'Elektra': familia no hay más que una (menos mal)
  1. Cultura
100 AÑOS DEL FESTIVAL DE SALZBURGO

'Elektra': familia no hay más que una (menos mal)

Warlikowski y Welser-Möst convierten la 'Elektra' de Strauss en un trepidante y asombroso 'thriller' psicológico que demuestra la noción letal de los lazos de sangre

placeholder Foto: Tanja Ariane Baumgartner es Clitemnestra. (Bernard Uhlig / Festival de Salzburgo)
Tanja Ariane Baumgartner es Clitemnestra. (Bernard Uhlig / Festival de Salzburgo)

No termina de comprenderse la buena reputación que ha adquirido el sustantivo y el concepto de familia. Se le atribuyen automáticamente cualidades y connotaciones positivas. Y se le presumen espacios de concordia y de feliz comunión. Está sucediendo cursi y agotadoramente con el equipo olímpico de baloncesto. "La familia", se le llama, insistiendo en el buen rollo y en los lazos de sangre. Y abusando de la propaganda optimista del clan. “Somos como una familia” es una expresión que debería suscitar toda clase de recelos, sospechas e inquietud. “Como fuera de casa, mejor que en ningún sitio”, acostumbra a ironizar el colega Miguel Ángel Aguilar.

Puestos a cuestionar los clichés y los tópicos familiares, hablábamos aquí hace unos días de la neurótica familia Wittgenstein. Y podríamos hacerlo a título fundacional de la sanguinaria familia de Agamenón, protagonista de la ópera de Richard Strauss —'Elektra'— que ha sacudido el Festival de Salzburgo a cuenta de la feroz versión teatral de Krzysztof Warlikowski y de la opulencia sonora que Franz Welser-Möst obtiene de la Filarmónica de Viena. Juntos evocan el magma expresionista en que se compuso la obra (1909). Y conmemoran a uno de los padres fundadores del Festival austriaco. Strauss, igual que Max Reinhardt y que Hugo von Hofmannsthal, pertenece a los pioneros que dieron cuerpo a un espacio de experimentación y de vanguardia en el fabuloso lapso de las entreguerras. Un siglo cumplió la iniciativa salzburguesa el pasado año, pero es en 2021 cuando el centenario ha podido celebrarse en mejores condiciones artísticas y sanitarias retomando un montaje de 'Elektra' que sobresale por su corpulencia musical y por el ritmo trepidante de un gran 'thriller' psicológico.

placeholder Un momento de la representación. (Bernd Uhlig/ Festival de Salzburgo)
Un momento de la representación. (Bernd Uhlig/ Festival de Salzburgo)

Mérito de la trama sonora que expone Welser-Möst al frente de los 'wiener'. Y mérito de la inteligencia teatral de Warlikowski, cuya reaparición en el templo del Festival ha servido para despojarle de su manierismo, egocentrismo y hermetismo en beneficio de una lectura simultáneamente clara y compleja. La trama sucede entre las paredes de una mansión aristocrática contemporánea. Y plantea la dialéctica de la sangre y del agua como elementos antagonistas que convocan la venganza y la purificación.

Ya conocemos la historia. Gracias a la tragedia embrionaria de Sófocles y gracias al libreto de Hofmannsthal que convirtió Richard Strauss en crónica del expresionismo. Una familia. Una familia brutal: los lazos de sangre desquician a la prole y asfixian como una soga de esparto a todos sus miembros. El rey Agamenón sacrifica a su hija. La esposa lo represalia con otro crimen. Y termina ella —y su amante— ejecutada a iniciativa de los vástagos restantes del matrimonio (Electra, Cristótemis y Orestes).

Warlikowski perfila con esmero e intensidad el trabajo de los actores. Y nos alerta de su dolor y de su angustia. Recelan de sus sombras como si fueran espectros. Y no encuentran consuelo tampoco en la venganza.

placeholder Franz Welser-Möst dirige la orquesta y Krzysztof Warlikowski se encarga de la puesta en escena de 'Elektra'. (Bernd Uhlig/ Festival de Salzburgo)
Franz Welser-Möst dirige la orquesta y Krzysztof Warlikowski se encarga de la puesta en escena de 'Elektra'. (Bernd Uhlig/ Festival de Salzburgo)

No es la de Warlikowski una versión sensacionalista ni explícitamente sanguinaria. Prevalece la claustrofobia, el desgarro psicológico, la precariedad de los actores frente al destino, aunque la música respira gracias al gigantesco espacio escénico y a la economía de medios: las duchas y la piscina que representan la catarsis del agua comparten la tarima con una angustiosa cámara de cristal donde se elucubran los ritos funerarios: los consumados y los que están por consumarse.

Pocas veces un espectáculo consigue semejante grado de atención y de tensión, sin apenas momentos de decaimiento ni de remanso. La prueba está en la manera en que Warlikowski y Welser-Möst desafían las coordenadas del espacio y del tiempo. Porque consiguen evacuarnos de la butaca. Y porque el segundero avanza a una velocidad inverosímil. Casi dos horas transcurrieron como si fueran diez minutos. Inverosímil.

Contribuyen a la proeza la destreza de los cantantes. No ya por la solvencia y el dramatismo de Ausrine Stundyte en el papel principal; por la personalidad de Tanjia Ariane Baumgartner (Clitemnestra); o por la elocuencia de Christopher Maltman (Orestes), sino por la conmoción que sobrevino con la interpretación de Vida Mikneviuciute, una soprano deslumbrante y carismática a la que urge recomendarle un cambio de nombre artístico. De otra manera, cada vez que haya que mencionarla o escribir su apellido, pensaremos que se trata de la clave wifi.

“Familia no hay más que una”, acostumbra a decirse como si fuera un bien exclusivo que debe y debiera custodiarse. Quizás habría que añadirle una nota aclaratoria en el nombre de Electra o de Calígula: menos mal.

Ópera
El redactor recomienda