Lleida propone un carné serológico para ellos

¿Qué está pasando con los jornaleros africanos en el nuevo epicentro del covid?

Las administraciones autonómicas tratan de entender qué provocó la crisis de los jornaleros para impedir que se repitan los errores. El primer edil de Lleida ha sugerido crear un carné

Foto: Un africano abandona Lleida, tras el anuncio del confinamiento perimetral. (Ferran Barber)
Un africano abandona Lleida, tras el anuncio del confinamiento perimetral. (Ferran Barber)

El alcalde de Lleida, Miquel Pueyo, propuso hace unos días un carné de inmunidad que garantice que los temporeros censados por su Administración municipal estén libres del virus cuando se desplacen a otras campañas agrícolas. "De momento, es tan solo una idea de las varias planteadas al departamento de Salud de la Generalitat, aunque no se ha concretado todavía el modo en que podría implementarse", aclara Sandra Castro, regidora de Educación, Cooperación, Derechos Civiles y Feminismos.

Nadie quiere repetir los errores que condujeron a las crisis de Lleida y de Huesca, y para eso es necesario identificar las claves que podrían explicar, no solo lo sucedido en los lugares de trabajo de los africanos, sino el modo en que su precariedad estructural y su cultura social ha interactuado para bien o para mal con la emergencia sanitaria. Antes de elaborar un protocolo de actuación, se celebraron varias reuniones telemáticas de representantes de las comunidades autónomas que recibirán en breve a esos mismos jornaleros que, desde la pasada primavera, han estado en algunos de los epicentros catalano-aragoneses de la covid-19.

¿Qué está pasando con los jornaleros africanos en el nuevo epicentro del covid?

Esta semana, los ministros Luis Planas y Salvador Illa volvieron a reunirse con las administraciones autonómicas para dar a conocer un documento, donde se recomienda, entre otras cosas, que las explotaciones agrarias separen a las cuadrillas, sin mezclarlas, para limitar las cadenas de contacto. La guía hace igualmente hincapié en la necesidad de elaborar registros de los trabajadores y de aislar a los que, eventualmente, pudieran dar positivo. De manera inmediata, el resto de los trabajadores deberían ponerse en cuarentena.

Pero lo verdaderamente relevante, es que subraya la necesidad de que sean las empresas las que dispongan los recursos precisos para garantizar la higiene de los lugares de alojamiento, transporte y trabajo. Eso no es exactamente lo que ha sucedido hasta la fecha en Aragón, Cataluña o Albacete.

Es un hecho probado que los entornos laborales donde los africanos prestan su fuerza de trabajo —los sectores cárnico y hortofrutícola— y sus condiciones de vida y de vivienda han tenido un papel relevante en los rebrotes producidos en ambas provincias. Claro que algunos van todavía más allá, y sin minimizar la importancia de su pobreza o los abusos que han sufrido, apelan también a la idiosincrasia de los africanos y a su propia responsabilidad para entender la postal en su conjunto. De lo ocurrido en el Segrià se colige con frecuencia que no se han sabido creado canales eficientes de comunicación con los trabajadores extranjeros.

"No querían confinarse"

El alcalde de Lleida, Miquel Pueyo, se ha quejado de forma reiterada a lo largo de las últimas semanas de las dificultades que tenían los funcionarios para persuadir a algunos de los jornaleros que dieron positivo en las pruebas del covid-19 de que debían confinarse y aceptar las restricciones impuestas al resto de la población. Ha habido también complicaciones, según dice Sandra Castro, para que algunos más entendieran la conveniencia de que se trasladaran al pabellón que dispuso el ayuntamiento en la zona de la Fira. Este se habilitó con el fin de resolver un doble problema: la carencia de vivienda de muchos de los recién llegados y las consecuencias que de ello podría derivarse para la salud pública. Incluso a día de hoy, sigue habiendo unos pocos africanos durmiendo en las calles de Lleida.

"Sabemos de seis casos confirmados de subsaharianos positivos que se escaparon de los albergues donde se hallaban en cuarentena. Aquí, no obstante, hay varios temas que se mezclan", dice la concejal de Educación y Derechos Civiles. "Por un lado, los temporeros han venido a trabajar y a ganar dinero y confinarse equivale a perder unos ingresos. Pero por otro lado, hay algunos que tampoco son conscientes de la gravedad de esa enfermedad y de la facilidad con la que se transmite debido, entre otras razones, a que la incidencia que ha tenido en sus países de origen es muy baja y debido, también, a que muchos de los afectados son asintomáticos o presentaban síntomas muy leves. Ha habido también unos pocos casos de gente con patologías mentales que se negaron a observar la cuarentena". La Generalitat tuvo que recurrir a una orden judicial para obligar a un positivo con trastornos psíquicos.

"Yo no digo que los negros no tengan alguna responsabilidad, pero ahora parece que todo el foco se ha puesto en ellos cuando en realidad ha habido botellones y fiestas en toda la ciudad donde la gente no se ponía mascarillas", se queja la catalana de origen senegalés Nogay Ndiaye. Tan solo en el Segrià, fueron miles las personas que burlaron los controles de los Mossos d'Esquadra hace algunas semanas para no perder sus vacaciones o que organizaron fiestas. El propio sector de la hostelería y el comercio se opone a menudo sin disimulo a algunas de las restricciones impuestas por las autoridades sanitarias.

Un jornalero durmiendo en las calles de Lleida. (Ferran Barber)
Un jornalero durmiendo en las calles de Lleida. (Ferran Barber)

Claro que, según las administraciones que ahora se han reunido para buscar alguna fórmula de desplazar a toda esa fuerza de trabajo sin afectar a la salud pública, su propósito no es convertir a estos jornaleros en el chivo expiatorio de una crisis, sino determinar qué ha sucedido para frenar el avance de la pandemia, habida cuenta de que todos esos miles de personas son una bomba humana de relojería que pronto se dispersará por toda España al calor de la vendimia o las campañas de la oliva y de los cítricos.

Que los inmigrantes han estado y están en algunos de los escenarios de la crisis sanitaria parece fuera de cuestión, lo que no equivale en ningún caso a asegurar que ellos sean el problema. No existe duda, por ejemplo, de que los dos brotes declarados en los mataderos de Fribin y Litera Meat (Binéfar) y sus cuatrocientos cincuenta africanos positivos forman parte del big-bang de una de las mayores cadenas de contagio declaradas durante el estado de excepción. No pocos de esos afectados compartían piso con otros africanos de Lleida, Tamarite, Alcarrás o Lleida, a su vez en contacto con trabajadores agrarios del Cinca Medio, el Baix Cinca o el Segrià. Cuando la Generalitat confinó la comarca de Lleida, una parte significativa de los brotes se habían detectado en empresas hortofrutícolas u otros sectores laborales aledaños en los que suelen trabajar los inmigrantes, no necesariamente jornaleros. El porcentaje de afectados ha ido disminuyendo con posterioridad, a medida que se incrementaba la transmisión comunitaria.

Nadie sabe, no obstante, cual es el número preciso de subsaharianos infectados. "Es muy fácil publicar imágenes de negros sin tener en cuenta que el 56% de los positivos detectados en el sector hortofrutícola se ha registrado entre mujeres y en los almacenes", asegura la activista de Fruita amb Justícia Social Nogay Ndiaye. La plataforma de la que forma parte cree que buena parte del problema no se hubiera producido si los contratadores hubieran cumplido con la obligación de proporcionar alojamiento a los trabajadores censados a más de 75 kilómetros del lugar del trabajo. En opinión de Gemma Casal —antropóloga y también miembro del citado colectivo—, "ni siquiera existen datos que confirmen que el coronavirus haya afectado más a la población negra. Primero, se ha responsabilizado y señalado a los extranjeros y luego, pese a que carecían de recursos, se les ha exigido cosas que ni siquiera entendían bien y que no fueron explicadas de manera correcta".

Jornaleros, en la casa de la fusta de Lleida. (Ferran Barber)
Jornaleros, en la casa de la fusta de Lleida. (Ferran Barber)

Existen, sin embargo, opiniones discrepantes entre la propia comunidad africana. "El covid-19 toca más a los pobres que a los ricos; más a los negros que a los blancos. También es cierto que había gente sin hogar, pero eso no lo explica todo. Muchos de mis hermanos no se han tomado en serio toda esta cosa del coronavirus por una falta de civismo. Se han hecho los tontos como si la enfermedad no fuera con ellos. Hay un miedo extendido a decir la verdad porque tenemos colocado en nuestra cabeza que debe existir una solidaridad obligatoria, primordial, entre negros. Yo también fui de víctima, pero eso se ha acabado".

Quien habla de ese modo, palabra por palabra, literalmente, es el costamarfileño Lay Diaby. El pasado día 24, Lay cumplió 43 años, y lo hizo trabajando como jornalero, que ha sido, esencialmente, su principal fuente de sustento desde que llegó a España. Conoce bien ese trabajo porque, tal y como nos explica, lleva desde el año 2002 a vueltas con su mochila; trazando bucles por Huelva, Logroño, Valencia, Lleida y Aragón; siguiendo las campañas de la fruta como los caribúes o los ñúes que recorren en busca de pastos frescos la sabana.

"Hoy es el negro el que reclama su esclavitud"

"Nos quejábamos de que el hombre blanco nos utilizaba como esclavos y nos machacaba, pero deja que te diga algo: hoy es el negro quien sale de África y viaja a Europa para reclamar su propia esclavitud", dice el costamarfileño. "Y el hecho —prosigue— es que hemos regresado para volver a ser los mismos esclavos de siempre, solo que ahora no hay látigo, ni nadie tras de ti gritándote, pero si no trabajas en las condiciones que establecen, no cobras, y si no cobras, no vives. Y esto lo entiendo ahora después de muchos años en la inmigración. Nadie nos ha obligado a venir a España, ni a quedarnos. Y yo lo que digo es que, en efecto, tenemos derechos que reivindicar y por los que luchar, pero también responsabilidades con las que comprometernos y una de ellas es cumplir con todos los protocolos de prevención del virus".

"Ahora no hay látigo, ni nadie tras de ti gritándote, pero si no trabajas en las condiciones que establecen, no cobras, y si no cobras, no vives"

¿En verdad existen datos, más allá de unas impresiones subjetivas, que puedan avalar la idea de que estos jornaleros han mostrado poca diligencia a la hora de respetar las mismas medidas de prevención que el resto de la población? En opinión de Gemma Casal, son episodios aislados, magnificados con frecuencia para obtener coartadas que ayuden a justificar el caos o para apuntalar discursos xenofóbicos. Considerados como un todo, no hay nada, a excepción de los prejuicios, que, según esa antropóloga, respalde las teorías que les culpan de lo acaecido.

De lo que sí hay pruebas consistentes es de la falta de comunicación de las instituciones con los extranjeros. Y un buen botón de muestra es lo ocurrido hace un par de semanas durante el desalojo de un piso-patera en la Rambla de Ferran, o algunos días antes, con los test del hotel Rambla. "En el caso del inmueble de la Rambla de Ferran, tuvimos que realojar en el pabellón a los 36 jornaleros que había dentro mediante una orden judicial", asegura Sandra Castro. Durante los días precedentes, los servicios sociales de la ciudad habían intentado persuadirles sin éxito de que se trasladaran al pabellón de la Fira, pero los africanos recién llegados en pleno confinamiento del perímetro, dice la regidora, se mostraron reticentes. "Una vez vieron cómo estaba todo organizado, se relajaron y lo aceptaron". Al menos otros treinta o cuarenta jornaleros dormían esos mismos días en la calle porque desconfiaban de las condiciones que imponía la administración en las instalaciones habilitadas para ellos.

Agentes de la Urbana y los Mossos desalojaron un piso-patera en la Rambla de Ferran. (Ferran Barber)
Agentes de la Urbana y los Mossos desalojaron un piso-patera en la Rambla de Ferran. (Ferran Barber)

"Y lo mismo sucedió con los que ocupaban al principio de la primavera la marquesina de la casa de la fusta. En mayo, intentamos hacerles pruebas para determinar si eran o no positivos, y derivarlos, en función del resultado, al pabellón o al hotel Rambla. Muchos se negaron porque pensaban que queríamos experimentar con ellos una vacuna. Eran aquellos días en que se divulgó en Francia alguna noticia relacionada con que en África se estaba testando algún remedio y los temporeros recelaron", añade la regidora, lo que inevitablemente conduce a otra de las cuestiones relevantes: la gestión de los canales de comunicación con las comunidades de extranjeros afectadas por el rebrote.

"Si las autoridades quieren evitar que vuelva a suceder lo ocurrido en Lleida o Aragón en los entornos de los temporeros deberán entender que muchos de mis hermanos no mantienen ningún contacto con el resto de la sociedad", dice el costamarfileño. "Hay gente -temporeros o no- que no sabe nada de lo que sucede fuera de su pequeño mundo".

En el intento de tender puentes con los temporeros, las Administraciones han recurrido con mayor o menor éxito a mediadores culturales reclutados entre las distintas asociaciones de inmigrantes. Pero eso no ha impedido que sigan bloqueados los canales de comunicación entre la gran sociedad blanca y estos miles de africanos que, a menudo, ni siquiera hablan catalán o castellano. Parece razonable preguntarse, por ejemplo, cómo es posible que, en contra de todas las recomendaciones, siguieran llegando trabajadores extranjeros transcurridas varias semanas desde que se divulgó en todo el país la crisis del coronavirus que afectaba al Segrià y la Franja de Huesca.

"Han faltado mediadores"

"Claro que existen diferencias culturales pero han faltado mediadores", sostiene Casal. "Además, hay partes de Lleida donde no se ha respetado el confinamiento, bien porque la gente no se encuentra bien en sus casas o porque viven hacinados o enfrentados a situaciones complicadas. Pero las responsabilidades hay que repartirlas entre mucha gente porque son muchos los colectivos que se han saltado el confinamiento. Y no hablo solo de los botellones. Tampoco en las terrazas se respetaban las medidas cuando estaban abiertas. Lo que pasa en el fondo es que el negro se ve más. Y esto no tiene nada que ver con el 'buenismo', esa insultante palabra que inventó Aznar".

Es ese aislamiento en buena parte impuesto por la falta de comunicación con el entorno el que podría explicar también la percepción distorsionada que algunos temporeros tienen sobre la verdadera gravedad del coronavirus. Los epidemiólogos sugieren que la escasa virulencia con el que el virus se manifiesta entre los africanos es debida a que la edad media de esos inmigrantes no supera los cuarenta años, aunque existen otras teorías y una de las más extendidas entre los propios jornaleros es que "se trata de una enfermedad de blancos".

El costamarfileño Lay Diaby lleva trabajando como jornalero en España desde 2002. (Ferran Barber)
El costamarfileño Lay Diaby lleva trabajando como jornalero en España desde 2002. (Ferran Barber)

"He hablado con algún compatriota que me ha dicho que el coronavirus es una invención", añade Lay Diaby. "Pero lo más común han sido los rumores sobre que era un mal de occidentales. Yo mismo lo pensaba. No se trata de algo tan absurdo como pueda parecer de entrada porque no hablamos del color, sino de que la ciencia ha demostrado que cada una de las razas tienen ciertas cualidades. Ahora estoy convencido de que le toca a todo el mundo. En Estados Unidos, hay más de sesenta negros por cada cien muertos, lo cual no me sorprende porque los afroamericanos son los pobres y quienes pueden encerrarse en casa son los ricos. El tipo con pasta tiene la comida en casa mientras que la mayoría de los negros carecen de una nómina; viven al día y tienen que salir ahí fuera".

"Estoy convencido de que, de una u otra forma, estamos más protegidos contra el virus", nos dice un trabajador maliense del matadero binefarense de Fribin a quien entrevistamos en Barbastro (Huesca). Amadou fue uno de los doscientos empleados que estuvo en contacto con el covid-19 sin saberlo. Trabaja en la cadena de despiece. Los funcionarios de la Administración aragonesa le confirmaron por teléfono que, en algún momento, lo había padecido, pero al igual que el resto de la plantilla de los mataderos de La Litera, ignora cuándo o cómo lo contrajo, porque nunca experimentó síntoma alguno. "En mi país ha habido casos, y también hay viejos, como aquí, pero no ha muerto casi nadie. Tiene que haber alguna explicación".

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