FIN AL SUEÑO DE GORBACHOV

La sonrisa de Putin en el polvorín de hielo: la nueva Guerra Fría se calienta en el Ártico

El hielo en el Polo Norte se derrite a un ritmo trepidante, abriendo la vía a un nuevo corredor de rutas marítimas comerciales por el Paso del Noroeste. Y también reabre viejas heridas geopolíticas

Foto: Vladimir Putin en un viaje al Ártico. (EFE)
Vladimir Putin en un viaje al Ártico. (EFE)

“Dejemos que el norte del planeta, el Ártico, se convierta en una zona de paz; dejemos que el Polo Norte sea un polo de paz”, dijo el 1 de octubre de 1987 el entonces secretario general de la URSS, Mikhail Gorbachov. En un conciliador y célebre discurso desde Múrmansk, el líder soviético instó a aplacar la actividad militar y a explorar una “cooperación pacífica” en aspectos económicos, medioambientales y de seguridad. Aquel día quedó marcado como un punto de inflexión en la política exterior soviética; de alguna forma, supuso el inicio del fin de la URSS y, con ella, el fin de la Guerra Fría.

Desde entonces, han seguido tres décadas en las que el Ártico ha jugado un papel secundario en la agenda política internacional, al menos hasta que el calentamiento global lo ha recolocado en el centro del tablero geopolítico global. El hielo en el Polo Norte se derrite a un ritmo trepidante, abriendo la vía a un nuevo corredor de rutas marítimas comerciales por el Paso del Noroeste que reduciría los tiempos de viaje entre Asia y América.

Por si fuera poco, el deshielo también facilita la extracción de recursos naturales. Según un estudio del Servicio Geológico de Estados Unidos, el 30% de las reservas mundiales de gas por explorar y el 13% de las de petróleo se encuentran en el Círculo Polar Ártico, lo que atrae tanto a los países con territorio en la región como a otros lejanos como China.

¿De vuelta a la Guerra Fría?

En este contexto, las palabras de Gorbachov vuelven a cobrar vigencia. Aunque el Ártico se mantiene como un territorio pacífico, no se puede afirmar, en cambio, que siga siendo un terreno desmilitarizado. Rusia está reforzando y mejorando sus capacidades militares en la Península de Kola, hogar de la Flota del Norte, la base principal de la Armada rusa. Ha reabierto instalaciones que estaban abandonadas desde el fin de la Guerra Fría y cada vez son más frecuentes las incursiones de aviones y submarinos rusos en territorios ajenos. En octubre del año pasado, por ejemplo, Noruega alertó de que Rusia había enviado diez submarinos al Atlántico Norte en la mayor operación de estas características desde la caída de la URSS.

Todo este escenario ha incrementado la desconfianza de la OTAN y, en especial, de Estados Unidos, que hace dos años que ha recuperado su interés por el Ártico. “Tanto Rusia como la OTAN se han acusado los unos a los otros de intentar rearmar el Ártico, y realmente existe un potencial de que se convierta en una región más militarizada, pero de momento no hemos llegado a los niveles de la Guerra Fría”, explica Marc Lanteigne, politólogo de la Universidad de Tromsø, a El Confidencial.

Esta creciente tensión, que se intensificó tras la anexión de Crimea a Rusia en 2014, tiene una consecuencia directa en los Países Nórdicos, especialmente en los que comparten frontera con Rusia como Noruega y Finlandia, que se ven obligados a rearmarse para hacer frente a una eventual incursión.

Noruega se rearma... por si acaso

Noruega, que forma parte de la OTAN, ha incrementado su presupuesto de defensa en más de un 7% este año para reforzar la presencia militar en la región de Finnmark, limítrofe con Rusia, donde está reestableciendo una base que había sido desmantelada tras la Guerra Fría. Allí también está creando un batallón de caballería y un nuevo comando en el cuartel de Sør-Varanger, a apenas 15 kilómetros de Rusia. A lo largo de la frontera, de unos 200 kilómetros, Noruega está estableciendo una unidad obligatoria de guardias fronterizos y tropas de apoyo médico, que estarán en pleno funcionamiento a partir de 2022.

“El creciente nivel de actividad en nuestro vecino oriental y en los países aliados está desafiando continuamente la disponibilidad de los recursos de defensa noruegos”, avisó recientemente el Jefe de Defensa del país nórdico, Haakon Bruun-Hansen, en un discurso en la Sociedad Militar de Oslo, donde argumentó que las capacidades defensivas del país se están reforzando y modernizando de forma significativa. “El objetivo es aumentar la presencia con fuerzas militares listas para la batalla bajo un liderazgo conjunto”, continuó Bruun-Hansen, que también hizo referencia a la ‘Home Guard’, una fuerza de movilización rápida que cuenta con 40.000 soldados en todo el país y que tiene entre sus objetivos principales salvaguardar la integridad territorial.

Las fuerzas de defensa en la región de Finnmark se están fortaleciendo significativamente con personal adicional. En 2019, todos los jóvenes de la región tuvieron que someterse por primera vez a un programa básico de entrenamiento militar de seis meses. Y este sistema se mantendrá. "Un mejor acceso a soldados motivados y con conocimiento de la región fortalece la defensa nacional", argumentó Bruun-Hansen.

Al refuerzo de personal se sumarán una cincuentena de nuevos aviones de combate; nuevos sistemas de defensa aérea; buques rompehielos y submarinos. El Jefe de Defensa noruego ha recomendado al gobierno que destine 2.500 millones de euros adicionales al presupuesto de defensa hasta 2028, en comparación con la partida de este año, que supone un 1,8% del PIB (tres décimas más que en 2013, pero aún por debajo del 2% que recomienda la OTAN).

La dicotomía noruega

La relación con Rusia se percibe de formas distintas entre el norte y el sur de Noruega. Mientras que en Oslo los gobernantes apuestan por un refuerzo de la militarización, en el norte preocupan los efectos negativos que pueda tener en las relaciones de vecindad, por ejemplo en cuanto al comercio y al turismo. “En el norte hay una relación a nivel local que no existe en Oslo”, explica Lantaigne.

Añade que, además, permanece una cierta sensación de gratitud porque las tropas soviéticas liberaron el noreste de Noruega de la ocupación nazi tras la Segunda Guerra Mundial. El pasado octubre, autoridades del país nórdico y de Rusia participaron en una ceremonia para conmemorar el 75 aniversario de estos acontecimientos, y el rey Harald V de Noruega aprovechó para resaltar que esta parte de la historia debe ser una fuente de inspiración para la relación de vecindad “pacífica”.

Las tiranteces entre los dos países se han intensificado en los últimos años. Noruega está preocupada por los movimientos rusos cerca de sus confines pero, a la vez, Rusia reprueba ciertas acciones de sus vecinos, como la adhesión a las sanciones impuestas por la UE a raíz del conflicto bélico en Ucrania.

Además, Moscú vio como una provocación el hecho de que Noruega acogiera en 2018 las mayores maniobras militares de la OTAN desde el final de la Guerra Fría, el denominado Trident Juncture 18, en el que también participaron Suecia y Finlandia. Estos dos países no forman parte de la Alianza Atlántica, pero en los últimos tiempos han reforzado sus relaciones con Estados Unidos para mejorar su defensa, teniendo en cuenta la proximidad con Rusia –Finlandia comparte 1.300 kilómetros de frontera y Suecia está preocupada por la creciente actividad militar en el Báltico—.

“Todo esto muestra que Noruega, Suecia, Finlandia y también Dinamarca tienen que lidiar con una situación política muy complicada con Rusia; especialmente mientras Rusia siga centrándose en el Ártico como parte de sus objetivos estratégicos”, argumenta Lantaigne.

Hace 32 años, Gorbachov expresó sus deseos de paz para el Ártico: “De lo que todo el mundo puede estar absolutamente seguro es del profundo e innegable interés de la Unión Soviética en evitar que el norte del planeta, sus regiones polares y subpolares y todos los Países Nórdicos vuelvan a convertirse en un escenario de guerra”. Unos deseos que en la era Putin parecen haber quedado olvidados.

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