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El 'muro' de papeles, la lista de teléfonos y una intuición: así cayó la célula del 11-M
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18º aniversario de los atentados

El 'muro' de papeles, la lista de teléfonos y una intuición: así cayó la célula del 11-M

Uno de los comisarios que colaboraron para dar con los terroristas relata los detalles de la investigación que llevó a la Policía hasta el piso de la calle Carmen Martín Gaite de Leganés

Foto: Imagen: EC Diseño.
Imagen: EC Diseño.

El comisario Gómez entró en una habitación de la Comisaría General de Información de la Policía Nacional abarrotada de papeles. Era todo lo que se tenía sobre la incipiente investigación del 11-M. Apenas habían pasado unas semanas desde los atentados de Madrid, pero los montones de documentos formaban ya un muro de un metro de altura que abarcaba todo el perímetro de aquella estancia habilitada para los investigadores. “Era un cuarto grande, hubiese necesitado tres años para leerme todo lo que había ahí”, recuerda 18 años después el mando policial en conversación con El Confidencial. Entre esa información, estaba la aguja en el pajar que conduciría al piso de Leganés donde se ocultaba la célula terrorista.

España no se había recuperado todavía del mayor atentado de su historia, pero la sensación entre las fuerzas de seguridad era de máxima tensión. Los responsables de aquella matanza que había costado casi 200 vidas seguían sin aparecer y la amenaza de un segundo ataque obsesionaba a los responsables de información. Para entonces, ya había aparecido una cinta junto a la mezquita de la M-30 de Madrid reivindicando los hechos. Como se recoge en 'El desafío: 11-M', el documental de Prime Video que se estrena este viernes, al diario 'ABC' había llegado también un fax con grafía en árabe y un aviso claro: “Convertiremos España en un infierno, haremos fluir vuestra sangre como ríos”. Operarios de Renfe en la vía del AVE que une Madrid con Sevilla hallaron una bolsa con 12 kilos del mismo explosivo que usaron en Atocha.

Foto: EC Diseño.

La situación era crítica y desde el Ministerio del Interior se activaron todos los resortes. El comisario Gómez ni siquiera tendría por qué haber entrado nunca en esa habitación abarrotada de papeles que escondía la solución. Hacía pocos meses que había ascendido a comisario y eso le forzó a un destino en Burgos, lejos de las funciones que había desarrollado durante los últimos 23 años. Recuerda que fue una llamada del entonces juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón lo que le devolvió a Madrid. Este mando policial llevaba más de 10 años siguiendo la pista al presunto cabecilla de Al Qaeda en Europa, Imad Eddin Barakat, alias 'Abu Dahdah'.

El terrorista, considerado un lugarteniente del mismo Osama Bin Laden, había sido detenido junto a varios de sus fieles en la operación Dátil, en 2001. El caso se encontraba ya a las puertas del juicio y Garzón convenció al subdirector operativo de la Policía, Pedro Díaz Pintado, de que no podían apartar en ese momento al principal investigador. En marzo de 2004, a pesar de que el yihadismo ya había mostrado sus garras tres años antes en el World Trade Center de Nueva York, España seguía centrada principalmente en ETA. Eran pocos los recursos destinados al terrorismo islámico.

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El comisario Gómez estuvo especializado en esta materia desde el principio. Tanto, que estuvo en la investigación del atentado en el restaurante El Descanso, en 1985. Está considerado el primer atentado islamista con muertos en España. “Había tres secciones. Una era la mía, con unas 12 personas, dedicada a los palestinos, porque en su día eran el terror, otra dedicada a todo el mundo islámico menos Palestina y otra era la del Magreb, que estaba en pleno auge. Estaba investigando el 11-M todo el mundo menos yo”, recuerda.

Un avión a Noruega

De hecho, el 11-M había cogido a este veterano investigador con el pie cambiado. Un día después de los atentados, se subió a un avión con destino Noruega, precisamente por un compromiso con la investigación sobre Abu Dahdah. El comisario Gómez partió hacia tierras nórdicas con una sensación de estar donde no tenía que estar y una intuición: si habían sido los islamistas, Said Berraj tenía que tener alguna relación. “Desde el primer día, estaba emperrado”, admite.

La sospecha del comisario no era gratuita. En su sección, sabían que este individuo había partido desde España a Afganistán en una época en que solo había un motivo para desplazarse al bastión de los talibanes. Desconocían su paradero exacto, pero sabían que había regresado. El comisario Gómez tuvo desde el principio el nombre y los datos de Berraj entre ceja y ceja. Se unía además un elemento más para reforzar sus sospechas: el arresto de Jamal Zougam, el responsable del locutorio de Lavapiés donde la célula del 11-M compró las tarjetas de los móviles con que hicieron los atentados de los trenes.

placeholder Así quedaron los trenes tras el atentado del 11-M. (Getty Images)
Así quedaron los trenes tras el atentado del 11-M. (Getty Images)

El tiempo ha permitido saber que tanto en la Policía como en la Guardia Civil conocían de tiempo atrás a varios de los autores del 11-M precisamente porque eran personas que habían huido o no hubo pruebas suficientes para detenerlos en la operación Dátil de Abu Dahdah. Entre ese grupo de gente que se reagrupó poco tiempo después, estaban personajes como Serhane Ben Abdelmajid Fakhet, 'el Tunecino', Rabei Osman El Sayed, ‘el Egipcio’, pero también Jamal Zougam o Said Berraj, entre otros. Ya en junio de 2001, la Policía registró el locutorio que regentaba Jamal Zougam, condenado como autor material de la matanza. Allí hallaron abundante propaganda yihadista. “Llegar a Zougam fue un descanso, porque ya era terreno conocido. Yo había intentado detenerle en varias ocasiones. Le conocía perfectamente.

El caso es que el responsable directo de Gómez, el comisario Mariano Rayón, le pidió que echase una mano a los compañeros en busca de alguna línea de investigación. Que les fuese a ver a aquella habitación a ver si entre sus conocimientos previos y lo que ya habían recabado durante las primeras semanas surgía alguna línea nueva de investigación. Es entonces cuando se produce la escena del veterano mando frente a esa muralla de papeles. “Se me cayó el alma a los pies”. Pero a la reacción inicial de desconcierto le siguió un golpe de fortuna. Sobre la mesa principal del despacho había un documento con cientos de números de teléfono. “Sin saber qué hacer, se me ocurrió mirar. Eran seis hojas por las dos caras con cientos de números, nada más. Ni siquiera ponía el nombre ni nada”.

Foto: Fernando Reinares, en 2016. (EFE)

Ahora es obligatorio dar una identidad a la hora de comprar una tarjeta de telefonía, pero en aquel tiempo existían las tarjetas prepago, para las que no era necesario ofrecer ningún tipo de dato. Por eso no era tan sencillo como llamar a las operadoras y pedir la identidad de un titular. “Estaban siguiendo unas tarjetas que todavía estaban operativas que se habían puesto en contacto con las tarjetas de los móviles que se usaron después para explotar los trenes”. Eso ya le había dado a la Policía para centrar el foco en el municipio madrileño de Leganés, por la geolocalización de las tarjetas que seguían activas, pero no acertaba a dar con el paradero exacto. Revisando aquellos seis folios por las dos caras, hubo un número de teléfono que al comisario Gómez le llamó la atención.

—¿Qué habéis hecho con este número? —preguntó.

—Lo hemos descartado porque ya no está operativo. No lo está usando nadie —le dijeron.

“Me llamó la atención porque era casi seguido al número de Said Berraj. Variaban las últimas cifras, pero era casi correlativo”, explica el mando. “Cualquiera que me conozca sabe que yo era un archivo viviente. Me lo sabía todo, números de teléfono, direcciones, el piso (...) El que tuviese este teléfono, quien fuera, lo había tenido que comprar con Berraj porque eran casi correlativos. Empecé a investigarlo, me salían muchas llamadas entrantes y salientes a Morata de Tajuña [localidad donde estaba la finca en la que los terroristas prepararon el atentado]. Y el último era una llamada entrante de un teléfono que era propiedad de un español”.

placeholder El edificio del piso de Leganés, después de que se inmolaran los terroristas. (Getty Images)
El edificio del piso de Leganés, después de que se inmolaran los terroristas. (Getty Images)

Acto seguido, procedieron a comprobar quién era esa persona que había llamado al número sospechoso. Vieron que era un ciudadano normal y corriente, sin antecedentes policiales, y fueron a toda velocidad a preguntarle por qué se había puesto en contacto con el número investigado. “Podía ser hasta que se hubiera equivocado, vete a saber”, admite el comisario Gómez. No obstante, la pista era buena. Tanto como que ese ciudadano, sorprendido ante la visita de la Policía, contó que el número era de un árabe al que le había alquilado un piso en la calle Carmen Martín Gaite de Leganés. Ese árabe era Mohamed Belhadj, otro miembro del grupo que sería detenido y condenado después en Marruecos.

El 3 de abril de 2004, 24 días después de los atentados en los trenes, policías de paisano rodearon el bloque de la vivienda en la que se ocultaban los terroristas. Uno de ellos, Abdelmajid Bouchar, bajó a tirar la basura y le sorprendió que la zona estuviera más concurrida de lo normal y avisó a sus compañeros antes de darse a la fuga. Sería detenido un año después en Serbia. El cerco a la casa duró horas. Los terroristas llamaron a sus familiares y allegados para despedirse antes de inmolarse con la carga de explosivo que todavía tenían en su poder. En la explosión murió el miembro de los GEO Francisco Javier Torronteras. Fue la última víctima de los atentados del 11-M.

El comisario Gómez entró en una habitación de la Comisaría General de Información de la Policía Nacional abarrotada de papeles. Era todo lo que se tenía sobre la incipiente investigación del 11-M. Apenas habían pasado unas semanas desde los atentados de Madrid, pero los montones de documentos formaban ya un muro de un metro de altura que abarcaba todo el perímetro de aquella estancia habilitada para los investigadores. “Era un cuarto grande, hubiese necesitado tres años para leerme todo lo que había ahí”, recuerda 18 años después el mando policial en conversación con El Confidencial. Entre esa información, estaba la aguja en el pajar que conduciría al piso de Leganés donde se ocultaba la célula terrorista.

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