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'Operación Carne Picada': en Huelva está la tumba que salvó a Europa de los nazis
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héroe 53 años después

'Operación Carne Picada': en Huelva está la tumba que salvó a Europa de los nazis

El cadáver de un vagabundo disfrazado provocó uno de los mayores engaños de espías que el mundo ha visto y confundió a Hitler lo suficiente como para no defender Italia

Foto: Oficiales del submarino británico Seraph, que depositó a Glyndwr Michael en la costa de Huelva. (Imperial War Museum)
Oficiales del submarino británico Seraph, que depositó a Glyndwr Michael en la costa de Huelva. (Imperial War Museum)

La Segunda Guerra Mundial no solo marcó el futuro Europa durante la segunda mitad del siglo XX, sino que también fue testigo de la aparición los primeros servicios secretos puestos en marcha a nivel mundial (y sus tretas asociadas).

Uno de ellos, que al mismo tiempo, es uno de los más famosos del mundo, es el MI5 que tiene el honor de haber sido el responsable de provocar el mayor engaño militar desde el caballo de Troya, y lo único que necesitaron fue el cadáver de un vagabundo londinense, un uniforme de oficial y un maletín.

"La gran duda era por dónde entrarían. Ningún comandante militar ha preferido enfrentarse a una posición defendida que a una desprevenida"

Se trató de la 'Operación Carne Picada' ('operation mincemeat'). Para ponerla en contexto, a principios de 1943 la campaña del norte de África estaba finiquitada. Rommel, a pesar de ser un genio desde el punto de vista táctico (lo que le convirtió en el Zorro del Desierto) no pudo evitar la victoria de los aliados en el norte del continente africano. Esta era esencial para que Estados Unidos y el Reino Unido pusieran un pie en Europa continental antes del desembarco de Normandía.

La gran duda era por dónde entrarían. Ningún comandante militar, en la historia de la humanidad, ha preferido enfrentarse a una posición fuertemente defendida que a una desprevenida. Es por esto que el MI5 diseñó la 'Operation Mincemeat' que tenía el objetivo de convencer al mismísimo Hitler de que, obviamente, los ejércitos aliados entrarían por Grecia en vez de hacerlo a través de Sicilia (como acabó ocurriendo).

placeholder Charles Cholmondeley y Ewen Montagu, artífices del plan, transportando el cadáver. (Wikipedia)
Charles Cholmondeley y Ewen Montagu, artífices del plan, transportando el cadáver. (Wikipedia)

Pero convencer al máximo comandante de las fuerzas del Eje de que Grecia era el objetivo no iba a ser sencillo. Para empezar, el ejército alemán jamás se habría creído unas conversaciones delatadoras por radio: "Sí, entramos por Grecia", el engaño había sido obvio. Era necesario hacerles creer que sus servicios de inteligencia (la Abwehr) habían dado con la clave.

Es por esto que al capitán de navío Ewen Montagu y al oficial de inteligencia Charles Cholmondeley se les ocurrió apoderarse de un cadáver en las calles de Londres (el de Glyndwr Michael, un vagabundo alcohólico galés que había fallecido por ingerir matarratas), disfrazarlo de oficial de los marines reales británicos, otorgarle una novia falsa, un cargo falso, un nombre nuevo, un domicilio falso y, oportunamente, correspondencia informal entre generales en la que se discutía el plan de invasión a Grecia colocada, junto a otros documentos oficiales (falsos, claro) dentro de un maletín atado con unas esposas a su muñeca.

La segunda parte del plan involucraba al submarino británico HMS Seraph, cuya función era subir a bordo el cadáver y depositarlo cerca de las costas españolas, en Huelva. El nombre del cadáver era el mayor William Martin, oficial de los marines británicos, persona designada para transportar documentos y correspondencia entre las diferentes posiciones del ejército aliado.

placeholder Fotografía que llevaba William Martin de 'Pam', la novia que no existía. (Wikipedia)
Fotografía que llevaba William Martin de 'Pam', la novia que no existía. (Wikipedia)

Fue en la costa onubense donde un pescador (existe una discusión entre historiadores sobre el nombre concreto, que podría ser José Antonio Rey María o José Buceta Flores), recuperó el cuerpo el 30 de abril de 1943 y se lo entregó a la Guardia Civil, que reconoció el uniforme, trasladándolo a Huelva.

El gobierno español informó a los británicos, en concreto al vicecónsul británico, situado en la misma ciudad de Huelva, Francis Haselden, el cual avisó al almirantazgo británico y empezaron a tener entre ambas partes conversaciones encriptadas acerca de la importancia de los documentos. Pero todo esto era una treta. Los británicos, según explica el historiador Ben Macintyre, sabían que la Abwehr había conseguido descifrar el código y que estaban escuchando cada palabra que decían. Es por esto que, desde el Almirantazgo, urgieron a Haselden a hacerse con el maletín lo antes posible.

placeholder El cadáver de Glyndwr Michael mientras lo subían al submarino. (Wikipedia)
El cadáver de Glyndwr Michael mientras lo subían al submarino. (Wikipedia)

El 1 de abril se le realizó la autopsia al cadáver en presencia del vicecónsul, que urgió a los dos médicos que la llevaban a cabo, según explica el historiador Denis Smyth, a terminarla lo antes posible para que pudiera invitarlos a comer (con el objetivo de que no indagaran demasiado en las verdaderas causas del fallecimiento). Los dos cirujanos accedieron y determinaron que la muerte se debía a un ahogamiento en el mar. El día después, el cuerpo de William Martin (en realidad Glyndwr Michael) fue enterrado en la sección inglesa del cementerio de Nuestra Señora de la Soledad, justo al norte de la ciudad de Huelva.

A partir de entonces el único interés fue el dichoso maletín. En un primer momento, las autoridades alemanas pidieron a Madrid que se lo entregaran, petición que fue denegada, siendo transportado hasta la base de San Fernando en Cádiz antes de dirigirse a Madrid. En la base gaditana, simpatizantes del régimen nazi fotografiaron el interior del maletín, pero no abrieron la correspondencia.

Foto: Adolf Hitler dando la mano a Neville Chamberlain en Múnich. (Cordon Press)

El verdadero espionaje ocurrió ya en Madrid, como explica Denis Smyth, cuando la cabeza de la Abwehr en España, Karl-Erich Kühlenthal pidió directamente al almirante Wilhem Canaris, comandante de la inteligencia alemana, que le dejara intervenir para hacerse con el contenido del maletín antes de que este fuera devuelto a los británicos, a lo que el almirante accedió. Finalmente, el gobierno español cedió a la presión de Kühlenthal y permitió que este tuviera acceso al contenido del maletín. Fue posible sacar las cartas de sus sobres sin romper los sellos de cera y así, la inteligencia alemana tuvo acceso a todos los 'planes' que los británicos tenían para la invasión de Europa.

El problema es que los británicos necesitaban saber, tras recuperar el maletín, si su plan había resultado efectivo o si, por el contrario, las autoridades españolas no habían cedido a la presión alemana y el contenido del maletín se había mantenido en secreto. Esta tarea resultaba todavía más difícil por el hecho de que Kühlenthal decidió, según explica Denis Smyth, sumergir durante 24 horas los documentos extraídos y fotografiados en agua de mar. Pero, por suerte para ellos, el MI5 tenía un plan B: una pestaña. Un pelo facial de este tipo fue insertado pegado al papel de la carta más importante, con el objetivo de que los alemanes pensasen que era suyo y lo retirasen al examinar la carta, con el objetivo de que los ingleses no sospechasen que alguien había estado rebuscando entre sus cosas. En efecto, así ocurrió, y tras ser analizado por la Abwehr, el maletín fue devuelto a las autoridades británicas.

placeholder Tumba de Glyndwr Michael en Huelva. (Wikipedia)
Tumba de Glyndwr Michael en Huelva. (Wikipedia)

Esta información, claro está, subió por la cadena de mando alemana hasta llegar a Hitler, que le otorgó una veracidad tremenda. El 14 de mayo de 1943, pocos días después de haber analizado el maletón, el que por entonces era el Comandante en Jefe de la Marina de Guerra (Kriegsmarine) alemana, Karl Dönitz, se reunió con Hitler para analizar los planes aliados y el papel que jugaría Italia en todo esto. Según explica Denis Smyth, el propio Dönitz afirmó que "el Führer no está de acuerdo con Mussolini en que el punto más probable para la invasión será Sicilia. Además, cree que la información obtenida a través de los documentos [del maletín] confirma las sospechas de que los planes de ataque se centrarán en Cerdeña y en el Peloponeso".

El plan había funcionado. Hitler informó a Mussolini de que Córcega y Cerdeña debían ser defendidas a toda costa. Además, dirigió a su Primera División Panzer, situada en Francia, a defender Tesalónica y los territorios griegos. A finales del mes de junio, las tropas alemanas situadas en Cerdeña alcanzaron los 10.000 efectivos, y la fuerza aérea abandonó Italia para basarse en la isla mediterránea.

placeholder El almirante alemán Wilhem Canaris. (Wikipedia)
El almirante alemán Wilhem Canaris. (Wikipedia)

Por su parte, la Kriegsmarine desplazó la totalidad de sus submarinos (los famosos U-Boot) situados en Italia a defender las islas griegas, al igual que hicieron un total de 7 divisiones de infantería alemana.

Finalmente, el 9 de julio de 1943 los aliados comenzaron la Operación Husky, la invasión de Sicilia que, debido al éxito de la Operación Mincemeat, encontró poca resistencia y tomó la isla en poco más de un mes. De hecho, según explica Denis Smyth, "pasó un tiempo considerable, alcanzando las semanas, hasta que Hitler se dio cuenta de que la invasión de Sicilia no era una maniobra de distracción, sino la invasión en sí misma".

Esta incursión en territorio italiano provocó la caída de Mussolini (que fue encarcelado y luego rescatado de prisión) y el primer pie exitoso del ejército aliado en la ‘reconquista’ de la Europa Continental de la Segunda Guerra Mundial. Todo esto se logró gracias a un hombre que no quería, Glyndwr Michael, cuyo nombre permaneció en total y absoluto secreto durante 53 años, hasta que en 1996 el historiador británico Roger Morgan encontrase en unos documentos desclasificados el nombre del cadáver utilizado para esta operación.

Foto: Soldados alemanes en Stalingrado (Fuente: Wikimedia)

A posteriori, sería lógico pensar que el respeto por el cadáver de Glyndwr Michael y por su persona debería haber sido enorme, pero nada más lejos de la realidad. En el libro ‘Beyond Top Secret U’ escrito por uno de los ideólogos de la operación, Ewen Montagu, el autor se refiere a Glyndwr como "un inútil que lo único de valor que ha hecho en toda su vida vino después de su muerte".

No solo eso que, por muerto que estuviera, Glyndwr Michael habitó durante más de medio siglo una tumba que ni siquiera tenía su nombre, sino el de alguien que jamás existió en las cercanías de Huelva. A esto se le puso remedio en 1977 cuando la ‘Comisión de la Commonwealth para las Tumbas de Guerra’, que se encarga de la gestión y mantenimiento de las sepulturas de los militares británicos caídos en ultramar añadió a la lápida "Glyndwr Michael served as Major William Martin RM" (Glyndwr Michael sirvió como el Mayor William Martin).

La Segunda Guerra Mundial no solo marcó el futuro Europa durante la segunda mitad del siglo XX, sino que también fue testigo de la aparición los primeros servicios secretos puestos en marcha a nivel mundial (y sus tretas asociadas).

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