LAS DISTINTAS RAMIFICACIONES DE LA CRISIS

Qué se dice del Covid | EEUU está perdiendo la reputación de ser un país competente

Esta revista de prensa reúne algunos de los artículos publicados en el mundo más útiles para entender lo que está pasando y sus consecuencias futuras

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters)

Hoy, la selección de artículos internacionales sobre el Covid-19 se aleja de lo más inmediato, el recuento diario de nuevos contagiados y fallecidos, y de las inminentes consecuencias económicas de la pandemia, para ver adónde nos puede llevar esta crisis en términos geopolíticos, cómo puede impactar al mundo emergente, sus implicaciones en nuestra relación con las pantallas y cómo tal vez nos enfrente a la pregunta incómoda de cuánto valen las vidas humanas.

En el 'Financial Times', Martin Wolff, uno de sus analistas más respetados, explica por qué es una desgracia que esta pandemia, ya de por sí dramática, haya tenido lugar cuando las dos grandes potencias del mundo, China y Estados Unidos, están demostrando unas enormes carencias. “Ser un superpoder no solo tiene que ver con la fuerza bruta, sino con ser considerado un líder competente y decente. Tras sus victorias en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Estados Unidos fue este tipo de líder. A pesar de su creciente fuerza económica, China no lo es”. El virus se originó casi con total seguridad en China, donde las autoridades suprimieron las noticias sobre su aparición y tardaron tres semanas en dar una respuesta, lo que permitió que este se expandiera por todo el mundo. Después, la respuesta fue brutal.

Para Wolff, “la supresión inicial de malas noticias y la escala de la respuesta son características de un Estado represivo pero efectivo”. Por su parte, dice Wolff, “en todo el mundo, los principios fundamentales estadounidenses de democracia y libertad individual siguen siendo atractivos para mucha gente, a pesar del auge global de la autocracia populista. El vigor de su economía privada podría salvarnos a todos. Pero hoy Estados Unidos está perdiendo la reputación de ser una nación competente, ya maltrecha por una larga lista de guerras absurdas y la crisis financiera de 2007-2009. Por ahora, hay partes del Gobierno, principalmente la Reserva Federal, que siguen siendo efectivas, aunque ¿quién sabe lo que pasará con una segunda presidencia de Trump?”.

Para Wolff, la crisis del coronavirus puede acelerar ciertas tendencias, como el auge chino y el relativo declive estadounidense. Pero eso impediría lo que ahora es particularmente necesario: que las dos superpotencias colaboren “reconociendo los muchos intereses que comparten y tolerando sus profundas diferencias”.

En los últimos años, cuenta el 'New York Times', muchos emprendimos una batalla que la mayoría íbamos perdiendo: la batalla contra la adicción a las pantallas. Intentábamos pasar menos tiempo ante el ordenador, en las redes sociales, mirando el móvil, viendo tonterías en la tableta. Pero esa batalla ha terminado. “Tengo la televisión encendida. Tengo el portátil abierto. Tengo el teléfono sin bloquear, brillando —cuenta Nellie Bowles—. La pantalla es el único contacto con mis padres, a los que echo de menos pero no puedo visitar porque no quiero matarles accidentalmente con el virus. Me proporciona horas de felicidad con mis amigos del instituto y me trae fotos de gente cocinando en Facebook. ¿Hubo un tiempo en el que pensaba que Facebook era malo? ¿Una arteria de peligrosa propaganda que invadía el cuerpo político del país? Quizá. No me acuerdo. Eran otros tiempos”.

Sin embargo, este triunfo absoluto de la pantalla que nos ha hecho olvidar —aunque sea temporalmente— todas nuestras reticencias, no oculta que “cuanto más utilizo FaceTime, más odio no poder abrazar a mis amigos. Brindar con una pantalla no es lo mismo […]. Ahora que todos estamos enganchados a la pantalla, podemos empezar a ver las limitaciones de este clímax. Ahora que el tacto es lo más raro de todo, lo deseo. Lo primero que quiero hacer cuando esto termine es chocar la mano de todos los desconocidos con los que me tope”.

En el 'Economist' se preguntan ya por el que puede ser “el próximo desastre”. “El nuevo coronavirus —dice— está causando estragos en los países ricos. Con frecuencia se ignora el daño que provocará en los pobres, que podría ser peor. Los datos oficiales aún no cuentan esa historia”. Las cifras de infectados y de muertos en los países en desarrollo todavía son bajas. “Pero el virus está en casi todos los países y sin duda se expandirá. No hay vacuna. No hay cura […]. Para los países pobres, esto supone un desastre. El distanciamiento social es prácticamente imposible si vives en un barrio atestado. Lavarse las manos es difícil si no tienes agua corriente. Quizá los gobiernos le digan a la gente que no vaya a trabajar, pero si eso significa que sus familias no pueden comer, saldrán igualmente. Si se les impide, quizá provoquen disturbios”.

El 'Economist' termina con una advertencia sombría: “Como demostraron las anteriores campañas contra la malaria y el VIH, hace falta un esfuerzo global coordinado para hacer retroceder una pandemia global. Es demasiado tarde para evitar un gran número de muertes, pero no demasiado tarde para evitar una catástrofe. Y a los países ricos les interesa pensar tanto global como localmente. Si se permite que la COVID-19 arrase el mundo emergente, no tardará en volver a extenderse por el rico”.

En la revista alemana 'Spiegel' se hacen una pregunta incómoda pero seguramente ineludible. “En estos tiempos difíciles se nos piden muchas cosas: paciencia y compasión, disciplina y civismo, valentía y razón. Pero es probable que en las próximas semanas, cuando la economía lleve paralizada un tiempo, la brújula moral de la sociedad y de la política llegue a la cuestión más importante: si esa situación vale la pena. En tiempos menos existenciales, la pregunta sería un tabú: ¿qué precio está dispuesta a pagar la sociedad para salvar vidas humanas?”.

"En tiempos menos existenciales, la pregunta sería un tabú: ¿qué precio está dispuesta a pagar la sociedad para salvar vidas humanas?"

Por mucho que nos repugne, dice Christiane Hoffmann en esta provocativa columna, debemos hacer frente a la pregunta. Los políticos, dice, deberían contar de manera más abierta qué alternativas hay al confinamiento si este se prolonga. “Como reacción inicial al estallido de la pandemia, seguir el consejo de los virólogos y cerrar el país para cortar de raíz la expansión incontrolada del virus fue lo correcto. La compasión y la solidaridad son los fundamentos de la democracia; sin ellas, no puede existir. Pero en las próximas semanas y meses tendremos que hacer nuevas valoraciones. En ese momento, tendrán que adoptarse decisiones serias sobre los riesgos que estamos dispuestos a asumir para volver a poner en marcha la economía. O si la solución podría ser aislar a los más vulnerables”.

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