"La idea no es ir a sacar a gente de Cuba. La idea es volver a buscar lo que nos pertenece"
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Habla el exilio cubano

"La idea no es ir a sacar a gente de Cuba. La idea es volver a buscar lo que nos pertenece"

Armando Hernández Rosales creció escuchando a Fidel y loando al Che. Hoy, desde el exilio, este doctor cubano trata de recuperar lo que la dictadura ha arrebatado a sus compatriotas

placeholder Foto: Un vehículo militar, en las calles de La Habana. (Reuters)
Un vehículo militar, en las calles de La Habana. (Reuters)

No sabemos con exactitud qué es lo que pasa en Cuba. Y esta es, precisamente, la seña de identidad de cualquier totalitarismo: el control absoluto de lo que sucede en un país, empezando por el acceso a la información. El régimen bloqueó las redes sociales, movilizó a sus fuerzas de seguridad y desplegó a sus partidarios en las calles y parques de ciudades como La Habana, muchas veces armados con palos. Ahora nos llegan imágenes y testimonios limitados; el esbozo de una explosión social y una respuesta represiva que va sumando decenas de arrestados y desaparecidos, y, al menos, un muerto durante los choques: Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años.

Para este artículo, iba a contar con fuentes dentro de Cuba, pero ni siquiera han podido leer los mensajes que les he mandado. Están a oscuras. Quién sabe en qué condiciones. Uno de ellos había sido intimidado e interrogado varias veces en los últimos meses, antes de que las protestas multitudinarias del 11 de julio, en una treintena de ciudades, visibilizasen lo que ya se conocía como 'primavera negra': la campaña de coacción a la disidencia inspirada por el Movimiento San Isidro y el lema 'Patria y vida', título de una canción y remedo del oficialista 'Patria o muerte'.

“Julio es un mes complicado en Cuba, es un mes de revolución a lo largo de la historia”

“Julio es un mes complicado en Cuba, es un mes de revolución a lo largo de la historia”, dice Armando Hernández Rosales, médico cubano especializado en neurología pediátrica, radicado en Argentina y cofundador del Gremio Médico Cubano Libre, creado el año pasado con el objetivo de ayudar desde fuera a los sanitarios que padecen las presiones del Gobierno dentro de Cuba.

“El grupo surge por la inquietud de varios médicos que estamos fuera del país, en solidaridad con los médicos cubanos que estaban siendo agredidos, que estaban siendo desplazados, incluso retirados de sus especialidades, por pensar distinto”, dice Hernández Rosales. “Hay médicos en Cuba que por expresarse fueron quitados de la carrera y en este momento no se les permite ejercer como médicos, tienen guardias fuera de su casa y los están acusando de incitar a la violencia”.

"Hay médicos en Cuba que por expresarse fueron quitados de la carrera y en este momento no se les permite ejercer como médicos"

El colectivo ha cursado oficialmente la petición de establecer un corredor humanitario para abastecer los hospitales cubanos de medicamentos. “Eso está previsto por la ONU. Cuando hay necesidades en un país, se puede organizar de forma civil, y sin ningún interés político ni de ningún otro tipo”, continúa. “En principio, el Gobierno no se expresó en contra, pero luego ya el Ministerio de Exteriores dijo que no iban a permitir que los médicos traidores volviesen a Cuba”.

Caído de un guindo

Conocí a Hernández Rosales la última vez que visité la isla, en 2017, durante un viaje de 18 horas en autobús desde La Habana a Santiago de Cuba. Llegué allí creyendo que el deshielo iniciado por Barack Obama casi tres años antes habría, si no marcado un antes y un después, al menos dejado una mella. Una mejora gradual, palpable, en el nivel de vida. Los cubanos me miraban como si me hubiera caído de un guindo.

Foto: Un manifestante es detenido durante las manifestaciones del domingo. (Reuters)

En un país en el que todas las riendas económicas las empuña una casta militar, no existen mecanismos de transparencia o fiscalización externa, y el Estado envuelve al ciudadano como un líquido amniótico —desde que en la niñez le da un uniforme y lo pone a cantar loas al Che, hasta que este se hace viejo en la misma casa colonial donde probablemente nacieron sus padres—, resulta difícil medir los cambios o las posibles aperturas del sistema. Un sistema que se arroga los derechos políticos y económicos de las personas y que por tanto no necesita recurrir a la mera violencia para mantenerse en pie, porque dispone de opciones más ubicuas y sutiles.

El escritor Reinaldo Arenas, que logró escapar de Cuba con un ardid en 1980, contaba cómo había sido declarado no-persona. Después de haber cumplido condena en las mazmorras castristas; de haber sido incomunicado, torturado y obligado a denunciar a otros y a firmar una confesión, fue condenado a la muerte cívica. Salió de prisión, pero no tenía ni vivienda, ni empleo ni papeles. Su nombre había sido borrado de los registros. Cuando un escritor extranjero visitaba Cuba y preguntaba por él, las asociaciones oficialistas (las únicas que hay en Cuba) decían que no, que había un error. Que en Cuba no había ningún escritor con ese nombre. Reinaldo Arenas no existía. Mientras, el autor vagabundeaba por La Habana y sobrevivía con los favores que, secretamente, le hacían sus amigos.

Foto: Un integrante de las brigadas especiales, durante las protestas. (EFE)

Arenas escapó colándose entre los 125.000 cubanos que salieron de Puerto Mariel en 1980, incluidos numerosos presos, criminales comunes y pacientes de hospitales mentales que el régimen colocó a la fuerza en los barcos que habían venido de Miami. Una manera de deshacerse de aquella porción de la sociedad más incómoda y descontenta con la dictadura. Pero la opción de otro Mariel, como explicaba Daniel Iriarte en estas páginas, no sería una estrategia ganadora para el régimen. Cuba ya no puede tolerar más fuga de cerebros, de talento, de tejido productivo. No solo hay escasez de comida y medicamentos; también faltan todo tipo de profesionales.

Lo que nos pertenece

Hernández Rosales dice que el Gremio Médico Cubano Libre tampoco tiene intención de ir a buscar a nadie. “La idea no es ir a sacar a gente de Cuba, sino todo lo contrario: la idea es ir nosotros a Cuba. Volver a buscar lo que nos pertenece”.

“La idea no es ir a sacar a gente de Cuba, sino todo lo contrario: la idea es ir nosotros a Cuba. Volver a buscar lo que nos pertenece”

Algunas cosas han cambiado en Cuba desde el episodio de Mariel, pero no la denodada y envolvente represión. El pasado diciembre, un informático de 28 años llamado Luis Robles sacó un trozo de cartón de su mochila en una calle de La Habana. Según la reconstrucción que ha hecho el periodista independiente Abraham Jiménez Enoa, Robles había escrito en el cartón las palabras “libertad”, “no + represión” y “#Free_Denis”, en referencia al rapero Denís Solís, arrestado por la dictadura. Pocos minutos después, Robles ya estaba en la parte de atrás de un coche de policía, camino de Villa Marista: la temible sede de la Seguridad del Estado.

Foto: Cubano-americanos asisten a una manifestación de apoyo a los manifestantes en Cuba. (EFE)

El joven fue acusado, inicialmente, de “afear el ornato público” (por sostener un cartel), y luego de “actos contra la Seguridad del Estado”. Hoy, Robles languidece en la prisión de máxima seguridad del Combinado del Este, donde, según Cubanet, ha sido golpeado, incomunicado y humillado repetidas veces; por ejemplo, siendo exhibido en cueros delante de los otros presos. Robles tampoco ha tenido el acceso necesario a los medicamentos que necesita para una enfermedad estomacal.

Las protestas han sido causadas por una serie de tormentas paralelas. El rígido confinamiento del año pasado mantuvo la pandemia relativamente controlada, pero castigó una economía de por sí vulnerable, siempre al borde del hundimiento completo, sobre todo desde que Donald Trump restableciese las restricciones económicas más duras del embargo. La escasez ha generado hambre y cortes de luz, y, para colmo, la ola de contagios de covid, relajado el encierro, ha desbordado los endebles recursos sanitarios de la isla. Los hospitales están saturados, y esas dos vacunas que ha fabricado Cuba —que no ha analizado ninguna agencia científica externa— de poco sirven. No hay jeringuillas ni personal médico para administrarlas.

Una de las razones de la falta de médicos es que Cuba los exporta. Uno de cada tres doctores cubanos está trabajando en el extranjero, muchas veces, como apunta este informe de Human Rights Watch, en condiciones de explotación. El régimen lo embellece, habla de “misiones médicas”: mientras EEUU lanza bombas, Cuba salva vidas. Pero lo cierto es que Cuba cobra esos servicios a buen precio, pues suponen su segunda exportación y aportan a las arcas públicas unos 10.000 millones de dólares anuales. A los propios médicos, apenas se les ingresa para la manutención.

Foto: Manifestantes en La Habana, durante las protestas llevadas a cabo el pasado 11 de julio (Reuters)

Los doctores, además de estar mal pagados, tienen supervisores que vigilan sus relaciones personales y se cercioran de que no se mezclen en política. Los gobiernos que los contratan suelen despachar a estos médicos a lugares inaccesibles o peligrosos a los que los sanitarios locales tienen reparos en acudir. Si uno de estos médicos rompe el contrato, se le prohíbe volver a Cuba durante ocho años.

Otro factor que ha podido vertebrar el descontento de esta primavera y las manifestaciones del domingo es la proliferación de internet en los teléfonos móviles, una posibilidad desde finales de 2018. Una ventana hacia el mundo exterior y un instrumento de organización disidente. Aun así, en Cuba solo hay una compañía de telecomunicaciones, Etecsa, lo cual permite al Gobierno bloquear el acceso a determinadas páginas web y apagar a voluntad el uso de las redes sociales.

Una mano como de Sarita Montiel

El paso del tiempo ha roto lo que, en otra época, pudo parecerse a un hechizo: la vida en una teocracia comunista, con sus mandamientos, sus liturgias y sus tabúes gruesos como una muralla medieval. En este contexto, Fidel Castro era más que un líder o un símbolo: era un profeta, un Dios. Una deidad que se paseaba en su Jeep descapotable por toda Cuba, día y noche, estrechando manos, rehaciendo las leyes de viva voz y clavando su mirada en los ojos del pueblo. Manteniendo el hechizo, persona por persona. La atadura casi mística entre el pastor y el rebaño.

"A mí me dio la mano Fidel. Era una mano rara, como si le dieras la mano a Sarita Montiel, una mano que no sabes qué hacer con ella"

“A mí me dio la mano Fidel”, recuerda Armando Hernández Rosales. “Era una mano rara, como si le dieras la mano a Sarita Montiel, una mano que no sabes qué hacer con ella, porque es tan grande el mito que tienes en la cabeza, que no sabes si le estás dando la mano a Dios”. El médico se cruzó con el dictador en dos ocasiones. Una vez siendo niño, cuando volvía a su casa de La Habana al atardecer. “Te están diciendo pioneros por el comunismo desde que naciste y tienes en casa una foto de Fidel y del Che más grande que un mural. Me quedé petrificado. Le dije: 'Vengo de estudiar'. Me dijo: 'Acá los niños pueden caminar felices y sin miedo”.

“Me llamó lidercillo sindicalero. Al final, se han están cumpliendo sus designios”

La segunda vez, siendo estudiante de medicina, Hernández Rosales protestó durante una visita de Fidel Castro a la facultad. Hernández dijo que en Cuba se educaba a los médicos con el mismo sistema impersonal y mecánico de una fábrica de tuercas. El dictador preguntó: “Y ese muchacho, ¿quién es? Ese lidercillo sindicalero”. Castro pidió al rector que no se le disciplinara, que el estudiante había dicho la verdad.

Lo que el tirano, fallecido en 2016, no sabía, era que en 2020 Armando Hernández Rosales dejaría de lado las cautelas políticas que había venido observando toda la vida para evitar problemas a sus familiares de Cuba. “Me llamó lidercillo sindicalero. Al final, se han están cumpliendo sus designios”.

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