LAS VOCES DEL DACA

Jóvenes 'ilegales' contra las deportaciones de Trump: así preparan su última batalla

Inmigrantes indocumentados que han crecido en EEUU se disponen a usar todas las herramientas para evitar que Trump les arrebate los derechos que les dio, temporalmente, Obama

Foto: Melanie lidera una protesta contra el fin del DACA ante el Ayuntamiento de Los Ángeles, California. (Reuters)
Melanie lidera una protesta contra el fin del DACA ante el Ayuntamiento de Los Ángeles, California. (Reuters)

La mayoría ya se lo esperaba. El DACA -el programa de inmigración que ha protegido de la deportación a 800.000 indocumentados- fue siempre una medida temporal. Otros todavía no se han recuperado del shock por ver en peligro unos derechos a los que se han acostumbrado en estos cinco años. A la oportunidad, dice uno de los jóvenes, de “existir en el sistema”. Unos no quieren ni oír hablar de trabajar otra vez 'en negro', de perder importantes becas para sus estudios, sus seguros médicos o las licencias de conducir. Otros ya hacen planes para un hipotético regreso a su país de origen.

Para todos, el riesgo de la deportación que siempre pende sobre sus cabezas se ha vuelto, desde el pasado martes, un poco más nítido. Esto es lo que un puñado de jóvenes de Los Ángeles (la ciudad más poblada del condado más poblado del estado con más número de participantes en el programa de inmigración) ha compartido sobre sus perspectivas con El Confidencial.

Paulina Ruiz tiene motivos muy urgentes para temer el fin del DACA. Sin él, y sin la cobertura médica que le proporciona, tendrá que conseguir su tratamiento para la parálisis cerebral, incluso la silla de ruedas, en las organizaciones de beneficencia. Tiene 26 años y la llegada de Trump a la Casa Blanca ha despertado en ella un espíritu activista que la ha llevado a trabajar a tiempo completo en Chirla (Coalition for Humane Immigrant Rights of Los Angeles), una de las más importantes organizaciones de inmigrantes de Los Ángeles.

De pronto, la vida te cambia en un día. Todo lo que tengo ahora se puede acabar en seis mesesEn un tiempo récord realizó un cursillo para aprender organización comunitaria y ahora pasa el día “realizando llamadas, reclutando gente, registrando votantes, hablando con miembros de la comunidad para que se involucren, persiguiendo a los representantes electos y, si no hacen caso, convenciendo a los votantes de que deben cambiar, ellos que tienen el derecho de elegirlos”, enumera, con una energía contagiosa.

Paulina llegó a EEUU con seis años procedente de México, de donde son un 80% de los participantes en el programa DACA. Trata de enfocarse en lo positivo y no pensar en lo que se le viene encima si finalmente el DACA es anulado. Sabe que tampoco significaría la deportación inmediata. “Pelearía mi caso en los tribunales, conozco mis derechos, no voy a dejar que me lleven sin más”, afirma.

Previsora, también tiene un plan para el hipotético caso de que los “dreamers” -como se conoce a los jóvenes del DACA- consigan estatus legal definitivo: “Estoy preparando el examen de acceso al máster en Liderazgo de USC (Universidad del Sur de California, un prestigioso centro privado con sede en Los Ángeles). Mi plan es crear mi propia organización para ayudar a personas con discapacidad a desenvolverse en la vida laboral”.

Paulina Ruiz perderá la cobertura médica si se elimina el DACA. (E. Catalán)
Paulina Ruiz perderá la cobertura médica si se elimina el DACA. (E. Catalán)

Cristian De Nova Ledesma es un estudiante ejemplar (siempre entre los mejores de la clase) al que solo le queda un año para terminar su licenciatura en Microbiología, Inmunología y Moléculas Genéticas en UCLA. Llegó a Los Ángeles con 6 años procedente de Mexico DF, después de cruzar la frontera ilegalmente con sus padres y su hermano. Pero fue al terminar el instituto y pedir plaza en una universidad cuando chocó de lleno con la cruda realidad: al ser indocumentado no podía solicitar becas federales y tenía muy difícil conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse durante la carrera.

Aunque ni él ni su hermano, cuatro años mayor, solicitaron el programa DACA cuando se aprobó (“queríamos ver si era cierto, si iba a durar, y vencer el miedo de dar toda tu información al estado”), seis meses después ya lo tenían y su vida cambió. “Me abrió muchísimas puertas. De pronto, tenía un número de la seguridad social. Podía solicitar más ayuda financiera. Sin el DACA nunca hubiera podido estudiar en UCLA, ni pagarme los costes”. Pero Cristian nunca se hizo ilusiones. Sabía que el DACA era temporal, una orden ejecutiva firmada por Barack Obama con fecha de caducidad y a merced de los vientos políticos. Así que cuando Donald Trump ganó las elecciones se temieron lo peor. El magnate había prometido durante la campaña que cancelaría el programa.

Cristian no perdió el tiempo. El DACA le daba, por primera vez en su vida, la posibilidad de visitar México (sin papeles no se podía arriesgar a salir del país). “Cuando llegué al D.F. tuve una increíble sensación de alivio. De pronto, estaba en mi casa, en mi país. Me di cuenta de que México se está preparando para recibirnos y para integrarnos. Están creando bolsas de trabajo, leyes para convalidar nuestros títulos universitarios”.

Esto no quita que no vaya a intentar por todos los medios quedarse en EEUU, especialmente por un sentimiento de deuda hacia sus padres, “que lucharon tanto” para traerle. Pero ya sus horizontes no se limitan a eso: “Quiero explorar el mundo, no quiero limitarme a EEUU, y menos ahora que está todo tan feo”. Sus planes a corto plazo no han cambiado: durante los dos años que le quedan de DACA (que renovará en octubre) espera terminar la carrera y empezar un máster en salud pública.

Al comentarle la serenidad con la que afronta la situación, el joven de 22 años asegura: “Hace dos días no me habrías encontrado igual. He estado muy nervioso, con mucha ansiedad. Es como una montaña rusa”. Eso no le ha impedido organizar una recogida de dinero para ayudar con las solicitudes de renovación del DACA a otros estudiantes indocumentados (cada una vale 400 dólares). También ha participado en protestas y campañas para reducir los precios de la matrícula y las clases en UCLA a los estudiantes indocumentados, algo que ya consiguieron en el pasado.

Ángel Leonel Gutiérrez protesta contra la eliminación del DACA en Los Ángeles, California. (Reuters)
Ángel Leonel Gutiérrez protesta contra la eliminación del DACA en Los Ángeles, California. (Reuters)

Para Jhony Aguilera, lo mejor de tener papeles es que ahora trabaja en un almacén donde “el trabajo es sencillo y el sueldo, decente (el salario mínimo en California, 11 dólares la hora), las horas son flexibles y hay beneficios". Así se denomina en EEUU los días libres, las vacaciones pagadas y los seguros de vida o de jubilación que costea el empleador. Esto le permite compaginarlo con sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de Los Ángeles (LACCT). Su idea es pasar los dos años de enseñanza técnica y acceder a una carrera universitaria para aprender comunicación y negocios.

Antes del DACA, solo podía trabajar “de favor” con unos amigos los fines de semana, en la construcción. “Es un trabajo durísimo”, dice Jhony, que llegó de México con un año, en 1997, así que considera que “este es mi hogar”, afirma. “No entiendo que alguien diga que quebré la ley, porque me trajeron mis padres, sin mi conocimiento”. Una realidad que está dolorosamente presente en su familia, donde sus dos hermanas pequeñas son ciudadanas, porque nacieron en EEUU, mientras él y su hermano son indocumentados.

Jhonny Aguilera, quien llegó a EEUU desde México con un año.
Jhonny Aguilera, quien llegó a EEUU desde México con un año.

Aunque reconoce que no se esperaba el anuncio de Trump y que todavía se encuentra en estado de shock, dice que “la vida no se para. Yo voy a seguir como si tal cosa. Acabo de empezar el semestre de otoño y me voy a centrar en eso. Que Trump haya dicho que lo quiere anular no significa que lo vaya a conseguir. Aún faltan seis meses y, quién sabe, el Congreso puede sacar una ley mejor que el DACA. Desde luego, nosotros vamos estar más activos que nunca”.

Jhonny es miembro de RISE (Respect Immigrant Students Education), la organización que ayuda a estudiantes indocumentados de su escuela técnica, activa desde 2009. Su presidente, José Medina, asegura que nunca antes había percibido tanto miedo entre sus miembros. “Una de nuestras compañeras tuvo que cancelar recientemente una charla que iba a dar porque no se atrevía”, afirma. “Nosotros intentamos explicar que, aunque se termine el DACA, en California por fortuna todavía quedan otras leyes que les protegen y les permitirán seguir estudiando, aunque con más dificultades, como la AB540, que exime de pagar una parte de los gastos universitarios a estudiantes indocumentados que han terminado el instituto”.

A pesar de eso, por si acaso, tanto Jhonny como su hermano están haciendo un esfuerzo extra para ahorrar y para “no malgastar el dinero”, por lo que pueda venir. “Si me surge la oportunidad de trabajar más horas, la cogeré, y pienso echar más ganas a los estudios”. Es como crecer de golpe. “De pronto, la vida te cambia en un día. Todo esto de lo que disfruto ahora se me puede acabar en seis meses. Siento que tengo que actuar de una manera mucho más responsable”.

La idea de tener un plan B, e incluso C o D, no es nueva para Liliana Morán. “Sé que mi estatus migratorio no define quién soy, ni lo que soy. Pero de alguna manera, me ha enseñado a planear y contar con la posibilidad de que las cosas no salgan como uno quiere”. Por eso, desde que gracias al DACA tiene un trabajo bien remunerado en la misma universidad en la que está a punto de licenciarse en Psicología, ha abierto una cuenta bancaria de emergencia.

Nunca había percibido tanto miedo entre los estudiantes. Aunque se termine el DACA, quedan otras leyes que les permitirán seguir estudiando, pero con más dificultadesLa amenaza que se cierne sobre ella es el fin de todos sus sueños, que consisten en “poner en práctica mi educación, brindar algo a este país y ayudar a mi familia”. “De alguna manera, estaba preparada para la noticia; aunque uno no puede evitar hacerse ilusiones, pensar que quizás hagan el DACA permanente…”. Liliana no pierde la esperanza porque, como ella misma recuerda, “el DACA nació de la persistencia de toda la comunidad, y de los propios estudiantes. Creo que quizá podamos hacer la presión suficiente sobre el Congreso y conseguir algo más definitivo y más amplio, que no deje a nadie fuera”.

Pasó más de media escolarización en clases para “aprendices de inglés” a pesar de que llegó a EEUU con 11 años. “No veníamos, inicialmente, con la idea de quedarnos. Cuando caducó la visa de mis padres, mis hermanos pequeños no conocían otro mundo, y decidieron arriesgarse y quedarse indocumentados. No se lo reprocho. Al contrario, les agradezco todas sus noches de desvelo y todos los trabajos que han tenido que hacer. Solo nos querían dar una vida mejor”. Lo que Liliana tiene muy claro es que, si sucede lo peor, ella no se iba a quedar aquí sin sus padres. “Si los deportan, me voy con ellos. Para mí la familia es lo más importante, no podría dejarlos solos. Les he visto pasar por mucho, y quiero estar ahí para cuidarlos. Y lo que he aprendido, me lo llevo, no me lo pueden quitar. Habrá oportunidades, me imagino, en México. Aunque desde luego aquí los salarios son mejores”.

Sin los papeles que así lo acrediten, pero plenamente imbuidos de la educación y la cultura estadounidense, y de esas “oportunidades” que sus padres quisieron encontrar para ellos, estos jóvenes tienen algo en común más allá del DACA: un sentido muy elevado de la participación cívica. Al igual que ocurrió con una generación de políticos latinos que surgieron de la ley antiinmigrantes del gobernador Wilson en California en los 80, Trump puede estar ayudando a crear una de las generaciones más preparadas de activistas latinos que ha visto el país.

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