La soledad de los jóvenes españoles y cómo la explotarán las empresas
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PATOLOGÍAS CONTEMPORÁNEAS

La soledad de los jóvenes españoles y cómo la explotarán las empresas

La necesidad de compañía de las personas será en el futuro un bien a prestar por una industria incipiente que paliará los males de una sociedad que se siente cada vez más sola

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La soledad de los jóvenes españoles y cómo la explotarán las empresas

Nunca hemos estado tan conectados entre nosotros. Y, sin embargo, el sentimiento de soledad no deja de crecer entre la población española, sobre todo en los jóvenes, aquellos que además crecieron con las innovaciones digitales. Un 80% de los ciudadanos con edades comprendidas entre los 18 y los 25 años declara sentirse solo, que no estarlo, según refleja una encuesta del DYM Market Research publicada en diciembre del año pasado. Lo más paradójico es que la percepción de este amargo sentimiento crece entre aquellos que cursaron estudios universitarios (67,1%), un dato que puede estar relacionado con el hecho de tener que emigrar de su ciudad de origen a otra con más promesas de empleo, ya que la estadística sube en aquellos que viven en pisos compartidos (91,7%).

Una de las conclusiones que extrae el informe es que aquellos que más soledad experimentan son también quienes más uso hacen de las redes sociales a diario. Esto provoca que, en vez de intentar remediar este problema buscando la conexión real y física con más personas, acaben encontrando refugio dentro de las pantallas, ya que el estudio concluye que estos grupos acuden a menos actividades culturales o lúdicas en su tiempo libre. Esto también lo demuestra otro estudio, '¿Estamos hiperconectados?', de la multinacional Ikea, el cual cifra en un 57% el número de personas que sufre cierto aislamiento en su hogar sin estar solo en casa, es decir, junto a otras personas pero sin comunicación, tan solo mirando a su móvil. Según esta misma investigación, el 25% de los menores de 25 años mira el dispositivo una media de 150 veces al día, es decir, una vez cada siete minutos.

Sin conexiones físicas cercanas, las amistades virtuales no tienen nada que hacer a la hora de aliviar esta soledad emocional

Llegados a este punto, podríamos deducir que el auge de determinadas plataformas como Tinder o Instagram se debe, en parte, a esta epidemia de soledad que no solo afecta a España, sino que también tiene precedentes en otros países. De alguna forma, muchas de estas herramientas digitales son utilizadas por los jóvenes como sustitutas de esas relaciones sociales físicas y verdaderas, un uso muy peligroso que, de ser cierto, acaba causando problemas psicológicos. Por ejemplo, la ansiedad social que produce al no obtener una respuesta inmediata por parte de un contacto (un fenómeno conocido como “ghosting” si es prolongado en el tiempo). En plena era de la economía de la atención, las redes sociales además de ser canales de información también lo son de afectos que, en muchos casos, imprimen al individuo la sensación de no sentirse correspondido, lo que depara graves consecuencias para su salud mental.

Conectividad y soledad

Una investigación de Roger Patulny, profesor asociado de Sociología de la Universidad de Wollongong (Australia), establece muy bien la diferencia del uso de redes sociales según su finalidad. Así, estas cumplen una función positiva cuando se utilizan para mejorar relaciones ya existentes en el plano físico o también forjar nuevas conexiones. Por el contrario, son nocivas cuando se usan como sustitutas de la interacción social real.

La virtualización de la vida emocional provoca sentimientos de soledad que resultan difíciles de hacer frente de manera colectiva

El psicólogo Robert Weiss distingue entre dos tipos de soledad: la “social” (aquella en la que existe poco o nulo contacto con los demás) y la “emocional” (que puede persistir independientemente del número de conexiones disponibles, sobre todo si no brindan apoyo, reafirman la identidad o crean sentimientos de pertenencia en el individuo). “Sin conexiones físicas cercanas, las amistades virtuales superficiales no tienen nada que hacer a la hora de aliviar esta soledad emocional”, asevera Patulny en 'The Conversation'. “Y hay motivos para pensar que muchas de estas conexiones online solo se basan en esto”.

El filósofo italiano Franco Berardi escribe en su libro 'Fenomenología del fin' un inspirado texto en el que relaciona la conectividad digital con la soledad contemporánea y los índices de suicidio. Para ello, sitúa el enfoque en Corea del Sur, un país que vivió un drástico cambio en su modelo de vida. Desde sus guerras recientes a mediados del siglo XX, a su rápida conversión en superpotencia industrial de la tecnología en los finales del siglo. Algunas de las compañías más potentes del mercado electrónico mundial se fundaron allí, como Samsung o LG. Ahora, en el presente, Corea del Sur representa el perfecto escenario de cualquier distopía tecnológica, y es precisamente en ella donde se pueden apreciar mejor los efectos de una población constantemente hiperconectada y solitaria.

Bienvenidos al 'tecnoceno'. (iStock)
Bienvenidos al 'tecnoceno'. (iStock)

“La visión urbana ha sido rediseñada por pantallas de diversos tamaños que se encuentran por todos lados: en los rascacielos y en los andenes de tren”, describe Berardi. “Las pequeñas pantallas privadas de los móviles ganan la atención de la muchedumbre, que arrastra sus pies calmada y silenciosamente, y que apenas mira a su alrededor. El individuo se ha convertido en una mónada sonriente que camina sola en el espacio urbano, en una tierna y continua interacción con fotos, tuits y juegos que se alojan en su pequeña pantalla. La desertificación del paisaje y la virtualización de la vida emocional provocan sentimientos de soledad y desesperación que resultan difíciles de rechazar de un modo consciente y hacerles frente de manera colectiva”.

¿Las empresas del futuro?

Estas patologías contemporáneas -soledad emocional en un mundo repleto de conexiones- no solo entran dentro del campo de estudio de la psicología social o de la psiquiatría. También en el mundo empresarial. Como en cualquier momento de la historia, el objetivo de la empresa privada siempre fue atender una necesidad que estaba ahí por explotar y de la que nadie se había percatado hasta haber sido satisfecha. ¿O es que acaso imaginábamos un mundo con una red social como Twitter antes de que esta herramienta existiera? En las escuelas de negocios siempre impera este principio como primera garantía del éxito empresarial. Y en el futuro seguramente muchas compañías extraigan beneficio de esta necesidad humana y emocional tan sensible: la soledad.

Si tienes dinero, ahora puedes alquilar un amigo, pagar abrazos o cenar con extraños. Todos necesitamos conexión social.

Su nombre es Chuck McCarthy y se dedica a pasear con gente por siete dólares la hora (unos 6,47 euros). Lo que al principio parecía una mera broma, al final acabó haciéndose realidad, hasta el punto de labrarse una marca en una metrópoli tan grande y salvaje como Los Angeles. Tanto es así que tiene a otras cinco personas subarrendadas, lo que demuestra la rápida expansión de su negocio como tendencia emergente. Esta idea que parece pionera, tiene un planteamiento parecido con otras que ya podemos encontrar en nuestro país como los “dog cafés” o las “gatotecas”, puntos sociales de encuentro anónimos para acariciar animales, de los que ya hablamos en una ocasión. Pero sin duda la idea de McCarthy dice mucho de cómo serán las empresas en el futuro a la hora de explotar lo que se conoce como “compañía”.

“Si tienes dinero, ahora puedes alquilar un amigo, pagar abrazos o cenar con extraños”, admite la periodista Emily White en un artículo de 'The Guardian'. “Nuestra reacción a estos servicios varía según el grado de intimidad, ya que no es lo mismo quedar para cenar que dar abrazos, pero la compensación económica básica por la conexión es la misma. Todos nosotros necesitamos conexión social. Si damos nuestro apoyo a programas que garanticen que los ancianos tengan compañía, ¿por qué no hacemos lo mismo por los jóvenes?”, razona.

Por ello, si estás tratando de tener una nueva idea que atienda una necesidad que todavía nadie se percata que existe, tal vez el ejemplo de McCarthy sea un ejemplo a seguir. “Más que hablar, trato de escuchar”, confiesa el joven, en otro artículo del diario británico. “Principalmente tratamos temas superficiales en las conversaciones, tienen una función terapéutica, aunque no estén abriendo su alma”. Ahora, después de que su negocio haya triunfado, está pensando diseñar una 'app' para móviles con el objetivo de mejorar el servicio y que cada cliente escoja a su acompañante para sus paseos vespertinos.

El contexto económico de la soledad

El joven emprendedor afirma que sus clientes admiten tener amigos, solo que su relación es incompatible con los estilos de vida de cada uno y sus rutinas. Esta cuestión se relaciona muy bien con los microdatos de la Encuesta de Población Activa (EPA), publicados recientemente por El Confidencial, por los cuales cerca de 630.000 trabajadores españoles deben emigrar para ir a trabajar. Una movilidad laboral que surge como alternativa a la mudanza en la ciudad donde está el empleo, que por lo general implicaría un alto coste económico así como emocional, ya que deberían abandonar el entorno familiar y de amigos en el que crecieron, lo que supondría un claro descenso de su calidad de vida. Esta forma de vida, cada vez más “líquida” como diría Bauman, ha sido una de las causas por la cual muchas personas se ven obligadas a mantenerse alejadas de sus lazos afectivos por cuestiones económicas.

Pagar por tener compañía será como ir a terapia. Si el mercado nos ofrece hablar con alguien que parece un amigo, lo aceptaremos

No estoy a favor de pagar por la conexión social”, señala la periodista de 'The Guardian'. “Pero tampoco estoy a favor de que las personas se sientan tan solas que hacer el pago empiece a ser una opción razonable. El mercado no debería responder a nuestra necesidad de conexión social, pero es difícil creer en esto cuando no hay nada en su lugar. Es cierto que los jóvenes podrían unirse a eventos de colaboración colectiva, pero esos grupos a menudo requieren un grado de confianza social del que muchas personas carecen”.

White cita al sociólogo Arlie Russell Hochschild, de la Universidad de Berkeley, quien sostiene que “a medida que nuestras vidas se vuelven más difíciles y solitarias, es el mercado el agente que ofrece soluciones”. En este sentido, concluye: “En una década más o menos, pagar por la compañía o la conexión será tan común como ir a terapia. La industria de la compañía nos hará sentir incómodos y habrá críticas, pero la tendencia persistirá. La necesidad de conexión social es demasiado primordial: si el mercado nos ofrece la oportunidad de hablar y caminar con alguien que parece un amigo, lo aceptaremos”.

Algoritmos y sentimientos

¿Qué pasará en los próximos años? Aun es difícil saberlo. Lo que sí está claro es que los avances tecnológicos en inteligencia artificial y realidad virtual no solo revolucionarán el ámbito laboral y económico, también el afectivo. Las relaciones sociales que mantengamos con las máquinas todavía es una vía pendiente de investigación y exploración. Una encuesta de 2017 reflejó que casi la mitad de los estadounidenses piensan que hacer el amor con un robot será una práctica común dentro de 50 años.

La realidad, una vez más, parece superar a la ficción. Lo más llamativo de esta tendencia es que estos robots sexuales están empezando a comercializarse sin este fin último, es decir, la gente los está usando como si fueran un perfecto sustituto de los amigos, según informa la investigadora Fiona Andreallo, de la Universidad de Sídney, en un artículo de 'The Conversation'. A pesar de todo, nuestro más profundo sentido de humanidad nos dice que el algoritmo jamás suplantará la capacidad de las personas para crear lazos duraderos en el tiempo. La amistad, al fin y al cabo, requiere mucho esfuerzo y trabajo, además de ser una gran inversión con altibajos, pero cuya recompensa merece la pena. Es por ello que, como dice el popular dicho, “quien tiene un amigo tiene un tesoro”, y más vale que les cuidemos no sea que un robot tenga que venir a suplir su función.

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