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Un experimento español sobre la meritocracia: "Nadie piensa que esté entre el 10% más rico"
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EL ESPEJO DE LA DESIGUALDAD

Un experimento español sobre la meritocracia: "Nadie piensa que esté entre el 10% más rico"

Cuando se nos pregunta si sabemos ubicarnos económicamente en la escala social, nos solemos equivocar. El profesor Jorge Sola nos explica su experimento

Foto: El profesor Jorge Sola. (Héctor García Barnés)
El profesor Jorge Sola. (Héctor García Barnés)
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¿Cree que ha llegado donde ha llegado por su mérito o que el azar ha jugado un papel importante? ¿Sabe cuál es su lugar en la escala social atendiendo a su nivel socioeconómico? ¿Eligió su carrera libremente o lo hizo condicionado? Lo más probable es que piense que puede responder a la mayoría de estas preguntas con cierta exactitud, y lo más posible es que se equivoque. No se preocupe. Todos, hasta el estudiante de Sociología más activista, tendemos a ponernos a la defensiva cuando nos dicen que nuestra situación no depende tan solo de nuestro esfuerzo.

Es una de las observaciones que ha realizado Jorge Sola Espinosa, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en un experimento que suele realizar en clase y cuyos resultados ha expuesto en la revista académica ‘Teaching Sociology’ junto a otros compañeros que también lo han puesto en práctica como César Rendueles, Celia Díez-Catalán, Igor Sádaba o Eduardo Romanos. Un “juego” inspirado en experiencias similares en otros países a partir de una encuesta con 20 ítems y un debate posterior, que coloca un espejo de la desigualdad delante de los estudiantes para que entiendan cómo se forman nuestras creencias acerca de la sociedad.

"Hay resistencia a abandonar esa visión donde, si llegas a la universidad, es porque eres bueno"

“La desigualdad es un tema importante, pero a veces es abstracta, porque nos cuesta entender, por ejemplo, qué significa un índice de Gini y a conectarlo con su experiencia cotidiana”, explica Sola. “Así que recogí el experimento de Dan Ariely que hacía una competición a ver quién acertaba la distribución de la riqueza en EEUU, y a raíz de esa idea empecé a rumiar, formamos un equipo e hicimos una encuesta para recabar las creencias de los estudiantes acerca de determinadas formas de desigualdad”. La reacción más habitual al comparar su percepción con la realidad, la sorpresa. Más tarde, cierto agradecimiento: no se habían dado cuenta de lo desencaminados que estaban.

En la mayoría de casos, los estudiantes no eran conscientes ni de sus privilegios, ni de su posición social aventajada, ni de la gran desigualdad que existe en la sociedad. “Lo más interesante era que se dieran cuenta de cómo en sus trayectorias influían aspectos que no estaban bajo su control, básicamente su familia y su entorno, y eso a pesar de que se realizó en una universidad pública madrileña, donde el estudiantado no es especialmente privilegiado; si se hiciese en una universidad privada de élite española o norteamericana, el golpe de realidad habría sido mucho más fuerte”, explica Sola.

placeholder Foto: EFE/Marcial Guillén.
Foto: EFE/Marcial Guillén.

“Incluso después de hacer el experimento, había resistencias a abandonar una visión individualista o meritocrática de la realidad, según la cual, si uno llega a la universidad, es porque es bueno o por su esfuerzo”, añade. “Les costaba entender que el haberse esforzado no es incompatible con haber contado con ventajas reales a la hora de acceder a la universidad. Es muy complicado deshacerse del discurso meritocrático porque siempre tienes una anécdota a mano para defenderlo”.

Por lo general, la actitud llevaba a relativizar la importancia de los determinantes sociales y la influencia del entorno y sobrevalorar el propio esfuerzo. “Lo más interesante era ver cómo los estudiantes no eran conscientes de ciertas ventajas que habían disfrutado, sobre todo el nivel educativo de padres y madres comparado con el de otras familias del mismo nivel de España, o la cantidad de libros que tenían en casa”, prosigue el sociólogo. “Presuponemos que la gente tiene conocimientos básicos sobre la geografía de España o sobre el sistema político, pero no sobre cuánta desigualdad de riqueza existe o qué parte de la riqueza pertenece a cada quintil”.

1. Pensamos que la sociedad es menos desigual de lo que es

La mayoría de experimentos realizados en todo el mundo, incluido este, apuntan en la misma dirección: somos muy poco conscientes de las desigualdades que nos rodean. “Cuando preguntamos qué porcentaje de la riqueza tiene el 20% más rico, los resultados coincidían lo que sale en EEUU; tendemos a pensar que estamos más en el medio de lo que realmente estamos: la gente que se encuentra en un decil más bajo piensa que está en uno más alto y al revés”, explica. “También aparecía que, según el nivel de clase ocupacional, había menos gente de clase trabajadora e industrial y más de ocupaciones socioculturales”.

Por ejemplo, aunque el 19,8% de los estudiantes se encontraban entre el 10% más rico de la población, ninguno de ellos lo sabía. Los que se encontraban entre el 20% y el 30% más rico consideraban que estaban en un nivel inferior. Paradójicamente, ocurría lo opuesto por abajo: un 2,1% de los estudiantes estaban entre el 10% más pobre de la sociedad, pero pensaban que su nivel socioeconómico era superior. Por lo tanto, el porcentaje entre el 40% y el 60% estaba sobrerrepresentado: casi todo el mundo tiende a situarse ahí, ni muy rico ni muy pobre.

Eso podría llevar a pensar que la sociedad española es clasemediana, por esa tendencia a que el 20% más rico y el 20% más pobre se sitúen en el medio, pero Sola lo matiza. “En realidad, la gente responde que es de clase media cuando formulas la pregunta de un modo en el que tienes que elegir entre baja, media y alta, pero, cuando hablas de ‘trabajadora’, hay mucha gente que se considera trabajadora: eso de que todo el mundo es de clase media habría que tomarlo con cautela. Hay que recordar que hay dos formas de medir la desigualdad. Por niveles de riqueza o por lo ocupacional, con categorías más precisas o más amplias; así como hay mucha gente que no se ve en el 20% más pobre sí puede verse como clase trabajadora”.

"No nos creemos ni ricos ni pobres porque los tenemos estereotipados"

Cuando pensamos en el 10% más rico, pensamos en los ricos del 1% o del 0,1%. “Cuando conté el experimento en el pueblo a mi familia, hice un cálculo rápido y le dije a una de mis tías, cuyo marido es ingeniero de Endesa y sus dos hijos ya están independizados, que estaban en el 10% más rico del pueblo, y ella me decía que era imposible: pero el 10% de 2.000 son 200 personas, que son bastantes”, explica Sola. “Hay una resistencia porque nuestra imagen de los más ricos y los pobres está muy estereotipada en los grandes extremos. Ocurre igual en el inferior. La gente piensa en la pobreza como alguien sin hogar, pero, por lo general, no son gente sin hogar, sino gente que pasa apuros. Es interesante por los efectos sociales que tiene: si creemos que la gente pobre es la gente sin hogar, no se apoyarán esas políticas porque la gente no se siente identificada, y, si uno no se siente que está en el 10%, tiene una visión distorsionada de la sociedad”.

Y Sola desliza una observación: “Seguro que, si hiciéramos este experimento en una asamblea política de algún grupo de izquierda, mucha gente estaríamos entre el 20% más rico y pocos nos atreveríamos a admitirlo”.

2. ...Y nos cuesta cambiar de opinión

Aunque la mayoría de testimonios muestran cómo los estudiantes se dieron cuenta de sus sesgos, Sola recuerda que la mayoría de ellos (como todos) se ponen a la defensiva cuando se sugiere que su situación no depende de su mérito. “En parte, una de las reflexiones a las que llevaba a los estudiantes este experimento era cuestionar la idea de la meritocracia tan en boga, pero, de nuevo, muchos estudiantes reaccionaban a la defensiva porque les parecía que reconocer la influencia social en sus elecciones negaba su esfuerzo; y, en realidad, no era que no se hubiesen esforzado, pero otra persona que hubiese hecho su mismo esfuerzo y hubiese estado en otra situación no habría llegado donde estaban”.

"Tendemos a pensar que todo el mundo va a la universidad"

Es algo que sugerían previos trabajos, como el que siguió a lo largo de cuatro años a los estudiantes de una facultad de Ciencias Sociales para ver hasta qué punto mantenían ese "mito de la agencia" según el cual son los individuos los que hacen la realidad por encima de las fuerzas sociales. “Lo que muestra ese estudio longitudinal, que se centra en las diferencias de género, es que incluso los estudiantes de Ciencias Sociales muestran una enorme resistencia a abandonar la idea según la cual ‘nuestro destino está en nuestra mano’, y eso puede tener un sentido ventajoso (la autoeficacia te hace esforzarte más), pero otro negativo, que es que excluye todo tipo de acción colectiva o de puesta en marcha de medidas sociales para cambiar las cosas”.

Tendemos a pensar que la sociedad reproduce exactamente nuestro entorno. “Un estudiante me dijo: ‘¡Pero si todos mis compañeros de instituto han ido a la universidad!’. Y le dije: ‘Vale, pero ¿cuántos universitarios hay en España?’. Tendemos a pensar que todo el mundo va a la universidad. Dentro del profesorado, tenemos que hacer autocrítica, porque en el curso de la queja no somos conscientes de nuestra posición favorecida”.

3. No todo el mundo se atreve a pedir que le suban la nota

Aunque Sola matice que es uno de los aspectos del experimento que necesita una mayor robustez, sus resultados sugieren que estar dispuesto a acudir al despacho de un profesor para pedir una subida de nota de un notable alto a un sobresaliente se correlaciona con un nivel más elevado del nivel educativo de los padres, como ya sugería otra investigación de Jessica Calarco. Como señala el estudio, se trata de una cuestión de “autoconfianza y ambición” que han adquirido en sus propias familias y que hace que unos alumnos tengan más posibilidades de obtener buenas calificaciones que otros a pesar de haber hecho el mismo esfuerzo.

placeholder Sola con su espíritu. (HGB)
Sola con su espíritu. (HGB)

Como recuerda Sola, no se trata únicamente de atreverse a pedirlo, sino también de saber que se puede pedir. “Más allá de la pregunta, sí es cierto que en las clases hay gente segura de sí misma que se siente más autorizada a pedir o exigir cosas y otras que desconocen el funcionamiento de algunos instrumentos universitarios (por ejemplo, qué significa una Matrícula de Honor, cómo se pide, qué ventajas tiene, etc.)”, explica. “A la hora de sentirse autorizado para realizar determinadas peticiones, se ve claro el origen de cada uno. Así se reproduce la desigualdad en la vida académica: es aparentemente meritocrática, pero, a la hora de hacer una beca predoctoral, hay unos mecanismos invisibles que dan ventaja a unos estudiantes por delante de otros”.

4. La gente conoce menos de política de lo que pensamos

Otro hallazgo: los estudiantes consultados, muy activos en política, consideraban que la población general está mucho más al tanto de la política de lo que realmente está. Como explica el estudio, es esperable dado su estatus de estudiantes de Ciencias Sociales, pero también muestra que “esta forma de transmisión de capital cultural en la familia puede operar como un factor exógeno en el acceso a la universidad o la elección de una carrera”. En otras palabras, no elegimos nuestro futuro académico tan libremente como creemos.

"En los entornos politizados se pierde de vista el interés real por la política"

Que el experimento se haya realizado en la facultad de Somosaguas tiene sus implicaciones. “La facultad de políticas de Somosaguas tiene una gran relevancia, porque han salido muchos cuadros y ministros desde la época del felipismo, pero también hay una parte que podemos encontrar en cualquier facultad de Ciencias Sociales de España, que son estudiantes más politizados y que al mismo tiempo piensan que el resto de la sociedad está más politizada de lo que realmente está. Se podría extrapolar en parte a que en los entornos politizados se pierde de vista el nivel de interés y conocimiento político de nuestra sociedad. Cuando se ven encuestas, uno se sorprende de que no se conozca a determinado líder, que se confundan partidos… Eso, que es un problema para la vida política, también lo puede ser para las fuerzas políticas porque viven en parte desconectadas de esa realidad”.

Un modelo replicable

La encuesta se realizó durante dos oleadas durante lo más duro de la pandemia, pero la idea es convertir el método en un modelo exportable que no solo pueda emplearse en otras facultades, sino también en institutos, colegios o en otros entornos como tu casa. “Teníamos la idea de desarrollar una aplicación que permitiera rellenar la encuesta y sacar los datos al momento”, explica Sola. “Este curso hemos estado diseñando nuestro primer prototipo”. Están trabajando en ello (y buscando algo más de financiación).

¿Cree que ha llegado donde ha llegado por su mérito o que el azar ha jugado un papel importante? ¿Sabe cuál es su lugar en la escala social atendiendo a su nivel socioeconómico? ¿Eligió su carrera libremente o lo hizo condicionado? Lo más probable es que piense que puede responder a la mayoría de estas preguntas con cierta exactitud, y lo más posible es que se equivoque. No se preocupe. Todos, hasta el estudiante de Sociología más activista, tendemos a ponernos a la defensiva cuando nos dicen que nuestra situación no depende tan solo de nuestro esfuerzo.

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