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La bestia del billón de ojos: cualquier cosa que hagas se terminará sabiendo
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'TRINCHERA CULTURAL'

La bestia del billón de ojos: cualquier cosa que hagas se terminará sabiendo

La dictadura de lo correcto no es la consecuencia del amanecer de una justicia en coma, sino el síntoma de una civilización obsesionada por observarse a sí misma

Foto: No es que alguien vaya a saber quién eres, pero pronto pueden saberlo todos. (EFE/Jesús Diges)
No es que alguien vaya a saber quién eres, pero pronto pueden saberlo todos. (EFE/Jesús Diges)

Ya no son horas, pero aquí sigues. Cóctel molotov en mano… ¿O es un 'gin-tonic'? Qué más da, todo te sabe a acetona perfumada. Ojos bizcos. Lengua de trapo. Pie de pata palo… ¡Ay, qué mal fario! Te invade la paranoia. Recuerda aquello que te contó Juan Soto Ivars. Sí, eso de cuando le patinaba la boca como Javi Fernández una noche en Razzmatazz.

La historia esa del tipo simpático que se acercó a saludarlo porque lo había visto por la tele, y apreciaba sus distinguidas formas y ese talante de erudito despachado en el sandungueo de su flequillo. Aunque ahora, en las entrañas de la disco, más que a él estuviese interpelando a un piojo beodo a dieta de autocontrol. 'Si me caza una foto, pensé, me cae la del pulpo. La reputación al carajo. Aunque no tema hablar de ponerme de vuelta y media, ahora los tugurios son territorio hostil. A partir de la tercera cerveza, ya tengo que vigilar', te dijo. Pues hoy tú no has vigilado ni el huevo.

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Piensa en Juan. Es duro ser uno mismo en un campo sembrado de chivatos. La fama, con toda su purpurina, limusinas de placer y encanto, es un caballo de Troya para la privacidad. Con relámpagos espontáneos que parecen inocentes, los vigilantes durmientes de la era digital pueden arrasar el bienestar de aquellos que han decidido hacer de su cara parte del escaparate popular. Basta con un ¡clic!, un ¡flash!, y su mundo se viene abajo. Además, la opinión pública no paga plañidera. Menos aún si el registro de los acontecimientos tiene un aspecto terrible. A decir verdad, puede que nada que no hayamos hecho o pensado, pero los juicios morales tienen el saque de un cosaco ruso. Y la masa, anónima, chismosa y cruel, es una sustancia peligrosa.

Vuelta al ejercicio. Te paseas por el garito como el hijo no reconocido de Georgie Dann y Masiel, botella de anís mediante. Uuuuh… Te santiguas. Por favor, que nadie te pille en este estado. No es que alguien vaya a saber quién eres, pero pronto pueden saberlo todos. Hay un billón de ojos a tu alrededor. En el 'pub', en la calle, en el portal… ¡El gigante Argos Panoptes se ha reencarnado en la actualidad! Vive en cada móvil, en cada cámara, con el poder de inmortalizar tus hazañas, principalmente las malas. Al final, Warhol tenía razón.

"Te santiguas. Por favor, que nadie te pille en este estado. No es que alguien vaya a saber quién eres, pero pronto pueden saberlo todos"

Todos seremos famosos mundialmente durante 15 minutos. Solo que al muy esnob se le olvidó explicar por qué. En los 60, todo debía de parecer más fácil, especialmente el futuro. Los 15 minutos de fama debían suponer la concupiscencia popular más fuerte del momento. Hoy, donde las metidas de pata son carnaza para internet y su olvido una quimera con la piel de hierro, la popularidad no parece una condición tan gozosa, ni deseada.

Sales del garito y te sientes en una cárcel… ¿Seguro que esa copa solo llevaba ginebra? El caso es que se siente un poco diferente. No es la clase de panóptico que definió Bentham; una torre, como un 'Gran Hermano', ¡como Polifemo, el cíclope de la Odisea!, vigilando desde el núcleo de la prisión sin que nadie pueda saber si es, o no, observado. Más bien parece una orgía de miradas. Un panóptico digital, que diría Han. Todos pueden vigilarse unos a otros. No son solo presos, y eso te incluye. Únicamente tienes que sacar el móvil —si es que puedes— para así convertirte en guardián. Controlas.

Eres libre de ser vigilante o vigilado. Aunque, bueno, más bien solo uno. Además, tú ahora no estás para mucho voyeurismo. Más bien, para hacer el payaso. Para exhibir el espectáculo de tu transformismo… Antes que un hombre, pareces una mecedora. Contrólate. Te la estás jugando. Seguro que hay cosas mucho peores que estar borracho bailando por la calle, pero el caso es que no quieres que a tu padre le llegue por WhatsApp uno de esos vídeos, con los que tanto se ríe, de merluzos creyéndose salmonetes sobre los adoquines de la acera. Porque estás desnudo, expuesto, y tu intimidad tiene el valor que los demás quieran darle.

"Seguro que hay cosas mucho peores que estar borracho bailando, pero el caso es que no quieres que a tu padre le llegue uno de esos vídeos"

Una voz en tu cabeza te abronca. ¡La hostia, seguro que eso no era solo ginebra! Es un timbre femenino, que te pide que no lloriquees por intentar competir con las Grecas y temer que alguien grabe tu desastre. Según un estudio del IFOP, el 46% de las mujeres de menos de 30 años no hacen toples coartadas por miedo a que les hagan fotos y se compartan en redes sociales. ¡Capuuullooooo! Tú quejándote por sentirte vigilado en un estado que inquietaría al SAMUR, y miles de mujeres teniendo que reprimir su divino derecho a los libres domingos y domingas. En qué momento tuvo la ocurrencia Steve Jobs de poner en la mano de cada imbécil del planeta un arma de control y difusión. Ya se intuía en la película de 'El Círculo' (2017), '¡Mucha camarita, poca diversión! ¡Un error, un error!'.

El alma humana, si es que la tuya todavía sigue en pie después de la ejecución etílica que llevas, necesita esferas en las que ser ella misma sin los grilletes de la mirada, sin la pesada losa de la inmortalidad de las acciones. La potencial vigilancia perpetua de una sociedad hacia su interior impide, no solo la insana cogorza que te puedas calzar, sino todo ejercicio libre del error y el elemento negativo. Frente a una observación omnipresente, toda peculiaridad que abandone la norma puede ser juzgada y, en consecuencia, condenada. La 'sociedad smartphone' cree en la autodeterminación positiva de sus acciones.

Foto: El escritor londinense Kingsley Amis. (Editorial Malpaso)

Las tipas y tipos, paparazis adictos a la imagen y la exhibición, no son conscientes de los destrozos que sus actos, a los que no rinden mayor reflexión que la de su satisfacción al llevarlos a cabo, pueden causar. Piensa; lo tuyo es un asunto de copas, lo de Santi Millán de sábanas y adulterio. Porque las personas con cámara incluida estamos vendidas a la obscenidad. Somos fotomatones andantes con la capacidad de coaccionar a otros para convertirse en una imagen, en una mercancía, con la que alimentar los Gargantúa de Google y las redes sociales.

La dictadura de lo correcto no es la consecuencia del amanecer de una justicia en coma, sino el síntoma de una civilización paranoica, obsesionada por observarse a sí misma. Es el resultado de una autoexigencia ilimitada que condena sin remedio la otredad, niega la falta y empuja a una autocoerción alienante del individuo. Pocos hay buenos si no los miran, menos aún si no les conviene.

Como a ti, que sin ser nadie temes que la cogorza te lleve al edén de la fama, por el camino equivocado y en la peor de las condiciones. Todo son delatores. Estupas de la vergüenza en potencia. Por más que escudriñes las caras no lograrás hacer frente a la cacería nocturna. Los síntomas de la fatiga mental comienzan a manifestarse intensamente. El asunto se reduce a una cuestión de asunción. Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Saca el móvil. Activa el vídeo. Grábate la merla. Pásasela a tus amigos. Ya que asciendes frenéticamente a las colinas del desastre, ¿qué menos que asumir la promoción de tu bochorno? Queda claro que Argos ha vencido. Antes o después, estás condenado a despedazar tu reputación. Sea como fuere, contra lo que no puedes luchar es contra la bestia del billón de ojos.

Ya no son horas, pero aquí sigues. Cóctel molotov en mano… ¿O es un 'gin-tonic'? Qué más da, todo te sabe a acetona perfumada. Ojos bizcos. Lengua de trapo. Pie de pata palo… ¡Ay, qué mal fario! Te invade la paranoia. Recuerda aquello que te contó Juan Soto Ivars. Sí, eso de cuando le patinaba la boca como Javi Fernández una noche en Razzmatazz.

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