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Jóvenes, los economistas os están robando el futuro. Y este es el momento del cambio
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'TRINCHERA CULTURAL'

Jóvenes, los economistas os están robando el futuro. Y este es el momento del cambio

"Una sociedad que produce muchas malas películas no es necesariamente decadente; la que hace las mismas películas una y otra vez sí lo es". Es una buena definición de las ideas económicas que hemos acogido como ciertas

Foto: Larry Summers, en un acto del Fondo Monetario Internacional. (Jonathan Ernst/Reuters)
Larry Summers, en un acto del Fondo Monetario Internacional. (Jonathan Ernst/Reuters)

"Una sociedad que produce muchas malas películas no es necesariamente decadente; una sociedad que hace las mismas películas una y otra vez sí lo es". Es una afirmación de Ross Douthat, un columnista estadounidense, recogida en su libro 'La sociedad decadente' (Ed. Ariel), que resulta especialmente atinada en nuestra época. Y más todavía si la aplicamos al terreno económico, donde las mismas fórmulas son utilizadas una vez y otra, a pesar de que nos han metido en un lío tremendo.

La reforma de las pensiones es un ejemplo más, pero no menos significativo, de esta tendencia. Por las consecuencias a las que aboca, pero también por el argumentario que se pone en juego.

Como punto de partida, se fija un marco a partir del cual se limitan las posibilidades de lo que puede ser analizado. Más o menos es este: dentro de una década o dos (da igual, en el futuro) como la natalidad ha caído, las pensiones entrarán en quiebra porque habrá poca gente trabajando y muchos jubilados, lo que hará imposible seguir ingresando para pagar a nuestros mayores. Como la esperanza de vida ha subido mucho y la gente vive más años, cobrará la pensión durante más tiempo. De manera que el Estado, que ya está incurriendo en déficit para pagar las pensiones, está generando incesantemente una deuda que supondrá una carga grande para las generaciones jóvenes. El bienestar actual de los viejos está arruinando el porvenir de los jóvenes.

La causa primera

Lo curioso es que este tipo de cosas se afirman como verdades evidentes, y de tanto repetirlas suenan como tales, pero no constituyen más que un proceso de enmarcado, que parte de suposiciones y que reduce enormemente el espacio de reflexión. Sobre todo, porque deja fuera aspectos muy relevantes.

El problema de la sostenibilidad de las pensiones, si queremos empezar por el primer factor, es que no hay el trabajo suficiente, y que además está peor pagado, del que se necesitaría. Esa es la causa principal de que se recaude menos y de que, en consecuencia, los equilibrios en las cuentas sean cada vez más inestables.

Nos dijeron que había que llevarse los trabajos a China porque era más eficiente, y que debíamos cobrar menos para ser más competitivos

Y hay menos trabajo y peor pagado por dos motivos, ambos relacionados con las fórmulas que nos dieron esos economistas que quieren salvar las pensiones. Nos dijeron que había que llevarse los trabajos a China porque era más eficiente, y que debíamos orientar la economía hacia una mayor competitividad.

Eso fue lo que ocurrió: por una parte, deslocalizaron la producción; por otra, para poder integrarnos en la economía globalizada, se redujeron los salarios; y por último, para aumentar el rendimiento de los accionistas, se contrajeron las plantillas y se abarató aún más el coste salarial.

Las peores ideas

Ese goteo incesante durante décadas ha producido disfunciones de toda clase. Desde luego sociales, con dificultades para llegar a fin de mes en una parte importante de la población. Pero también ha provocado un exceso de ahorro en partes beneficiadas de la sociedad, que fue invertido en el ámbito financiero y creó burbujas que derivaron en crisis, o en un rentismo que ha encarecido los bienes esenciales para la subsistencia, como la vivienda. Por supuesto, también produjo desequilibrios muy importantes entre regiones y países.

Las ideas de estos economistas nos han conducido a enfrentamientos sociales, territoriales y de bloques geopolíticos

Y desde luego, está en el centro de los actuales problemas geopolíticos: el ascenso chino se debe a su eficacia a la hora de organizar su país, pero lo hicieron con todo aquello que les proporcionamos: capital, propiedad intelectual, ‘know how’, mercados. Si nos fijamos solo en los resultados, sin entrar en consideraciones políticas o sociales, es difícil encontrar peores ideas en los últimos tiempos que las impulsadas por estos economistas que nos prometían un mundo eficiente y brillante y que nos han conducido a enfrentamientos sociales, territoriales y de bloques geopolíticos que, en teoría, habían desaparecido de la historia.

De modo que, volviendo al principio, en la medida en que haya suficiente trabajo, y en que los salarios sean dignos, la posibilidad de afrontar el coste de las pensiones será mucho mayor, ya que se recaudará más. Tampoco la baja natalidad sería aquí un gran obstáculo: si hay empleo, la inmigración ayudaría a cubrir las vacantes.

Lo que necesitamos

Quizá en el futuro (eso de lo que hablan constantemente, pero que, cuando llega, se parece poco a lo anticipado) las máquinas realicen todos los trabajos. De momento no es así. Y si nos centramos en el presente, hemos de constatar que la tendencia no es exactamente esa. Lo que notamos es que en España nos hacen falta médicos, enfermeras, profesores, bomberos, policías, soldados. Las plantillas están por debajo de las necesidades, lo que provoca deficiencias significativas.

Al faltar mano de obra, la supuesta agilidad que nos traería la digitalización se transmuta a menudo en errores y caos

Pero, por otra parte, la digitalización del trabajo que se ha llevado a cabo hasta la fecha lo único que ha provocado es un adelgazamiento de las plantillas que conduce a que la tramitación de los procesos sea extremadamente ineficiente. Al margen de que están animadas mucho más por estrategias de control que de mejora de los servicios, lo cierto es que, al faltar mano de obra, de la que se ha prescindido innecesariamente con la excusa de la digitalización, la supuesta agilidad y rapidez que nos traería la sistematización digital se transmuta a menudo en errores y caos. No hay más que ver las dificultades que muchas administraciones tienen para dar cita para asuntos tan importantes como las consultas sanitarias, o las quejas de los usuarios de los bancos por las dificultades de sus sistemas o por el cierre de sucursales y la falta de atención presencial.

A todo esto hay que sumar que los profesionales españoles con buenas credenciales académicas optan por marcharse fuera, donde obtienen mejores salarios y mayores oportunidades. Una de las quejas más habituales en las empresas privadas es la saturación laboral debido a plantillas cortas. Y así sucesivamente. Hay algo que está fallando en el trabajo, de manera radical, no lo estamos poniendo coto, y tiene que ver con la falta de empleo.

Lo que toca

Todos estos argumentos eran desechados por irrelevantes, ya que suponían mayor gasto público o menor eficiencia para las empresas, o menor rentabilidad para la cuenta de resultados, entre muchas otras objeciones. El sistema tenía problemas, pero los cambios en otra dirección no harían más que empeorar las cosas. Al menos, así era hasta el giro geopolítico que ha provocado la invasión de Ucrania.

Una de las ideas más repetidas en esta nueva competición entre bloques es la necesidad de recuperar capacidades estratégicas occidentales. Se ha mencionado una mayor inversión en defensa, la imperiosa autonomía energética y alguna cosa más, estilo semiconductores. Pero esa es una visión reduccionista, pobre e insuficiente. Conservar las capacidades estratégicas requiere de mucho más. Para empezar, de industria propia.

No podemos estar expuestos a lo que otros países decidan. La lección de la energía debe servir para muchos otros campos

Como Europa externalizó buena parte de su producción (y España más aún), ha quedado mucho más expuesta a los problemas en la cadena de suministro y a los precios elevados. Lo vimos en la pandemia, con un producto tan sencillo de fabricar como las mascarillas, pero no aprendimos nada. Y lo estamos volviendo a ver en estos instantes. Producir en lugares baratos no es más eficiente, a menudo es un problema. Por ejemplo, cuando los costes aumentan por el combustible y el transporte, o porque los productores, aprovechándose de las dificultades, deciden aumentar los precios. O porque las vías de transporte dejan de ser seguras. No podemos estar expuestos a lo que otros países decidan. La lección de la energía sirve para muchos otros campos.

En consecuencia, toca relocalizar como instrumento estratégico, pero también de fortalecimiento interno en esta nueva época. Es una opción que puede plantear dificultades, pero es mucho más seguro y más eficiente. Dado que la reindustrialización de buena parte de los productos generará trabajo, también revitalizará la actividad económica y proporcionará una mayor fortaleza del mercado interior, que es una de nuestras mayores bazas. Pero eso implica un nuevo foco que permita gestionar la economía de otra manera. Significa olvidarse de las fórmulas que hemos empleado hasta la fecha y que (hay que insistir mucho en esto) nos han traído a esta situación de debilidad social, territorial y estratégica.

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Cuando eso ocurra y se hayan generado todos los puestos de trabajo que necesitamos, y se haya consolidado una actividad económica interna sólida, tanto en Europa como en España, hablaremos de si las pensiones son o no sostenibles y de la deuda que dejamos a las generaciones jóvenes. De momento, la peor deuda que estamos dejando es la de un sistema empeñado en no generar trabajo y en competir internacionalmente mediante salarios bajos, que piensa en cómo afilar cada vez más los presupuestos en lugar de en crecer mediante la creación de muchas de las fortalezas que, además, necesitamos en un momento geopolíticamente crucial.

"Una sociedad que produce muchas malas películas no es necesariamente decadente; una sociedad que hace las mismas películas una y otra vez sí lo es". Es una afirmación de Ross Douthat, un columnista estadounidense, recogida en su libro 'La sociedad decadente' (Ed. Ariel), que resulta especialmente atinada en nuestra época. Y más todavía si la aplicamos al terreno económico, donde las mismas fórmulas son utilizadas una vez y otra, a pesar de que nos han metido en un lío tremendo.

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