UNA VENTANA DE PROSPERIDAD FRENTE A MÉXICO

El Paso: viaje a la primera línea del conflicto por la inmigración que beneficia a Trump

La frontera entre EEUU y México es el punto donde se consolida lo mejor y lo peor del sueño americano. Las ansiedades de los residentes juegan a favor de la actual administración

Foto: Protesta contra la separación de familias inmigrantes sospechosas de entrar ilegalmente en EEUU, en El Paso, en junio de 2018. (Reuters)
Protesta contra la separación de familias inmigrantes sospechosas de entrar ilegalmente en EEUU, en El Paso, en junio de 2018. (Reuters)

Los califica de "delincuentes", pero caminan juntos para protegerse de la violencia y la extorsión. Lo define como una "invasión", pero unos miles apenas alteran las estadísticas de llegadas cada año a la frontera sur de los Estados Unidos. Sin embargo, los planos cenitales de la masa que cruza fronteras y se dirige hacia su país son gasolina para la retórica antiinmigración de Donald Trump a días de las elecciones legislativas.

En 2016, su electorado le compró la promesa de un muro entre Estados Unidos y México que en realidad empezó a erigirse en los 90 con Bill Clinton, solidificó George W. Bush, creyó terminar Barack Obama y algunos de los que se han unido a la caravana centroamericana ya saltaron antes. Ahora, recurriendo de nuevo a la criminalización del inmigrante, el presidente busca reactivar al votante republicano para frenar la anunciada reacción demócrata, que ha favorecido registros récord de votantes. Una caracterización delictiva que conocen bien y cuyas consecuencias sufren a diario en la comunidad que conforman las ciudades de El Paso y Ciudad Juárez, partidas por la valla estadounidense que divide a familias que viven a metros de distancia.

“Todo era gris. Es una imagen que no se me va a olvidar”. Tras encontrar un pañuelo con el que secarse las lágrimas y recomponerse, Gabriela Castañeda acierta a recordar el gris del centro de detención de inmigrantes de El Paso. Grises las paredes, grises las camas, gris el trato recibido. “Un trato espantoso, puros gritos”, recuerda de los agentes de inmigración. Aconsejada por su abogado, se entregó voluntariamente. Había recibido una carta por la que el Gobierno de los Estados Unidos le comunicaba que rechazaba su solicitud de acogerse al DACA, las siglas del programa creado por la administración Obama para dar cobertura legal a quienes llegaron de forma irregular al país siendo menores de edad y de la mano de sus padres. Nunca le dieron una explicación, aunque ella asegura que cumple con todos los requisitos.

Gabriela es mexicana y vive en la ciudad de El Paso, en Texas. Tiene 34 años, es de Ciudad Juárez y cruzó a Estados Unidos junto a una hermana y su madre cuando tenía quince años. En casa no había trabajo y huían de la ola de feminicidios que hizo tristemente famosa esta población del norte de México. Gabriela ha dado a luz a tres hijos, todos ellos estadounidenses. El mediano, con serios problemas de salud. Hace años que no vive con su marido, aunque está tan cerca de ella como a apenas unos cientos de metros.

La valla fronteriza entre Estados Unidos y México divide en este tramo dos ciudades de mayoría mexicana. El Paso y Ciudad Juárez se miran de frente. Del lado estadounidense se ve aquello de lo que se huye. Del lado mexicano, lo que se aspira a tener. Están tan cerca que puedes hablar al oído de un mexicano estando en suelo estadounidense. En ese cara a cara entre Ciudad Juárez y El Paso, el destino se reservaba una ironía. La mexicana es una de las ciudades más inseguras del país. La estadounidense, una de las más seguras entre las poblaciones de más de 300.000 habitantes.

Un grupo de niños mexicanos se agarra a los barrotes de la valla fronteriza. (C. Pérez Cruz)
Un grupo de niños mexicanos se agarra a los barrotes de la valla fronteriza. (C. Pérez Cruz)

En el peor de los limbos

En Juárez vive Adrián, el marido de Gabriela. Ella no puede cruzar si quiere volver. Él no puede venir a verla porque, con cada detención de la migra para intentar ver a su mujer e hijos, la estancia en prisión se fue prolongando por más tiempo. Deportado hasta en seis ocasiones, cada viernes los recibe del lado mexicano del Puente Internacional del Paso del Norte. Gabriela los acompaña al acceso del lado estadounidense, desde donde cruzan sobre un famélico Río Grande (Bravo para los mexicanos), un hilo de agua que agoniza después de que los canales lo desvíen para el riego.

La historia de Gabriela es una de las miles de migración que se escriben en El Paso. Angustiada cuando le notificaron su ingreso en un centro de detención, donde podría haber esperado años hasta la celebración de un juicio, consiguió que la dejaran salir en libertad bajo palabra para cuidar de sus hijos. Puede trabajar, pero carece de cualquier otro derecho, entre otros el de salir del país (si quiere volver a entrar). Para más inri, el Tribunal Supremo de Texas anuló el proceso abierto por Inmigración y cerró el caso por irregularidades en los documentos de los agentes, lo que la deja en un limbo del que no sabe cuándo podrá salir. “Estaba segura de que me iban a dar la residencia. Quería salir a ver a mi papá, a ver a mi esposo. ¡Respirar!”, suspira. “No soy residente, ni ciudadana, ni indocumentada. ¿Qué soy?”. Gabriela no ve a su padre desde que tenía cuatro años.

A solo unos días de la celebración de las elecciones legislativas de medio mandato, la furia y los tuits de Donald Trump han vuelto a situar el tema migratorio en primer plano. Según una encuesta de la Universidad de Grinnell (Iowa), el 52% de los republicanos cree que los inmigrantes ilegales cometen más delitos violentos que la media. Una creencia que entra de lleno en la categoría de las ‘fake news’. Según un estudio del Instituto Cato, de Washington DC, en Texas hubo en 2015 un 50% menos de condenas delictivas a inmigrantes ilegales que a ciudadanos nacidos en Estados Unidos. Del total de 785 condenas por homicidio, 46 fueron a indocumentados.

“Hace treinta años no nos preocupábamos por los mexicanos que cruzaban. Ahora te preocupa si son o no buena gente. El mundo ha cambiado”. Así lo cree Adolpho R. Telles, de 68 años, jefe del Partido Republicano en el condado de El Paso, una isla demócrata dentro de un estado que lleva décadas votando republicano. Mientras en Texas Trump le sacó 9 puntos (807.000 votos) a Hillary Clinton en las elecciones de 2016, en El Paso la demócrata arrasó y le aventajó en 43 puntos (más de 90.000 votos). Aun así, es optimista y ve un avance de su partido en el condado. "El Partido Republicano representa los valores latinos", dice en su oficina de El Paso, ciudad en la que nació Beto O'Rourke, candidato demócrata al Senado y una de las apuestas de futuro del partido a nivel nacional. Los carteles electorales de su campaña son los únicos visibles en las calles. Del republicano Ted Cruz, ni rastro.

Telles, al igual que el presidente, vincula delincuencia e inmigración y aplaude la valla fronteriza de El Paso que se erigió en tiempos de George W. Bush en la Casa Blanca (con el apoyo en 2006 de Hillary Clinton y Barack Obama y la oposición de Bernie Sanders a la ley que la financió). "La valla ha marcado la diferencia", valora Telles. “Si hablas con la gente del sur de El Paso, que viven justo en la frontera, te dirán que no podían dejar ni la manguera colgada [en su jardín] porque a la mañana siguiente habría desaparecido. Hasta los juguetes del niño. Eso era lo habitual. Antes de que te dieras cuenta de que tu coche había desaparecido, ya estaba en Juárez. En cuanto pusieron la valla todo eso se acabó”, concluye.

Adolpho Telles, presidente del Partido Republicano en El Paso, junto a la valla fronteriza. (C. Pérez Cruz)
Adolpho Telles, presidente del Partido Republicano en El Paso, junto a la valla fronteriza. (C. Pérez Cruz)

"No es la gente que queremos"

Pero aparte del criminal, hay otros aspectos de la inmigración que preocupan al líder de los republicanos en El Paso, una ciudad en la que hay zonas donde resulta extraño escuchar hablar en inglés. Por ejemplo, en el centro de la ciudad, abarrotada de tiendas de productos 'made in China' que configuran una especie de gran bazar de baratijas. “A mí me gusta el español, lo hablo y creo que es una lengua hermosa, pero el idioma de este país es el inglés. Y algunas de esas personas cuelgan la bandera mexicana, no la americana. Mi reacción a eso es que si no vas a apoyar a este país, entonces no perteneces a él”.

La genealogía de Adolpho Telles ejemplifica la historia de Estados Unidos. “Yo me considero hispano”, resume. Su abuela materna era de Zacatecas, México. Su abuelo materno, irlandés. Su abuelo paterno, español. Su abuela paterna, mezcla de alemana y nativa americana. Y él creció “en una cultura básicamente mexicana”. Acepta que la retórica de Trump es “grosera, vulgar e inaceptable” cuando se refiere a los mexicanos, pero compra muchos de sus argumentos sobre los que cruzan America Central para llegar a Estados Unidos.

“¿Por qué se están yendo?”, se pregunta el líder republicano de El Paso sobre los integrantes de la caravana centroamericana. “Nosotros tuvimos la Revolución Americana porque había un país que nos oprimía. Los americanos no huyeron, lucharon. Tuvimos una Guerra Civil relacionada con la esclavitud y luchamos. La gente no abandonó, no se fue de nuestro país, sino que peleó por lo que pensaba que era correcto. Si esa gente está viniendo y no está dispuesta a pelear por lo que piensa que está bien, ¿qué va a pasar cuando aquí sucedan cosas? ¿Se irán corriendo y se esconderán porque no están dispuestos a luchar? Ese no es el tipo de personas que queremos. Queremos gente que tenga ganas [en castellano en el original], por no decir algo peor. Gente que se vaya a levantar por lo que cree. Que venga aquí, crea en nuestro país y aprenda nuestra lengua”.

“Es una desgracia que un hispano mismo esté planteando algo así”, sentencia tajante Fernando García, director de Border Network for Human Rights (Red Fronteriza de Derechos Humanos), organización sin ánimo de lucro cuyos orígenes se remontan al trabajo de un grupo de abogados y activistas por los derechos civiles de El Paso a principios de los 90. En su opinión, en el debate migratorio se desvía con frecuencia el foco de lo fundamental. En vez de preguntarse si Estados Unidos puede permitirse acoger a quienes llegan, García sugiere plantearse las razones por las que huyen.

“Estados Unidos tiene la responsabilidad histórica de las cosas buenas y malas que pasan en Latinoamérica. Estados Unidos ha sido responsable de las políticas económicas en México y en Centroamérica que han creado más pobreza y miseria. Estados Unidos, por su dinámica del mercado de las armas, manda estas armas hacia México y hacia Centroamérica, donde se está generando una violencia sin precedentes. Son armas que se producen en los Estados Unidos. Se crea el Tratado de Libre Comercio [con México y Canadá], pero se crean trabajos mal pagados. La razón por la que las compañías se mueven de El Paso a Juárez es porque en Juárez van a pagar mucho menos. Ellos están creando las condiciones de pobreza y de violencia que ahora se le están regresando. Las condiciones que tú creaste están ahorita rebotándote”.

Mexicanos separados por la frontera participan en la iniciativa
Mexicanos separados por la frontera participan en la iniciativa

Una política contraproducente

A pesar de que la Casa Blanca ha encendido una vez más la alarma migratoria, Fernando García recuerda que estamos lejos de los picos de llegadas del año 2000, donde se detenía en frontera a más de un millón y medio de personas al año, por las algo más de 300.000 del 2017 y más de 350.000 en los ocho primeros meses de 2018. Fue entonces cuando empezó “el proceso de militarización de la frontera. Ahora ya tenemos más de 700 millas (1126 kilómetros) de muros y cercas. Es un mito lo de que no hay muro. Y triplicamos el número de agentes fronterizos de 7.000 a los 24.000 de ahora. Pusimos armas, tecnología de guerra, visión nocturna, sensores, ocho sistemas de drones de los que se utilizaron en Afganistán. ¡Y no estamos en guerra con México!”, expone. “Cualquier fluctuación hacia arriba la ponen como si hubiera una gran invasión de inmigrantes. Y no es cierto, es una mentira histórica. Se utiliza como una cuestión política”.

Y la política de Estados Unidos con Donald Trump al frente está fundamentada, según cree Fernando García, por “una narrativa racista, xenófoba y antiinmigrante” que relaciona con el momento histórico que vive el país. "Lo que está en discusión hoy es la naturaleza del país en los próximos cincuenta años. ¿Va a ser un país que en su frontera detiene niños en las cárceles, los separa de sus padres y madres, construye muros, mantiene un discurso agresivo y llama animales a los inmigrantes? ¿O va a ser un país que acepta que históricamente los inmigrantes han construido este país?", deja en el aire. "Cómo defines tus fronteras es como defines tu país".

El presidente norteamericano insiste en que los inmigrantes deberían utilizar las vías legales para acceder al país y García responde que esta administración está buscando “reducir la migración legal a la mitad”. El director de esta organización en pro de los derechos humanos subraya además que “el proceso legal está roto, no funciona y no está actualizado”. Un sistema que interpreta como una invitación directa a la inmigración ilegal. “La Cámara de Comercio dice que el país necesita 200.000 trabajadores inmigrantes al año para mantener el crecimiento de la economía. Y solo estamos dando 64.000 visas de trabajo al año. Hay un hueco que está promoviendo que la gente venga sin papeles, porque los necesitamos y van a encontrar ese trabajo”.

Soslayando el objetivo humanitario que motiva su iniciativa, Fernando García entiende que el propio análisis económico justifica una reforma migratoria mediante la "saturación del mercado laboral con contratos legales para eliminar la ilegalidad". Si el trabajo que se ofrece es permanente, "le das un proceso de integración a ese trabajador, le das un camino hacia la residencia". Si es temporal, visados temporales. Otro aspecto fundamental para su organización es "reconocer que ya hay once o doce millones de inmigrantes que viven aquí, que están insertados en la economía, que tienen hijos que son ciudadanos. O los 'dreamers', que son estudiantes indocumentados, personas que llevan cinco o diez años [en Estados Unidos] y que contribuyen y pagan impuestos. Lo único que les falta para ser totalmente americanos es su papel. Los necesitamos y están aquí, así que reconócelos, dales la residencia y en el futuro la ciudadanía". Una solución económica que hará que "todos esos muros, todas esas patrullas fronterizas, todos esos drones, ya no sirvan para cazar migrantes sino para cazar criminales".

Contra el muro, su simbolismo y consecuencias reales, Border Network for Human Rights ha organizado ya seis ediciones del evento "Hugs Not Walls" (Abrazos, No Muros), que permite reencontrarse a familiares separados durante años y décadas. Con la supervisión de la patrulla fronteriza, disponen de un máximo de 5 minutos para abrazarse (entre lágrimas) en medio del caudal seco del Río Grande. El sexto evento, celebrado hace apenas unos días, estuvo a punto de suspenderse por el inicio de la construcción del muro de Trump (renovación de un tramo de la valla existente en el barrio de Chihuahuita) en el lugar en el que venía desarrollándose la propuesta. Les negaron el permiso aunque, después de negociaciones, pudieron acordar un nuevo espacio fronterizo a las afueras de El Paso. Desde 2016, 1.500 familias han podido abrazarse gracias a esta iniciativa dolorosa pero sanadora. Entre ellas, la de Gabriela y Adrián, dos de las caras de un mismo cuerpo atravesado por la espada del muro.

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