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Brexit, año 1: Boris Johnson consiguió ganar la batalla, pero está perdiendo la guerra
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Brexit, año 1: Boris Johnson consiguió ganar la batalla, pero está perdiendo la guerra

Un año después del histórico divorcio, Londres sigue negociando con Bruselas varios frentes abiertos, entre ellos, Gibraltar. Y el liderazgo del 'premier' está cada vez más cuestionado

Foto: Boris Johnson firma el tratado del Brexit bajo la mirada de Lord Frost, exsecretario de Estado del Brexit. (Reuters/Leon Neal)
Boris Johnson firma el tratado del Brexit bajo la mirada de Lord Frost, exsecretario de Estado del Brexit. (Reuters/Leon Neal)

Cuenta la leyenda clásica que una vez se dijo de Aníbal Barca -considerado el padre de la estrategia- que “sabía cómo obtener una victoria, pero no cómo utilizarla”. El general cartaginés infligió tres derrotas espectaculares a los poderosos romanos, que todavía hoy se enseñan a los estudiantes militares. No obstante, acabó perdiendo la guerra. Y al ver ahora a Boris Johnson luchando por su supervivencia política se podría plantear si la historia se repite.

El 'premier' logró el Brexit, pero está perdiendo la guerra. Porque un año después del divorcio, no hay ningún atisbo de la 'Global Britain' que quería el núcleo duro de 'tories' euroescépticos, los mismos que le pusieron al frente de la formación, los mismos que pueden ahora quitarle.

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson (Reuters)

Los 'brexiteers' pensaban que al salir de la UE, el Reino Unido podría reducir el papel del Estado, desregularizar radicalmente su economía y recortar impuestos. Pero nada más lejos de la realidad. Es imposible obviar el impacto del covid-19. La llegada del coronavirus ha llevado al Gobierno a imponer una serie de restricciones sociales y acumular una deuda pública difícil de asimilar para el Partido Conservador. La deuda supera el 96% de su PIB, el nivel más alto desde que comenzaron los registros.
Las circunstancias son excepcionales. Pero para el núcleo duro 'tory' no hay excusas que valgan. Y la prueba más evidente del descontento entre las filas ante el líder ha sido la reciente dimisión de Lord Frost, ministro del Brexit y responsable de las actuales negociaciones que se llevan a cabo con Bruselas. Porque el Reino Unido ha salido del club. Pero las negociaciones continúan.

Una dimisión sintomática

En su carta de salida, Frost señalaba que “el Brexit ahora es seguro”, pero tiene “preocupaciones sobre la dirección actual de viaje”. El pasado mes de noviembre, en el 'Centre for Policy Studies' (Centro de Estudios Políticos), un centro de pensamiento y debate profundamente conservador, ya había advertido que las cosas no podían seguir como antes. “Si todo lo que hacemos después del Brexit es importar el modelo social europeo, nunca triunfaremos. No hemos echado atrás las fronteras de la UE desde Gran Bretaña gracias al Brexit para volver a importar ese modelo”, afirmaba.

Su dimisión, la más importante hasta ahora del Ejecutivo, atesta una gran estocada a un primer ministro con la popularidad por los suelos por los detalles de las fiestas celebradas en Downing Street el año pasado en pleno confinamiento y a un líder que ha perdido la autoridad entre sus propias filas por las nuevas restricciones ante el covid. Cuando, aun teniendo una amplia mayoría en la Cámara de los Comunes, un jefe de Gobierno tiene que depender del apoyo de la oposición para sacar adelante sus planes ante la pandemia, puede que tenga las llaves del Número 10, pero no tiene el poder. Y eso no garantiza la supervivencia política a corto plazo.

Quizá, sorprendentemente, la carta de Frost no mencionó las actuales renegociaciones con la UE sobre el Protocolo de Irlanda. Pero probablemente no sea una coincidencia que su salida coincida con un momento en el que Downing Street parece estar suavizando su postura, un volantazo considerable teniendo en cuenta que hace tan solo un mes se hablaba seriamente, tanto en público como en privado, sobre la activación del Artículo 16 para suspender de manera unilateral el punto clave del acuerdo de divorcio cerrado con Bruselas.

Foto: EC.

Antes de las elecciones de diciembre de 2019, tanto Frost como Johnson se encontraban atrapados. Necesitaban una mayoría en la Cámara de los Comunes para ejecutar un Brexit que nunca llegaba. Pero sabían que no podrían ganarla sin un acuerdo de retirada. El principal escollo durante las negociaciones siempre fue el evitar una frontera dura en Irlanda para no poner en peligro la paz entre católicos y protestantes. Y Johnson acabó apostando por una fórmula que, en el fondo, sabía que no podía mantener. O al menos, no podía hacerlo de la manera que había prometido a los suyos, es decir, sin controles.

El líder 'tory' dejó a la provincia de Irlanda del Norte con un estatus diferente al del resto del Reino Unido y ahora se niega a realizar los controles acordados para los productos que pasan de Gran Bretaña (Escocia, Inglaterra y Gales) a Irlanda del Norte. En cualquier caso, doscientas empresas británicas ya han dejado de abastecer al mercado norirlandés, los supermercados han reducido las líneas de productos y los costos de entrega han aumentado. Si bien Bruselas está dispuesta a reducir hasta en un 80% los controles y la autorización de medicamentos, Londres quiere renegociar también el papel del Tribunal de Justicia Europeo como árbitro final ante posibles disputas. O, al menos, esa era la posición cuando estaba Frost.

Foto: Boris Johnson durante una sesión parlamentaria en Westminster. (Reuters/Jessica Taylor) Opinión

Está por ver cómo queda el desenlace ahora que Liz Truss, ministra de Exteriores, ha tomado las riendas. Ella recalca que la activación del Artículo l6 sigue estando encima de la mesa. Pero hecho de que Johnson haya cerrado el ministerio del Brexit y le haya dado las competencias a la responsable de la diplomacia británica (que ya se ocupa de Exteriores, Desarrollo Internacional, Mujeres e Igualdad) ha enfurecido aún más a ala euroescéptica de sus filas. Consideran que ha “degradado” el Brexit y temen que Truss no pueda dedicar mucho tiempo a todo el trabajo que aún queda por delante. Porque el Brexit aún no ha terminado. Por cierto, Truss -que en su día hizo campaña por la permanencia en la UE, pero rápidamente se subió luego al caballo vencedor-, es vista ahora como la posible sucesora de Johnson. Por lo que el inquilino de Downing Street ha debido sopesar que el enemigo, cuanto más cerca mejor.

El número dos de la ministra será Chris Heaton-Harris, que se define en como un “fiero euroescéptico”. En su momento fue investigado por la Comisión de Estándares Éticos de Westminster cuando se supo de su reunión, en marzo de 2019, en dependencias parlamentarias, con una delegación de Vox, encabezaba por Iván Espinosa de los Monteros. Muchos consideran que con Truss puede formar buen equipo. Es más, ya hay un grupo de WhatsApp entre algunos diputados con el lema de 'Liz for Leader'. También hay otro llamado 'Clean Global Brexit' (Brexit limpio y global) formado por euroescépticos convencidos que echan literalmente del grupo a todo aquel que defienda al primer ministro. Y esto es muy revelador.

¿De qué ha servido el Brexit?

Pero volviendo al Brexit. Bruselas lleva implementado controles completos de los productos procedentes del Reino Unido desde principios de 2021. Las medidas sobre los bienes que iban en sentido contrario también deberían haber entrado en vigor en su totalidad tras finalizar el periodo de transición. Sin embargo, Downing Street se está encontrando con dificultades, que se han incrementado además ante la falta de transportistas. Se calcula que hay un déficit de 100.000 camioneros. Pese a su nueva normativa de inmigración, el pasado mes de septiembre, el Gobierno se vio obligado a ofrecer 10.500 visados de trabajo temporales hasta Navidades: 5.000 para camioneros y 5.500 para empleados de la industria avícola.

En principio, los nuevos controles aduaneros se retrasaron hasta marzo. Luego hasta octubre. Y finalmente se impuso nueva prórroga hasta inicios de 2022. Aunque algunos referentes a seguridad sanitaria y fitosanitaria para productos agrícolas no se implementarán hasta el próximo mes de julio. Eso sí, las declaraciones de aduanas sí deberán liquidarse a partir de enero de 2022 por adelantado. Un 50,3% de los empresarios consultados por el Instituto de Exportaciones y Comercio Internacional del Reino Unido (IOE&IT, en sus siglas en inglés) muestran su falta de confianza en que esta transición se realice sin problemas. Ironías del Brexit, el regulador fiscal del Gobierno (Office for Budget Responsibility, OBR, por sus siglas en inglés) cree que su previsión de 2016, antes del referéndum, se mantiene, y el total de importaciones y exportaciones será un 15% menor que si se hubiera seguido en la UE.

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (Getty/Leon Neal)

Lo cierto es que nadie es capaz aún de vaticinar con certeza cuál será el impacto económico del divorcio. La OBR ha cifrado en un 4% el impacto negativo sobre el PIB que tendrá el Brexit a largo plazo. Pero nadie es capaz de definir con exactitud ese “largo plazo”. Y, pandemia mediante, es muy fácil echar ahora al virus la culpa de todos los males. De momento, el Banco de Inglaterra ha subido desde el mínimo del 0,1% al 0,25% los tipos de interés en el Reino Unido -su primer aumento en tres años-, a fin de contener la inflación, que se situó en noviembre en un 5,1%, el mayor incremento desde 2011. Respecto a los acuerdos comerciales, en el último año, la gran 'Global Britain' no ha cerrado suculentos pactos. Aparte de renovar alianzas con alrededor de 60 países -haciendo un copia y pega del acuerdo que tenía con ellos estando en la UE-, la lista de nuevos socios es más bien escueta. Y, más allá de la cuestión política de “haber recuperado el control”, no aportan mucho desde el prisma económico.

El comercio de Londres con Tokio representa solo el 2% del total del Reino Unido, por lo tanto, el aumento esperado del PIB del 0,07% a largo plazo gracias al pacto con Japón representa tan sólo una pequeña fracción de todo lo que han perdido al salir de la UE. Y acuerdo con Australia, según las propias estimaciones del Gobierno, supondrá tan solo un incremento a largo plazo de un 0,02% al PIB. Además, no está exento de polémica porque los agricultores británicos temen enfrentarse a una mayor competencia de sus homólogos australianos en su propio país. De los Estados Unidos, de momento, no hay noticias.

Foto: Montaje: Raquel Cano

Por otra parte, Downing Street ha firmado un acuerdo de pesca con Noruega para que sus flotas faenen en sus respectivas aguas a partir de 2022, con una cuota de captura de 30.000 toneladas para cada país. Sin embargo, con Francia -que precisamente ocupará el próximo año la presidencia de turno de la UE- mantiene una fuerte disputa en torno a las licencias de sus barcos tras el Brexit. París acusa a Londres de no estar cumpliendo con el Acuerdo de Retirada. Y eso no hace otra cosa que incrementar las tensiones diplomáticas por la crisis migratoria en el Canal de la Mancha.

Sin acuerdo en Gibraltar

Lo que tampoco han concluido son las negociaciones en torno a Gibraltar. Pese a que el divorcio europeo se ejecutó a efectos prácticos el pasado 31 de diciembre de 2020 a media noche, el Reino Unido y la UE aún no han definido el marco de las relaciones respecto al Peñón. La Nochevieja del año pasado, a pocas horas de que terminara el periodo de transición, Londres y Madrid conseguían cerrar “in extremis” un principio de acuerdo para evitar los estrictos controles en la verja que habrían sacudido a la economía tanto del Peñón como de las regiones españolas aledañas. La frontera entre España y Gibraltar es la única terrestre, junto con la de Irlanda, que existe ahora entre el Reino Unido y la UE. A diario es cruzada por 15.000 trabajadores, de ellos, más de 10.000 son españoles de una zona como la del Campo de Gibraltar, donde pocas veces se baja de una tasa de paro del 30%. Para España también hay mucho en juego. Más allá de la cuestión de la soberanía, el Brexit obliga ahora a Madrid y la Roca a encontrar una solución pragmática de convivencia.

En el principio de acuerdo alcanzado en Nochevieja, España dijo haber llegado a un entendimiento con el Reino Unido para suprimir las barreras terrestres y adelantó que agentes de la Agencia europea de control de Fronteras (Frontex) asumirían el control de las entradas y salidas por el aeropuerto y puerto de Gibraltar por un periodo inicial de cuatro años. Pero todo eso era tan solo un marco. Ahora son la UE y el Reino Unido quienes deben cerrar el pacto final. Había intención de hacerlo este año, pero las partes han decidido ampliar los plazos. Londres se ha marcado como objetivo poder alcanzarlo para finales de marzo de 2022.

Hay una larga travesía aún por recorrer. Pero la gran diferencia es que no existe ahora un gran liderazgo al mando. Cuando el Brexit se ejecutó en diciembre de 2020 a efectos prácticos, Johnson logró una gran victoria. Pero, un año después, no parece que sepa cómo utilizarla. Y como le pasara al general cartaginés Aníbal, puede acabar perdiendo la guerra.

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