SOLOS CON UN PUÑADO DE LOCOS

Como 'El señor de las moscas', pero real: el naufragio que se convirtió en una carnicería

Hace 400 años tuvo lugar en lo que hoy es Australia una de las matanzas más brutales de la era de la navegación, cuando más de 100 personas fueron víctimas de violentos amotinados

Foto: Los esqueletos se han conservado en buen estado gracias a la composición del suelo de la isla. (CC/Guy de la Bedoyere)
Los esqueletos se han conservado en buen estado gracias a la composición del suelo de la isla. (CC/Guy de la Bedoyere)

El 27 de octubre de 1628, el Batavia partió desde Texel, en el norte de los Países Bajos, rumbo a Indonesia. A bordo viajaban 316 personas. Una gran parte de la tripulación del buque comandado por Francisco Pelsaert estaba formada por familias enteras que, simplemente, querían llegar al otro rincón del mundo; otros eran soldados que custodiaban un jugoso botín de plata y especias. A bordo se encontraban también el capitán Ariaen Jacobsz y Jeronimus Cornelisz, un comerciante y farmacéutico arruinado que huía de Holanda. Juntos, pergeñaron un plan para apoderarse del barco y su cargamento. Sería tan solo la primera de una serie de malas decisiones que terminaría con gran parte de los viajeros aniquilados en una de las matanzas más brutales del siglo XVII.

Esta semana, un documental emitido en el programa '60 Minutes' y llamado 'Island of horror' ha mostrado el proceso de excavación de los restos de estos viajeros en la isla de Beacon, al oeste de Australia, donde 400 años después aún se siguen encontrando vestigios de la matanza. Como explica el doctor Al Patterson en el programa, “es interesante ver cómo los entierros se realizaron en direcciones diferentes”. Es decir, se trata de fosas comunes. Esto recuerda que la isla fue testigo de tres meses de furia asesina por parte de un grupo de amotinados hasta que finalmente fueron rescatados. Como él mismo dice, “es como salido de 'El señor de las moscas'”.

Estaban borrachos de ganas de matar. Tan solo necesitaban la menor de las excusas para ahogar, estrangular o acuchillar a mujeres o niños


El naufrago del Batavia es uno de los episodios más sangrientos de la historia de la piratería. A lo largo de tres meses, alrededor de 125 personas de todas edades y condiciones fueron asesinados bajo el cuchillo de Cornelisz, quien instauró un reinado de terror en el que cualquiera que se enfrentase a su autoridad –o supusiese una carga demasiado pesada– era eliminado. Como recoge el libro 'Batavia's Graveyard' del historiador Mike Dash, “los amotinados se embriagaron de ganas de matar, y nadie podía pararlos. Tan solo necesitaban la más pequeña de las excusas para ahogar, estrangular o acuchillar a cualquiera de sus víctimas, incluidas mujeres y niños”.

¿Cómo llegaron a este punto?

Es difícil, en principio, entender cómo se pudo descender a este estado de caos y violencia, pero los diarios y testimonios de los supervivientes nos permiten entenderlo. La violencia había comenzado ya a bordo del barco, cuando los insurgentes Jacobsz y Cornelisz intentaron promover la violación de una de las pasajeras para enardecer los ánimos y hacer estallar por fin el motín. Lo que no consiguieron con esta sucia artimaña terminarían lográndolo el 4 de junio, cuando el buque chocó con un arrecife cerca del archipiélago Houtman Abrolhos, 60 kilómetros al oeste de la costa australiana, y se hundió. 40 personas murieron ahogadas, y el resto se refugiaron en las islas cercanas.

En la isla de Beacon no había mucho sitio para echar a correr. (CC/Guy de la Bedoyere)
En la isla de Beacon no había mucho sitio para echar a correr. (CC/Guy de la Bedoyere)

Una de ellas era la isla de Beacon –también conocida, por razones obvias, como la isla de los Asesinatos–, un pequeñísimo peñasco desde se instaló el grupo de supervivientes mientras Jacobsz y el comandante Pelsaert partieron hacia el puerto de Batavia, en busca de ayuda. Mientras tanto, ese pequeño trozo de terreno quedó en manos de Cornelisz, cuyo primer paso fue hacerse con el control de todas las armas y las provisiones de alimentos. Además, se deshizo de un grupo de soldados liderados por Wiebbe Hayes mandándolos a una isla vecina para buscar agua. Fue un movimiento en plan “ve tú, que ahora voy yo”, porque el plan del amotinado era deshacerse de ellos mientras comenzaban una nueva vida como sanguinarios piratas en el Pacífico.

Durante los siguientes tres meses, el holandés estableció un reino del terror del que no se libró nadie. Muchas de las mujeres que esperaban el rescate fueron violadas y torturadas. Algunos de los bebés fueron eliminados, a veces con la simple excusa de que hacían mucho ruido. Otro joven fue decapitado para comprobar si una espada estaba afilada. Por supuesto, Cornelisz nunca se manchó las manos, sino que consiguió que fuese el resto de los amotinados quien hiciese el trabajo duro. Poco a poco, no obstante, la excepción se convirtió en rutina y estos se acostumbraron a matar a cualquiera. No solo eso, sino que la rutina se convirtió en placer, y Cornelisz animó a sus compañeros a perpetrar las atrocidades que quisieran.

El destacamento de rescate tenía un problema: no había sitio para todos, así que tenían que soltar lastre al mismo tiempo que se impartía justicia


Debajo del terrible plan del holandés se encontraba la necesidad de reducir la población del atolón a apenas unas decenas de personas, puesto que había que optimizar los víveres de los que disponían. Más de un centenar de viajeros fueron pasados a cuchillo. A día de hoy, son 125 los cadáveres que se han localizado, pero los arqueólogos que aparecen en el documental creen que puede haber muchos más. La mayoría de ellos eran conscientes de cuál iba a ser su suerte, pero no tenían escapatoria posible. En mitad del mar, nadie puede oír tus gritos.

No habrá paz para los malvados

¿Cómo terminó el terror de Cornelisz? Aquellos soldados liderados por Hayes no solo no habían muerto, como esperaba el comerciante pirata, sino que habían encontrado agua potable, por lo que este decidió acabar con ellos para hacerse con sus reservas de víveres. Mala idea, ya que Hayes y los suyos estaban mejor armados y eran más diestros con sus espadas. Entre batalla y batalla, Pelsaert irrumpió en escena –ya era hora– con el convoy de rescate y, poniéndose de lado de Hayes, detuvo a los amotinados y puso final al reinado de sangre y violencia azarosa de Cornelisz.

Un grabado de 1647, quizá realizado por el propio Francisco Pelsaert.
Un grabado de 1647, quizá realizado por el propio Francisco Pelsaert.

Lo cual no quiere decir que se dejase de derramar sangre, porque el destacamento de rescate tenía un problema similar al que el amotinado había solucionado tan expeditivamente: no había sitio para todos, así que había que soltar lastre al mismo tiempo que se impartía justicia. Dicho y hecho. El juicio se sentenció con velocidad mercurial y Cornelisz y su tropa fueron sometidos a uno de los castigos típicos de la ley marina, es decir, les cortaron las manos y fueron ahorcados. El que peor lo pasó fue el segundo al mando de los amotinados, Jacop Pietersz, que fue partido por la mitad en la rueda.

De las más de 300 personas que habían zarpado, tan solo 68 retornaron a Batavia. Wiebbe Hayes fue reconocido como un héroe y ascendido. Durante siglos, la historia de este naufragio cayó en el olvido, hasta que a mediados de los años 50 del pasado siglo la historiadora Henrietta Drake-Brockman se interesó por el caso y llegó junto al periodista High Edwards a la isla de Beacon, que habían deducido que era donde habían ido a parar los viajeros. Durante las décadas siguientes se localizaron los restos del barco y comenzaron a emerger algunos de los cadáveres de las víctimas que sufrieron la sangrante ira de Cornelisz y los suyos, con la voluntad de recordar su triste historia, más de cuatro siglos después.

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