Brown Brothers: lecciones poscovid del capitalismo americano que conquistó el mundo
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la élite en el poder tenía una ética definida

Brown Brothers: lecciones poscovid del capitalismo americano que conquistó el mundo

Desde principios del siglo XIX, la firma de Brown Brothers definió la distintiva mezcla norteamericana entre poder financiero y servicios públicos. Su ejemplo aún puede servirnos de ejemplo hoy

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Al albor del siglo XIX, un inmigrante irlandés llamado Alexander Brown llegó a Baltimore y montó un negocio como comerciante de lino. La firma que fundó evolucionaría hasta uno de los bancos de inversión más importantes de EEUU, Brown Brothers Harriman, que sigue en funcionamiento a día de hoy. Durante más de dos siglos, a medida que una forma única de capitalismo convertía a EEUU en el país más poderoso y próspero del mundo, Brown Brothers era el alquimista en el centro.

En sus primeros cien años, la firma ayudó a crear papel moneda estándar en EEUU, avaló el primer ferrocarril y las empresas navieras transatlánticas y desarrolló casi unilateralmente el primer régimen de cambio entre el dólar estadounidense y la libra esterlina. En el siglo XX, se convirtió en un pilar de lo que se conoció como ‘the Establishment’, a medida que sus socios entraron en los círculos gubernamentales para moldear el sistema económico y de seguridad global que sigue siendo la arquitectura institucional internacional.

Hoy, cuando el capitalismo norteamericano se enfrenta al desafío de reinventarse para un futuro pospandemia, la historia de Brown Brothers ofrece lecciones cruciales. Su legado no es en absoluto simple: al igual que el propio capitalismo, la firma mostró un abanico de virtudes y no pocos defectos. Brown Brothers ayudó a liberar una enorme riqueza e impulsó el crecimiento de la creatividad y el poder norteamericanos, pero sus socios equiparaban muy a menudo el bien público con lo que era bueno para la firma.

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Generaciones de socios de Brown Brothers se enriquecieron mientras alimentaban una cultura de prudencia y servicios públicos. Sin embargo, como mayor comerciante de algodón antes de la Guerra Civil, la empresa fue profundamente cómplice de los estragos de la esclavitud, como muchos de los negocios estadounidenses de la época. El sistema internacional que los hermanos Brown ayudaron a establecer tras la Segunda Guerra Mundial desencadenó décadas de creciente prosperidad en el este, pero también consolidó la riqueza y poder de una reducida élite.

Para todas las dificultades de su legado, Brown Brothers encarna una filosofía que todavía tiene muchos aspectos valiosos, sobre todo en contraste con el tipo de capitalismo financiero que emergió en los años ochenta y casi derrumba la economía global en 2008/09. Hoy, cuando la riqueza de unos pocos ha alcanzado niveles extraordinarios, podemos aprender del compromiso de Brown Brothers con el capitalismo sostenible, con la creencia de que ningún individuo o empresa puede prosperar en última instancia a menos que la sociedad en general también prospere, y que a veces hay que decir basta.

La suerte y el azar tuvieron sin duda un papel importante en la longevidad de la firma, pero su cultura fue su sustento. Esa cultura comenzó con Alexander Brown, con gafas y casi erudito en su comportamiento, cuyas cartas de hace dos siglos a sus cuatro hijos –los hermanos Brown originales– poseen la concisión del ‘Poor Richard’ de Ben Franklin: “No lidiéis con personas de cuyo carácter haya dudas. Mantiene vuestra mente intranquila. Es mucho mejor perder el negocio”. Si “los riesgos son demasiado grandes”, advirtió, es mejor no correrlos: “No podéis equivocaros estando seguros”. Cuando otros incurrían en la especulación, Alexander aconsejaba la inversión.

En sus primeros cien años, la firma ayudó a crear papel moneda estándar en EEUU y avaló el primer ferrocarril

Cuando se embarcaba en aventuras más arriesgadas, era normalmente por un propósito público mayor. En la década de 1820, preocupado porque Baltimore estuviera siendo eclipsada por Nueva York y Filadelfia como centro económico, Alexander Brown abogó por una nueva tecnología: un ferrocarril de hierro con coches impulsados por una máquina de vapor. El Ferrocarril de Baltimore y Ohio se inauguró el 4 de julio de 1828, con la promesa de que transformaría el paisaje estadounidense. El proyecto costó el equivalente a miles de millones hoy en día, y no proporcionó dinero real a la familia, pero los Brown sabían que no prosperarían si Baltimore no lo hacía.

Después de que Alexander Brown muriera en 1834, dejando un patrimonio con un valor de cerca de 100 millones de dólares en términos actuales, su segundo hijo James –firme como un clavo y cortés hasta decir basta– apostó por otro medio de transporte nuevo, el barco de vapor transatlántico. En la década de 1850, él y el magnate del transporte marítimo rollizo Edward Knight Collins lanzaron la Collins Line, con los barcos más rápidos y lujosos que habían cruzado nunca el Atlántico. Estaban en la cúspide del éxito cuando la joya de la flota, el lujoso S.S. Arctic, colisionó con un barco de pesca de arrastre francés y se hundió en 1854. El pastor popular Henry Ward Beecher utilizó la catástrofe para atacar el triunfo del materialismo, recitando que Dios “está atestando golpes atronadores a la riqueza de toda la comunidad”.

La firma no volvió a arriesgar capital especulativo en una empresa moderna. Brown Brothers se mantuvo alejado del auge del ferrocarril que empezó a mediados de siglo, que elevó a unos pocos inversores a grandes alturas y enterró a casi todos los demás. Los Brown entendieron que las finanzas podían generar crecimiento y buenas épocas, pero también provocar bloqueos e introducir el mal. La firma se mantuvo sumamente rentable, pero evitó cuidadosamente los máximos y mínimos de los últimos años del siglo XIX.

Tras la guerra, la empresa obtuvo importantes beneficios proporcionando cartas de crédito para los viajeros

En las décadas anteriores a la guerra Civil, Brown Brothers abandonó el transporte físico del algodón y se centró en financiar la industria, mientras la familia se convirtió en firme defensora del Partido Republicano y la Unión durante la guerra Civil. Tras la guerra, la empresa obtuvo importantes beneficios proporcionando cartas de crédito para los viajeros en el incipiente sector turístico. También fue pionera en el negocio del cambio de divisas, deslucido pero lucrativo y necesario, ayudando a otros bancos a integrar sus negocios extranjeros y nacionales.

La Gran Depresión llevó a la firma a un matrimonio corporativo que resultaría duradero y relevante. En otoño de 1930, un grupo de hombres jóvenes bien vestidos alquilaron un vagón para asistir a su decimoquinta reunión en Yale. Entre ellos estaba Prescott Bush, un hombre alto y flaco que se había casado con la hija de George Herbert Walker, de San Luis, el presidente del banco fundado por Averell Harriman, hijo de uno de los magnates del ferrocarril más ricos del país. Los demás eran socios menores de Brown Brothers, entonces liderado por los primos Thatcher y James Brown, bisnietos de Alexander.

Estos jóvenes sofisticados habían nacido en casas señoriales, jugaban al póker en su trayecto y apostaban cifras muy por encima del sueldo diario de la mayoría de norteamericanos. Pero ni ellos estaban protegidos de la devastación económica de la Depresión; al otro lado de las ventanas de su vagón privilegiado, se estaba formando una tormenta, y sus dos empresas se habían vuelto repentinamente vulnerables. Abordaron la idea de una fusión, y tras meses de negociaciones, se cerró el acuerdo. Robert Abercrombie Lovett, veterano de la selecta Unidad Aérea de Yale en la Primera Guerra Mundial que había entrado en la familia Brown y acababa de convertirse en socio de Brown Brothers, recordó que “Harriman tenía su pequeño negocio y demasiado capital; Brown Brothers tenía demasiados negocios y poco capital”.

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Decidieron unir sus nombres, creando Brown Brothers Harriman. En un edificio de muchos pisos en el número 59 de Wall Street, el nuevo banco ayudó a crear la industria de gestión de capital moderna y a desarrollar el sistema financiero y de seguridad que rige el mundo, si bien de forma inestable, hasta el día de hoy.

Incluso antes de la guerra, las empresas tenían experiencia en finanzas globales. Brown Brothers poseía una participación mayoritaria en el principal ferrocarril de Nicaragua y su banco nacional, y sus préstamos al Gobierno de Nicaragua sirvieron de excusa al presidente William H. Taft para enviar a la marina a ocupar el país en 1912. Nicaragua se mantuvo como vasallo de EEUU durante la mayoría de la década, llevando a ‘The Nation’ a apodar al país la ‘República de Brown Brothers’. Los Brown declararon que ellos solo se ocupaban de sus préstamos y los intereses de sus clientes, y que Nicaragua era mejor al fin y al cabo para sus inversiones. Pero para generaciones de latinoamericanos, el banco representó el oscuro legado del imperialismo estadounidense.

La Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría propulsaron a la entidad fusionada a la esfera política, ya que Harriman, Lovett y Bush ocuparon altos cargos del gobierno. Su alianza era un modelo a pequeña escala de la élite blanca anglosajona protestante que ayudó a crear el ‘Siglo estadounidense’. Durante la guerra, Harriman se convirtió en ‘el plenipotenciario’, como le apodó la revista ‘New Yorker’, actuando como enviado del presidente Franklin D. Roosevelt ante Churchill y Stalin. Después se convirtió en administrador del Plan Marshall y gobernador de Nueva York. Como secretario de Estado adjunto en la Administración Kennedy, fue responsable de la política del este asiático, y por tanto de la participación de EEUU a la guerra de Vietnam.

La IIGM y la Guerra Fría propulsaron a la entidad fusionada a la esfera política, ya que Harriman, Lovett y Bush ocuparon altos cargos del gobierno

La ambición de Harriman era clara, así como su aceptación indiscutible de su fortuna heredada, pero su carrera estuvo marcada por la creencia de que las élites tenían la responsabilidad de trabajar para el bien público. Como declaró en una entrevista: “es injustificable para un hombre que posee capital no empeñarse con diligencia en utilizarlo de la forma más beneficiosa para su país”.

Fue Robert Lovett quien quizá mejor representó este compromiso de la élite con los servicios públicos, como claramente expresa el lema de su colegio privado, Groton: 'reinar es servir'. A finales de 1940, un año después de que EEUU entrara en la guerra, manifestó su disposición para servir, escribiendo al secretario de Guerra Henry L. Stimson: “quiero ayudar de cualquier forma, en cuanto pueda”. Nombrado secretario de Guerra adjunto, se convirtió en arquitecto principal de la fuerza aérea moderna de EEUU. Cuando Japón se rindió en 1945, Lovett volvió satisfecho a Brown Brothers, donde planeaba quedarse.

Foto: Foto: Guillermo Riveros. (Farrar, Straus and Giroux)

Después, una madrugada de 1947, cuando estaba a punto de salir de su casa en Long Island hacia su oficina en Wall Street, su mujer Adele contestó el teléfono y dijo: “Bob, es de Washington”. Lovett cogió el teléfono, y la voz del otro lado dijo: “le habla el presidente”. Lovett gritó: “escúchame, esto no tiene ninguna gracia. Estoy desayunando e intentando llegar al primer tren a Nueva York, y por amor de Dios no es momento para bromas”. La voz dijo: “no, le habla el presidente de verdad”. El presidente Harry Truman le pidió que fuera el número dos del secretario de Estado George Marshall, y tras la insistencia de sus socios, aceptó.

Durante los cuatro años siguientes, Lovett y Harriman formaron parte de un estrecho círculo de líderes que se enfrentaron al vacío de poder global de la posguerra y condujeron a EEUU a una 'guerra fría' contra la Unión Soviética. También diseñaron la sustitución de la libra esterlina por el dólar como el medio de intercambio estándar, establecido en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio –precursor de la OMC– y reestructuraron el gobierno federal, creando el Pentágono, la CIA y los otros pilares de la seguridad nacional actual.

Foto: EC

Luego tenemos a Prescott Bush, senador republicano por Connecticut durante dos mandatos que se convirtió en el padre y abuelo de presidentes. Cordial diputado bipartidista que solía jugar al golf con el presidente Dwight Eisenhower, denigró los excesos del senador Joe McCarthy. Harriman, Lovett y Bush fueron miembros fundadores del ‘Establishment’: pequeña red de hombres de la élite que fueron a los mismos colegios, trabajaron para unas pocas empresas entrelazadas y accedieron a las esferas de poder.

En los años sesenta, la cultura estadounidense se volvió firmemente contra el ‘Establishment’. Brown Brothers pasó a ser vista como emblema de una clase mimada de hombres ricos que se enriquecían mientras sumían a EEUU en un lodazal en Vietnam. No obstante, en los años ochenta, la balanza había empezado a inclinarse hacia el otro lado. Tras años de estanflación, en 1982 los valores empezaron a dispararse y los tipos de interés a caer. Wall Street era idolatrado en la cultura popular. Brown Brothers Harriman, controlada por unas decenas de socios, dejó de recibir atención cuando otras firmas más llamativas como Lehman Brothers y Morgan Stanley salieron a bolsa, y Drexel Burnham Lambert y sus bonos basura despegaron.

En los sesenta, la cultura estadounidense se volvió contra el ‘Establishment’. Brown Brothers pasó a ser el emblema de la clase mimada

Pero Brown Brothers hacía cada vez más negocios con grandes bancos como Citibank, Lloyd’s y HSBC, gestionando operaciones bursátiles en múltiples mercados y monedas. De hecho, tenía tanta actividad que, a mediados de los años ochenta, los socios decidieron que era demasiado. Informaron a sus mayores clientes de que tendrían que encontrar a otro que gestionara el volumen. Reflexionando sobre la decisión, un socio de Brown Brothers me comentó: “sabes, no hicimos lo que una firma como Goldman [Sachs] pudo haber hecho. No nos preguntamos el tamaño que deberíamos tener para lidiar con el negocio. Preguntamos qué negocio deberíamos aceptar para que se ajustara a nuestro tamaño”.

Tal moderación y respeto por los límites se ha vuelto cada vez más extraña en un Wall Street caracterizado por la presión incesante por más beneficios. También es un ejemplo de por qué Brown Brothers ha perdurado más de 200 años. Tener una larga vida no es una virtud en sí misma, pero tener una buena vida sí lo es. A diferencia de sus rivales, Brown Brothers nunca salió a bolsa o creció demasiado como para fracasar. Su rechazo, empezando con Alexander Brown, a perseguir la expansión a cualquier precio supuso que, a cambio de una firma como Lehman Brothers, nunca puso en peligro a todo el sistema financiero.

A medida que nos sumergimos en el futuro poscovid, las enseñanzas de la historia de Brown Brothers nunca han sido más imperiosas: cómo dominar el poder del dinero para que se fortalezca en lugar de derrumbarse; cómo asegurar que los que se han beneficiado notablemente del capitalismo norteamericano sirven y contribuyen a cambio; sobre todo, cómo puede EEUU volver a tener un papel global que ayude a aumentar la prosperidad y la seguridad para todos. Durante más de 200 años, Brown Brothers ha lidiado con esas preguntas; ahora todos tenemos que hacer lo mismo.

*Este ensayo es una adaptación del último libro de Karabell ‘Inside Money: Brown Brothers Harriman and the American Way of Power’, que se publicó el 18 de mayo por Penguin Press.

*Contenido con licencia de ‘The Wall Street Journal’.

Al albor del siglo XIX, un inmigrante irlandés llamado Alexander Brown llegó a Baltimore y montó un negocio como comerciante de lino. La firma que fundó evolucionaría hasta uno de los bancos de inversión más importantes de EEUU, Brown Brothers Harriman, que sigue en funcionamiento a día de hoy. Durante más de dos siglos, a medida que una forma única de capitalismo convertía a EEUU en el país más poderoso y próspero del mundo, Brown Brothers era el alquimista en el centro.

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