las autoridades sobre la 'salvaje' minoría indígena: “Durante el siglo XIX, cuando el cristianismo llegó a los sámis y sus creencias tradicionales fueron dejadas de lado, muchos sámis fueron víctimas de discriminación y opresión por parte del Gobierno noruego. Al igual que la población nativa de América del Norte, los sámis experimentaron una supresión de su idioma y cultura. Los niños fueron separados de sus familias por la fuerza y ​​enviados a escuelas misioneras estatales donde solo se les permitía hablar noruego y podían ser castigados si usaban los distintos idiomas de sus antepasados ​​sámi”.

La gota que colmó el vaso de la paciencia sámi fue la construcción en Noruega en la década de los setenta de la presa de Alta-Kautokeino. La planta daría energía a la zona y unos cuantos cientos de puestos de trabajo, pero suponía anegar la comunidad sámi de Maze. El pueblo sámi se opuso con fiereza a la construcción y hasta protagonizó una huelga de hambre frente al Parlamento de Oslo y un encadenamiento masivo a la obra. Finalmente, la presa se llevó a cabo con una contundente intervención de las fuerzas policiales y entre una enorme controversia política, pero aquella lucha fue el germen del primer Parlamento sámi en Noruega, abierto en 1989.

Hoy, el pueblo sámi ha conseguido al menos tener una voz e instituciones propias. Por delante, la pelea es tener escuelas sámi en las que no haga falta como ahora cada día hacer dos horas de autobús, recuperar una lengua en la que sujetar sus tradiciones y conseguir que los jóvenes no huyan de un desierto de hielo en el que seis meses al año hay cinco horas de luz natural. La dicotomía es que la misma globalización que puso contra las cuerdas su mundo es ahora también la llave para ayudar a recuperarlo. “Los jóvenes también quieren un teléfono, un coche y una casa buena”, resume Ro. Eso pueden tenerlo enseñando también su cultura a miles de turistas. Pero una cultura auténtica y no la caricatura de unos esquimales salvajes capaces de alicatar el hielo en que les convirtieron otros.

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