CONTIGO PAN Y PODER (IV)

Irene Montero y Pablo Iglesias: se les gastó el discurso de tanto usarlo

Los que salieron a las calles aquel 15-M a proclamar la desobediencia siguen sin tener una casa con piscina y alternan trabajos precarios. La casta, que tiene un coste

Foto: Pablo Iglesias e Irene Montero. (EC)
Pablo Iglesias e Irene Montero. (EC)

Pablo e Irene son los superempollones del Congreso. Él tiene dos carreras y un premio extraordinario por notazas. Vivió en Cambridge gracias a una beca. Ella, otra con querencia por los sobresalientes, rechazó Harvard (pero el de verdad, no un ratito en Aravaca como Casado) por Podemos. Ambos se afiliaron al comunismo en esa época de la adolescencia en la que otros luchábamos por caminar con dignidad sobre unos tacones o por llegar un rato más tarde a casa.

Esta izquierda de barrio humilde madrileño estaba condenada a entenderse y a quererse. Hoy dirigen con mano firme un partido que ha perdido fuelle y votantes en pocos años, mientras ellos han perdido frescura y coherencia por culpa de un chalet. "Se jodió el Perú a la altura de Galapagar", escribió el periodista Juan Carlos Escudier. Montero e Iglesias han formado una familia numerosa en una etapa en la que muchos hoy siguen viviendo con sus padres. Pero ahora dice él que la casta ya no son los ricos, sino los que roban. Claro que sí.

Tiene la pareja que lidera Unidas Podemos una relación en la que apenas profesan muestras de cariño en público. Tres hijos, casa con piscina y pocos besos. Como muchas familias de derechas.

Iglesias Turrión aún no tiene cuarenta años y ha vivido varias vidas en una. Politólogo, diputado, presentador de televisión, profesor… y padre. Una profesión que se ha encargado de minutarnos con mensajes en redes sociales cargados de cursilería. Cuando anunció el primer embarazo de los mellizos Leo y Manuel escribió unos versos de Goytisolo cantados por Paco Ibáñez. "Me llena de felicidad imaginar que intentaré dormir a mis hijos cantándoselo contigo, Irene", dijo. Su reciente hija, Aitana, tiene ese nombre "como homenaje al exilio español y a América Latina". Que alguien les ponga Clan TV y unos cantajuegos a esos niños, por favor.

"Defender la alegría como un derecho", dice la bio de Montero en la web de Podemos. "Psicóloga valiente", la denomina el padre de sus tres hijos, que al mismo tiempo es su jefe. Un lío y un estrés notable que la hace hablar y comportarse con enorme contención, midiendo un discurso absolutamente teledirigido, como si estuviera cantando en voz alta los apuntes del examen. Siempre a la defensiva.

Una intuye que se da pocas concesiones y es una pena. Porque tiene apenas 30 años y necesitamos verla con el pelo suelto. Ser más la Irene que le bailó y le cantó a Thais Villa en 'El intermedio' 'Yo quiero bailar toda la noche' de Sonia y Selena, la que sabe cuándo es la temporada de la sandía. Mucho más que la que dice que sus películas favoritas son 'Amores perros' y 'La novia', la que define la maternidad como una experiencia "totalizante y colonizadora". Todo es compatible, Irene. Tú y Pablo, 'Radio Clásica' y 'La que se avecina', Lipovestsky y 'Cuore', Víctor Jara y los torreznos. Quítate el corsé de una vez, que me estoy ahogando yo contigo.

Irene Montero y Pablo Iglesias: se les gastó el discurso de tanto usarlo

El Iglesias de hoy ha dejado de rapear y habla bajito, aunque mantiene el aura de hiperlíder con la que nació en política. O conmigo sin matices o te vas. Es un lobo con piel de pastor protestante que se ha dejado demasiados amigos y socios por el camino. Sigue con la coleta por hidratar y la camisa por planchar. Su oratoria alterna el populismo con cierta espesura que mantiene de los tiempos de la docencia, cuando había que parecer no solo listo, sino pomposo. Hoy parece un mediador de conflictos de la ONU, aunque se ha encontrado con el hueso durísimo de Pedro Sánchez, con el que mantiene un pulso pasivo-agresivo que parece que nos llevará a repetir elecciones. Es muy probable que ambos salgan perdiendo. Por torpes y por tercos.

Tampoco Montero e Iglesias deben dejarse llevar por las alegrías de su expediente académico. Se alimentaron del populismo y del descontento y esa merienda la tiene hoy un señor que monta a caballo. Son los que meten en el discurso lo que de verdad importa: la educación, la sanidad, los cuidados, el empleo y la vivienda, mucho más importante para el votante que madruga que la ley, el orden y la unidad de España.

Pero ese discurso está agotado. Los que salieron a las calles aquel 15-M a proclamar la desobediencia siguen sin tener una casa con piscina y alternan trabajos precarios. Sí se puede, dicen ambos siempre que pueden. La casta, que tiene un coste.

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