Nos llamamos "extremo centro" porque "extrema derecha" ya estaba pillado
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Nos llamamos "extremo centro" porque "extrema derecha" ya estaba pillado

A continuación ofrecemos un adelanto editorial de 'Extremo centro: el manifiesto', de Pedro Herrero y Jorge San Miguel, que publica el sello Deusto

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Seamos francos: la derecha en España no tiene ni puta idea de producir pensamiento sugerente para la sociedad. Durante los últimos treinta años ha renunciado de manera voluntaria a producir cultura e ideas. Es cierto que el espacio fue, durante mucho tiempo, heredero de unos intelectuales de combate que, en el ámbito personal, se habían bregado contra el felipismo y que, salvo algunas excepciones, estaban más orientados a la guerra política que a la creación de cultura. Partiendo de ese paradigma, cuando la generación de la década de 1980 tenemos que buscar qué representa para nuestra memoria la derecha, lo que vemos es a unos tíos enfadados, que se la pasaban diciendo "impuestos bajos y maricones no". Es decir: cuando supuestamente la derecha hacía "debate de las ideas", lo que le salía era eso.

Con esa poca capacidad demostrada para seducir, penetrar en lo popular y crear propuestas, es lógico que al final se apueste por el rollo de gestionar, cuadrar presupuestos y pagar pensiones; aunque esa actitud te lleve a ceder elementos estratégicos a cambio de victorias tácticas.

La etiqueta de la "no izquierda" representa a todo aquel que no se sienta identificado con la hegemonía moral de la Nueva Izquierda

Cuando mucha gente de derechas nos escucha hablar de la "no izquierda", se indigna y nos dice: "¡Pero si lo que estás haciendo es de derechas!". Para nosotros es más amplio, porque la etiqueta de la "no izquierda" es un contenedor que representa a todo aquel que no se sienta identificado con la hegemonía moral de la Nueva Izquierda. En cualquier caso, la reflexión que deberías hacer, si eres un chiquito de derechas, es por qué cojones en España a tanta gente se le atraganta la identificación con esa etiqueta.

En este contexto, parte del leitmotiv de Extremo Centro es que la Nueva Izquierda se ha desplazado de manera definitiva e irrevocable hacia la representación de los intereses de las élites urbanas progresistas y de las clases creativas cosmopolitas. Y que las antiguas clases trabajadoras, agrarias u obreristas, abandonadas por esa Izquierda Patinete, se han vinculado a posiciones más conservadoras en materia de moral, nación o comunidad, tanto si votaban a unos partidos como a otros. Por tanto, ¿tiene sentido seguir interpretando los valores de la derecha en unos términos del siglo xx que ya no representan los equilibrios sociológicos existentes? Pero, ojo, no porque nos importe que nos acusen de nada, sino porque no tiene validez desde el punto de vista analítico y de interpretación de la realidad.

Hablar de "no izquierda" nos permite movernos con menos ataduras, tirar bolas a la línea y ensanchar el campo. Pongamos un ejemplo práctico y algo incómodo para algunos: qué propuesta se debe hacer desde el mundo conservador a los lazos existentes en las orientaciones sexuales no heteronormativas. En nuestra interpretación, el conservadurismo tiene mecanismos, en sus propios términos, para proponer modelos virtuosos de vida buena a estas minorías de orientación sexual.

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El pensamiento conservador defiende elementos de virtud en la monogamia, la familia y los cuidados, y se define por trabajar sus propuestas políticas sobre los elementos de la vida, la experiencia y la realidad. Es decir, lo real y lo vivido tiene preferencia frente a la teoría y la ingeniería social. Por tanto, si reconoces como naturalmente existentes a los gais, lesbianas y bisexuales, por responsabilidad hacia la estructura de tu propio pensamiento deberías ser capaz de proponer modelos de vida buena, basadas en la familia y en el amor, a esas orientaciones sexuales no heteronormativas, tal y como haces hacia el mundo heterosexual.

¿Qué sucedería si planteáramos esto dentro del marco de la derecha, en el sentido convencional? ¿Cuánto tardaríamos en entender que para gran parte de la derecha esto forma parte de la esfera inexpugnable del pensamiento católico y de las cosas ya juzgadas? ¿Cuánto tardaría alguien en cerrar el debate diciendo: "Es que el catolicismo no permite esos modelos"? Vale, chiqui, pero es que no te estamos pidiendo que renuncies a tu fe, sino una reflexión, aquí y ahora, sobre qué tipo de vida en sociedad deseas para esas personas con cara y ojos que van contigo a clase. Dime qué crees, basándote en tus propias intuiciones morales, qué se debe proponer para esta realidad social. El catolicismo tiene todo el derecho del mundo a proponer a los miembros de la comunidad una propuesta ética basada en su fe, pero hay un mundo ahí fuera que requiere que pienses síntesis nuevas ante realidades nuevas. Y si llegas a las mismas conclusiones de acuerdo, no seas tan perezoso como tus mayores y cúrratelo.

La complejidad de la sociología por encima de la ideología

La idea fundamental de Extremo Centro es recuperar una visión completa de la realidad social más basada en la vida de gente con cara y ojos que en la caricatura abrasiva y deprimente que genera la ideología. Lo que se ha perdido estos últimos años es justamente la aceptación del pluralismo de nuestra propia sociedad, a favor de la entrada en escena de la politología "científica" y el 'evidence-based', la politización cultural de los periodistas y los medios de comunicación, la ocupación de espacios públicos y la matraca de los nuevos ritos comunitarios basados en los "consensos": tienes a chavales de Cáceres que sienten una vinculación emocional a Black Lives Matter y a si las letras de no sé qué canción pop americana tienen 'male gaze'. Queremos oponernos a ese rollo exhibicionista, opresivo y sentimental que quiere taparle la boca al otro con la excusa de la empatía y los consensos.

A fin de cuentas, todo esto solo ha buscado reducir las voces en el espacio público, bien por la vía de las credenciales, bien introduciendo una política moralista en el peor sentido de la palabra. Se deja fuera del foco —y de la representación— una buena parte de las opciones vitales y, aunque parece que el momento actual ofrece un abanico variado de maneras de vivir, en realidad solo propone una en concreto, la coincidente con los intereses tanto del poder emanado del Estado como las del poder emanado del mercado.

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En esto también tienen bastante culpa los propios liberales, que están todo el día discutiendo sobre qué es ser auténticamente liberal: ¿es defender el patrón oro?; ¿es defender la tenencia de armas?; ¿Trump, Bolsonaro y Orbán son iliberales? Están todo el día expidiendo carnés. Y, en resumidas cuentas, ¿importan esos carnés? Pues, mira, nos cagamos en ser "pata negra" de nada. Tenemos una idea plural que queda reflejada con lo de la "no izquierda", y es cierto que toma forma como "coalición negativa", pero es que, hoy en día, la izquierda tiene un proyecto cultural de supresión del otro. ¿Estás en contra de la turra hegemónica? Pues vente a la trinchera y ya encontraremos la manera de cooperar y entendernos.

Se da una curiosa paradoja en España: la misma izquierda que ha normalizado a los delincuentes secesionistas o el acuerdo político con Bildu es la que te dice que hay que aplicar un cordón sanitario a fuerzas políticas absolutamente convencionales. Los mismos que no ven problema alguno en el clima social o los espacios democráticos demediados del País Vasco y Cataluña. Dada esta realidad, quien se defina en la "no izquierda" debería ser capaz de defender un espacio político en el cual se pueda debatir con libertad sobre todo y que represente de manera adecuada el continuo sociológico de nuestro país. Y dejarse de las grandes narrativas europeas e internacionales sobre los iliberales, de teorías de laboratorio elaboradas por periodistas y politólogos que sueñan con un Reich sanchista a veinticinco años y asumir que el único riesgo cierto en democracia son aquellos que pretenden ejercer el poder sin controles.

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En España, el riesgo para la democracia no se encuentra en las expresiones políticas a la derecha de la derecha, ni en cuatro tuiteros anónimos que hacen memes, ni en los 'zoomers' hasta los cojones del feminismo. Salvo que tengas la cabeza metida en el culo, un riesgo democrático más acusado ahora mismo es la Gran Concertación, esa combinación entre los intereses de la gran empresa, los grandes medios de comunicación, los Fondos Europeos, las élites nacionalistas y un partido-sistema como el PSOE en manos de un sujeto sin escrúpulos ni anclajes como Pedro Sánchez.

Ese magma de poder, que para ser considerado un miembro de la comunidad civil debas ser partícipe de ciertos "consensos" culturales y las enormes capacidades tecnológicas actuales en manos del Estado y las empresas para la supresión de los debates es lo que debería preocuparle a una persona razonable y con ambición pluralista.

Por nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa

En el comienzo del pódcast pactamos que no íbamos a hablar de violencia de género ni de inmigración. No queríamos entrar en esos debates porque creíamos que no íbamos a sacar nada bueno en ningún sentido. Pero, coño, es que luego ves a un gobierno y a sus mariachis que te traen el Aquarius para comerciar con el dolor de unos inmigrantes y sacarse una foto, que dan una rueda de prensa con el barco detrás… No se puede jugar de esa manera pornográfica con la vida de la gente y, por nuestra parte, decidimos que no se puede jugar toda la vida con las manos atadas a la espalda.

Durante años no nos dimos cuenta de que el argumento científico-político estaba fijando como "consensos" estructurales del sistema lo que en realidad eran elementos políticos de parte. Y lo que hacían esos "consensos" era acreditar que había partes de nuestra sociedad que era legítimo definir como "inciviles". Esto era un proceso de señalamiento que compartía características con lo vivido por tantos en el País Vasco, o por los españolistas del PP, Vox o Cs en Vic: "Como tú no formas parte del consenso, estás fuera de la comunidad y, por tanto, eres objeto legítimo de ataque. Y suprimirte es lo mejor que puede hacer la comunidad por el bien común". Por eso, cuando empezamos a hacer desfilar por Extremo Centro a figuras controvertidas a través de la serie de "Avatares de la Derechita Punk", por ejemplo, los indoarios —que evidentemente hablaban en alto de temas de los que, según la moral oficial, no se puede hablar—, empezamos siendo muy conscientes de que estábamos pagando el peaje de nuestros años previos. De alguna manera, estábamos reparando haber colaborado con esos silenciamientos. Porque es verdad que nosotros colaboramos en aquella mierda, por tanto, qué menos que dejar que aquella gente se explicara en nuestro espacio.

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Portada de 'Extremo centro'. (Deusto)

Los riesgos de ser un "contrarian"

Obviamente, que no haya vetos a la hora de hablar o participar en Extremo Centro no significa que uno se tenga que transformar en un monstruito moral que no atienda a la dignidad del otro. Es decir, tenemos claro que no nos queremos convertir en la parada de los monstruos que desearía la izquierda, ni en una especie de espacio del resentimiento. Hay suficiente potencia estética en la expresión sonriente de una vida normal, imperfecta, satisfactoria, plena. Hay suficiente fuerza en la actitud de aquel que se ríe, de quien disfruta. Porque hay muchas veces que, por antagonizar con los valores de la izquierda, uno simplemente fija sus posiciones políticas llevando la contraria, y eso le lleva a perder parte de su ser.

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Cada persona lleva en su propio interior suficientes conocimientos, suficientes cosas buenas, bellas y profundas como para andar perdiendo cualquier rastro de dignidad discutiendo de la peor manera posible sobre el número de denuncias falsas por violencia de género. No decimos que uno deba renunciar a defender aquello que considera verdadero, pero ¿por qué para defender la verdad hay que renunciar a mantener un discurso digno sobre el dolor y el sufrimiento?

¿Por qué meterse en un agujero pringoso donde en realidad no eres tú? La pasión por un debate ideológico puede transformarte no sólo en una caricatura, sino en alguien malvado.

Los 'zoomers' y el extremo centro

En Extremo Centro también hay cierto elemento de proyección. Es evidente que algunos, en su juventud, están explorando autores o estéticas parecidos a las que nosotros exploramos a su edad. Seguramente les falten referentes porque sus mayores lo hemos hecho como el culo. Son una generación cuyos padres han renunciado a ofrecerles cierta guía, y que han acabado sintiendo una fractura total con los 'boomers' y su manera de plantear los debates.

Ojo, no se trata de que sus padres les digan qué tienen que votar o pensar, sino que les digan que, si sus intuiciones morales son conservadoras, no tienen por qué convertirse en monstruitos. Nadie tiene derecho a decirles que son violentos, fascistas o violadores. Nadie debería colocarlos fuera del sistema. Son simplemente personas que están atravesando una fase de aprendizaje y experimentación; como cuando algunos leíamos el 'Manifiesto comunista' y nos flipábamos. Es normal que la peña lea a quien pone una voz extremista a sus intuiciones morales y se flipe. Luego pasan diez años, te casas, das la entrada para un piso y acabas metiéndole el voto a Vox o al PP.

Desde la izquierda se asume como algo normal que, en esas edades, te flipes con el Che, coquetees con la revolución o incluso legitimes la violencia política, como aquello de que "ETA luchó contra el franquismo" y el coñazo del rock radical vasco. Por eso, desde el otro lado del espectro tiene que verse como algo normal el fliparse un poco leyendo a Donoso Cortés, Mishima o Jünger. Desde ahí los chavales pueden tener una evolución paulatina y natural: descubren por lo estético y el arte el pensamiento conservador, se pegan un susto pensando cómo molan los discursos de José Antonio Primo de Rivera, pasan a los reformistas del Opus de la década de 1960 y a García de Enterría, Fraga, Torcuato Fernández-Miranda… Y ahí algunos van transitando hasta acabar en el sonriente pensamiento conservador de Gregorio Luri, la sensibilidad poética de Enrique García-Máiquez o las tesis contrarias a la modernidad de Armando Pego Puigbó.

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Lo que ha tendido a producir la derecha es columnistas de combate para la estructura de necesidades político-partidistas. Gente que acaba abrasada o a la intemperie por tener que hacer un trabajo de oposición intelectual al felipismo, al zapaterismo o al sanchismo. La derecha no ha querido o no ha podido proponer un más allá; o no se ha animado a estos intelectuales a hacerlo. ¿Dónde estamos metiendo ahora a esos chavales jóvenes, si no los exponemos a referentes culturales e ideológicos ambiciosos? Como tienen inquietudes, buscan en el horizonte de internet, en intelectuales digitales del pensamiento de frontera, foros de 4chan y en asuntos marginales de la política estadounidense: que si una concentración local en Míchigan y no sé qué violencia policial en Ohio, cuando en su lugar podrían estar hablando de cosas mucho más profundas y concretas sobre la maternidad, la precariedad laboral o la economía en riesgo de los pueblos en España.

En realidad, eso no es un fenómeno tan actual; hace quince años había un montón de chavales —y no tan chavales— flipadísimos porque Ron Paul se presentaba a las elecciones estadounidenses. Pero ¿a ti qué coño te importa Ron Paul? ¿No te das cuenta de que estás intentando expresar una manera de ser o una manera de vivir a través de Ron Paul?

Hay que tener en cuenta que alguien nacido en 1995 ha entrado en la mayoría de edad con un gobierno de Zapatero y la única derecha que ha conocido es la de Rajoy. A diferencia de nosotros, esas personas no tienen un "lugar mental" al que volver, una melancolía por un mundo que podría haber sido y no fue, donde todos nos respetábamos más. No conocen otra realidad que una izquierda que insulta sus valores y que ha generado una turra permanente alrededor de sus creencias.

Foto: ¿Quien ha ganado la batalla de la cultura? ¿Es de izquierdas o de derechas?

La realidad de los 'zoomers' es que han vivido dos crisis económicas, luego la crisis territorial de Cataluña en 2017 y el autoritarismo estatal más salvaje con la covid-19 en 2020. Es comprensible que no quieran saber nada de los 'boomers', de sus propuestas políticas tecnocráticas o "blan- das" y busquen categorías más agresivas.

Lo único que les pedimos a los 'zoomers' es que se lancen a crear y a proponer. Y a los 'boomers', que intentemos escuchar un poco más y aceptar también esta pluralidad como parte de un proceso más amplio. Quizá una de las pocas pruebas de que el debate en la "no izquierda" sigue vivo es que hace ruido a través de ellos.

Un conservador debería no ya aceptar, sino defender el matrimonio homosexual

Si nosotros habláramos desde la "derecha", muchos sacarían las credenciales y te dirían que, si eres de derechas, necesariamente tienes que ser antiabortista, católico o pro mercado libre; que no puedes abrir tal o cual debate: mira, la perra pa’ ti. Pero, en nuestros términos, un conservador debería no ya aceptar, sino defender el matrimonio homosexual en cuanto defensor de la virtud del matrimonio y de la familia; aunque eso suponga que los intelectuales de derechas nos digan: "Defender eso no es de los nuestros. Te estás adaptando a lo que quiere la izquierda".

En ese sentido, es importante que, cuando vas a empezar a pensar, no te hagas cargo de todo ese peso. Por eso, hablar de "no izquierda" nos permite no estar constreñidos por el radio de acciones de los que ya han tomado partido, que pretenden que heredes sus posturas, que persistas erre que erre con sus neurosis y que muchas veces ya han decidido las cosas ante una realidad del pasado que queda demasiado lejos de la de hoy.

Pedro Sánchez Extrema derecha
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