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'Star Wars: Los últimos Jedi': a los sables láser se les acabó la batería

El guionista y director Rian Johnson se pone al frente de la franquicia con una película sostenida por múltiples —pero múltiples de verdad— batallas y con más sentido del humor

Foto: 'Star Wars: Los últimos Jedi'.
'Star Wars: Los últimos Jedi'.

Yo siempre fui del lado oscuro. Mi madre me recuerda diminuta, párvula, con la sábana atada al cuello y desfilando por los pasillos de casa, marcando una respiración grave, forzadamente asmática, en un intento de emular a mi ídolo indisputable de aquella época: Darth Vader. Las dos últimas trilogías las he visto con el desencanto del fan decepcionado, como la mayoría, pero en 'Star Wars: Los últimos Jedi', había depositado las esperanzas de, al menos, un acercamiento a la emoción anterior a través de una vuelta a la fantasía y al drama clásico, con unos personajes protagonistas con conflictos algo más profundos y complejos que los del pueril Anakin. La lucha entre el bien y el mal más allá de X-Wings contra cazas estelares.

En 'Star Wars: Los últimos Jedi', el director y guionista Rian Johnson sigue la estela marcada por 'El despertar de la fuerza', en la que J.J. Abrams apostó por una regresión a la trilogía original que a muchos les olió a copia remozada. Si 'El imperio contraataca', la segunda entrega de la saga original, comienza con la persecución de las tropas del Imperio Galáctico a los rebeldes por toda la Galaxia hasta el planeta remoto y helado de Hoth, 'Los últimos Jedi' parte del ataque de la Primera Orden contra los —nuevos— rebeldes en plena evacuación de su base. Un comienzo vibrante que sienta las bases de lo que será, a grandes rasgos, la película: una sucesión de batallas espaciales y combates de sables y pistolas láser —y cualquier variante de estos— que apenas deja un suspiro para que se desarrolle una trama que no acaba de arrancar: los grandes giros y acontecimientos —en teoría de enorme importancia— maquillan una historia superficial e intrascendente. Y, a pesar de los fuegos artificiales sin tregua —o precisamente por ello—, un pelo aburrida.

John Boyega y Kelly Marie Tran en 'Star Wars: Los últimos Jedi'. (Disney)
John Boyega y Kelly Marie Tran en 'Star Wars: Los últimos Jedi'. (Disney)

Por eso, la película agradece terriblemente las secuencias en las que Johnston se deja llevar por la vis cómica, desde el 'gag' de apertura en el que el general Hux (Domhnall Gleeson) recuerda a Gila en el mítico 'sketch' en el que llamaba al enemigo —inevitable pensar en 'La loca historia de las galaxias'— hasta la aparición de los entrañables 'porgs' —seguro que arrasan en las cartas a los Reyes Magos estas navidades— o las mucamas espaciales que cuidan de un Luke Skywalker (Mark Hamill) que parece más un hombre de Arán de Flaherty que un maestro Jedi. A falta de enjundia, al menos batimos mandíbula.

La película agradece terriblemente las secuencias en las que Johnston se deja llevar por la vis cómica

En 'El imperio contraataca', Luke estrellaba su nave en Dagobah antes de encontrarse con Yoda e iniciar su entrenamiento como Jedi, Han Solo y Leia intentan escapar de la flota imperial con un Halcón Milenario con problemas técnicos, Darth Vader y el Emperador discuten si es mejor acabar con Skywalker o llevárselo a su terreno y Lando Carlissian, apostador y 'bon vivant', empieza a coger peso en la trama. Prácticamente, y evitando desvelar más de lo necesario, lo mismo que ocurre en 'Los últimos Jedi', aunque protagonizado por otros personajes. Incluso la música de John Williams, casi siempre tan genial, suena a autoplagio, pero no a partir de las partituras de entregas anteriores de la saga, sino como un 'patchwork' construido a base de retales de composiciones ideadas inicialmente para 'Harry Potter'.

Chewbacca (Joonas Suotamo) y un 'porg' en 'star Wars: Los últimos Jedi'. (Disney)
Chewbacca (Joonas Suotamo) y un 'porg' en 'star Wars: Los últimos Jedi'. (Disney)

Y el sentimiento de 'déjàvu' se refuerza cuando, dentro de la misma película, las situaciones se repiten, recurriendo incluso a los mismos diálogos en un juego de espejos autorreferenciales tan reiterativo como la imagen multiplicada hasta el infinito de Rey (Daisy Ridley), en una de las escenas más sugerentes del film. El poso que deja 'Los últimos Jedi' es de película de transición, de simple elemento de unión entre la primera y la tercera parte de una trilogía obligada, en vez de la historia de descubrimiento personal y de cambio del personaje de Rey en su camino por conocer tanto sus raíces como su destino. Apenas hay tiempo para la reflexión, para los discursos del maestro Jedi —el antiguo pupilo, Luke Skywalker— más allá del entrenamiento con las armas y un par de frases y 'flashbacks' demoledores. Una nueva vuelta a la esencia de 'Star Wars': las relaciones de aprendizaje, el poder de la sangre, el equilibrio entre el bien el mal, y la figura del héroe revolucionario, un cliché al que a ratos parodia y a ratos recurre.

La relación entre Rey y Kylo Ren es, probablemente, el elemento más interesante de esta nueva trilogía

Pero todo en 'Los últimos Jedi' parece estirado hasta la extenuación. A lo que podría resolverse con un par de secuencias, Johnson acaba dándole vueltas y vueltas, en un tiovivo argumental mareante. Fynn (John Boyega), personaje capital en el anterior episodio, ahora es una comparsa que justifica su ínfima trascendencia con una serie de periplos interplanetarios acompañado de Rose (Kelly Marie Tran). Tampoco acaba de enganchar un villano tan prometedor como Kylo Ren (Adam Driver), cuyo conflicto existencial —y su resolución— es fundamental para romper o restablecer el equilibrio en la Galaxia y cuya relación con Rey es, probablemente, el elemento más interesante de esta nueva trilogía, pero que no acaba de cuajar. ¿Qué tienen en común? ¿Qué le une?

Kylo Ren (Adam Driver) en 'Star Wars: The Last Jedi'. (Disney)
Kylo Ren (Adam Driver) en 'Star Wars: The Last Jedi'. (Disney)

En estas idas y venidas, los secundarios mejor integrados son Poe Dameron (Oscar Isaac), recogiendo el testigo canalla de Han Solo, y Leia (Carrie Fisher), en su última interpretación antes de morir la Navidad pasada. Sin grandes aspavientos, mantienen la coherencia y la dignidad de sus personajes. Sin embargo, no queda muy clara la necesidad de incluir personajes como los de Benicio del Toro o —y sobre todo— Justin Theroux más allá de las ganas de los actores de quitarse el gusanillo de aparecer en la saga galáctica. También es atractivo el inesperado anzuelo que lanza Johnson en la escena final, con un ligero componente de crítica social y una llamada a la esperanza de las revoluciones contra las injusticias: por mucho que el poder se empeñe en acabar con las revoluciones, que es lo que viene tratando 'Star Wars' desde sus comienzos, la chispa sigue siendo inflamable.

Cartel de 'Star Wars: The Last Jedi'.
Cartel de 'Star Wars: The Last Jedi'.

La misma esperanza a la que nos agarramos los —más o menos— 'fans' de la saga, ya que cimenta las bases de una tercera entrega que, si no intenta seguir estirando el chicle 'ad infinitum', tiene los mimbres para convertirse en un capítulo memorable, una oportunidad para resolver todo aquello que Johnson ha dejado forzadamente en el tintero y que recogerá Abrams para el fin de esta trilogía en 2019. Un regusto agridulce después de que los avances prometiesen la mejor película de la historia de 'Star Wars', que al final se ha quedado en un simple capítulo de tránsito, excesivamente largo, a ratos divertido y entrañable, y siempre técnica y visualmente poderoso. Abro paraguas.

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