la lira turca sufre LA mayor caída de la historia

"Ellos tienen los dólares, nosotros tenemos a Alá": en Turquía, el problema es político

La crisis económica turca es imparable, por un motivo: en la Nueva Turquía en la que Erdogan acapara casi todos los poderes, nadie se atreve a decirle al presidente cuándo se equivoca

Foto: El presidente turco Recep Tayyip Erdogan saluda a sus partidarios en un acto en Ankara, el 4 de agosto de 2018. (Reuters)
El presidente turco Recep Tayyip Erdogan saluda a sus partidarios en un acto en Ankara, el 4 de agosto de 2018. (Reuters)

“No vamos a perder la guerra económica”. El presidente turco Recep Tayyip Erdogan, un consumado orador, sabe cómo enardecer a la audiencia a la que se dirige en la provincia de Bayburt, en el mar Negro, tras la oración del viernes. “Aquellos que tengan dólares, euros u oro bajo la almohada, que vayan y lo cambien por liras [turcas]. Esta es una lucha nacional. Esa será la respuesta de mi nación a aquellos que han declarado una guerra económica”, ha dicho. Horas antes, en su localidad natal de Rize, había declarado: “No olvidéis que si ellos tienen sus dólares, nosotros tenemos a nuestra gente y a nuestro Alá”.

En otras circunstancias, la apelación del mandatario al legendario nacionalismo turco y a la religión podrían haber funcionado. Pero con una Turquía enfrentada al desplome económico, y ante la mayor caída de la lira de su historia reciente- hasta un 40% respecto al euro en lo que va de año, un 10% tan sólo este viernes-, las viejas recetas sirven de poco. El cacareado plan de choque anunciado por el ministro responsable de la economía del país, Berat Albayrak, desvelado este viernes, contiene pocas medidas concretas, aparte de “cooperar con los accionistas internacionales” y “respetar la independencia del Banco Central”. En consecuencia, la divisa turca ha continuado su descenso.

El propio Albayrak, lejos de apuntar una solución, es parte del problema: su principal cualificación para el puesto -aparte de tener un máster en ADE y su experiencia laboral en un puesto relativamente menor en el grupo empresarial Çalik, propiedad de un amigo de la familia- es ser el yerno de Erdogan, y por tanto una persona con acceso directo a la oreja presidencial (algunos medios estadounidenses se han referido a él como “el Jared Kushner turco”). Casado con su hija Esra desde 2004, durante los últimos tres años, ha ejercido como ministro de Energía y Recursos Naturales, dedicando más tiempo a las rencillas internas con otras figuras del Gobierno que a cerrar acuerdos energéticos con otros países. En julio, el presidente le nombró único responsable del Tesoro y Finanzas, un movimiento que muchos observadores creen que está pensado para prepararle como su futuro sucesor.

Y ahí es donde radica el mal que afecta a Turquía desde hace años, y que ahora se ha extendido también a la economía: a medida que acumulaba poder, Erdogan se ha ido aislando progresivamente de socios y aliados -incluyendo a los cofundadores de su Partido Justicia y Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco), como el ex presidente Abdullah Gül, el viceprimer ministro Bülent Arinç o el ex ministro de Exteriores y posterior primer ministro Ahmet Davutoglu-, y manteniendo cerca solamente a aquellos que le dicen lo que quiere oír. La tendencia se ha acentuado con cada victoria electoral, y se disparó tras la aprobación en referéndum de su “superpresidencia”, que entró en vigor este julio.

Durante años, tanto el ex ministro de Economía Mehmet Simsek como el gobernador del Banco Central Erdem Basci -ampliamente respetados por los inversores y analistas internacionales- hicieron lo que creían mejor para las finanzas de su país, aunque eso supusiese ir en contra de los deseos del propio Erdogan, notoriamente averso a cualquier subida en los tipos de interés, por razones electoralistas. El pasado abril, el presidente acusó al Banco Central de “actuar a sus espaldas” al elevar ligeramente dichos tipos sin su consentimiento (una medida que en el contexto actual, según casi todos los expertos, es lo único que puede frenar la espiral inflacionista y el desplome de la divisa). Un mes después, durante un encuentro con inversores potenciales en Londres, Erdogan asustó a muchos al declarar que desde entonces controlaría todavía más la política económica y monetaria de Turquía. Al poco cumplió su palabra, sustituyendo a Simsek por Albayrak.

El ministro del Tesoro y Finanzas y yerno de Erdogan, Berat Albayrak. (EFE)
El ministro del Tesoro y Finanzas y yerno de Erdogan, Berat Albayrak. (EFE)

Erdogan contra Trump

En la Nueva Turquía se ha abolido la oficina del primer ministro y el presidente tiene la potestad de disolver el Parlamento y nombrar a voluntad al jefe de los servicios de inteligencia, al director del Banco Central y la oficina de Asuntos Religiosos, a jueces, gobernadores, embajadores e incluso a los rectores de las universidades, públicas y privadas. Erdogan dispone de todos los poderes de los modelos presidencialistas occidentales sin ninguno de sus contrapesos. En este sistema, cuando el presidente se equivoca, nadie se atreve a contradecirle.

Pero esta vez la cosa puede haber ido demasiado lejos. Erdogan ha optado por enfrentarse con Estados Unidos, molesto, entre otras muchas cosas, por la negativa estadounidense a extraditar al teólogo Fethullah Gülen, a quien el Gobierno turco acusa de haber orquestado el fallido intento de golpe de estado de julio de 2016. Turquía, miembro de la OTAN, ha jugado una y otra vez a tensar la cuerda con EEUU, revelando la posición de las bases militares estadounidenses en Siria o comprándole misiles S-400 a Rusia. Como medida de presión, las autoridades turcas optaron en marzo por encarcelar a Andrew Brunson, un pastor presbiteriano estadounidense, bajo acusaciones más o menos burdas de espionaje y vínculos con organizaciones terroristas. Pero si con eso esperaban igualar el tablero, el resultado ha sido más bien una ópera bufa.

A mediados de julio, el presidente estadounidense Donald Trump anunció en su cuenta de Twitter que tomaba personalmente cartas en el asunto de Brunson. El 1 de agosto, el Departamento del Tesoro de EEUU impuso sanciones contra los ministros turcos de Justicia e Interior, a lo que Turquía respondió anunciando a su vez represalias económicas contra funcionarios estadounidenses. En un intento de desescalar la tensión, una delegación turca ha viajado esta semana a Washington para abordar la detención de Brunson, pero, según han informado varias fuentes, los enviados turcos no hablaban inglés y el encargado de la traducción no pudo llegar al encuentro debido a un retraso en su vuelo, por lo que no lograron comunicarse con el personal estadounidense.

El fracaso podría ser de largo alcance: este viernes, Trump ha anunciado la duplicación de los aranceles a la importación de acero y aluminio turcos, una medida que va a tener un impacto enorme en las arcas del país. Turquía es el octavo productor de acero del mundo, y EEUU ha sido tradicionalmente uno de sus principales mercados (sigue siendo el tercer país importador incluso después de la imposición de los aranceles a principios de este año). Aunque Trump ha justificado la nueva medida por el desplome de la lira respecto al dólar -lo que, en teoría, perjudicaría a las importaciones abonadas en esta última moneda-, existe un trasfondo de animosidad creciente entre Washington y Ankara: un aspecto que molesta mucho a la Casa Blanca es, por ejemplo, el anuncio turco de que seguirá comprando petróleo a Irán pese al veto que exige EEUU, que entrará en vigor en noviembre.

En todo caso, el incidente de Washington no resulta demasiado sorprendente, dada la progresiva sustitución en los últimos años de los legendarios diplomáticos de carrera turcos por arribistas de credenciales más relacionadas con su cercanía al AKP y sus conocimientos coránicos que con su profesionalidad. Un ejemplo más de las distorsiones generadas por el sistema montado por Erdogan. Sus palabras este viernes demuestran que el presidente está lejos de haber aprendido la lección. En Turquía, el problema es ante todo político.

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