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'El corredor del laberinto 3': más zombis, más explosiones y un desenlace (por fin)

'La cura mortal', tercera entrega de la popular saga de novelas juveniles, llega con años de retraso, cuando la fiebre de 'Los juegos del hambre' y 'Divergente' se ha evaporado

Foto: Dylan O'Brien protagoniza la saga 'El corredor del laberinto'. (Fox)
Dylan O'Brien protagoniza la saga 'El corredor del laberinto'. (Fox)

El peligro de hacerse esperar demasiado es que el que aguarda olvide qué estaba esperando. 'El corredor del laberinto: la cura mortal' llega con años de retraso, cuando la fiebre de las adaptaciones de novelas distópicas de corte juvenil es un vago recuerdo —parece siglos atrás en la bulimia consumista contemporánea— en el que sobreviven con gracia 'Los juegos del hambre' y, con menos gracia, la saga 'Divergente', que de cara a su desenlace ha tenido que pedir una RCP televisiva. Tres años después de la segunda entrega, el ídolo juvenil protagonista (Dylan O'Brien) está más cerca de la treintena —enfocado a probar suerte como posible sustituto de Tom Cruise como estrella de acción global— y el 'fandom' adolescente reserva sus energías para propuestas más novedosas, como 'Ready Player One', que Spielberg estrenará en marzo.

Si la saga que adapta las novelas de James Dashner comenzó como una reinterpretación posmoderna de 'El señor de las moscas', 'La cura mortal' se acerca más al planteamiento sociopolítico de 'Metrópolis' o 'La tierra de los muertos vivientes', aquel en el que, en una sociedad colapsada, resiste una ciudad ocupada por las élites, a salvo de la miseria, la enfermedad y la destrucción que asola a la masa del vulgo. La ciudad es el único residuo de ordenada civilización que permanece en pie en medio de una humanidad involucionada, donde los que no han sucumbido a la animalización —al virus de 'la llamarada', que convierte a los infectados en una especie de zombis— subsisten en comunidades tribales nómadas al margen de la ley. Y, dentro de la ciudad, el poder está concentrado en una gran torre acristalada, un rascacielos —símbolo fálico del capitalismo— desde el que opera C.R.U.E.L., la corporación despótica que investiga la cura de 'la llamarada'.

Thomas Brodie-Sangster, Dylan O'Brien y Ki Hong Lee, en un momento de la película. (Fox)
Thomas Brodie-Sangster, Dylan O'Brien y Ki Hong Lee, en un momento de la película. (Fox)

Con la primera entrega, el director Wes Ball —quien comenzó en Hollywood como director de arte— sorprendió con una cinta de acción entretenida y absorbente; sin embargo, la trilogía ha ido desinflándose poco a poco, y a 'La cura mortal' le sobran metraje y giros de guion mareantes y le faltan frescura y, en algunos momentos, hasta verosimilitud. Aun así, consciente de que los cuatro años han pasado tanto para la producción como para su público objetivo, Ball ha apostado por un tono más adulto y sombrío —eso sí, limpio de sangre, no vaya a ser—, que refuerza con un mayor peso de los actores más veteranos, dentro de que el reparto sigue compuesto, mayoritariamente, por veinteañeros. Pero también, como en 'Las pruebas', trasciende la sensación de que, conociendo el principio y el final, el desarrollo se pierde en reiteraciones, señuelos y un guirigay ruidoso e inconsistente.

La tercera entrega apuesta por un tono más adulto y sombrío

Con un inicio explosivo y una planificación cuidada —se agradece que en el cine de acción palomitero, de vez en cuando, alguien exceda el habitual y perezoso batiburrillo de imágenes trituradas—, 'La cura mortal' apela al wéstern clásico con una primera escena de asalto a un tren injertada en una antiutopía al estilo de 'Mad Max'. Thomas (O'Brien) se ha consolidado como uno de los cabecillas de la revolución, obsesionado por encontrar a su amigo Minho (Ki Hong Lee), secuestrado como rata de laboratorio por Ava Paige (Patricia Clarkson), la principal investigadora de C.R.U.E.L. La búsqueda los lleva hasta la Última Ciudad, la única urbe fortificada que mantiene una relativa y exclusiva normalidad mientras extramuros los aspirantes a entrar sobreviven en una suerte de zoco de contrabandistas y vagabundos.

Kaya Scodelario y Aidan Gillen, los secuaces de C.R.U.E.L. (Fox)
Kaya Scodelario y Aidan Gillen, los secuaces de C.R.U.E.L. (Fox)

Mientras C.R.U.E.L. experimenta con personas aparentemente inmunes al contagio de 'la llamarada' para elaborar un antivirus, el grupo de rebeldes está formado por algunos de sus antiguos conejillos de Indias —también inmunes al virus— que ahora, levantados en armas, se disponen a acabar con la tiranía de la corporación. La película vuelve a entrar en la disyuntiva del bien común frente a la libertad e integridadindividual. ¿Tendría que sacrificarse un individuo por la sociedad en la que vive? ¿Es legítimo que el Estado se imponga a la persona? Sería interesante encargar el reparto de los papeles morales a alguien como el utilitarista Jeremy Bentham. La historia sería bien distinta.

Una imagen de 'El corredor del laberinto: la cura mortal'. (Fox)
Una imagen de 'El corredor del laberinto: la cura mortal'. (Fox)

'La cura mortal' una película que de entre las virtudes de sus héroes destaca por encima la fidelidad, dispone también el reencuentro de Thomas con Theresa (Kaya Scodelario), después de que esta se alinease con la corporación, por pura convicción y no por venganza o avaricia o estatus social. Por eso, queda lugar para la rendención de la chica, aunque sea un resquicio rocoso, a pesar de su deslealtad. El único villano al uso, quizás el personaje más simple y maniqueo, es el que representa Janson (Aidan Gillen, Meñique para los 'tronófilos'), el brazo armado del orden, sumiso con los poderosos y cruel con los débiles, habitual de cualquier régimen conocido. "More human than human", que diría Rob Zombie.

Cartel de 'El corredor del laberinto 3'.
Cartel de 'El corredor del laberinto 3'.

Como 'Los juegos del hambre', como 'Divergente', como muchas otras distopías contemporáneas, 'El corredor del laberinto' advierte de la visión cortoplacista e ilusoria de una sociedad desigual, cuya pervivencia es inversamente proporcional a la injusticia social y a la concentración de recursos de una minoría dirigente. Y Bell, huyendo del maniqueísmo extremista, propone o una convivencia sostenible de ambos modelos o la autodestrucción. Así que, cuando las barbas de tu vecino...

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