Cómo batallar por otros medios

Los sucios perros del mar: la guerra entre España y los piratas

Corsarios como Jon Hawking, Francis Drake o Walter Raleigh se enfrentarían a nuestros barcos tanto en la península como en las colonias. Así fueron sus singladuras

Foto: Historias tras las batallas entre corsarios y la flota española.
Historias tras las batallas entre corsarios y la flota española.

"La esperanza es como la sal, no alimenta, pero da sabor al pan".

- José Saramago

Tras el descubrimiento de América en 1492, el trajín de mercaderías empezó a abarrotar las bodegas de los galeones españoles y a despertar la secular afición por lo ajeno de nuestros voraces vecinos del norte, los ingleses. La codicia de piratas, corsarios, bucaneros, filibusteros y toda laya de oportunistas, amparados unas veces y financiados abiertamente otras por la Corona de su Graciosa Majestad; de haber cotizado corporativamente en bolsa, habrían tenido un éxito arrollador.

Aunque bien es cierto que antes de que los ingleses hubieran terminado de hacer el calentamiento y coger carrerilla, otros animosos aventureros con parche o sin él, ya estaban haciendo su agosto. Este es el caso de los avispados galos Jean Terrier, Francois Le Clerc o el mismísimo Jean Fleury y su famoso golpe al tesoro de Cortés con la apropiación del llamado “quinto del rey “ o tributo correspondiente al monarca español. Afortunadamente, para alivio de nuestros dolores de cabeza, este pirata francés acabaría meciéndose como un sincronizado péndulo, colgado de una soga en Cádiz en el año 1527 tras ser capturado por el capitán vasco Martín Pérez de Irizar, al ser pillado ‘in fraganti’.

John Hawkins, aficionado al alzamiento de bienes y con patente de corso, la emprendió contra los españoles, recibiendo una buena serie de tundas

Pero, probablemente, el detonante que dio alas a la piratería en el siglo XVI fue el increíble episodio del combate de San Juan de Ulúa, puerto español magníficamente fortificado en el golfo de Mexico.

El pirata que odiaba a los españoles

Tras una durísima tormenta, dos de los piratas mas famosos de la historia, John Hawkins y Francis Drake, arribarían para guarecerse a este inexpugnable puerto. Esforzándose en parecer unos angelitos ante las autoridades locales, fueron descubiertos con las manos en la masa al revelarse como traficantes de esclavos. Coincidiendo con este hecho, llegaría al puerto en su persecución una flota española que los embotellaría sin remisión, desatándose un infierno sobre la superficie del mar. En medio del follón, estos dos valientes de pacotilla, se darían a la fuga en una veloz fragata dejando a más de cuatrocientos de los suyos abandonados a su suerte. Pero la cosa no quedaría ahí…

John Hawkins le cogió gustillo al tema y se entregó con inusitada afición al alzamiento de bienes amparado por su bien amada reina Isabel I - aquella que tenía serias carencias capilares en el frontispicio-, y con unas generosas patentes de corso bajo el brazo y con fortuna varia, la emprendió contra los españoles, recibiendo una buena serie de tundas, haciendo que su carrera y nombre iniciaran un sostenido declive.

Durante el ataque a La Coruña, los gallegos le aplicarían a Drake una sonada derrota

Pero a este elemento sobrevalorado por la historia inglesa, le salió un serio contrincante que de pupilo aventajado pasó a ser no se sabe cómo ni porqué, un icono nacional con méritos mas que discutibles; Francis Drake se llamaba el sujeto en cuestión.

Su auge en los anales de la historia de la piratería como referente de esta cuestionable disciplina, le alzaron a la fama cuando escamoteando sus fragatas con un severo camuflaje en Puerto Escondido en Panamá, se hizo con una entera recua de acémilas que a la sazón portaban plata en abundancia.

La flota de Drake en Santo Domingo en 1585.
La flota de Drake en Santo Domingo en 1585.

El golpe fue sonado, pero no contento con ello, cruzaría el Estrecho de Magallanes y asaltaría por sorpresa varias ciudades agostadas tranquilamente sobre el Océano Pacífico. Antofagasta, Callao, Guayaquil y otras menores, caerían sorprendidas ante el cruel pirata educado exhaustivamente en el odio hacia los españoles por su progenitor, un protestante confeso que había padecido las guerras de religión en las islas. Se dice, y quizás con fundamento, que con los dividendos de aquella durísima razia, se cimentaron los fundamentos del Banco de Inglaterra con el millón y medio de libras conseguido tras sus tropelías.

Una disentería reduciría a Drake a la nada, siendo lastrado en un clásico entierro marinero

Aquella próspera singladura caló hondo entre los armadores y comerciantes isleños y les incitó a financiar nuevas expediciones de saqueo contra las posesiones españolas allende los mares. Las por aquel entonces desguarnecidas poblaciones de Santo Domingo, Cartagena de Indias y puertos de menor entidad fueron pasadas a cuchillo y expoliadas. Mas tarde, Drake tuvo un golpe de fortuna atacando Cádiz e incendiando la flota española. Pero la confianza en sí mismo le alimentó un ego desmesurado. Durante el ataque a La Coruña donde estaban refugiados los restos de la Felicísima Armada (llamada la Invencible por los ingleses), los gallegos le aplicarían una derrota sonada; el principio del fin se avecinaba.

En 1594 con una ágil escuadra de 26 navíos compuesta de fragatas muy marineras, atacaría las Canarias siendo rechazado con cuantiosas perdidas. Escaldado, volvió al escenario temprano donde hizo sus primeros pinitos. En Puerto Rico perdería a la mitad de sus tripulaciones y a su mentor John Hawkins. En Cartagena de Indias las tropas españolas alertadas le aplicarían un severo correctivo; todavía hoy yacen millares de soldados ingleses en las tumbas marinas de Honduras y Panamá. Finalmente una disentería galopante lo reduciría a la nada siendo lastrado en un clásico entierro marinero. El que fuera el azote de los mares pagaría con creces su osadía.

Los últimos estertores corsarios

Pero a esta saga de perros del mar les saldría un aristocrático competidor, Walter Raleigh. Este engolado perillán de altura, le hizo durante bastante tiempo la pelota a su reina Isabel I. La reina estaba encantada con el porte y otras habilidades complementarias del estirado Sir, y mientras le hacia ojitos y manitas, al aristócrata todo le fue bien (comercio de esclavos, asaltos a galeones y otras minucias) e incluso puso una pica en Virginia, estado matriz de las posteriores oleadas de anglos en el continente americano; pero cayó en desgracia por unos asuntillos de faldas con una de las damas de compañía (Elizabeth Throgmorton) de la testa coronada y cuando se descubrió el pastel, esta le retiró su confianza tras un más que probable ataque de celos convirtiéndolo en un ente invisible y desahuciado en el bullicioso trajín de la Corte.

Los protoholandeses “Mendigos del Mar" nos infligirían hostigamientos lacerantes en la zona hostil del Canal de la Mancha

Pero el tema no estaba cerrado ni mucho menos. Tras la muerte de Isabel I y la entronización de Jacobo II, este almidonado pirata, amigo de Shakespeare e intelectual de pro, se encaró con su rey en un antológico rifirrafe y fue a dar con sus huesos a las mazmorras de la Torre de Londres durante doce largos años.

Sir Walter Raleigh.
Sir Walter Raleigh.

Tras esta embarazosa experiencia y arrullado por una fuerte inspiración literaria, escribiría muchos de los mejores versos de la época. Pero patinaría de nuevo con su suspicaz rey al infringir el tratado de paz firmado con España por el cual, la piratería quedaría desactivada. Enterado el rey de que campaba libre y asaltaba galeones por la ancha mar, a su vuelta a Inglaterra le igualaría los hombros.

España no solo sufriría con intensidad variable en los periodos de entre guerra con Inglaterra y Francia, sino que también los llamados “Mendigos del Mar “, unos protoholandeses cabreados con la gobernadora Margarita de Parma, le infligirían en la hostil zona del Canal de la Mancha hostigamientos lacerantes como si de alfileres se tratara. El apoyo de Inglaterra proporcionandoles puertos seguros en las islas y un toque de conciencia nacional naciente por parte de estos cualificados comerciantes, con el añadido de un Carlos V cerrado a cualquier negociación, empujaron a este pueblo a soluciones que tal vez con una mente ancha se podrían haber evitado.

España tuvo una consistente actuación durante mas de trescientos años evitando vía profilaxis la erosión de la piratería o manteniéndola a raya a cara de perro; pero ya se sabe, “a un panal de rica miel mil moscas acudieron”...

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