encuentro bilateral en alemania

Merkel recibe a Putin: dos rivales que se necesitan mutuamente frente a Trump

El presidente ruso viaja este sábado a Berlín para encontrarse con la canciller alemana. Pese a sus profundas diferencias, la irrupción del líder estadounidense en escena les está forzando a cooperar

Foto: Angela Merkel habla con Vladímir Putin durante la cumbre del G20 en Hamburgo, en julio de 2017. (Reuters)
Angela Merkel habla con Vladímir Putin durante la cumbre del G20 en Hamburgo, en julio de 2017. (Reuters)

Angela Merkel recibe este sábado a Vladímir Putin. Enemigos íntimos, pero pragmáticos y estrategas, ambos se necesitan en un entorno político internacional cada vez más líquido e inflamable. El encuentro sucede al que mantuvieron hace un mes el presidente ruso y Donald Trump. Pero poco tendrá que ver esta cita con aquella. Las diferencias abarcan de los caracteres de los protagonistas a la paleta de temas, pasando por la escenografía. El estadounidense será, no obstante, el hilo conductor de la agenda bilateral. Es, en gran medida, el catalizador de la reunión.

Putin vuela el mismo sábado a Berlín. Está previsto que el encuentro comience sobre las seis de la tarde, tras una pequeña comparecencia ante la prensa. Luego, según explicó el portavoz del Gobierno alemán, Steffen Seibert, vendrá una "conversación detallada", estructurada en varios tramos temáticos. Siria, Ucrania y el gasoducto Nord Stream 2 encabezan la agenda de una cita que se sabe cuándo empieza, pero no cuándo acaba.

Merkel y Putin no tratarán de escenificar una estrecha amistad. Porque no la tienen. Se mostrarán como dos líderes que tratan de cooperar en algunos ámbitos -ignorando sus diferencias abismales en otros aspectos- con el objetivo de defender los intereses de sus respectivos países. Puede calificarse de cinismo transaccionalista y contemporalizador o de pragmatismo realista. La canciller siempre ha abogado por mantener el "diálogo abierto" con el Kremlin, incluso tras la anexión ilegal de la península ucraniana de Crimea.

La falta de conexión personal entre ambos políticos no implica que hayan tenido que buscar un territorio neutro, como se eligió Helsinki en la cita de Trump y Putin. Merkel recibe al líder ruso en el palacio de Meseberg, la residencia gubernamental para las grandes ocasiones. De la misma forma que Putin invitó a la alemana en la última ocasión a su residencia en Sochi. Otra diferencia con el encuentro de Trump: en esta reunión no harían falta traductores: ella habla bien ruso, tras ser educada en la Alemania oriental y él se maneja perfectamente en alemán, tras sus años como agente de la KGB en Dresde.

A la vez que enfatizarán sus puntos de concordancia, Merkel y Putin no dudarán en evidenciar sus disensos. Merkel ha denunciado en reiteradas ocasiones las líneas rojas que a su juicio ha traspasado en los últimos años el presidente ruso. De la invasión de Crimea y el apoyo militar, político y financiero a los rebeldes del este de Ucrania, a las interferencias en la política interna de otros países (incluido un grave ciberataque al Bundestag presuntamente orquestado por 'hackers' a las órdenes del Kremlin), de la complicidad de Moscú con el presidente sirio Bashar Al Assad a la represión de la oposición política y los disidentes y activistas prodemocráticos en Rusia.

El presidente sirio Bashar Al Assad con Putin en Sochi, el 17 de mayo de 2018. (Reuters)
El presidente sirio Bashar Al Assad con Putin en Sochi, el 17 de mayo de 2018. (Reuters)

Damnificados de Trump

El presidente estadounidense está detrás de varios de los problemas que Merkel y Putin tienen entre manos. Es el pirómano que les ha llevado a empuñar conjuntamente la manguera. El estadounidense ha impuesto los aranceles al aluminio y el acero europeo y ruso, ha abandonado el acuerdo de las grandes potencias con Teherán para poner fin a su programa nuclear y está ahogando ahora a Turquía con sanciones por una crisis diplomática.

Ni Alemania ni Rusia quieren que se ponga en duda el sistema de comercio internacional basado en las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC). La primera es uno de los mayores exportadores del mundo. La segunda subsiste gracias a sus ventas de gas y petróleo en el extranjero. Tampoco quieren que Irán abandone el acuerdo nuclear, pues dificultaría sus relaciones comerciales con Teherán. Asimismo, ni Merkel ni Putin desean que Turquía se hunda en una crisis económica, pese a que ambos recelan de su presidente, Recep Tayyip Erdogan. Es un incómodo aliado de ambos. Ella le necesita para frenar la llegada de refugiados de Oriente Medio y Asia Central a Europa. Él, para sus planes en Siria.

Trump ha cargado con furia contra el Nord Stream 2, el segundo gasoducto que conectará directamente Rusia y Alemania a través del mar Báltico. Ha acusado a Berlín de ser prácticamente un vasallo del Kremlin. Washington ha criticado a Alemania por desestabilizar Europa (y debilitar la posición de Ucrania) al perseguir su construcción. De seguido, poniendo de forma descarada las cartas sobre la mesa, ha ofrecido a la UE su gas natural licuado (LNG).

Merkel, tras sentirse entre la espada política y la pared económica, persigue la cuadratura del círculo. Un complejo "spagat", recurriendo a una gráfica metáfora alemana, entre los intereses de la industria de su país -que quiere asegurarse un gas barato libre de riesgos geopolíticos- y las necesidades de Ucrania, para quien Berlín ha sido y es el principal apoyo exterior desde la invasión de Crimea. Para eso, pese a las críticas desde Alemania, la UE y Estados Unidos, Merkel persigue la construcción del gasoducto. Pero a la vez está promoviendo un acuerdo entre Moscú y Kiev para asegurar que una cantidad "significativa" de gas ruso siga pasando rumbo a Europa por las conducciones que recorren Ucrania. Este flujo supone para Kiev miles de millones de dólares al año en concepto de impuestos de paso, una parte significativa de los ingresos de sus exhaustas arcas públicas.

Siria será un tema central. El gran acuerdo, según especulan medios alemanes, podría ser el siguiente. Que, como desea Berlín, Moscú aceptase mediar ante Assad para que el presidente sirio permita el regreso al país sin represalias de muchos de los refugiados que han sido acogidos en Europa, principalmente, en Alemania. Esto aliviaría en gran medida a la canciller, cuya popularidad se encuentra seriamente erosionada en su partido, en su país y en la UE por la cuestión migratoria. Desde 2015 han llegado 1,3 millones de personas a la primera economía europea a solicitar asilo y la avalancha ha polarizado el país. La gestión de la inmigración ha pasado factura a los partidos en el gobierno y ha dado alas a la ultraderecha.

A cambio, apuntan varias conjeturas de forma coincidente, Putin va a pedir a Merkel que evite que la UE se sume a la nueva oleada de sanciones que ha aprobado Estados Unidos y que entrarán en vigor a finales de mes. Estas medidas están ligadas al asesinato frustrado del espía doble británico Serguéi Skripal con el agente nervioso Novichok. Washington ve en esta acción la mano de Moscú. El Gobierno ruso se encuentra en apuros. La economía se está ralentizando, la bolsa está cayendo, el rublo se ha devaluado y las finanzas públicas no pasan por su mejor momento. El Ejecutivo se ha visto forzado a retrasar la edad de jubilación de golpe entre cinco y ocho años. La contestación ha sido inusualmente sonora, minando la hasta ahora indestructible popularidad de Putin.

Protestas contra el retraso de la edad de jubilación para los ciudadanos rusos, en Moscú, el 29 de julio de 2018. (Reuters)
Protestas contra el retraso de la edad de jubilación para los ciudadanos rusos, en Moscú, el 29 de julio de 2018. (Reuters)

Intensos preparativos previos

Al contrario de lo que sucedió en la cumbre de Helsinki, a la que Trump llegó con una muy rudimentaria preparación previa -según círculos políticos de Washington- el encuentro en Meseberg ha sido preparado a conciencia. La cita es el culmen de una serie de reuniones a distintos niveles que ha venido entretejiéndose sin mucha pompa desde la última entrevista de Merkel y Putin, celebrada el pasado mayo en Sochi, en la residencia del presidente ruso junto al Mar Negro.

El ministro alemán de Economía, Peter Altmaier, viajó en mayo a Kiev y a Moscú para abordar con ambos gobiernos el conflicto en torno al gasoducto Nord Stream 2. Y hace dos semanas el ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, acudió a Berlín y se entrevistó con su homólogo alemán, Heiko Maas, y con la propia canciller. El núcleo de las conversaciones fue entonces Siria.

En conclusión: unas alianzas cambiantes en un entorno trumpificado. El encuentro entre Merkel y Putin evidencia que ambos líderes precisan del otro para resituarse en el escenario político de la era Trump. El presidente estadounidense ha dado un golpe sobre el tablero de juego y revolucionado las relaciones internacionales, ametrallando mensajes contradictorios a través de Twitter, así como poniendo en duda alianzas consolidadas y tendiendo la mano a tradicionales enemigos. Ahora unos y otros deben correr a buscar su nuevo sitio en este contexto. La nueva situación, lejos de ser estable y nítida, precisa de nuevos acuerdos puntuales con los diferentes actores en el concierto internacional. Extraños compañeros de cama.

"No veo esto como una señal de un acercamiento entre Berlín y Moscú. Pero comparten ciertos puntos de interés y están cada vez más inclinados a cooperar", aseguró Stefan Meister, director de los programas sobre Europa Central y Oriental, Rusia y Asia Central en el Consejo Alemán de Relaciones Internacionales. "Analizaría esta reunión en un contexto más amplio, global", agregó.

En este mismo sentido, el presidente del 'lobby' Comisión Oriental - Asociación para Europa Oriental de la Economía Alemana (OAOEV), Wolfgang Büchele aplaudió por su parte que la "intensidad de los intercambios" bilaterales haya crecido "notablemente" en "los últimos meses" y aseguró que en un "gran número de temas" Alemania, Rusia y la UE tienen "intereses parecidos": del fortalecimiento del comercio internacional a la protección del medioambiente, pasando por la gestión de los flujos migratorios, el mantenimiento del acuerdo nuclear iraní y la lucha contra el terrorismo internacional. No obstante, insta a que no haya una "normalización real" de las relaciones hasta que se cierre con éxito el proceso de paz en el este de Ucrania. La pelota, cree, está en el tejado de Putin.

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