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Cambio climático, inflación, guerra... ¿Qué cultura creará la inminente Gran Crisis?
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El Erizo y el Zorro

Cambio climático, inflación, guerra... ¿Qué cultura creará la inminente Gran Crisis?

En la cultura que viene, desaparecerá esta clase de intelectual que convierte su vida en el tema central de su obra, porque la sociedad rechazará la idea de la excepcionalidad del carácter de los artistas

Foto: Imagen de 'El señor de los anillos'.
Imagen de 'El señor de los anillos'.

Como buena parte de los españoles y europeos, la última semana he rehuido la calle debido a la brutal ola de calor que estamos sufriendo. Además, he estado con covid. Así que me he pasado en casa una cantidad de tiempo desproporcionado y he trabajado y dormido con incomodidad. Como consecuencia del cansancio, el insomnio y la pereza, he dedicado una cantidad de horas también desproporcionada a consumir productos culturales, casi todos comerciales y muy, muy satisfactorios. He leído tirado en el sofá con poca ropa, he quemado dos baterías de portátil al día viendo películas y series; y en los pocos ratos en que me ponía a trabajar, lo he hecho escuchando música pop que me ayudara a concentrarme.

Seguramente, el futuro nos deparará más fenómenos meteorológicos extremos y lo hará con mayor frecuencia. Como todos los cambios bruscos, este también afectará a la cultura: cómo la concebimos, los temas que trata y la manera en la que accedemos a ella. La crisis del petróleo de los años setenta dio pie al auge de distopías energéticas al estilo de 'Mad Max' (1979) y contribuyó a impulsar el punk. En los ochenta, el miedo a la amenaza nuclear y la guerra espacial generaron una cultura con elementos futuristas, una modernidad que mezclaba sofisticación, texturas sintéticas y drogas de laboratorio, y el auge de los videojuegos o las pelis de marcianos. En los noventa, el triunfo del capitalismo y la euforia económica y tecnológica motivaron una cultura que combinaba hedonismo y nihilismo, que en España representaron la generación de escritores de Lucía Etxebarria y Ray Loriga, el minoritario movimiento indie y las películas de Amenábar, Medem o León de Aranoa.

Foto: Manifestación del sector del espectáculo por la falta de ayudas. (EFE)

En los dos mil, la cultura popular estuvo dominada por la invasión de Irak, la amenaza terrorista y el regreso de los mitos modernos: de 'Batman' y 'Spiderman' a las películas de 'El señor de los anillos' y la fantasía bélico-erótica de '300'. La de los diez, estuvo marcada por la crisis financiera y un aumento del compromiso político y las reivindicaciones del marxismo sentimental. Pero ¿qué cultura creará la inminente gran crisis del cambio climático, que viene acompañada además de escasez energética, inflación generalizada y guerra?

Mundos artificiales

1. El tema central de nuestra cultura será la relación que mantenemos con la tecnología y los mundos artificiales que esta genera. Lo pensaba viendo 'Ready Player One' (2018), de Steven Spielberg. En la película, un adolescente que vive en un poblado de chabolas verticales, marcado por la inestabilidad familiar y la falta de recursos, se refugia, como la mayoría de los ciudadanos en esos tiempos duros, en la realidad virtual de Oasis. Oasis es algo parecido a lo que ahora llamamos 'metaverso', un lugar donde puedes ser más guapo, más popular y, si tienes habilidades, más rico que en la vida real. En la próxima década, la inmersión en un mundo alternativo en el que ser feliz y vivir aventuras ya no será una metáfora, como sucedía hasta ahora. Ahora será un mundo real, más placentero que la vida cotidiana, en el que los intereses comerciales serán inmensos, y sobre el que los libros, las canciones y las películas querrán reflexionar. Aunque la mayoría de esas obras verán con recelo ese mundo alternativo (a fin de cuentas, será la gran competencia del ocio y la cultura tradicionales), lo convertirán en su tema central.

placeholder Una imagen de 'Ready Player One'. (Warner)
Una imagen de 'Ready Player One'. (Warner)

2. En el mercado de las ideas culturales, se alternan periodos en los que se recompensa mantener ideas optimistas sobre la realidad del momento y el futuro inmediato con otros más pesimistas. Lo primero lo hemos visto en las últimas décadas, con el increíble éxito de pensadores como Steven Pinker y su discurso sobre el aumento del bienestar humano; del libro 'El optimista racional: ¿tiene límites la capacidad de progreso de la especie humana?', de Matt Ridley, o de Hans Rosling y su confianza en la capacidad de los datos para encaminar el progreso humano. Pero ese tiempo pasó. Por una serie de razones que nos han absorbido en los últimos años, ahora la cultura está dominada por la sensación de que es posible que la democracia se acabe, la desigualdad estructure (aún más) nuestras sociedades y las ideologías autoritarias se conviertan en las preferidas de los ciudadanos. Este pesimismo no dejará de aumentar, a medida que sean más visibles las consecuencias de la guerra, la inflación y el calentamiento global. De modo que tendremos muchos retratos del apocalipsis. Pero también le veo un gran futuro a la evasión: nuestra cultura será, en parte, como la discoteca de 'Fiebre del sábado noche' (1977) —la década a la que más se parecerá el futuro inminente será la de 1970—, el sitio al que acudiremos para olvidar, durante un rato, la realidad. Digamos que tendremos buenas razones para escuchar cantar a Dua Lipa brillantes canciones de amor y pasión mientras el mundo arde.

Nuestra cultura será, en parte, como la discoteca de 'Fiebre del sábado noche'

3. En estos días de encierro obligado, también he empezado a releer ' El señor de los anillos'. El libro sigue siendo extraordinario, mejor aún de lo que recordaba. Y contiene una lección para nuestros tiempos. Tolkien era un escritor conservador, aunque los elfos, los enanos, los magos y los hobbits con frecuencia nos hagan olvidar que el libro era, entre muchas otras cosas, una reivindicación de la vida tradicional, un rechazo de la civilización industrial y la mecanización de las costumbres, y una celebración de la comida y la bebida de siempre y de la vida rural y simple encarnada en los hobbits. Sin embargo, como pasa a veces en la cultura, dos décadas después de su publicación, 'El señor de los anillos' se convirtió en un emblema del progresismo hippy: el movimiento californiano de la droga y el sexo libre lo consideró una celebración de la vida natural y sin ataduras frente a la maldad de Sauron/el capitalismo. Esta ambivalencia ideológica la veremos de nuevo en la cultura que nos espera: a los conservadores y los progresistas les unirán el rechazo a la realidad tal como es y la reivindicación de realidades alternativas en las que no apostamos por el crecimiento económico y la eficiencia y regresamos a unas espiritualidades alternativas.

¿Cómo es posible que nos interesaran tanto las vidas de los autores?

4. Una cuestión más que no tiene que ver con el cambio climático, pero sí con nuestro cambio de época. En estos días he leído parte de la biografía de Philip Roth escrita por Blake Bailey, un libro monumental publicado hace poco por la editorial Debate, y he vuelto a ver 'Desmontando a Harry' (1997), en la que Woody Allen interpreta a un personaje que me pareció inspirado en Roth. Los protagonistas de ambas obras son escritores judíos, enfrentados a su comunidad por la manera en la que la parodian y critican, adictos al sexo, incapaces de tener una vida matrimonial más o menos estable y, sobre todo, increíblemente egoístas, centrados en sí mismos y sus obsesiones. Los libros de Roth y los de Harry (estos, por supuesto, solo existen en la película) hablan de sus divorcios, sus penes, sus madres, sus triunfos y sus psiques. Esto ha sido algo habitual en la cultura de las últimas décadas, pero pensando en Roth y en la película me di cuenta de lo viejo que resulta ahora ese mundo. ¿Cómo es posible que nos interesaran tanto las vidas de los autores? ¿Que creyéramos que los artistas tenían una especie de licencia para la histeria, el maltrato o la psicosis? ¿Que esto era incluso bueno si se ponía al servicio del arte y la literatura?

Foto: El Primavera Sound, otro ejemplo de la economía del contenedor. (EFE/Alejandro García)

En la cultura que viene, será irrelevante si el artista es buena persona, como ha sucedido siempre y como debe ser. Pero, además, desaparecerá esta clase de intelectual que convierte su vida en el tema central de su obra, porque la sociedad rechazará la idea de la excepcionalidad del carácter de los artistas, que seguirán siendo gente interesante, pero se parecerán más a un empleado fiable y algo aburrido que forma parte de los engranajes de un gran proceso industrial.

Como buena parte de los españoles y europeos, la última semana he rehuido la calle debido a la brutal ola de calor que estamos sufriendo. Además, he estado con covid. Así que me he pasado en casa una cantidad de tiempo desproporcionado y he trabajado y dormido con incomodidad. Como consecuencia del cansancio, el insomnio y la pereza, he dedicado una cantidad de horas también desproporcionada a consumir productos culturales, casi todos comerciales y muy, muy satisfactorios. He leído tirado en el sofá con poca ropa, he quemado dos baterías de portátil al día viendo películas y series; y en los pocos ratos en que me ponía a trabajar, lo he hecho escuchando música pop que me ayudara a concentrarme.

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