siete cambios TRAS LOS ATAQUES DE PARÍS

Francia, un año de la masacre: Le Pen marca la agenda y la calle sigue militarizada

El estado de emergencia no ha acabado con el terror, pero pocos quieren volver la vista atrás. ¿Es la Francia de hoy la misma que la de hace un año? ¿Qué ha cambiado?

Foto: Imagen del café A La Bonne Biere, uno de los escenarios de los ataques de París, un año después (Reuters).
Imagen del café "A La Bonne Biere", uno de los escenarios de los ataques de París, un año después (Reuters).

La música, silenciada por los disparos, volvió a sonar anoche en la sala Bataclan, ayudando a cerrar un año de dolor. Primero tímida. Luego de forma ostentosa, quizás forzada, militante, como para demostrar que la pulsión vital quiere y puede ser más fuerte que el miedo. Y, finalmente, de forma natural, la vida ha vuelto a los barrios escenarios del mayor horror vivido por París en nuestra generación.

En la Bonne Bière vuelven a servirse las tradicionales tablas de charcutería, incluso con cecina gallega. El olor de las pizzas del horno de Casa Nostra sigue invadiendo la calle y las risas han vuelto a la terraza de La Belle Equipe, donde murieron 20 personas, gran parte de ellas celebrando un cumpleaños. Le Carrillon vuelve a poner cervezas en la barra, donde muchos esperan a que les den mesa en Le Petit Cambodge. Los quesos del Comptoire Voltaire siguen haciendo las delicias de sus clientes, aunque la camarera Cathrine, la única herida en el ataque a esta terraza, continúa en rehabilitación.

Un año después, 20 personas siguen hospitalizadas y más de 600 en tratamiento psicológico. Las heridas, físicas y espirituales, son profundas y tardarán en cicatrizar, pero la vida no se ha detenido y hoy, en las mismas terrazas y calles en las que hace un año se imponía la oscuridad, el mecanismo de supervivencia ha funcionado: pocos quieren volver la vista atrás. Pero, ¿es la Francia de hoy la misma que la de hace un año? ¿Qué ha cambiado?

Despliegue policial

Sin duda, el cambio más evidente, el más palpable, está en las calles y viste de uniforme. Las medidas de seguridad y el despliegue de agentes se han convertido en parte del paisaje. El refuerzo de la seguridad no data del 13 de noviembre sino de un año antes, de los atentados contra el semanario 'Charlie Hebdo' y un supermercado judío de París en enero de 2015, cuando se puso en marcha el Plan Vigipirate, que en la capital mantiene aún el nivel de alerta máxima. La operación Centinela le acompañó poco después, con un despliegue de 10.000 militares armados por las calles de Francia y que hoy, en ciudades como París, son una estampa habitual que ya solo llama la atención de los turistas. Además de los soldados, la seguridad de lugares sensibles como edificios oficiales, sinagogas, mezquitas o lugares turísticos se ha reforzado con más agentes policiales y de la gendarmería, que en ocasiones como la Eurocopa han llegado a los 90.000 efectivos.

La gente ha terminado por aceptar esos despliegues”, explica a El Confidencial Fiammetta Venner, directora del Centro de Estudios e Investigaciones sobre los Radicalismos, quien recuerda que en los sondeos que se han realizado desde entonces, tanto la Policía como el Ejército reciben valoraciones muy positivas de los ciudadanos. “La gente se siente más protegida. Una de las cosas que ha cambiado es que los franceses, desde el 7 de enero (de 2015, fecha del atentado contra 'Charlie Hebdo'), están dispuestos a renunciar a parte de sus libertades para tener más seguridad”, asegura la politóloga.

Un militar francés patrulla ante la torre Eiffel el día después de los ataques de París (Reuters).
Un militar francés patrulla ante la torre Eiffel el día después de los ataques de París (Reuters).

Estado de emergencia

Junto al despliegue policial, Francia ha endurecido su política antiterrorista. La noche del 13 de noviembre de 2015, en pleno ataque, cuando aún era difícil comprender la amplitud de los atentados que habían golpeado junto al Estadio de Francia, en varias terrazas del centro y mientras los terroristas seguían atrincherados en la sala Bataclan, el presidente François Hollande decretó el estado de emergencia, una medida extrema que otorga a las fuerzas de seguridad la capacidad, por ejemplo, de practicar detenciones y registros sin orden judicial o al Ministerio del Interior a fijar zonas de residencia obligadas a sospechosos. Iba a ser una medida excepcional de corta duración, que se ha ido, sin embargo, prorrogando a lo largo de todo el año y que durará al menos hasta enero del año que viene.

El estado de emergencia no ha conseguido acabar con el terror, como han demostrado el brutal atentado con un camión en Niza la noche del 14 de julio, que causó 84 muertos, o los asesinatos de una pareja de policías en su casa o de un párroco en su iglesia de Normandía. Pero según las autoridades, sí ha evitado que se produjeran muchos otros. El balance de los resultados de esta medida extrema lo hacía esta semana el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, quien aseguraba que desde que se puso en marcha se han llevado a cabo 4.000 registros, en los que se han confiscado 600 armas, 77 de ellas de fuego. Se han producido al menos 500 arrestos, y 95 asignaciones de residencia aún siguen en vigor.

Pero la medida es extremadamente controvertida, y grupos como la Federación Internacional de Derechos Humanos denuncian que ha empezado a socavar los cimientos del Estado de derecho en Francia porque, entre otras cosas, mina el principio de igualdad y señala a una parte de la población. Las personas a las que se le ha impuesto una asignación de residencia y que posteriormente se ha probado que eran inocentes, aseguran los activistas por citar un ejemplo, sufren ahora el estigma con sus vecinos y compañeros.

Cambios legislativos y judiciales

Un arsenal de medidas legislativas y judiciales se han puesto en marcha también en los últimos años en Francia para reforzar la lucha contra el terrorismo. Si bien Hollande no ha conseguido sacar adelante su proyecto de retirada de la nacionalidad a los condenados por terrorismo binacionales –que sus críticos no solo consideraban una medida inútil sino discriminatoria–, sí ha logrado presionar para que, después de cinco años de debates, el Parlamento Europeo adopte este año el PNR, el registro de datos de pasajeros aéreos, para mejor detectar y rastrear los itinerarios de los potenciales terroristas.

Francia promulgaba además el pasado 3 de junio una de las leyes antiterroristas más duras de Europa, que dota al Ministerio del Interior de prerrogativas inspiradas en el estado de emergencia. La ley se refuerza con otras anteriores, como la de diciembre de 2012, que permite juzgar a los ciudadanos franceses por su participación en acciones terroristas cometidas en el extranjero, lo que ha facilitado la apertura de más de 300 procedimientos judiciales contra unos 1.200 franceses implicados en células terroristas. O la de noviembre de 2014, que prohíbe la salida del territorio de los ciudadanos franceses que proyecten participar en actividades terroristas en el extranjero, y que ha evitado que 430 personas sospechosas de querer unirse a movimientos yihadistas salgan de Francia. También ha permitido decretar 80 expulsiones de residentes extranjeros, en su mayoría predicadores del odio ligados a movimientos radicales.

Las penas a los condenados por terrorismo también se han endurecido, así como los medios y los poderes de la fiscalía antiterrorista.

Control de fronteras

La nueva legislación y toda esta batería de medidas no pudo impedir, sin embargo, que varios de los terroristas que luego atentaron en París, como Samy Amimour, consiguieran abandonar el país para entrenarse con el Estado Islámico en Siria y luego regresar a Francia para cometer su matanza.

Es por esto que el país ha vuelto a imponer un control en sus fronteras, especialmente durante la celebración de grandes eventos como la Eurocopa o el Tour de Francia, y que muchos hoy se planteen en Francia la revisión del tratado de Schengen de libre circulación de personas en el territorio europeo. Encontrarse un atasco en la frontera entre, por ejemplo, Hendaya e Irún porque la gendarmería ha instalado un control de viajeros vuelve a ser ahora algo habitual.

Rosas ante la puerta de la sala Bataclan un año después de la masacre yihadista en París. (Reuters)
Rosas ante la puerta de la sala Bataclan un año después de la masacre yihadista en París. (Reuters)

Transportes

“La estación de (póngase aquí el nombre de cualquiera de las más de 300 estaciones de metro de París) está cerrada por la presencia de un paquete sospechoso”. Este mensaje se ha convertido en el pan de cada día de los parisinos. Desde los atentados se declaran una media de siete bultos sospechosos al día en la red de transportes de la capital, un 60% más que antes. “Nos tomamos la cuestión muy en serio y por eso hemos reforzado nuestros efectivos, nuestros dispositivos técnicos y nuestra relación con la policía regional de transportes para que sea más eficaz”, aseguraba recientemente Stéphane Gouaud, director de Seguridad de la RATP, la empresa de transportes públicos de París, a una radio francesa. Más de un millar de agentes de seguridad vigilan ahora la red, pueden vestir de civil yendo armados e incluso registrar equipajes o practicar cacheos a los pasajeros. Los viajeros no se han quedado atrás y se muestran mucho más vigilantes y alertan mucho más que antes a los agentes sobre la presencia de bolsas abandonadas u olvidadas, reconoce Gouaud.

Refuerzo de los servicios de inteligencia

Los atentados de 'Charlie Hebdo' sorprendieron a los servicios secretos en un estado lamentable, según numerosos expertos en seguridad. Ahora “han empezado a salir de los años de vacas flacas en los que se había suprimido a un funcionario de cada dos en todos los niveles y ha hecho falta tiempo para volver a ponerse en pie”, opina el exmagistrado antiterrorista Marc Trévidic, en una entrevista con 'Le Dauphine'. Los ataques del 13 de noviembre permitieron darse cuenta de la amplitud de la amenaza, y se ha dotado desde entonces de más medios y efectivos a los servicios de inteligencia, hoy aún divididos en numerosas agencias.

Uno de los grandes éxitos de Le Pen ha sido conseguir que el resto de formaciones adopten temas de la agenda del Frente Nacional, como la cuestión identitaria o la mano dura con la inmigraciónFue precisamente la falta de coordinación entre esa maraña de siglas que suponen las diferentes agencias de seguridad de lo más criticado en el informe parlamentario sobre los atentados de noviembre, que propone su reforma. “Han tenido que ponerse las pilas a marchas forzadas”, señala una fuente policial española, quien asegura que el trabajo que hizo España tras los atentados del 11-M lo está haciendo ahora Francia en los últimos dos años. “Antes, con ETA, España tenía que ir mendigando información a Francia. Ahora la relación es mucho más de tú a tú, se han dado cuenta de que son los franceses los que tienen quizás más que ganar con la relación”, confía la fuente.

El efecto político

Sin despreciar la seguridad, el paro puede que siga siendo la mayor preocupación de los franceses según las encuestas, pero gran parte de la campaña que estos días viene realizando la derecha francesa, inmersa en un contestado proceso de primarias, tiene que ver con la identidad y el terrorismo. Es cierto que no es nuevo, pero políticas efectistas y dudosamente constitucionales como la prohibición este verano del burkini en varias playas de la Costa Azul –revocada luego por el Consejo de Estado francés– han empezado a aflorar como consecuencia –o con la excusa– de los atentados, especialmente en localidades gobernadas por la derecha más reaccionaria o la ultraderecha. El auge del Frente Nacional no viene de anteayer, pero en los últimos dos años ha logrado posicionarse como el partido más votado de Francia, aunque el sistema electoral, de dos vueltas, suele frenarle los pies, ya que el resto de formaciones se alían en su contra en la segunda votación. Pero ¿hasta cuándo?

Uno de los grandes éxitos del partido liderado por Marine Le Pen ha sido conseguir que el resto de formaciones –incluida la izquierda– acaben adoptando temas de la agenda del Frente Nacional, como la cuestión identitaria –la bandera que enarbola estos días el expresidente Nicolas Sarkozy, líder de Los Republicanos–, o la mano dura con la inmigración, a la que la ultraderecha culpa de casi todos los males de Francia, entre ellos el terrorismo. Las presidenciales de la próxima primavera serán una nueva prueba para testar los efectos del miedo en las urnas. “En las próximas elecciones vamos a ver si los partidos intentan buscar el voto comunitarista, como han hecho en otras ocasiones, y creo que va a beneficiar precisamente a aquellos que denuncien estas prácticas”, es decir, a aquellos que critiquen los guetos comunitarios, donde prevalece la opinión de la comunidad sobre la del individuo, opina Fiammetta Venner.

La amenaza no ha desaparecido, recuerdan casi a diario desde el Gobierno. El revés que el Estado Islámico está sufriendo en Siria e Irak aumenta exponencialmente las posibilidades de volver a sufrir atentados en Europa, especialmente con el regreso de los yihadistas a sus países de origen. Pero, para entonces, quizás Francia esté un poco más preparada y, los franceses, como han demostrado este año, volverán a levantar sus copas y a brindar por la vida.

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