Por qué no voté nunca por Angela Merkel
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Reflexión sobre cuatro mandatos

Por qué no voté nunca por Angela Merkel

Para el autor, Merkel se retira como una gran estadista y, entre las luces y sombras de su mandato, pesan mucho más las primeras. Sin embargo, hay razones por las que nunca se animó a apoyarla en las urnas

Foto: La fotografía de la canciller alemana Angela Merkel es colgada en 2005 junto al resto de sus predecesores. (EFE)
La fotografía de la canciller alemana Angela Merkel es colgada en 2005 junto al resto de sus predecesores. (EFE)

No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi a Angela Merkel. Cuando tomé conciencia de ella como figura pública, como política. Es probable que fuera alrededor de 1998, quizá en la época en que fue elegida secretaria general de la CDU. Yo era estudiante en Berlín y corrían los días finales de Helmut Kohl, que hasta entonces había parecido estar predestinado a ser el canciller eterno de Alemania, el hombre que encarnaba casi literalmente la solidez y estabilidad, pero también la inercia y lentitud de la política alemana. Merkel había sido su ministra desde 1991 —primero como encargada de la cartera para mujeres y jóvenes, luego al frente de Medio Ambiente—, pero su trayectoria política nunca me había llamado la atención. En esa época los medios la llamaban despectivamente la "chica de Kohl", y el espíritu de la época lo personificaban otros.

El socialdemócrata Gerhard Schröder acababa de poner fin a la era Kohl y el nuevo canciller y su ministro de Exteriores, el 'verde' Joschka Fischer, representaban el cambio, la versión alemana del 'New Labour' de Tony Blair, la famosa 'Tercera Vía' entre el capitalismo y el comunismo de vieja escuela —que en su versión más cutre sería más adelante solo un capitalismo con mejor marketing—. Nada indicaba que Merkel tuviese las recetas políticas del futuro. Incluso después de que asumiese la presidencia de la Unión Cristiana Demócrata (CDU) dos años después, en 2000, en su propio partido muchos la veían como algo pasajero, como un accidente. Por su aparente docilidad y falta de ambición, en parte quizá era considerada como una temprana concesión a la cuota femenina que le empezaba entonces a venir bien a los conservadores, en parte también porque parecía solo la persona adecuada para poner la cara durante un breve ínterin, mientras la CDU se recuperaba de la aplastante era Kohl y de un bochornoso escándalo de corrupción. Para algunos, posiblemente, también porque ni siquiera parecía tener un perfil político propio. ¿Podía alguien así liderar por mucho tiempo un partido con tanta tradición como la CDU?

En alguno de los infinitos textos publicados sobre ella en las últimas dos décadas, recuerdo uno en el que el autor sostenía que Merkel había acabado en el partido conservador casi por pura casualidad en los turbulentos años de la caída del Muro de Berlín. Más adelante, concluí que era un veredicto injusto. Merkel entró a la política en 1989 con el "Demokratischer Aufbruch", el "Despertar Democrático", uno de los varios grupos políticos más dinámicos surgidos mientras se hundía la antigua República Democrática Alemana (RDA). Si se unió a ellos y no a la socialdemocracia fue porque se sentía más cercana a los primeros por su profunda desconfianza hacia el papel del Estado. En eso la había marcado su juventud en la RDA.

Merkel, una advenediza política, una mujer en un mundo de hombres, y para más inri proveniente de la extinta Alemania comunista, siguió siendo, sin embargo, una 'outsider' en su partido. En 2002, por eso, tuvo que ceder la candidatura por la cancillería a un barón regional de Baviera, Edmund Stoiber, líder de la mucho más pequeña rama bávara de la alianza conservadora, la CSU. La presión que ejercieron los pesos pesados de la CDU para que eso fuera así fue una afrenta en toda regla, que ella, pese a todo, encajó muy bien. Y cómo. Después de que Stoiber perdiera las generales y Schröder consiguiera la reelección, Merkel se deshizo de uno de sus principales rivales internos en el partido, Friedrich Merz, a quien arrebató el liderazgo de la bancada. Merz, un orador contundente y por lo demás un gran ejemplo de lo patético que puede resultar el exceso de testosterona en la alta política, se retiró un tiempo después de forma anticipada de la política activa y ha intentando volver en varias ocasiones en los últimos años para ser por fin la estrella conservadora en la era post-Merkel. Siempre con resultados lamentables.

Foto: Ilustración: EC Diseño

El "instinto asesino"

El destino del malogrado Merz es un caso aparte, que serviría en todo caso para ilustrar cómo el poder de la subestimada Merkel ha dejado también varios juguetes rotos por el camino, todos hombres. Uno de sus fuertes es que no se toma ninguna ofensa aparentemente de forma personal, algo que le cuesta mucho más al desmedido ego de muchos hombres. En los años posteriores supimos que Silvio Berlusconi se burló en una ocasión de su físico y que Vladímir Putin, conocedor de la fobia canina de Merkel, le echó encima a su perro en una ocasión, durante una de sus visitas al Kremlin. Al final, el aura de Merkel brilla mucho más que la de cualquiera de esos señores.

Tras el caso Merz en esos días de 2002, la "chica de Kohl" dejó de ser solo eso y a las abundantes descripciones de su persona sumó la de su "instinto asesino", una de las metáforas recias de las que le gusta tirar a la prensa alemana. No es que Merkel pasase a ser una mujer implacable de un día para otro, pero su imagen pública de mosquita muerta se pobló de más facetas y de mayores matices. Muchos, de todas maneras, la siguieron subestimando. Entre ellos el canciller Schröder.

En las elecciones anticipadas de 2005, ya nadie le discutió la candidatura conservadora y Merkel sacó los dientes de una manera que no he vuelto a ver nunca en ella. En su campaña propuso un liberalismo atrevido y audaz, osadísimo para un país al que Schröder acababa de sacar, con sus duras reformas laborales y del sistema social, de la comodidad placentera de un Estado de bienestar sobredimensionado y costoso. Pero Merkel no ofrecía dar marcha atrás, sino lo contrario. Más reformas, más mercado.

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, junto al entonces presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, en un congreso del PPE en Madrid. (Getty)

La era comienza con una (casi) derrota

Casi se estrella el día de las elecciones y eso marcó su forma de hacer política para siempre. Los conservadores de Merkel habían llegado a liderar las encuestas con hasta 10 puntos porcentuales de ventaja y al final ganaron por una diferencia ínfima de un punto. Merkel, que solía entrar al escenario bajo los acordes eléctricos de Angie de los 'Rolling Stones' durante la campaña, se presentó al debate televisivo con Schröder con la cara de piedra, el célebre gesto mustio de su boca más marcado que nunca.

Esa noche hizo famosa la tertulia de los principales candidatos políticos, conocida "la ronda de los elefantes". Schröder la atacó de forma brutal, algunos dicen que envalentonado por algunas copas de vino, además de por haberse quedado a las puertas de una remontada inverosímil. El caso es que el ataque del excanciller salvó a Merkel y la convirtió en sus sucesora. Los pesos pesados de la CDU, dispuestos a ajusticiarla por su miserable resultado electoral, se vieron forzados a cerrar filas detrás de ella. El que acabó yéndose fue Schröder. Su despedida no me disgustó. Demasiada testosterona.

Desde aquellos primeros años, la canciller es muy consciente de "la poca voluntad de los alemanes para afrontar cambios"

Merkel empezó su largo mandato casi con una derrota y en los siguientes años empezó a fraguar su famoso estilo de gobierno. Ese tanteo dubitativo, esa intermediación paciente entre todas las posiciones, esas decisiones tomadas siempre tras largas vacilaciones y un poco a regañadientes. La canciller cerebral, siempre más reactiva que activa. Por la lección aprendida de su malograda primera campaña electoral. Mejor sopesar, consensuar, avanzar dos o tres pasitos y luego pararse, no vaya a ser que. Su seña de identidad política, además del rombo que forma con sus manos cuando está de pie frente a las cámaras. "Ese pragmatismo, esa constante búsqueda del consenso es para ella un valor político en sí", lo definió en estos días uno de su biógrafos, Ralph Bollmann, durante una presentación de su libro sobre Merkel en Berlín.

Otra de las lecciones: desde aquellos primeros años, la canciller es muy consciente de "la poca voluntad de los alemanes para afrontar cambios", también en palabras de Bollmann. La famosa querencia de los electores germanos por la estabilidad.

Odiada por los PIGS

Merkel lideró su primera coalición de gobierno con algunas dificultades en sus primeros años, aún puesta en entredicho frecuentemente en la opinión pública y en su propio partido. Hasta que llegó la crisis financiera mundial de 2008. Su reacción —siempre más reactiva que activa— la consolidó como líder en su país y también a nivel europeo. Tuvo además la suerte de que las reformas de Schröder habían modernizado la economía alemana y esta, más robusta, capeó mejor el temporal que las demás. Para 2009, la jefa de Gobierno alemana era favorita cuando buscó la reelección.

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel, durante una conversación telemática con Xi Jinping. (EFE)

Yo vivía entonces ya en Madrid y podía votar por primera vez en unas elecciones federales gracias a mi nuevo pasaporte germano. El principal rival de Merkel, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, consiguió hacer una campaña aún más sosa que la canciller. Yo no tenía especial simpatía por Merkel y sus eternas vacilaciones y cálculos políticos. Había retocado de forma cosmética las reformas de Schröder, sin echarlas por tierra, y tampoco se había atrevido a más. Porque no tenía mayorías, claro. Pero para un votante acostumbrado y atormentado al ver las urgencias políticas de otros países, como yo, era insuficiente. Di mi voto por correo a un pequeño partido que no tenía opción alguna de llegar a la cancillería.

Merkel cimentó en los siguientes años su poder en Alemania y su fama en Europa, para bien y para mal. Eran los días en los que su foto lucía desfigurada con un mostacho al estilo de Hitler en las pancartas enarboladas en las protestas en las calles de Grecia. Era un exceso y era algo ofensivo para la sensibilidad alemana pero, visto desde el sur, Merkel se merecía las críticas. Su dureza inmisericorde con los Estados que alguna prensa había bautizado con el insolente acrónimo PIGS, y entre los que estaba España, también la hacía antipática para mí, rodeado, al fin y al cabo, por mis castizas circunstancias de entonces.

Por otro lado, debo admitir que en más de una ocasión la defendí, aun de mala gana, cuando los ataques eran demasiado virulentos en alguna tertulia informal de la noche madrileña. "La política de austeridad de Merkel también ha dado solidez a la economía alemana". Algo así decía. Merkel, la canciller de la ética protestante y del esfuerzo. En la elección de 2013, cuando ganó su tercer mandato, yo ya vivía como corresponsal de una agencia alemana en Cuba. No iba a votar definitivamente por ella, aunque tampoco me convencían las alternativas. Las dificultades para ejercer el voto por correo desde La Habana me libraron de la decisión.

Foto: Protesta contra el partido ultraderechista AfD en Riesa, Alemania. (EFE)

"Mutti" tiene corazón

Dos años después estalló la crisis de los refugiados y Merkel, como siempre en situaciones así, hizo una buena figura. No en vano en Alemania lleva desde hace tiempo ese apelativo, "la canciller de las crisis", además del más cariñoso de "Mutti", un diminutivo muy afectuoso y teutón para "madre", por el papel que había asumido Merkel como la matriarca de los alemanes en tiempos de turbulencias globales. El puerto seguro en medio del temporal. El rombo, la voz pausada y pragmática, la gran estadista. En 2015 sorprendió a todos porque abrió las puertas a cientos de miles de refugiados, contra todo pronóstico y también contra las reticencias de buena parte de su partido. Además, demostró un lado profundamente humano en su forma de entender la política.

Solo unas semanas antes, Merkel había hecho casi un papelón en público, porque sus comentarios trufados de un frío e indolente pragmatismo habían hecho llorar a una adolescente palestina que habló de sus expectativas como refugiada en Alemania durante un foro abierto con la canciller. La imagen de la jefa de Gobierno intentando consolarla, con extrema torpeza, fueron sustituidas poco después por el enorme gesto de recibir a una oleada de inmigrantes. "Hemos conseguido muchas cosas y también conseguiremos esto", dijo Merkel para explicar que su país tenía las capacidades y, sobre todo, el corazón para recibir a cientos de miles de personas que huían del conflicto sirio. Las imágenes de refugiados coreando su nombre y sacándose selfis con Merkel fueron conmovedoras, también para un inmigrante en Alemania como yo. Si hubiera habido una elección en esos días, hubiera votado por ella. Merkel, la canciller de las crisis y de la cordura económica. Ahora, además, la gran humanista.

placeholder Un refugiado sirio se hace una 'selfie' con Angela Merkel. (Reuters)
Un refugiado sirio se hace una 'selfie' con Angela Merkel. (Reuters)

Dos años después, sin embargo, otra faceta. En junio de 2017 el Parlamento alemán votó por la legalización del matrimonio gay, pese a las reticencias de los propios conservadores, lastrados por los atavismos de su vieja tradición cristiana. La ley, en realidad, fue una obra maestra de la astuta Merkel. Abrió como sin querer la puerta a que sea el Bundestag el que decida con un "voto de conciencia" sobre la unión homosexual y, llegado el momento, votó ella misma en contra para no espantar a electores más conservadores. En Alemania se especuló esos días con que Merkel estaba en realidad a favor del matrimonio gay, pero que no quería meterse en un debate polarizado de cara a los comicios que tendrían lugar unos meses después. De paso, también había cerrado ese tema antes de la campaña. Merkel, la maquiavélica.

La líder del mundo libre

En octubre no voté por ella en la última ocasión de hacerlo, pese a lo mucho que había cambiado, para bien, mi percepción de ella. Y lo mucho que hablaba a favor de una jefa de Gobierno así. Donald Trump había entrado como un elefante en una cacharrería en el frágil escenario mundial, Francia se había salvado por los pelos de Marine Le Pen y en Alemania se decía que Barack Obama había convencido a Merkel de presentarse a un cuarto mandato, porque era la única líder mundial con la talla suficiente para plantar cara a los populistas en el mundo post-Brexit. Algunos medios, sobre todo norteamericanos, la calificaron, con excesivo patetismo, como la nueva "líder del mundo libre", un título reservado normalmente para el presidente de Estados Unidos. Merkel, el último bastión.

Foto: Macron y Merkel durante la celebración del centenario del armisticio de la IGM. (Reuters)

En términos electorales más personales, hablaba en contra mi convicción de que también Alemania necesitaba una renovación y de que tenía que haber vida después de Merkel. Su voto contra el matrimonio gay sirvió de excusa adicional, por ese romanticismo ideológico que todos nos permitimos a veces. Entonces ya era corresponsal en Río de Janeiro y en mi papeleta marqué el casillero de otro partido antes de enviarla por correo certificado (las dificultades para ejercer el voto desde el extranjero en el sistema electoral alemán son un tema que merecen un apartado especial).

Nunca voté por ella. Pero creo que entre las luces y sombras de su mandato, el resplandor de lo primero pesa definitivamente más. Porque fue la primera canciller mujer, además procedente del maltratado este de Alemania, en días en que nadie daba un duro por cualquier cosa surgida de la antigua RDA. Porque construyó un liderazgo tranquilo y efectivo en Europa y el mundo y porque vapuleó a todos los machos alfa que quisieron ningunearla. Como ciudadano voy a echar de menos a la política cerebral y pragmática por la que nunca me animé a votar.

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