El ridículo de Mussolini en los Balcanes y la llegada de Hitler para arrasar Grecia
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El ridículo de Mussolini en los Balcanes y la llegada de Hitler para arrasar Grecia

En 1941, y con el mundo a sus pies, la planeada invasión nazi de la URRS tuvo que posponerse para salvar a su torpe aliado italiano

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Tropas alemanas izan la bandera nazi en la Acrópolis de Atenas (Grecia) en 1941

Todo cambió para Hitler en otoño de 1940. Resulta sencillo y demasiado apetecible clasificar los inicios de la Segunda Guerra Mundial en una cronología casi matemática. Tras el pacto germano-soviético y la invasión de Polonia llegó la 'drôle de guerre', cancelada sin miramientos en mayo de 1940, cuando los nazis invadieron el Benelux y Francia. La caída de la Tercera República parecía mover las hostilidades hacia una rápida conclusión europea con punto y final inglés.

Foto: Hitler tras la toma alemana de París en 1940 posa con la Torre Eiffel a sus espaldas

La derrota de la Luftwaffe ante la RAF en los cielos británicos introdujo el conflicto en una nueva dimensión. El Tercer Reich tenía una dura tarea por delante. En el Este las espaldas estaban bien cubiertas pese a la proverbial desconfianza para con su aliado Stalin. En Occidente las miras iban más allá del Reino Unido desde la conciencia del potencial estadounidense, dormido con visos inminentes de despertar. Tener a su merced a casi todo el continente no era una garantía, sólo un alivio antes de la conflagración de conflagraciones contra Angloamérica, superior en recursos entre dólares y Colonias.

De otoño de 1940 a junio de 1941, cuando se desencadenó la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética, no suelen referirse grandes episodios bélicos, como si las armas se hubieran pausado, al menos a gran escala. Pensar así el contexto es un error. De un punto a otro se crea un itinerario, y el de ese instante amplía los escenarios mientras configura entre secretos y cancillerías el siguiente horizonte de los eventos.

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Hitler tras la toma alemana de París en 1940 posa con la Torre Eiffel a sus espaldas

En esos últimos meses de 1940 el Führer meditó mucho sobre el futuro a corto plazo. Su posición ventajosa no lo acomodaba en ninguna placidez. Japón podía ser de gran ayuda en Oriente para desballestar las posesiones británicas y ahuyentar a Washington de otras tentaciones intervencionistas. Para despejar más ese idílico panorama su golpe debía ir hacia Moscú. Las relaciones con sus socios del Kremlin iban de mal en peor, y las reuniones de Molotov, ministros de Asuntos Exteriores, en Berlín eran cada vez más frustrantes. Una de las últimas, el 26 de noviembre de 1940, naufragó porque Hitler no se avino a aceptar las condiciones soviéticas para ingresar en un pacto cuatripartito: Alemania no retiraría sus tropas de Finlandia, así como tampoco reconocería a Bulgaria dentro de la esfera rusa. Por lo demás descartaba ceder bases en Turquía, transigir en la expansión soviética en el Golfo Pérsico o hablar de la cesión del sur de Sajalín, perteneciente a Japón.

El Pacto Tripartito y el escollo griego

Ante esta tesitura Molotov renunció a formar parte de ese triunvirato rubricado en Berlín el 27 de septiembre de 1940. El Pacto Tripartito sellado entre El Tercer Reich, la Italia Fascista y el país del Sol Naciente ratificaba el Eje como núcleo opuesto a las potencias democráticas. El pacto germano-soviético concedía a la URSS una posición en un cierto limbo ambiguo, a expensas de los caprichos megalómanos de Hitler, quien el 18 de diciembre de 1940 emitió la directriz veintiuno de guerra: “La Wehrmacht debe estar lista, también antes del final de la guerra contra Inglaterra, para aplastar a la Rusia soviética en una campaña rápida.”

Estos planes, rumiados desde julio y secundados casi sin rechistar por el Estado Mayor, devinieron la gran obsesión del líder nacionalsocialista, sin embargo frustrado por las torpezas de Benito Mussolini, quien a finales de 1940 aspiró a colgarse una medalla propia con la invasión de la, a priori, débil Grecia, asequible desde la Albania italiana. Los soldados fascistas sucumbieron ante los helenos, ridiculizándose para perpetuar su tradición patria en la contemporaneidad, donde los italianos nunca han sobresalido por sus virtudes guerreras.

Los soldados fascistas italianos sucumbieron ante los helenos e hicieron el ridículo

La nulidad en esas lides de Mussolini obligó a su antiguo alumno, ahora maestro sin discusión, a tomar cartas en el asunto. El 12 de noviembre de 1940 la directriz 18 daba orden al ejército de efectuar los preparativos para ocupar, desde Bulgaria, el norte continental griego del Egeo, a fin que la Lutftwaffe pudiese atacar cualquier base británica con opción de amenazar los yacimientos petrolíferos rumanos, imprescindibles para el suministro energético teutón. Apenas un mes después, tras escuchar las objeciones de la Marina y la Aviación, la 'Operación Marita' añadía la hipótesis de ocupar toda la Grecia continental si fuera necesario.

De este modo, el Mediterráneo, mar británico desde lo estratégico, y Rusia se hermanaban desde un baile entre lo militar y lo diplomático. El Pacto Tripartito se reveló un instrumento utilísimo para tejer una doble red entre taponar a Grecia y trazar facilidades hacia la frontera soviética. En noviembre de 1940 Hungría, Eslovaquia y Rumanía se adscribieron al acuerdo, siguiéndoles Bulgaria el primero de marzo.

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Invasión alemana de los Balcanes en 1941

La última pieza para cerrar el rompecabezas balcánico, tan proclive a explosionar Europa en décadas precedentes, era Yugoslavia, gobernada desde 1934 por el Regente Pablo, filobritánico y bien temeroso de las consecuencias de entablar una alianza con Hitler, quien para acercarlo le prometió el puerto de Salónica mientras, un clásico del palo y la zanahoria, dejaba flotar en el aire una guerra relámpago si Belgrado no se avenía a sus exigencias. El dictador nazi codiciaba mucho esta pieza en el mapa, de otro modo sería difícil comprender las clausulas firmadas en Viena por ambas naciones el 25 de marzo de 1941. Alemania renunciaba a emplear el territorio yugoslavo, respetándolo en su integridad, como vía de paso hacia Grecia, respaldaba el deseo de su nuevo coligado relativo a Salónica y acataba con resignación su negativa a cualquier tipo de apoyo militar.

Pocas horas después de la firma se produjo en Belgrado un golpe de Estado a manos de oficiales serbios de alta graduación, según Ian Kershaw resentidos por la influencia croata en el gobierno, respaldados por manifestaciones populares. Pablo fue depuesto, exiliándose, y el joven Pedro fue coronado con apenas diecisiete años de edad.

Hitler entró en cólera, Telefoneó al Coronel General Halder y le conminó a pertrechar un plan de invasión. La fecha de la misma se fijó el 6 de abril a las cinco y veinte de la mañana. Los días previos Hitler se dedicó en cuerpo y alma a otras cuestiones, desde conversaciones diplomáticas con los nipones hasta perfilar las directrices para el tratamiento de los representantes políticos de la Unión Soviética. Barbarroja cobraba con el tiempo otros carices. No sólo era espacio vital y aniquilación del comunismo, sino una lucha demencial de exterminio racial, algo apuntalado en dos frentes de asesinatos en masa: el primero debía centrarse en los cuadros comunistas y en millones de ciudadanos judíos con el fin de descabezar la jefatura soviética y proteger la retaguardia mediante los temibles Einsatzgruppen, tres mil hombres especializados en tareas especiales tras las líneas del frente. El segundo era, simple y llanamente, matar de hambre a treinta millones de ciudadanos para utilizar el cereal ahorrado en alimentar al Reich y, huelga decirlo, allanar el asentamiento de colonos alemanes.

Marita y Mercurio

Ese 6 de abril Hitler se fue a la cama a las cinco y media de la mañana. Antes había dialogado con Goebbels sobre su ambición de convertir a su amada Linz en la gran capital cultural centroeuropea. La ofensiva contra Yugoslavia y, por ende, Grecia le importaba más bien poco, lamentándose por retrasar en cuatro semanas el debut de Barbarroja, generándose entre los historiadores un debate sobre si esa demora fue fundamental para arruinar las esperanzas de una rápida victoria. Nunca habrá consenso, aunque la velocidad de la Operación Marita, debilitadora de las divisiones del flanco meridional con miras al confín soviético, no supuso un desgaste excesivo, solventándose en un abrir y cerrar de ojos según el estilo de la blitzkrieg.

La invasión se solventó en un abrir y cerrar de ojos a estilo de la 'blitzkrieg'

Al Tercer Reich 'Marita', 'Castigo' en clave yugoslava, no le aportaba beneficios. Las previsiones de ganancias eran más bien modestas en lo geográfico, con pequeñas anexiones sin relevancia para trasladar a población alemana a esos enclaves. El propósito de esa simultaneidad de movimientos en el tablero era sacar las castañas del fuego al Duce, asimismo salvado por el Africa Korps en el norte de África, excluir a Gran Bretaña de la ecuación balcánica, donde estaba presente desde marzo, y asegurar sus flancos para Barbarroja. El 6 de abril la Lutfwaffe realizó un masivo ataque aéreo sobre Belgrado. Hacia esa misma hora un cuantioso contingente de fuerzas alemanas entró en Grecia desde Bulgaria mientras otras unidades se precipitaban por el Valle del Vardar, en la Macedonia yugoslava, para superar desde el oeste a las defensas helénicas ubicadas en la Línea Metaxas, junto a Bulgaria.

Yugoslavia pidió capitular el 17 de abril, mientras los griegos se rindieron en Larissa el 21 del mismo mes, con otra ceremonia de capitulación al día siguiente ante los italianos, por aquello de mantener las formas y aliviar, o propulsar, el complejo de inferioridad fascista para con el Imperio del norte, o de casi toda Europa continental si se quiera. El 10 de abril de 1941 nació el Estado independiente de Croacia, gobernado por la Ustacha, nacionalistas de extrema derecha con muchísima trascendencia en la guerra en la frontera italiana y fiel discípulo de los métodos raciales y concentracionarios del Tercer Reich.

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Paracaidistas nazis caen sobre Creta

Británicos y griegos ofrecieron una enconada y estéril resistencia. Para rematar el teatro faltaba una guinda, muy mitificada por su función pionera. El 17 de mayo de 1941 Hitler autorizó la Operación Mercurio, el ataque por mar y aire sobre Creta. Los paracaidistas nazis, inferiores numéricamente a sus adversarios, tuvieron muchas dificultades ante la entrega de australianos y neozelandeses, pero tras una semana de combates los hombres del general Student redujeron a la nada la resistencia británica; pese a ello el Führer no se mostró satisfecho con este último éxito fácil, de raigambre desde lo táctico y deficitario al cobrarse un 20% de las fuerzas enroladas y casi la mitad de la flota de transporte, con instructores de vuelo insustituibles.

Ahora, de haber sido coherente, podía pararse a respirar un poco, pero desde su óptica el nazismo no podía parar porque su misma ideología conducía hacia un clímax wagneriano de ahora o nunca, a estallar en la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. Su acelerador no tenía freno porque este último carecía de sentido en la construcción de su epopeya. 'Marita' y 'Mercurio' habían sido otra prueba de fuego más, una antesala sin aristas hacia el reto supremo. Conjeturar sobre un repentino atisbo de cordura en la Cancillería es absurdo. Esa mente obcecada había llegado a su meta, a un punto de no retorno alimentado de odio e infierno. Stalin no tenía en perspectiva, menos aún tras las purgas de 1937-1938, ningún as en la manga para trastocar el statu quo. En Hitler era inherente a su propia deriva, expansiva sobre un papel teñido de épica, fagocitadora hasta la destrucción una vez la bestia se ensañó en redundar de errores para los suyos y deshumanizar hasta la ausencia de adjetivos a las víctimas de toda su barbarie .

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