SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

El intelectual y la guerra: qué fue del Proyecto Manhattan y cómo perdura su legado militar

El Gobierno de Estados Unidos, para asegurar el éxito de la operación, engañó a los científicos para crear la bomba atómica

Foto: Explosión de la bomba termonuclear Ivy Mike el 1 de noviembre de 1952. (Wikipedia)
Explosión de la bomba termonuclear Ivy Mike el 1 de noviembre de 1952. (Wikipedia)

El uranio es "una fuente de bombas con una capacidad de destrucción mucho mayor que ninguna otra conocida hasta entonces". Esta advertencia, o más bien, preludio del desastre humano y biológico que estaba a punto de ocurrir en el mundo, fue expresada por el Comité Consultivo del Uranio al por entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, en 1939. Meses antes, los físicos de origen húngaro Leó Szilárd y Eugene Wigner redactaron una carta que hicieron firmar al mismísimo Alber Einstein en la que alertaban sobre el potencial y alcance de una bomba que estaban desarrollando Hitler y sus aliados para ganar la guerra de un plumazo.

El Proyecto Manhattan, cuyas terribles consecuencias perduran hasta nuestros días, comenzó un año antes, cuando los científicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strasssman descubrieron la fisión nuclear. La Segunda Guerra Mundial apenas había hecho más que empezar, y tendrían que pasar unos años todavía para que Estados Unidos tomara partido. Sin embargo, el gobierno de Roosevelt se encargó de reunir a los mejores científicos para un proyecto secreto.

Groves fue el responsable de que fuera la gran prioridad durante la guerra. Obtuvo toda la financiación y los recursos. Fue implacable

Se ha escrito mucho sobre el tema, sobre todo de las terribles repercusiones que desembocaron en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, su legado histórico es mucho más amplio y, de alguna forma, las disputas bélicas ya no volvieron a ser las mismas. Incluso, durante la situación geopolítica que estalló justo después de la caída del Tercer Reich, la conocida como Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia. Y más recientemente, con los acuerdos y desacuerdos entre la superpotencia norteamericana con Irán en cuanto a desarme nuclear.

Más allá de eso, la creación de la bomba atómica surgió casi de casualidad, como asegura Alex Wellerstein, un historiador del Instituto de Tecnología Stevens de Nueva Jersey, en un reciente artículo de 'Live Science': "Al principio, el objetivo del Proyecto Manhattan consistía solamente en descubrir si era posible que un átomo partido en dos liberara tal cantidad de energía, y si se podía fabricar una bomba nuclear a partir de esta". Pero ya en 1942, las sospechas de que la Alemania nazi estuviera adelantándose a ellos, llevó a los norteamericanos a apresurarse en su objetivo de crear la bomba atómica. Por ello, reclutó a decenas de miles de científicos y civiles para generar este arma de destrucción masiva, usando el nombre en clave de 'Proyecto Manhattan'.

Leslie R. Groves. (Wikipedia)
Leslie R. Groves. (Wikipedia)

El plan no comenzó realmente hasta el otoño de 1941, cuando el ingeniero Vannevar Bush, quien encabezó la investigación nuclear como jefe del Comité Consultivo del Uranio mencionado con anterioridad, convenció al presidente Roosevelt de que la bomba atómica era posible y podía estar acabada en menos de un año. Todo cambió cuando le sustituyó el general Leslie R. Groves, del Cuepo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, quien se mostró mucho más ambicioso con el proyecto. Y también mucho más impaciente.

"Groves fue el responsable de asegurarse de que el Proyecto Manhattan fuer la prioridad número uno durante la guerra", asegura Wellerstein. "Obtuvo toda la financiación y los recursos. Fue implacable. Si él no hubiera estado al cargo, probablemente no lo habrían logrado". Dos de los mejores cerebros de Estados Unidos, Enrico Fermi y Leo Szilard, físicos de la Universidad de Chicago (de gran importancia a mediados del siglo XX no solo en la ciencia, sino también en las ideas políticas al ser el seno de la economía neoliberal heredera de las ideas de Keynes), fueron llamados para la gesta científica que luego se convertiría en horror.

Ciudades secretas

A pesar del nombre utilizado para denominarlo, el Proyecto Manhattan fue fruto de una estrecha colaboración entre países, en una época en la que no se contaba con la herramienta más poderosa a nivel organizacional: internet. El epicentro de la operación fue el laboratorio de Los Álamos, ubicado en algún punto de las montañas del norte de Nuevo México, en el medio de la nada. La elección de este lugar tan remoto fue crucial en la consecución del plan, ya que a la hora de fabricar una bomba atómica, se precisa de mucho espacio.

Estas ciudades no aparecían en los mapas y la mayoría de los empleados no tenían ni idea de en qué estaban trabajando

"Para construir una bomba, los científicos necesitaban grandes cantidades de uranio o plutonio radioactivo inestable", explica Isobel Whitcomb, periodista de 'Live Sciencee'. "El uranio fue más fácil de obtener que el plutonio, pero los científicos pensaron en un primer momento que este último podía funcionar como una ruta más rápida para desarrollar la bomba. Al final, decidieron probar ambos y construyeron reactores nucleares para cada uno de ellos: uno de uranio llamado Oak Ridge, al este de Tennessee, y otro de plutonio en el reactor Hanford, en Washington".

El laboratorio de los Álamos. (Wikipedia)
El laboratorio de los Álamos. (Wikipedia)

Para edificar estas instalaciones se necesitaron miles de personas, tanto es así que al final de la guerra el número de empleados ascendió a 500.000. Tal fue la dificultad para mantener la operación en secreto a tanta gente que los jefes del proyecto llegaron a construir ciudades secretas alrededor de los reactores para alojar a los trabajadores y sus familias. Al término de la guerra, la población de Oak Ridge ascendía a los 75.000 habitantes, y la de Hanford de unos 50.000, según la 'Atomic Heritage Foundation'. Estas ciudades no aparecían en los mapas y la mayoría de los empleados no tenían ni idea de en lo que estaban trabajando. "A pesar del enorme desafío de mantener el proyecto en secreto, el hecho de que se estaba creando una bomba atómica en esos reactores sorprendió a todos, incluidos a aquellos que trabajaban en las instalaciones", asegura Wellerstein.

El intelectual y la guerra

Una de las observaciones más interesantes sobre el Proyecto Manhattan es la que establece el filósofo italiano Franco 'Bifo' Berardi en su libro 'Fenomenología del Fin'. En él, explica que la historia moderna estuvo marcada por la interacción, el conflicto y la alianza de las figuras del intelectual, el comerciante y el guerrero. De este modo, señala que el plan de crear la bomba atómica fue uno de los hechos más paradigmáticos de cómo el comerciante y el guerrero se alían para engañar al intelectual, que en este caso, es el científico, aquel que posee el conocimiento necesario para implementar cambios que transformen la realidad.

Berardi cree que el Proyecto Manhattan fue fruto de una extorsión perpetrada por los amos de la guerra al grupo de científicos a los que se "engañó" para confeccionar la bomba atómica. ¿El resultado? Hiroshima y Nagasaki generaron recelo entre el mundo de la ciencia, que en este sentido, vieron cómo sus conocimientos eran aplicados para hacer el mal y asesinar a miles de personas inocentes.

"Esto fue el comienzo de la lucha del intelectual por librarse del guerrero, que culminó en 1968", sostiene el filósofo, refiriéndose obviamente al Mayo del 68 francés. "Este año representó el rechazo intelectual de prestar su conocimiento al guerrero, como así también la decisión de ponerlo al servicio de la sociedad". Sin embargo, y aquí es donde se establece la tendencia que ha perdurado hasta nuestros días, "apareció el comerciante para seducirlo y someter sus conocimientos a la dominación de los automatismos tecnoeconómicos". Un efecto que refleja, en la visión de Berardi, el hecho de que la ciencia se ha puesto al servicio de los grandes empresarios para desarrollar tecnología cada vez más puntera sin tener demasiado en cuenta las consecuencias que podrían acarrear para la población, como sucedió con las bombas atómicas.

En este sentido, las actuales amenazas de paro masivo producidas por la automatización, la explotación económica de trabajadores que llevan a cabo las industrias en los países subdesarrollados para extraer materias primas o el nuevo clima psicológico que se ha instaurado en nuestras vidas a raíz de la expansión de internet y las redes sociales, posibles causas del auge de trastornos mentales como la ansiedad, la depresión o, sin ir más lejos, la soledad. Obviamente, ninguno de estos males actuales son responsabilidad directa de la ciencia, pero sí que de algún modo marcan la supremacía de las élites empresariales en la organización social actual. Esta serie de crueldades nos enseñan que la ciencia debe, hoy más que nunca, tener una función ética para que, en ningún caso, se vuelvan a repetir acontecimientos tan terribles como los ocurridos en Hiroshima y Nagasaki.

Alma, Corazón, Vida
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