"¡Que vengan los americanos!": caminando dentro de las protestas en Cuba
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Díaz-Canel, más tenso que nunca

"¡Que vengan los americanos!": caminando dentro de las protestas en Cuba

Miles de cubanos toman las calles para protestar contra el Gobierno al grito de "¡libertad!" en una jornada inédita que se saldó con cientos de detenidos y enfrentamientos

placeholder Foto: Protestas en La Habana. (Reuters)
Protestas en La Habana. (Reuters)

A las cuatro de la tarde, cuando la televisión cubana se enlazó en cadena nacional, yo dormía una siesta previendo que por la noche tendríamos de nuevo apagón en casa. Dormir en Cuba, en verano y sin electricidad, constituye un reto que la mayoría no logramos superar.

Fue mi padre quien nos avisó de que Díaz-Canel estaba en televisión hablando de una protesta que horas antes había tenido lugar en una pequeña ciudad de la periferia de La Habana. En su discurso desde el Palacio de la Revolución, poco después, se le veía sobresaltado, tenso como nunca.

No terminé de oírlo. Al salir a la calle, mientras revisaba los mensajes en mi móvil, comprobé que internet había sido cortada un par de horas antes. Regresaría al cabo de un rato, pero con intermitencias que todavía se mantienen.

Como no vivo en La Habana, suponía que dar una vuelta por mi ciudad sería una pérdida de tiempo. Aun así, tenía que hacerlo, movido por un elemental deber periodístico. Fue en esas cuando me llegó un primer 'flashazo' de conexión y recibí de golpe cientos de mensajes, sobre todo a través de Telegram, que en circunstancias como esta ha demostrado ser la red más segura. Me sorprendió enterarme de que también en Camagüey, donde vivo, la gente se había "botado para la calle"; incluso alguien aseguraba que muy cerca de mi ubicación la policía acababa de disparar con balas de goma y un anciano había resultado herido.

Foto: Un integrante de las brigadas especiales, durante las protestas. (EFE)

Nada de eso pude verlo. Solo en dos plazoletas de la zona antigua de la ciudad, rodeadas de barrios humildes, encontré a personas esperando "algo". Ocasionalmente alguna lanzaba un "Patria y vida" o un "Díaz-Canel singao" (los principales lemas antigubernamentales), y era coreada por varios de los presentes. Todo el mundo filmaba con sus teléfonos. "Esto está medio 'muerto', dicen que en Palma sí se 'calentó' la cosa", me aclaró un conocido del Servicio Militar, que a comienzos de año regresó a Cuba devuelto por las autoridades migratorias de México. Había intentado aplicar para el asilo político en Estados Unidos, pero, sin avales suficientes con que justificar su condición de "miedo creíble", los norteamericanos se negaron a aceptar su caso. "Allá hay que llegar con algo, un galletazo a un policía o un cartel pintado, si no te 'planchan", me contó entonces.

Le propuse que siguiéramos juntos, pero desistió al encontrarse con una exnovia que a su vez lo invitaba a su casa. "Es que el deber llama...", me dijo con una sonrisa cómplice y deseándome suerte.

Mi nueva meta, la calle Palma, es una barriada de bajos ingresos que se levanta frente por frente a la gobernación provincial y la Plaza de la Revolución (en Cuba cada ciudad de cierta importancia tiene una), de las que la separa un pequeño río. De niño, mis padres me tenían terminantemente prohibido entrar a Palma, sitio en el que se refugiaban jineteras (prostitutas) y ladrones de bicicletas, y del que cada tanto llegaban historias de peleas y apuñalamientos. El tiempo y varias inversiones públicas han cambiado en parte aquella realidad, pero incluso hoy evito andar por allí cuando se hace de noche.

En Palma sí encontré protestas. Varias decenas de personas intentaban acercarse a la gobernación, mientras un número mucho mayor seguía la escena expectante. Solo el grupo de avanzada coreaba las consignas antigubernamentales, mientras entre los rezagados menudeaban los que aprovechaban la oportunidad para sacarse fotos; un corrillo se había formado en torno a una botella de ron.

Allí me enteré de que en La Vigía, un reparto ubicado al norte de la ciudad, "la gente se había fajado con la policía". La situación había llegado al punto de producirse disparos. Una mujer insistió en pasarme por Telegram el vídeo de la protesta.

"¡Coño, pero esa gente no es de La Vigía. A ese chamaco yo lo conozco de Timbalito!", nos interrumpió uno de los bebedores que se había acercado a ver la grabación por sobre mi hombro. Repasé el segmento y comprobé que en la calle de marras todas las casas permanecían cerradas. Ese dato, y el color de la piel y la ropa de los manifestantes más activos, inducía a pensar que no eran de la zona.

"¡Coño, pero esa gente no es de La Vigía. A ese chamaco yo lo conozco de Timbalito!", nos interrumpió uno de los bebedores

Al margen del discurso oficial, la racialidad sigue siendo una de las variables que condicionan el acceso a la riqueza en Cuba. Los habitantes de La Vigía, un barrio de clase media fundado 100 años atrás, siguen siendo mayoritariamente profesionales y blancos; sus vecinos de las barriadas informales que la rodean, afrodescendientes y emigrados de la empobrecida región oriental de Cuba.

En el ínterin otro conocido se había acercado a saludarme. A ratos, uno o el otro volvíamos a tener internet y aprovechábamos para ver vídeos y leer mensajes viejos. Fue él quien me mostró un canal de Telegram que desde hacía más de una semana convocaba a las manifestaciones en Camagüey y daba consejos sobre cómo organizarse y evitar ser detenido por la policía. "Estás más atrás que los cordales, periodista. Si a mi hermana en Matanzas hoy hasta le mandaron una lista de los lugares a los que podía ir a protestar", se burló.

Mi "amigo" el bebedor, ya para entonces algo achispado, volvía a ratos a entrometerse en nuestra conversación, pedía que repitiéramos algún segmento de vídeo o "picaba" uno de los cigarrillos de mi acompañante. Como para justificarse de sus continuas intromisiones insistió en contarnos que tenía 51 años y "estos cabrones" (las autoridades) le habían "jodido la vida".

Foto: El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, durante las protestas. (EFE)

A comienzos de los 90 había participado en el robo de un pequeño buque pesquero junto a varios amigos con los que pretendía llegar a los Estados Unidos. Pero el destino le había jugado en contra por partida doble: el custodio de la base de la que se habían llevado la embarcación había muerto a causa de un golpe en la cabeza, y la desvencijada nave en la que viajaban había naufragado poco después de salir a mar abierto. El guardacostas cubano que los rescató de la muerte fue el último sitio que vio fuera de la cárcel durante los más 10 años que debió cumplir por el robo del barco y la complicidad en la muerte del vigilante.

Con tales antecedentes, ningún país le otorgaba visa, Cuba se había convertido en el único sitio en el que podía vivir. Hasta un proceso para hacerse con la ciudadanía haitiana, por su condición de descendiente, se había malogrado a causa de aquellos delitos que le habían "fabricado".

placeholder Detención en La Habana. (Reuters)
Detención en La Habana. (Reuters)

"¡A estos 'singaos' que los maten a todos!", gritó cuando le pregunté por sus reclamos. "¡Que vengan los americanos, yo lo que quiero es que esto sea la yuma!", agregó como para que lo entendiera mejor.

Mientras, a sus espaldas, mi conocido me hacía señas para que no le diera más conversación y lo dejara marcharse. "¿No ves que es un borracho?", dijo cuando por fin estuvimos solos. Cuando todo comenzó, él había salido a buscar aceite "al precio que fuera". Le di un par de direcciones donde tal vez podría encontrarlo y nos despedimos. Algunas personas regresaban de frente a la gobernación diciendo que habían lanzado gas pimienta, pero la protesta parecía haber caído en un punto muerto. "Todo esto es muy bonito, pero hoy yo también tengo que comer", sentenció mientras encendía su motocicleta eléctrica para "seguir luchando los frijoles". Caía la tarde en Camagüey, y como él, muchos otros dejaban la revuelta para mañana.

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