fallece EL LÍDER CUBANO

Muere Fidel Castro, el hombre que acabó con la diversión

Fidel Castro se ha desembarazado del último andrajo que le ataba a la realidad, su propio cuerpo. Ya es lo que siempre quiso ser, sujeto del juicio de la historia

Foto: Fidel Castro aplaude antes de un discurso de Manuel Fraga en La Habana, el 1 de noviembre de 1998 (Reuters)
Fidel Castro aplaude antes de un discurso de Manuel Fraga en La Habana, el 1 de noviembre de 1998 (Reuters)

Fidel Castro se ha desembarazado del último andrajo que le ataba a la realidad, su propio cuerpo. Ya es lo que siempre quiso ser, sujeto del juicio de la historia, un ser transcendente, un personaje que puso a su país en los periódicos de todo el mundo.

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Fidel Alejandro Castro Ruz nació en 1926, y es difícil saber en qué momento se convirtió en Fidel Castro. Su cuerpo muerto, vacío, la carcasa que ha tenido como inquilino a un mito, un ser inventado por quienes quisieron ver en él un mesías y por quienes encontraron en su rostro el embarbado belcebú que necesitaban para alimentar su antagonismo ideológico, dejó escapar hoy al último ser novelado en vida a partir de hechos reales. No tardaremos mucho en ver la primera película 'posmortem' de Fidel en Hollywood, aunque hace mucho que los guiones sobre el jefe de la revolución se cuelan en forma de noticias de los telediarios con que desayunamos cada día. Nunca fue importante quién era Fidel Castro, lo importante siempre fue juzgarle.

A Fidel le gustaban los espaguetis con tomate pero no la música. En realidad no es que no le gustara, sino que la entendía como todo en la vida: de manera cartesiana, utilitarista, como un código o un instrumento pseudopedagógico destinado a la edificación del espíritu del revolucionario. La Nueva Trova forjó con sus notas el canto épico rebelde, hasta que la Nueva Trova dejó de ser tan nueva y los viejos nuevos - o al menos una parte significativa de ellos- empezaron a ver que había más de rancio que de fresco en una revolución que en realidad nunca perteneció a Fidel, aunque él se empeñara en poseerla.

Probablemente nadie como Carlos Puebla, a quien no se le ocurrió mejor cosa que elogiar al comandante en jefe en su lucha contra el robo y la impunidad diciendo aquello de “Y en esto llegó Fidel, se acabó la diversión. Llegó el comandante y mandó a parar”, resumiendo de manera más sintética la figura del líder de la revolución.

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Fidel Castro en la Sierra Maestra, 1959 (Reuters)
Fidel Castro en la Sierra Maestra, 1959 (Reuters)

Y sí hubo diversión, pero hasta los 60, cuando Fidel, aseguran quienes estuvieron con él en el gimnasio de la Universidad de La Habana, bajaba a discutir con los estudiantes sobre qué hacer con su triunfante revolución. Discutió con ellos hasta que se cansó de que le discutieran y entonces se acabó la diversión, y el diversionismo ideológico que llevó a los críticos y a los diversos a los campos de trabajo y a la isla a pasar por el filtro del socialismo real para quedarse en un pensamiento totalitario y dogmático sin sal ni azúcar.

Y eso fue un problema, porque a Fidel le gustaba cocinar. El comandante se jactaba de hacer muy bien los espaguetis, lo dice Tad Sulzc en la mejor biografía escrita sobre el comandante en jefe. En ella, el periodista que acompañó varias veces a bucear al líder revolucionario se pregunta si Fidel era realmente comunista, si fue socialista por convicción ideológica o simplemente un jugador de cartas avezado y capaz de aprovechar el antagonismo como caldo para sus guisos. Para guisar no se necesita azúcar, pero cuánto lio tuvo siempre el comandante con el azúcar en todo lo que cocinó. Un par de años antes de 1970 se le ocurrió que Cuba debía llegar a los 10 millones de toneladas de azúcar para exportar a los países del bloque comunista con el fin de compensar de alguna manera la sopa boba que le llegaba del Este de Europa –a Fidel no le gustaba que le dijeran que era un mantenido ni un país satélite de los rusos- Y el comandante mandó a parar. Paró todo el país para lograrlo, pero lo paró realmente: dos años y en todos los sectores, desde la agricultura a la industria o los servicios, una decisión de la que Cuba nunca terminó de recuperarse completamente. Lo peor fue que no se llegó a los 10 millones, aunque el día en que había que anunciarlo justo a los americanos se les ocurrió detener a unos pescadores cubanos en el mar.

Sacerdocio en el comunismo

Frei Betto juraría y perjuraría que Fidel Castro es el jesuita 2.0; Hugo Chávez trató siempre de sacar al cristiano que el comandante llevaba dentro, más aún cuando le hizo de confesor sin confesionario antes de su muerte; pero es difícil saber si los hermanos de La Salle de Santiago de Cuba donde estudió sembraron en él la semilla de la solidaridad y el comunismo. Con la pistola en el bolsillo –así había que batirse en aquellos años - Fidel Castro hizo campaña en la Universidad de La Habana contra las huestes de Grau, Prío y Batista, y se alineó con el finado Eduardo Chibás en el Partido Ortodoxo, su verdadera primera filiación política. Defendiendo gratis a obreros y estudiantes como abogado, se olvidaba de llevar comida a casa, según contó en alguna ocasión su primera mujer Mirta Díaz-Balart, tía de los congresistas estadounidenses Lincoln y Mario Díaz Balart (así son estas cosas).

En el año 1953, y con poco menos de un cuarto de vida, ya exigía la indulgencia y absolución de la historia, en el simulacro de juicio que se le hizo por el estrepitoso fallido asalto al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba. El juicio duró cuatro horas; el discurso de Fidel ocupó más de la mitad de ese tiempo.

El naufragio, que no desembarco, del Granma –según el propio Che Guevara-, dejó poco más de una docena de supervivientes de entre los 81 expedicionarios, pero Fidel no pudo contener la alegría al saber que entre él y su hermano Raúl contaban siete fusiles. “Ahora sí ganamos la guerra”, dijo en una anécdota que el hoy presidente de Cuba no se cansa de contar.

Tras el triunfo revolucionario prometió a Nixon (entonces vicepresidente) que su Gobierno no era comunista, pero tras el intento de invasión en Bahía de Cochinos –Girón- declaró el carácter socialista de la revolución. Su relación con Estados Unidos, desde que de niño le escribió a Roosevelt pidiéndole un billete de diez dólares, fue siempre la llave del rompecabezas de su cabeza, y el elemento que ha hecho que todo en su vida sea condenado, por antiestadounidense, o alabado, también por antiestadounidense.

Sus diatribas contra los presidentes y políticas estadounidenses, las acciones militares de Washington, sus injerencias y sus contradicciones le granjearon un sinfín de simpatías. "Si se me considera un mito, es mérito de los Estados Unidos", dijo en 1988.

Fidel Castro durante la visita oficial de Mijail Gorbachov a Cuba, el 2 de abril de 1989 (Reuters)
Fidel Castro durante la visita oficial de Mijail Gorbachov a Cuba, el 2 de abril de 1989 (Reuters)

Algunos han elogiado la “visión larga” del comandante, la que tuvo en 1989 meses antes de la caída del muro de Berlín para decir aquello de que aún si la Unión Soviética desapareciera Cuba seguiría siendo comunista. Aquello lo dijo un 26 de julio en Camagüey, y ese mismo día prometió que esa ciudad sería el centro lechero más grande del mundo.

Infinitas horas de charla

Y como todo va de azúcar en Cuba, hay quien quiere ver en Fidel al último representante de la lógica de la sacarocracia cubana. Nacido en la explotación agrícola de su padre, vinculada con las empresas estadounidenses, la hacienda de Ángel Castro sintetizaba el concepto de un microestado: una escuela, un hospital, una bodega para los transeúntes, una pequeña capilla, las viviendas de los empleados y naturalmente la casa del patrón, todo bajo la responsabilidad económica y moral del propietario. La idea de que el que mandaba debía pagar salud, educación y proveer vivienda a todos además de un pequeño estipendio no nació en Cuba en 1959.

Del mismo modo, la alimentación fue siempre una preocupación en la cabeza de Fidel. Desde el picadillo de soja a la olla arrocera, pasando por las vacas en miniatura o la magnífica Ubre Blanca y natural, y últimamente la moringa, Fidel dio lecciones siempre sobre cómo y con qué yantar, y más cuando no había nada que cocinar en esos años del periodo especial que terminaron alargándose para no terminar de irse nunca más de la cabeza de los cubanos.

Como tampoco se irán nunca las infinitas horas en la televisión cubana del comandante hablando, dando su opinión sobre cuanto acontecimiento mundial ameritara su atención. Los discursos se acabaron un 26 de julio de 2006, mientras estaba dando uno de ellos. Sus divertículos –dicen por ahí- se rompieron y él tuvo que dejar sin terminar su alocución. Fidel acababa de hablar del sabor artificial del helado de vainilla.

Con la salida física de la escena de Fidel, la televisión comenzó a volverse predecible y dar a la hora y sin demora la telenovela, los partidos de pelota y los programas de entretenimiento del fin de semana.

Lo que sí no le gustó nunca a Fidel fue bailar. No lo permitía el uniforme verde olivo ni sus botas de militar, un día sustituidas discretamente por zapatillas de marca de color negro para aguantar su largo y desgarbado cuerpo durante sus prolongadas intervenciones. Un músico cubano dijo una vez que podía entender que la revolución fuera intransigente ideológicamente, combativa y trabajadora, pero no que fuera aburrida, aunque Carlos Puebla ya hubiera dejado claro muchos años antes que con el comandante se acabó la diversión.

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