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Preferir el café natural al torrefacto puede causar catástrofes: última noche en La Latina
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'TRINCHERA CULTURAL'

Preferir el café natural al torrefacto puede causar catástrofes: última noche en La Latina

El mercado inmobiliario en los centros urbanos se rige por una mano invisible que satisface los gustos de la juventud mientras desatiende sus necesidades básicas

Foto: Unas personas se paran delante del escaparate de una inmobiliaria. (EFE/Mariscal)
Unas personas se paran delante del escaparate de una inmobiliaria. (EFE/Mariscal)

La última noche que dormí en el apartamento, rodeada de cajas y bolsas de basura, tareas pendientes y preocupaciones, me acechó una presencia. Se trataba del fantasma del hogar que había sido y ya no era. Siete años antes, había llegado con suerte a una de las pocas calles que se escapaban de la gentrificación en el centro de Madrid, entre los escombros de lo populachero y las falsificaciones de casticismo que estaban por llegar.

El contrato marcaba una cifra de alquiler que alguien con un sueldo decente —no yo, ni nadie que conociese entonces— hubiese podido pagar por sí mismo. El edificio, construido tras la guerra por un padre como regalo a sus cuatro hijos, estaba habitado por la señora Laura, viuda de militar de 92 años, un crítico cinematográfico sin cotización, un impropio matrimonio en renta antigua —ahí siguen, odiándose— y, por último, un anciano que pasaba las tardes escupiendo en mi alféizar. En el primero derecha, el contiguo al mío, solo había alguna cucaracha que salió de allí cuando, dos años después, la empresa que gestiona toda la finca tiró abajo tapias y, tras la reforma integral, lo alquiló por el doble.

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Yo aún no lo sabía, pero el mantenimiento de aquellos precios era el resultado de la ruina arquitectónica, las viejitas paseando por la calle en pijama y el roneo nocturno. Las mañanas son una mezcla de señoras con rulos y señores con traje de tres piezas y sombrero; las tardes son de los niños. En el parque de asfalto, los muchachos se ejercitan a diario y forman así los cuerpos esculturales que revientan a cubatas cada noche en la discoteca que está a 300 metros, subiendo la calle.

Como la idiota que era en mi primera veintena, busqué por aquellas calles cafeterías bonitas donde pagar por infusiones que no me podía permitir, gastándome así el poco margen de alivio que dejaba la razonable mensualidad de arriendo. Para defenderme —y para no faltar a la verdad—, lo hacía por pura inconsciencia, no por vanidad o arribismo. Ya entonces veía con claridad el humo y la estupidez que podía haber tras la foto de una simple taza en Instagram. Sin embargo, no sabía que preferir el café natural al torrefacto podría llevar a pequeñas catástrofes de barrio, como lo fue el cierre del bar Diamante o la implantación de cobros de seis euros por un desayuno.

"Los contratos de alquiler, sus renovaciones o subidas, son motivo de miedos y llantos"

Con el tiempo y la maduración, el dinero dejó de escaparse entre mis manos, lo que me permitió comprar algunos muebles para mi hogar, y pasé de vivir en el barrio a habitarlo: cambié el café por los chatos de vino, las bolsas reutilizables por el carro de la compra, las cadenas hosteleras por cigarrillos y pipas en la plaza, un verdadero oasis en el desierto, la única que queda sin su miserable terraza.

Creía haber poseído aquel espacio, hacerlo mío, pero nada era mío, como nada es nuestro —de mi generación, de mis vecinos, de mis conciudadanos—, porque todo el barrio era terreno en disputa. Todas esas merceras jubilándose, esos puestos del mercado vacíos, esos almacenes de ropa al por mayor cerrados dejaron espacio para las no-políticas que gente de otros distritos había votado. Lo que había convertido al barrio en territorio comanche para el inquilino era un 'laissez faire', un libre mercado, regulado por los gustos de los guiris, que no sabrían poner en el mapa dónde están, y los nuestros, los 'millennials', una generación sin recursos con un extravagante gusto por lo fotografiable. Humildes en lo económico, arrogantes en lo social.

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Siete años después, todas mis decisiones —y las de mis amigos, compañeros, seres queridos y, quizás, hasta las del lector— están subyugadas a la necesidad de vivienda. Subyugadas a los precios ("estudio, 1.800 euros"), a los tamaños ("íntimo"), a los formatos ("ideal para parejas") y a las condiciones ("dos meses de fianza más mes de agencia"). Los contratos de alquiler, sus renovaciones o subidas, son motivo de miedos y llantos; la búsqueda de piso, un proceso de largas humillaciones en las que tienes que probar una solvencia desproporcionada que, de existir, no sería necesaria tal búsqueda.

Ahora sé que algunas familias resistirán en el centro de las ciudades con uñas y dientes unos años más, pero que la mía es la última generación que podrá llamar barrio a esas calles y que cada contrato de alquiler nos alejará más y más de ellas. Todo porque unos pocos se lucran con la necesidad de muchos y yo prefería el café natural. Lo que me acosaba aquella última noche, en ese piso que reformarán este verano, como hicieron con el primero derecha, no era un espectro, sino la certeza de que esa sería la primera de muchas mudanzas de emergencia, una serie de huidas de la violencia económica en las que lo único que dejaré atrás son las promesas de una vida mejor y cafeterías bonitas.

La última noche que dormí en el apartamento, rodeada de cajas y bolsas de basura, tareas pendientes y preocupaciones, me acechó una presencia. Se trataba del fantasma del hogar que había sido y ya no era. Siete años antes, había llegado con suerte a una de las pocas calles que se escapaban de la gentrificación en el centro de Madrid, entre los escombros de lo populachero y las falsificaciones de casticismo que estaban por llegar.

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