consecuencias económicas de la pandemia

El desplome de la economía de China por el Covid-19 anticipa lo que ocurrirá en Europa

Los indicadores que llegan sobre la caída de la potencia asiática son la principal preocupación para Europa: el mundo occidental ya sabe lo que le espera, pero también hay un rayo de esperanza

Foto: Policías paramilitares chinos, en la plaza de Tiananmén. (EFE)
Policías paramilitares chinos, en la plaza de Tiananmén. (EFE)
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La última vez que la economía china sufrió una contracción fue en 1976, coincidiendo con las protestas de la plaza de Tiananmén. Durante casi 50 años, el gigante asiático ha crecido a un ritmo promedio del entorno del 7%. Ni siquiera la gran crisis económica de 2008 lo llevó a la recesión. Pero en 2020 va camino de sucumbir como consecuencia de la pandemia del coronavirus. El país comenzó a sentir los efectos de la enfermedad en enero y a partir de febrero adoptó medidas de aislamiento contundentes, similares a las que están adoptando ahora los países europeos. Eso significa que China lleva más de un mes de adelanto respecto a Europa y, al igual que ha anticipado la curva de contagios, también marcará el camino descendente de las curvas económicas.

Los indicadores que está publicando China en los últimos días dan buena muestra del parón que sufrió el país en febrero. El cierre de comercios, centros de producción y oficinas administrativas provocó un auténtico hundimiento de la actividad. Para los economistas, es incluso difícil comprender la magnitud del desplome porque nunca antes había ocurrido una caída repentina tan rápida de los indicadores económicos. Sin duda, la mejor noticia es que la actividad en el país se está recuperando, y ahora queda por ver cuáles son las secuelas del coronavirus.

Para empezar la comparativa, es importante tener en cuenta que la economía de China es mucho más dinámica que la europea, de modo que contó con un colchón de inercia que no existe en el Viejo Continente. Además, también es importante comprender que las medidas de confinamiento no han sido iguales en todo el país, ya que algunas regiones han estado mucho más afectadas que otras. En los países europeos, las medidas son las mismas dentro de todo el territorio nacional.

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El principal motor de la economía china es el consumo interno, ya que el aumento de las rentas de los hogares y la incorporación de población a las clases medias generan un gran dinamismo en la demanda. Las ventas minoristas crecían en China a tasas anuales superiores al 8% antes del estallido de la pandemia, casi cuatro veces más rápido que en España. Con la llegada del coronavirus, las ventas se hundieron hasta sufrir una caída del 20,5% en febrero, mes en el que comenzaron las restricciones al movimiento.

Hasta esta caída, las ventas minoristas de China llevaban más de 20 años de crecimiento continuado, que es la serie histórica que recogen las estadísticas. Ni siquiera durante la gran crisis de Lehman Brothers se contrajeron. Pero en esta ocasión el descenso ha sido, ni más ni menos, que del 20%. Para comprender la magnitud de este desplome, se puede comparar con la serie histórica de España. La mayor caída del comercio español se produjo en el peor momento de la crisis de Lehman Brothers, y el descenso fue del 12%. Realmente, este descenso del 20% que ha sufrido China será histórico y podría tardar décadas en volver a ocurrir un parón igual.

Hay esperanza

La pandemia del coronavirus no solo ha hundido el consumo, también ha paralizado todas las inversiones. Nadie sabe cómo ni cuándo acabará la alerta sanitaria, de modo que los ahorradores y las empresas guardan sus recursos en activos seguros o, directamente, en cuentas corrientes. Y eso a pesar de que el desplome de las bolsas no comenzó hasta marzo, cuando el brote se extendió a Europa.

La inversión extranjera en China se desplomó un 26% en febrero respecto del mismo mes del año anterior. Una caída en picado nunca antes registrada. Sencillamente, dejó de entrar dinero foráneo. Y eso a pesar del atractivo que tiene el gigante asiático para empresas de todo el mundo por su dinamismo y sus bajos costes de producción.

Pero no solo se frenó la inversión extranjera. Tampoco los nacionales chinos realizaron operaciones en febrero. La venta de viviendas en los dos primeros meses del año (china no da datos desagregados de enero y febrero) se hundió un 16% y la venta de locales comerciales alcanzó un descenso del 26%. Si se tiene en cuenta que estos son datos agregados de enero y febrero, es fácil comprender que en febrero directamente se paralizó el mercado inmobiliario. Este indicador de inversión inmobiliaria está a punto de cumplir 30 años de vida y nunca antes había estado en negativo.

El otro motor de crecimiento de China es el sector exterior. El gigante asiático es la gran potencia mundial de fabricación y exportación, y es el origen de su gran superávit exterior. La producción industria llevaba más de 20 años creciendo ininterrumpidamente, en los últimos meses con tasas superiores al 5%. Sin embargo, con la crisis del coronavirus, la producción industrial ha sufrido un desplome del 24,5% interanual, también con datos agregados de enero y febrero.

En España, la industria está en una situación mucho más delicada que en China, fruto de la desindustrialización que vive Europa. Sin ir más lejos, en enero la producción cayó un 2,2%. ¿Qué cifras resultarán cuando se una, a la crisis de la industria, el parón por el coronavirus? La mayor caída histórica de producción que ha sufrido España fue en el año 2009, tras la crisis de Lehman Brothers, y alcanzó una magnitud del 22%.

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La caída de la producción industrial de China se tradujo en un hundimiento de las exportaciones. No solo por el cierre de puertos, también porque no había mucho que transportar con las fábricas cerradas. Las exportaciones agregadas de enero y febrero cayeron un 16% respecto del mismo periodo del año anterior.

La esperanza de todos los malos datos de China está en el mercado laboral. A pesar de que el país se paralizó, no se disparó el empleo, lo que significa que las empresas hicieron ajustes temporales que permitieron evitar los despidos. Sí se produjo un repunte, pero en ningún caso fue una subida equivalente a la que se debería producir con desplomes de la actividad de doble dígito.

Según la encuesta de febrero de las áreas urbanas, la tasa de paro ascendió al 6,2%, desde el 5,2% de enero. Una cifra aún contenida que supone un soplo de esperanza para la recuperación. Esto es precisamente lo que están intentando los gobiernos en Europa: que los ajustes sean temporales y no se provoquen despidos masivos. En España, la fórmula diseñada para estas reducciones de plantilla son los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE), que se están multiplicando en los últimos días. Si no se pierden estos puestos de trabajo y cuando dobleguemos al virus se puede recuperar la normalidad productiva, entonces hay esperanza en una recuperación rápida.

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