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Todos somos neopaletos: el mundo es enorme, pero tu vida es cada vez más pequeña
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'TRINCHERA CULTURAL'

Todos somos neopaletos: el mundo es enorme, pero tu vida es cada vez más pequeña

La ficción de conocer a una persona totalmente distinta y pasar nuestra vida con ella es eso, ficción. En realidad, cada vez nos juntamos más con personas que son como nosotros

Foto: Extraño episodio veraniego en la Plaza Mayor de Madrid. (Reuters/Isabel Infantes)
Extraño episodio veraniego en la Plaza Mayor de Madrid. (Reuters/Isabel Infantes)

Un célebre experimento realizado en Filadelfia en 1932 nos recuerda que en realidad el corazón tiene más de cerebro de lo que parece. Tras analizar las licencias de matrimonio de 5.000 parejas de la ciudad americana, el sociólogo James H.S. Bossard llegó a la conclusión de que más de la mitad vivían a menos de veinte manzanas de sus parejas cuando se conocieron. De ellas, alrededor de la mitad lo hacían solo a cinco.

En definitiva, incluso en una ciudad tan grande y llena de oportunidades, la gente terminaba casándose con el vecino. La razón, explica Eva Illouz en 'El fin del amor', es práctica. Al final, es más fácil tener referencias de alguien con quien compartes calles, comercios, colegios y la misa semanal que con ese enigmático hombre del barrio de al lado. Porque el amor necesita certidumbres, añade, y el misterio solo dura un rato, pero aguantarse es para toda la vida.

Nos terminaremos casando con nuestro vecino (sociológico) sin darnos cuenta

Hoy creemos en la ilusa superstición de que cualquier persona puede terminar con cualquier otra persona siempre que se cumplan los principios básicos de la química personal, como si se hubiesen abolido todos los muros sociales y las diferencias geográficas se hubiesen esfumado. Pensamos que ya nunca nos casaremos con nuestro vecino porque no tenemos necesidad de ello, pero seguramente terminémonos haciéndolo sin darnos cuenta.

Tan solo que tal vez no sea exactamente el vecino geográfico, sí el sociológico. El que trabaja de lo nuestro, el que piensa como nosotros, el que ha estudiado en la misma universidad; una persona que se parece a nosotros, o que prácticamente es nosotros, en definitiva. La ficción de conocer a una persona totalmente distinta y pasar nuestra vida con ella es eso, ficción. Es posible que, paradójicamente, nuestro mundo se haya estrechado más que ensanchado, porque hoy la tecnología y la sociedad nos permiten más que nunca juntarnos con gente que es como nosotros. Al menos antes estábamos obligados a entendernos con el vecino.

placeholder Fotograma de la calle mayor en la película 'Calle Mayor'. (Cedida)
Fotograma de la calle mayor en la película 'Calle Mayor'. (Cedida)

Quizá uno de los problemas de nuestra era es vivir en una constante mentira sociológica que nos lleva a pensar que los límites del mundo han desaparecido, que no existe la sociedad y que la vida (y Tinder) son amplios. Pero en realidad seguimos recorriendo la misma ‘Calle Mayor’ que Juan Antonio Bardem retrató en su película, esa vía vertebral en la que todo el mundo se conoce, se juzga con mayor o menor dureza y establece los códigos sobre los que la gente se relaciona: este sí, este no, esta se va a quedar para vestir santos. La diferencia es que si antes los paseantes de la calle mayor de Logroño eran conscientes de los límites de su mundo, ahora pensamos que estos han desaparecido, pero quizá igual de limitados.

Creamos tres calles (esa medida de nuestros mundos que nos dieron Carolina Durante) que paseamos arriba y abajo sin darnos cuenta de sus fronteras. Son las calles de nuestros intereses, de nuestras afinidades y nuestros conocidos, no las del universo. Es el "mundillo", es la escena musical como la que describe el grupo en su canción, es un club privado al que nos invitaron sin darnos cuenta. Dentro de esas calles, si nos examinamos con lupa, todos nos parecemos más de lo que creíamos. Seguramente tengamos el mismo color de piel, hayamos estudiado las mismas carreras, los mismos libros en las estanterías de casa, los mismos discos en el historial de Spotify, y de repente, en un momento dado, digamos "¡qué casualidad, a mí me pasó lo mismo!". No, no es casualidad.

Pasan los años y nos deshacemos de los amigos que ya no son como nosotros

No dejamos de ser neopaletos convencidos de que el universo está enteramente a nuestra disposición, no como aquellos que no salían el pueblo en su vida. El hecho de que se nos conozca en esas tres calles nos hace sentirnos dignos, importantes, considerados. Paletos universitarios, paletos de ciudad, paletos periodistas, paletos de toda índole que creemos que lo sabemos todo sobre el mundo, pero tal vez no sepamos sobre nada. Pensamos que el mundo es un lugar abierto ante nosotros para elegir lo que queramos, pero en realidad siempre terminamos seleccionando cosas parecidas, que son las que nos resultan afines, cercanas. Nuestros vecinos (ideológicos, sociales) aunque vivan en la calle de al lado.

Esto se refleja más de lo que nos gustaría reconocer en la manera de relacionarnos con nuestro entorno, por los lugares por los que pasamos, las fiestas a las que acudimos o el ocio que llevamos a cabo cada fin de semana. ¿Cuándo fue la última vez que saliste de la M-30, si vives en Madrid? O, directamente, ¿cuándo fue la última vez que abandonaste tu Comunidad Autónoma, si vives en la capital, en Cataluña o en País Vasco? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que no se esperaba de ti, que te dio por leer un libro o ver una película que no fuese de la que todo el mundo está hablando? Quizá tendemos más a la homogeneidad que a la diferencia.

placeholder Cartel de la M-30 en Madrid durante la pandemia. (Foto: Reuters/Sergio Pérez)
Cartel de la M-30 en Madrid durante la pandemia. (Foto: Reuters/Sergio Pérez)

Gran parte de nuestros gustos, de nuestras preferencias y de nuestras estrategias sociales están determinadas por nuestros orígenes, y se retroalimentan del 'habitus' de las personas con las que nos relacionamos. Reforzamos los lazos con aquellos que son más como nosotros (nuestra profesión, nuestras aficiones) y, a medida que pasan los años, olvidamos a los amigos de la infancia y la juventud con los que ya no tenemos nada en común. No es solo que hayamos cambiado, es que los engranajes de la sociedad se han movido para que cada uno ocupe el lugar que le corresponde, hasta que unos se hacen invisibles para los otros. Mientras tanto, creamos espacios de autopreservación social para que nuestros hijos, ellos también, se parezcan a nosotros (y no a ellos).

No todo el mundo es tú

Nunca olvidaré los continuos reajustes mentales que tenía que hacer durante mis años de estudiante universitario, cuando cada día salía de casa desde Móstoles, llegaba a la Complutense y, por la tarde, volvía a Móstoles a reencontrarme con mis amigos. Ninguno de mis amigos estudiaba en la universidad, así que pasaba en cuestión de minutos de un entorno académico a ese otro mundo de currantes desde los 18 sin solución de continuidad. Al final, la vida me decantó por donde suele llevarte la vida: a terminar juntándome con gente que era como yo, es decir, universitarios.

El ocio se privatiza, la educación segrega, y los espacios comunes desaparecen

Hago una lista de toda la gente de entre 25 y 34 años con la que he pasado cierto tiempo últimamente y raro es el que no tiene un máster, no digamos ya una carrera. Es habitual escuchar a la gente decir que hoy en España todo el mundo va a la universidad, evocando ese mito de clase media de la postransición, pero es mentira. Entre esa gente de 25 a 34 universitaria hay un 41% de hombres y un 54% de mujeres con carrera; es decir, menos de la mitad. Y, sin embargo, habríamos dicho que la cifra es muy superior, porque tendemos a imaginar al resto como a nosotros mismos.

Es unas de las cosas que el profesor de la 'Complu', Jorge Sola, me contó a propósito de su experimento sobre la meritocracia: los universitarios son (somos) muy malos a la hora de adivinar el porcentaje de personas que en España han estudiado. Se piensan que todo el mundo es como ellos, porque pensamos que todos somos como nosotros. De igual manera que aquel concejal de Madrid que no veía pobres porque solo se veía a sí mismo.

Foto: Un hombre de paja, un barrio de paja, una comida de paja. (CC/Leslee) Opinión

La sociedad se parece cada vez más a una serie de compartimentos estancos sin comunicación entre ellos, y lo peor es que no nos damos cuenta. A medida que el ocio se privatiza, que la educación segrega y que desaparecen los lugares comunes, estamos más convencidos de que todo el mundo es como nosotros, que la sociedad somos nosotros. Peor cuanto más ricos somos, como contaba aquella investigación del profesor Daniel Edmiston que señalaba la falta de imaginación sociológica de las clases más altas, incapaces de ver a los que no son como ellos.

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Si algo tiene que definirse como "espacio de convivencia" no lo es, porque esos lugares se generaban de manera espontánea. Eran los colegios en los que se juntaban los algo pobres con los algo ricos, los que venían del campo con los de la ciudad, las comunidades de vecinos donde cada uno era de su padre y de su madre (y, al final, terminaban siendo familia). La sociedad se hace en los espacios de conflicto, en los lugares donde coincide gente que no debería coincidir. Estoy harto de conocer a gente con apellidos que suenan y que, efectivamente, pertenecen a esa familia en la que estoy pensando. Lo que hace falta son invitados incómodos en la fiesta, personas extrañas en camas ajenas, gente que no debería estar ahí, que no podría estar ahí. Salir de las tres calles y dar un paseo por el barrio de al lado.

Un célebre experimento realizado en Filadelfia en 1932 nos recuerda que en realidad el corazón tiene más de cerebro de lo que parece. Tras analizar las licencias de matrimonio de 5.000 parejas de la ciudad americana, el sociólogo James H.S. Bossard llegó a la conclusión de que más de la mitad vivían a menos de veinte manzanas de sus parejas cuando se conocieron. De ellas, alrededor de la mitad lo hacían solo a cinco.

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