HABLA UN EX AGENTE DE LA 'MIGRA'

El patrullero que se volvió contra su agencia: "Es una máquina de destruir vidas"

Tras cuatro años en la Patrulla de Fronteras, Francisco Cantú se cansó de ser parte de un sistema que, según él, perpetúa la violencia, sin poder cambiar nada. Ahora lo ha contado en un libro

Foto: Miembros de la Patrulla de Fronteras de EEUU tras la valla de separación con México, a la altura de Tijuana, el 13 de marzo de 2018. (Reuters)
Miembros de la Patrulla de Fronteras de EEUU tras la valla de separación con México, a la altura de Tijuana, el 13 de marzo de 2018. (Reuters)

No se puede decir que el trabajo de agente de fronteras en el sur de EEUU no estuviera hecho para Francisco Cantú. Bilingüe en inglés y español, recién licenciado en Relaciones Internacionales a sus 23 años y originario de Arizona, Cantú tenía el perfil perfecto para patrullar el desierto en busca de "espaldas mojadas" y traficantes. Sus jefes casi se lo rifaban. Otros compañeros estaban en la patrulla para pagar la hipoteca, o porque era el mejor trabajo disponible para gente de su entorno. El mejor salario al que podían aspirar, con las mejores perspectivas de futuro para, quizá, terminar en una oficina, en el mejor de los casos en Washington, lejos de la frontera.

Pero, sin cargas familiares y con una educación superior, Francisco Cantú podía haber hecho muchas otras cosas. Podía haber seguido estudiando, haber conseguido becas, haber ido al extranjero. Su madre, sus allegados, no entendían qué hacía con la "migra", la patrulla de fronteras. Era una especie de traición. Él lo tenía claro: "Llevaba años estudiando la frontera desde la perspectiva teórica. Leyes, políticas, todo lo que aprendí sobre la frontera me parecía desconectado de la realidad. Quería vivirla en directo, quería entenderla", explica en conversación telefónica con El Confidencial Cantú, ahora con 33 años y un libro, "La línea se convierte en río", que describe su experiencia, y que será publicado en España en septiembre.

Francisco Cantú (Foto: Beowulf Sheehan)
Francisco Cantú (Foto: Beowulf Sheehan)

En cualquier caso no puede decirse que cuando, cuatro años después de iniciar su entrenamiento, Francisco abandonó el cuerpo, fuera algo inesperado: "Siempre lo entendí como una ampliación de mi educación. Como algo temporal. Una manera de encontrar respuestas a todas mis preguntas, y de ahondar en un paisaje y un entorno que me ha obsesionado desde niño", explica. En 2012, tras cuatro años de detenciones de hombres, mujeres y niños al borde de la deshidratación, en los momentos más terroríficos de sus vidas; de cadáveres en diferentes estados de descomposición, de destruir cantimploras y provisiones que los inmigrantes abandonan en su huida despavorida, y de pesadillas obsesivas en las que sus dientes se deshacían en la boca, Cantú se fue de la "migra".

Pero no tenía las respuestas. "En cierta medida me sentía derrotado. Cuando eres joven, tienes esta idea algo inocente de que puedes cambiar las cosas desde dentro. Pero una institución como la patrulla de fronteras te atrapa y te convierte en un elemento más de su maquinaria. No hay espacio para cambiar nada. Y escribir el libro fue en parte el ejercicio de asumir esto, de aceptar que no solo no había encontrado ninguna respuesta, sino que me iba con la idea de que era todo mucho, mucho más complejo de lo que yo mismo imaginaba. Y de que había acabado siendo cómplice de un sistema que perpetúa la violencia, y que deshumaniza a las personas".

"La línea se hace río", una mezcla de memoria en primera persona, ensayo y repaso histórico de la frontera, comienza con un joven Cantú entrenando en Arizona y aprendiendo a no respirar cerca de los cadáveres que el despiadado desierto produce, casi cada día, a lo largo de la frontera de México con EEUU. 239 cadáveres sólo en los primeros siete meses de 2017, un 17% más que el año anterior. Morgues a máxima capacidad. Restos que nunca serán identificados por familiares que jamás sabrán que fue de ellos.

"Cada vez hay menos personas que intentan cruzar al frontera. Pero cada vez hay más muertes. Cuanto más difícil se lo pone EEUU a los inmigrantes, más personas arriesgan sus vidas o caen en las redes de las mafias", sostiene Cantú. "Si algo me ha demostrado lo que he vivido, es que hay personas que nunca dejarán de intentar venir a EEUU. Aunque haya el muro más alto e inexpugnable, seguirán intentando cruzar. Porque han dejado aquí familia, o porque su vida en su país de origen es insoportable. Y ponérselo más difícil solo hará que se arriesguen más, y morirá más gente; pero no van a dejar de intentarlo".

Un miembro de la Patrulla de Frontera custodia el perímetro del lugar donde el presidente Donald Trump visita la construcción de ocho prototipos del famoso muro con México, en San Diego, el 23 de octubre de 2017. (Reuters)
Un miembro de la Patrulla de Frontera custodia el perímetro del lugar donde el presidente Donald Trump visita la construcción de ocho prototipos del famoso muro con México, en San Diego, el 23 de octubre de 2017. (Reuters)

Violencia y pobreza, combinación explosiva

El Cantú protagonista del libro es un patrullero educado, amable casi; habla con los detenidos en español. Les ofrece ropa, les pregunta su nombre. Intenta tranquilizarlos. Pero todos acaban, igualmente, en el centro de detención que terminará devolviéndolos a sus países de origen (mayoritariamente, México) con menos dinero, peor salud física y mental, menos recursos, pero aun así decididos a volver a intentarlo. "La política de fronteras es inhumana y peligrosa. Como individuo, puedes ser todo lo compasivo que quieras, pero aun así estás participando en esta cosificación de las personas, eres parte de una maquinaria que destruye ["a thing that crushes", como describe en el libro]. Desde que salen de sus hogares los inmigrantes se convierten en un objeto con el que traficar, un número para la policía. Incluso si llegan a EEUU viven para siempre con el miedo de ser descubiertos. Y los que mueren en el desierto, intentando llegar al otro lado... no pensamos en ellos como personas, se deshumanizan todavía más".

El tráfico de drogas tampoco se encara con honestidad, considera Cantú. "Hemos llegado a esta situación por culpa de nuestra incapacidad de admitir nuestra responsabilidad como país en lo que está pasando. Nuestra política frente a las drogas ha perpetuado el problema. Ahora, son los carteles los que controlan el paso por la frontera y hacen negocio con él, a medida que se ha ido haciendo más difícil pasar. EEUU ha sido responsable en parte de la situación de violencia insostenible que hay en muchos países centroamericanos. Pero rechazamos nuestra responsabilidad, miramos para otro lado. Mi esperanza es que, al menos, quien lea mi libro pueda reflexionar sobre lo que ocurre en la frontera de una manera más sutil, menos maniquea. Que la gente se de cuenta de que no es cuestión que se resuelve con un muro".

Violencia y pobreza, una combinación explosiva que se extiende como un cáncer por México, mientras al otro lado del Río Grande, y al otro lado del desierto, EEUU parece tan cerca. "La violencia en Ciudad Juárez llegó a un nivel tal, que se la conocía como 'la capital mundial de los asesinatos'", escribe Cantú. "Mientras tanto, El Paso, la continuación de Ciudad Juárez al otro lado de la frontera estadounidense, era calificada como una de las ciudades más seguras de EEUU". Con un abuelo mexicano que llegó a Arizona siendo bebé, y una madre que creció "avergonzada" de su ascendencia hispana [el padre mexicano se fue de casa y para la madre, de origen irlandés alemán, las virtudes de la niña eran producto de su sangre europea, mientras que sus errores, su vaguería, venían del lado mexicano], Cantú no es ajeno al racismo y el clasismo, que distinguen entre los inmigrantes del sur de la frontera y los que vienen de cualquier otro lugar.

"Trump ha dicho, literalmente, de la gente que viene de México, que no vienen los mejores, que vienen los peores. Supongo que la implicación es que Europa u otros países sí mandan a su mejor gente". La mera fuerza demográfica está haciendo que esto cambie lentamente, admite Cantú, y cada vez hay más hispanos orgullosos de su origen y su cultura. "Por fuerza cambiará, aunque solo sea porque en 2030 los blancos ya no van a ser el grupo racial mayoritario en EEUU. Pero ahora mismo lo que estamos viviendo es una gran reacción, esta reacción populista que lidera Trump. Estas elecciones han dejado bien al descubierto el racismo que todavía existe". Este martes, Trump ha anunciado que planea que los militares estadounidenses se encarguen de vigilar y mantener segura la frontera con México hasta que se construya un muro en ese límite, y aseguró que la "caravana" de migrantes centroamericanos que se dirigía a su país se ha disuelto.

La tercera parte de "La línea se hace río" cuenta la historia de José, un ilegal mexicano con quien Cantú hace amistad tras dejar la patrulla de fronteras. Su historia es parecida a la de tantos inmigrantes sin papeles que han vivido durante años en EEUU, siendo ciudadanos ejemplares, pero que no tienen salvación una vez caen en la maquinaria del ICE (la fuerza de inmigración y fronteras), y es la más desgarradora del libro. "Es completamente injusto que empujemos a todas estas personas a venir a EEUU para trabajar en lo que no queremos y las estemos echando ahora. Creo que tenemos la obligación moral de proteger a los que han venido para trabajar y llevan aquí años".

Más allá de una solidaridad y humanidad básicas, no es que Cantú tenga ninguna respuesta concreta. "En parte, escribir el libro, y hacerme escritor, tienen que ver con la derrota, con reconocer que no es fácil encontrar soluciones, y añadir mi humilde grano de arena. La frontera es mi hogar, nací y crecí en Arizona y para mí la cultura de la frontera es una de las más vibrantes y maravillosas. Me siento vivo cuando estoy allí y creo que todos tenemos muchos que aprender de ella. Claro que ocurren muchas cosas negativas, pero no es un lugar al que tener miedo, es un lugar de increíble belleza con una historia que se retrotrae a mucho antes de cuando se estableció la actual frontera oficial". Allí es donde Cantú termina el libro, sumergido en las aguas gélidas del Río Grande, junto a dos peces caimán, "vestigios de la era paleozoica", cruzando de un lado al otro de la orilla hasta que "finalmente, en un momento dado, me olvidé de cuál era el país en el que estaba".

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