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Blake Bailey: "Para Philip Roth no ganar el Nobel de Literatura fue más amargo de lo que admitió"
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Blake Bailey: "Para Philip Roth no ganar el Nobel de Literatura fue más amargo de lo que admitió"

El biógrafo principal de los escritores estadounidenses presta ahora atención, a lo largo de mil cautivadoras páginas, al último gran novelista contemporáneo, ninguneado, como otros tantos, por la Academia Sueca

Foto: Philip Roth y Mudge en un crucero en 1968 (Debate)
Philip Roth y Mudge en un crucero en 1968 (Debate)

Cuando Philip Roth concluyó en los 90 su estrepitosamente buena 'trilogía americana' de novelas, hubo quien rebautizó la serie como 'Carta a Estocolmo'. Y es que la injusticia no podía durar mucho más: el mejor escritor estadounidense de su generación venía siendo ninguneado tenazmente por el Nobel de Literatura y, ahora, ya no debía demorarse, la broma había terminado. Pero Estocolmo se mantuvo en sus trece. En sus últimos días, el octogenario escritor solía ir paseando muy lentamente desde su apartamento en el Upper West Side de Nueva York hasta el Museo de Historia Natural, recuperando el resuello en todos los bancos que encontraba. Uno de ellos se hallaba en los jardines del Museo, junto a una estatua de color rosa en la que figuraban los nombres de todos los norteamericanos que había ganado el premio de la Academia sueca. "En realidad es bastante fea, ¿no te parece?", le dijo cierto día un amigo. "Sí —contestó Roth—, y se pone más fea cada año que pasa". "En cualquier caso, ¿para qué la ponen ahí", replicó su amigo. "Para fastidarme", se rió Roth.

Foto: Philip Roth en Nueva York. (Reuters)

Si el género de la biografía intelectual se halla inmerso en una carrera armamentística con títulos cada vez más detallados, derroche de páginas y cada vez mejor escritos, acaba de salir a escena un contendiente que será difícil de batir en mucho tiempo. Y es que 'Philip Roth. La biografía' (Debate), del perseguidor de vidas de escritores Blake Bailey (Oklahoma City, EEUU, 1963), es una proeza en la que asombra cómo su autor persigue el dédalo de interminables detalles documentados hasta la extenuación de los 85 años que vivió el hombre que escribió 'El lamento de Portnoy' sin que la prosa del conjunto desfallezca. Bailey, que ya se ocupó en el pasado de John Cheever, Richard Yates o Charles Jackson, logra ahora al pelearse con el fantasma de Roth durante casi mil páginas que el adjetivo "apasionante" no suene manido y huero. No menos "apasionante" fue la recepción del libro en EEUU, donde a los pocos días de salir fue retirado de las librerías después de las acusaciones de acoso sexual de varias mujeres contra Bailey.

placeholder Blake Bailey - 'Philip Roth' (Debate)
Blake Bailey - 'Philip Roth' (Debate)

Otra escena de la parte final del libro, en el crepúsculo vital de Roth. En 2014, la directora española Isabel Coixet preparaba la adaptación al cine de 'El animal moribundo' -que se retitularía como 'Elegy'- ante el escepticismo del escritor que no soportaba ni una sola adaptación de sus libros. Aunque las actrices le interesaban algo más... Cuando Penélope Cruz llamó a Roth para pedirle consejo sobre su personaje, él le aseguró que lo mejor era hablarlo cenando juntos en su apartamento: "Podrás sentarte en el reposapiés de mi sillón Eames". No volvió a tener noticias de Pe. Sátiro y trabajador hasta el final así fue la vida Philip Roth, todo el día escribiendo y por las noches con una mujer "a poder ser leyendo".

placeholder Blake Bailey (Nancy Crampton)
Blake Bailey (Nancy Crampton)

PREGUNTA: Roth sostenía que su fama de introvertido era "una idiotez". Simplemente prefería trabajar que dedicarse a "chismorrear" sobre sí mismo. Pero, ¿cuánto "chismorreo" puede soportar una biografía tan extensa y prolija como la que usted ha escrito?

RESPUESTA: Bastante, aparentemente. Roth sabía que una biografía sobre su figura sería inevitable, y que estaría repleta de detalles sobre su, muchas veces poco convencional, vida privada. Por lo tanto, estaba resignado a ello. Lo que él buscaba, por encima de todo, era precisión y perspectiva—es decir, que su biógrafo pusiera el énfasis necesario en todos los aspectos de su vida y de su obra, cada uno en su justa medida.

P: Es usted biógrafo de un hombre del que se dijo en múltiples ocasiones que había escrito una obra básicamente autobiográfica. ¿Cómo calificaría su lucha contra el fantasma de Roth?

R: No ha estado mal. En todo caso, creo que en mi libro se aprecia que el trabajo de Roth no era tan autobiográfico como podría pensarse la mayor parte del tiempo. En cuanto a los paralelismos autobiográficos de 'El lamento de Portnoy', por ejemplo, resulta muy entretenido saber qué cosas había en común entre Roth y su creación más famosa.

El trabajo de Roth no era tan autobiográfico como podría pensarse

P: Al comienzo, afirma que Roth es el autor de su generación que tiene “mayores posibilidades de perdurar”. ¿Qué ofrecen sus novelas que les permita aguantar el paso del tiempo mejor que las de, digamos, Updike, DeLillo o Styron?

R: Bien, para empezar, creo que Roth era más versátil que esos otros grandes escritores estadounidenses. En cuanto a su estilo, pasó por casi todas las principales fases estéticas de la literatura de posguerra: el realismo en sus primeras obras (inspirado en Henry James, Flaubert y algunos otros), el humor negro y la farsa descarada de la era Portnoy, la sátira del período intermedio (Zuckerman, etc.), la experimentación posmoderna o la metaficción de 'La contravida' y 'Operación Shylock' y, finalmente, la magistral 'Trilogía Americana' ('Pastoral Americana', 'Me casé con un Comunista', 'La Mancha Humana') que, en mi opinión, —en palabras del poeta Mark Strand— nos proporciona “la imagen más real que tenemos de la forma en que vivimos ahora”.

placeholder Roth con Veronica Geng, su editora favorita
Roth con Veronica Geng, su editora favorita

P: Nosotros los periodistas culturales estábamos siempre preparándonos para publicar el titular: "Philip Roth gana el Nobel de Literatura." Lo retrasábamos de año en año hasta que, cuando finalmente falleció, tuvimos que desecharlo. ¿Por qué nunca le dieron el Nobel? ¿Hasta qué punto no recibir el premio supuso una amargura para él?

R: Fue más amargo de lo que estaba dispuesto a admitir. El propio Roth decía a menudo que nunca ganaría el Premio Nobel por dos razones principales: 'El lamento de Portnoy y 'Adiós a una casa de muñecas', este último una memoria despectiva de su segunda esposa, la actriz Claire Bloom, quien acusó a Roth de ser un misógino “maquiavélico”.

Decía que no ganaba el Nobel por 'Adiós a una casa de muñecas', donde su segunda esposa le acusaba de misógino “maquiavélico”

P: Roth afirmaba que nunca se había considerado un “escritor norteamericano judío” ni un “escritor judeoamericano”. Si esto es así, ¿por qué encontramos judíos norteamericanos, con sus correspondientes ansiedades contemporáneas, por toda su obra? Es comprensible que un escritor no quiera "autoetiquetarse", pero ¿podemos hacerlo los demás?

R: Roth creció en Weequahic, un barrio casi íntegramente judío de Newark, Nueva Jersey, durante los años 30 y 40, probablemente las dos décadas de mayor antisemitismo del siglo XX y cursó sus estudios en Bucknell, una universidad provincial mayormente protestante donde se encargaron de que tomara plena consciencia de su judaísmo—es decir, de su no pertenencia. Por lo tanto, su principal interés – y la materia prima de su obra – tiene que ver con la experiencia judeoamericana, aunque también escribió sobre la América no judía, sobre la mortalidad humana, la libido masculina y sobre muchas otras cuestiones. Por lo tanto, tenía derecho a decir que era escritor, en primer lugar, y judío (un judío muy poco religioso, eso sí), en segundo.

placeholder Roth en la 'Habitación de Piedra' de su casa de Connecticut
Roth en la 'Habitación de Piedra' de su casa de Connecticut

P: En una entrevista que concedió poco tiempo antes de morir, Roth señaló que, en su obra, había intentado representar “la furia sexual masculina” que hace que el hombre se dirija involuntariamente a lugares vergonzantes o ridículos. Para Roth, ¿no sería la sexualidad una suerte de demonio incontrolable que, a la postre, siempre justifica nuestros actos, algo que actualmente se consideraría poco aceptable?

R: No creo que Roth quisiera sugerir que el “demonio” de la sexualidad masculina pudiera “justificar” los malos comportamientos, sino identificarlo como un ansia irreprimible que empuja a los hombres a esos malos comportamientos. El mismo Roth creía, al igual que Chéjov, que no correspondía al escritor “ofrecer una solución a un problema sino presentar el problema de forma adecuada.” Dicho de otro modo, Roth no condona las transgresiones sexuales, sino que se limita a mostrar al lector algunas de las formas que pueden adoptar dichas transgresiones.

Roth pensaba que Trump era un monstruo hortera y punto

P: ¿Fue Roth el autor más de izquierdas de su generación? ¿Vio en Trump una amenaza como la de Charles Lindberg?

R: Creo que los escritores y los artistas suelen ser más progresistas que conservadores y Roth no fue una excepción. En cuanto a la comparación entre Trump y Lindbergh, a Roth le gustaba señalar que Lindbergh, aunque antisemita y filofascista declarado, también era un héroe de la aviación y, en cierto sentido, también una persona bien intencionada. Él pensaba que Trump era un monstruo hortera y punto.

P: ¿Qué escritor estadounidense ha cogido actualmente el testigo de Roth? ¿Quizás Franzen?

R: Creo que Roth fue el último titán verdadero de las letras estadounidenses, aunque es cierto que el país cuenta con muchos escritores brillantes. Pero convengamos que la gente cada vez lee menos novela, especialmente en medio de las distracciones de las pantallas de computadora y televisión. De modo que ser un gran novelista hoy ya no tiene el mismo lustre que tenía en tiempos de Roth.

Cuando Philip Roth concluyó en los 90 su estrepitosamente buena 'trilogía americana' de novelas, hubo quien rebautizó la serie como 'Carta a Estocolmo'. Y es que la injusticia no podía durar mucho más: el mejor escritor estadounidense de su generación venía siendo ninguneado tenazmente por el Nobel de Literatura y, ahora, ya no debía demorarse, la broma había terminado. Pero Estocolmo se mantuvo en sus trece. En sus últimos días, el octogenario escritor solía ir paseando muy lentamente desde su apartamento en el Upper West Side de Nueva York hasta el Museo de Historia Natural, recuperando el resuello en todos los bancos que encontraba. Uno de ellos se hallaba en los jardines del Museo, junto a una estatua de color rosa en la que figuraban los nombres de todos los norteamericanos que había ganado el premio de la Academia sueca. "En realidad es bastante fea, ¿no te parece?", le dijo cierto día un amigo. "Sí —contestó Roth—, y se pone más fea cada año que pasa". "En cualquier caso, ¿para qué la ponen ahí", replicó su amigo. "Para fastidarme", se rió Roth.

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