el mayor truco de 'diplomagia' de la historia

La lucha hegemónica del Covid-19: por qué China dice ahora que el virus lo creó EEUU

China pretende realizar un ambicioso acto de magia con el mundo entero mirando: el virus de Wuhan no es chino. Y si le sale bien, puede acabar convenciéndote de que un ciervo es, en realidad, un caballo

Foto: Donald Trump y Xi Jinping, segundos antes de darse la mano el 9 de noviembre de 2017. (Reuters)
Donald Trump y Xi Jinping, segundos antes de darse la mano el 9 de noviembre de 2017. (Reuters)

Seguramente hayas oído hablar de la teoría de la conspiración que sitúa la CIA detrás del coronavirus. Si no lo has hecho, es cuestión de tiempo. Y en ese momento, los chinos habrán conseguido que veas un ciervo y te preguntes si eso acaso no es un caballo.

Este proverbio —“Señalar un ciervo y decir que es un caballo”— se emplea cuando alguien trata de manipular con descaro una situación a su favor. Aunque fue acuñado en el siglo II AC por el primer ministro Zhao Gao para poner a prueba la lealtad de la corte del emperador, encaja a la perfección con la narrativa actual china. Mientras miles de personas mueren en España, Italia o Irán y una tormenta económica amenaza a millones de familias en todo el mundo, Pekín ha puesto toda su maquinaria propagandística a trabajar para convencerte de que el virus no se originó en Wuhan, sino en un sótano de Virginia. ¿Te suena extraño? Pues tiene su explicación. Comencemos.

Elige tu propia conspiración

Desde la aparición del Covid-19 en China a finales del año pasado, han surgido infinidad de fantaseos conspiranoicos sobre su supuesto origen. Unos aseguran que es un arma biológica que a China se le fue de las manos; otros, que fue el propio Bill Gates quien diseñó el virus y, por supuesto, no han faltado los que apuntan a la omnipresente mano de la CIA y a los laboratorios militares de EEUU como creadores de una pandemia que ya ha contagiado a 215.000 personas y acabado con la vida de casi 9.000 en más de 150 países.

Pero esta última teoría —en la que tropas estadounidenses habrían llevado el virus a Wuhan durante una competición militar en octubre del año pasado— no se ha quedado confinada en los rincones ‘fringe’ de internet. Varios funcionarios chinos de alto nivel la han rescatado de foros y páginas que recogen estos relatos y la han incorporado al mensaje oficial del Gobierno sobre la epidemia más devastadora en 100 años.

El ejemplo perfecto de esto es Lijian Zhao, portavoz del Ministerio de Exteriores: “¿Cuándo surgió el paciente cero en EEUU? ¿Cuánta gente está infectada? ¿Cuáles son los nombres de los hospitales? Pudo ser el ejército de EEUU quien trajo la epidemia a Wuhan. ¡Sed transparentes!”, escribió en su Twitter el pasado 12 de marzo. Un funcionario del hermético Ejecutivo chino exigiendo transparencia a Washington.

La postura de Lijian Zhao no es ninguna excentricidad personal. De hecho, es la norma entre varios diplomáticos chinos. La gran mayoría de sus embajadores en África, por ejemplo, le retuitearon. Otros funcionarios, aunque no han difundido de forma explícita esa teoría, ponen en duda lo que confirma la ciencia: que el epicentro del virus está en los mercados de Wuhan. Recientemente, el periódico 'La Croix International' publicó un artículo citando “instrucciones confidenciales” de Pekín a personal de Exteriores para que omitieran en todas sus comunicaciones que el brote surgió en China. El documento iba más allá e insistía en que, aunque el virus había golpeado duramente a Wuhan, “aún no sabemos dónde se originó exactamente. Estamos llevando a cabo investigaciones para localizar el verdadero origen”.

Un aliado inesperado

Pero ¿para qué iba a querer China mentir tan burdamente si ahora mismo medio mundo se deshace en elogios por sus avances para erradicar el virus en su territorio? Primero, para recuperar la confianza perdida de sus ciudadanos. Después de que el Gobierno chino ocultara durante las primeras semanas la propagación del Covid-19 en Hubei, el Partido Comunista Chino necesita convencer a su público de que, gracias al firme liderazgo de Xi Jinping y al sacrificio nacional, han conseguido conjurar una enfermedad que estaba a punto de llevarse al país por delante.

“Muchos ciudadanos chinos están muy cabreados por los errores cometidos durante el brote inicial del coronavirus este año. Todos los intentos del Partido Comunista de cambiar la narrativa han sido muy criticados por los ciudadanos chinos”, explica David Bandurski, codirector de 'The China Media Project', a El Confidencial.

A finales de febrero, las autoridades chinas se vieron obligadas a retrasar la publicación de un libro que loaba las proezas de Xi Jinping en la crisis por furibunda reacción de muchos ciudadanos en internet. “Fue escribir un final feliz incluso antes de que tuvieran el virus bajo control”, cuenta Bandurski. Para enmendar el error, el Partido Comunista busca de “forma desesperada” cambiar el relato. En este punto, la dictadura ha tenido un inesperado aliado en las democracias occidentales, que cometieron un error de cálculo al infravalorar el potencial del virus para colapasar sus sistemas sanitarios, reventar sus economías y poner a millones de sus ciudadanos en aislamiento.

“Las noticias que llegan de Europa como el nuevo epicentro del virus o los errores y la falta de decisión que estamos viendo en Estados Unidos juegan a favor de China”, recalca Bandurski. “Gran parte de la estrategia propagandística china internacional tiene como objetivo influir en su audiencia nacional. Cuando Hua Chunying, portavoz del Ministerio de Exteriores, publica 'fake news' en Twitter en las que se ve a los italianos cantando el himno nacional desde sus ventanas, no es algo que los italianos u otros europeos se vayan a creer. Pero algunos chinos en casa sí se lo creerán”.

La gripe Kung-flu

En la Casa Blanca han recibido el mensaje. Y su respuesta no ha sido nada sutil. Después de meses minimizando la gravedad de la epidemia como “una simple gripe”, Trump, en su discurso al país el 11 de marzo para anunciar las primeras medidas, se refirió específicamente al Covid-19 como un “virus extranjero” que “comenzó en China y se expandió por el mundo”. Desde ese momento, el magnate inmobiliario, su Gobierno y sus seguidores insisten en endosarle el apellido “virus chino” o “virus de Wuhan” en el discurso público.

Pero mientras Pekín puede disponer de toda su maquinaria propagandística al servicio monolítico de su guión, en Estados Unidos no todos comulgan con la estrategia republicana. Desde el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, hasta Robert Redfield, jefe del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, varios funcionarios y activistas han criticado el racismo de una expresión “completamente inapropiada y errónea”. En las redes, muchos han recriminado al presidente azuzar la 'chinofobia' poco después de que la epidemia provocara ataques racistas en varias comunidades asiático americanas del país.

Weija Jiang, la periodista asiático americana que cubre la Casa Blanca para la cadena de televisión estadounidense CBS, resumía el ambiente con esta anécdota: “Esta mañana, funcionarios de la Casa Blanca se referían al coronavirus como 'Kung-flu' [flu en inglés significa gripe] en mi cara. Esto me hace preguntarme cómo me llamarán a mis espaldas”.

Trump no va a ceder. Su fijación "china" es reflejo de la importancia de la guerra semántica desatada entre ambas potencias para culparse mutuamente por una pandemia que va a dejar pérdidas multimillonarias a ambos lados del Pacífico. En plena campaña electoral hacia las presidenciales de diciembre, el presidente necesitará un chivo expiatorio para esquivar el tsunami de recriminaciones que se avecina.

Capítulo decisivo para el eterno aspirante

Pero más allá del reto coyuntural, el coronavirus se perfila como un capítulo decisivo en el cara a cara por la hegemonía que analistas y expertos llevan décadas anticipando. China ya no es el eterno aspirante. Es un candidato proactivo que desafía abiertamente a Estados Unidos. Una polarización acelerada que se ha manifestado con más nitidez durante el mandato de Trump y sus frentes abiertos con Xi Jinping: el enfrentamiento tecnológico por el 5G, la guerra comercial por los aranceles y el desencuentro diplomático en temas relativos a Cuba, Rusia o Venezuela. Pero el coronavirus los sintetiza todos.

Por el momento, la respuesta del Gobierno norteamericano ante la emergencia ha sido tibia y bastante desorganizada. Los expertos esperan que el brote se recrudezca en las próximas semanas en EEUU. Sin duda, la primera potencia del mundo —que estaba en su mejor momento financiero de la última década— todavía tiene músculo financiero, político y empresarial para capear el temporal y revertir la crisis. Pero el carácter intempestivo e imprevisible de Trump dibuja un gran signo de interrogación sobre el desenlace. ¿Está todo perdido para Washington?

“La situación ha cambiado drásticamente en unas semanas y China puede pasar de ser el villano al gran héroe de esta película. Presentarse como modelo de eficiencia: la gran potencia que superó la crisis”, apunta Daniel Ureña, jefe del grupo Hispanic Council, desde Washington. “No obstante, nunca hay que subestimar la capacidad de reacción de Estados Unidos en los momentos más dramáticos”, advierte.

Influencia, respeto y buena publicidad

Dar oxígeno a estas teorías de la conspiración es tan solo una parte de la estrategia internacional china para borrar sus huellas de la escena de la propagación del virus. Con la epidemia amainando en el país asiático, el Gobierno de Xi Jinping está actuando con rapidez para suministrar el codiciado material sanitario —desde mascarillas a respiradores— a los países más impactados por los brotes, como España o Italia.

La falta de liderazgo de Estados Unidos y la insolidaridad inicial de los socios europeos han dado a China una ventana de oportunidad inigualable para vender su relato. Uno que podría tener consecuencias en el futuro para la deteriorada Alianza Atlántica. La escasez de existencias ha causado pánico en muchos países ante la irrupción de una emergencia para la que claramente la mayoría no estaban preparados. De repente, la conversación pasó de las sopas de murciélago y mercados cochambrosos a chinos repartiendo mascarillas en los hospitales y ofreciendo consejos médicos para detener la epidemia.

En unos casos, la asistencia viene como donaciones, como la gigantesca operación que está liderando el multimillonario Jack Ma, jefe de Alibaba (el Amazon chino). Su fundación ha donado 500.000 mascarillas a EEUU y un millón de test para el Covid-19. La compañía ha hecho lo mismo en Japón, Corea del Sur, Italia, Irán y España. En otros, estas ofertas de cooperación llevarán a tratos comerciales entre gobiernos para el suministro urgente de estos productos ante la saturación de los hospitales. En ambos casos, Pekín gana influencia, respeto y buena publicidad.

“Todo es parte de una misma estrategia para controlar la narrativa del coronavirus”, explica la analista del Merics en Berlín, quien pone como evidencia el “súbito cambio de la opinión pública en Italia y España”, donde se pasó de criticar a China a aplaudir sus esfuerzos e iniciativas.

“La propaganda china se alimenta del sentimiento euroescéptico y, en menor medida, del antiamericano. Y, además, tenemos facilitadores de esa propaganda en nuestros propios países. Altos funcionarios con buenas relaciones con China que tratarán de vender que su conexión especial es útil”, agrega Poggetti. “El mensaje ha sido: ‘China está ahí para nosotros cuando otros no lo están’, refiriéndose a los aliados de la UE y a EEUU”.

Pero ¿realmente podría el Covid-19 elevar China a la potencia hegemónica, desplazar a Estados Unidos y hundir la UE? “El coronavirus podría ser el catalizador de varias tendencias globales, pudiendo acelerarlas: la emergencia de China, la descomposición política de la UE o el declive de EEUU”, argumenta Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China. “Aún es muy pronto para hacer el balance final de esta crisis, pero es más probable que EEUU y la UE salgan peor parados de ella”.

Pero ¿de verdad va a funcionar?

Muchos pensarán que tratar de que el mundo se crea que el virus fue llevado hasta China por militares estadounidenses es un disparate. No existe ninguna prueba que lo respalde y el propio Gobierno chino se ha encargado de echar tierra sobre los orígenes de la epidemia. Pero ¿hasta qué punto puede ser efectiva la propaganda china? ¿Se lo creerá la gente?

“A Pekín ya le ha servido para controlar la opinión pública interna y reescribir el relato del coronavirus. Así que no debemos infravalorar el potencial de estos esfuerzos. En su principal objetivo —que es cubrir su responsabilidad por demorar la respuesta internacional y ocultar la gravedad de la crisis en sus inicios—, ya ha tenido éxito en algunos países europeos”, asegura Poggeritti.

En realidad, da igual si la mayoría lo cree o no. El punto —señala David Banderski— es que en este escenario global de posverdad y noticias falsas para sembrar confusión, China “no necesita que haya certeza sobre dónde se originó el virus… Con que haya confusión, es suficiente”.

En 1893, el psicólogo francés Alfred Binet reunió a los cinco magos escénicos más famosos de su país para tratar de comprender cómo podían engañar a los espectadores en su propia cara. Su conclusión, plasmada al año siguiente en el artículo “La psicología de la prestidigitación”, era que los buenos actos de ilusionismo simultaneaban tantos trucos ópticos que “percibirlos era tan difícil como contar los granos de arena en una playa”. Todo se basa en desviar la atención.

China pretende realizar un ambicioso acto de magia con el mundo entero mirando: el virus de Wuhan no es chino. La opacidad, el control ciudadano y la represión son virtudes en tiempos de epidemia. Y el autoritarismo del gigante asiático es la mejor vacuna contra la parálisis de las democracias occidentales.

Y si le sale bien el truco, en unos meses podríamos estar diciendo que, sin lugar a dudas, ese ciervo es un caballo.

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