"Mejor te llamo": por qué los 'boomers' aman hablar por teléfono y los 'millennials' lo odian
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NO ME LLAMES QUE NO TE COJO

"Mejor te llamo": por qué los 'boomers' aman hablar por teléfono y los 'millennials' lo odian

Pocas brechas generacionales son tan obvias como la actitud frente a las llamadas telefónicas. Los 'boomers' siempre recurren al teléfono cuando podrían haber solucionado un problema por mensaje (o eso piensan lo 'millenials')

Foto: Ilustración: Irene de Pablo.
Ilustración: Irene de Pablo.

"He tenido que hacer tres llamadas a desconocidos en lo que llevamos de mañana y mi salud mental ‘millennial’ ha llegado a su tope de ansiedad para toda la semana. Esta soy yo, asustada y decidida".

Hay una guerra ante nuestros ojos, pero nadie quiere darse cuenta. Con este mensaje resumía el lingüista Miguel Sánchez Ibáñez (35 años) en Twitter (cómo no) uno de los tópicos demostrados sobre la generación ‘millennial’. Esa que en algunos momentos ha sido calificada como la generación ‘muda’ por ese mismo motivo: su aversión a hablar por teléfono, que se traduce en el uso casi exclusivo de los mensajes escritos (WhatsApp, correo, lo que sea), en esperar a que el timbre termine de sonar para responder por escrito o llevar el teléfono siempre en silencio. Uno no deja de ser joven no cuando se pone náuticos, sino cuando activa un politono.

Pocas brechas generacionales son tan obvias como la actitud frente a las llamadas telefónicas entre los ‘boomers’ y los ‘millennials’ o la generación Z. Unos llaman y los segundos no lo cogen. Los primeros siempre recurren al teléfono cuando podrían haber solucionado un problema por mensaje (o, al menos, eso piensan los ‘millennials’). Ese conocido “espera, que te llamo” que suena a amenaza, a 10 minutos perdidos, a tener que dejar de hacer lo que estás haciendo para atender con todos tus sentidos al teléfono. Los segundos siempre recurren a los mensajes escritos cuando podrían haberlo solucionado por llamada (o, al menos, eso piensan los ‘boomers’).

“En mi caso, el motivo de mi ansiedad creo que está asociado con la timidez, con el vértigo de exponer, en caliente y sin colchón, quién soy y qué quiero, muchas veces frente a desconocidos”, reflexiona (por escrito, claro) Sánchez Ibáñez, autor de ‘La (neo)lógica de las lenguas’. “El otro día una amiga me respondía que eso era tocar el ‘meollo existencial’ en un acto cotidiano y, personalmente, al estar ya más que acostumbrado al WhatsApp, pues me cuesta, porque en el canal escrito siempre puedes tomarte tu tiempo para dar forma al mensaje que quieres emitir, para responder al que te envían, para cuajarlo de emoticonos que modifican y matizan la interlocución…”.

El 'tienes que estar disponible para mí' es una ventaja 'boomer'

Primera hipótesis: mientras que la comunicación por teléfono da poder al que realiza la llamada, al “emisor”, la realizada por mensaje (sea WhatsApp, correo electrónico o, para los nostálgicos, SMS) reequilibra la balanza a favor del receptor, como explica (a través de llamada telefónica) Cristina Vela (45 años) profesora del Departamento de Lengua Española de la Universidad de Valladolid, se ha encontrado como premillennial con la incomodidad de sus alumnos cuando los llama por teléfono. “Si los llamo es superviolento para ellos, así que tengo que usar WhatsApp y adaptarme a su mundo”.

Pero ¿por qué la afición ‘boomer’ al teléfono? “La rapidez del ‘aquí te pillo, aquí te mato’ y el ‘tienes que estar disponible para mí’ es una de las ventajas que pueden ver los defensores de la conversación telefónica”, valora. “Cuando llamas eres tú el que ha decidido el momento en el que se llama. Y es lo que buscan evitar los detractores de la conversación telefónica”.

El que realiza la llamada, en definitiva, tiene la sartén por el mango, y ha decidido que el momento, las condiciones (temporales, pero también mentales y materiales) le vienen bien. Por el contrario, el que recibe la llamada no sabe nada: ni para qué le llaman (¿es una felicitación o un marrón?), ni cuánto durará la llamada (¿es una pregunta corta o voy a estar media hora al teléfono?), ni la importancia de lo tratado (¿chorrada o drama?), ni qué temas se van a tratar. Es verdad que el ‘llamador’ desconoce si el ‘llamado’ está en el lavabo o en su oficina, pero le da igual.

En directo o en diferido

Segunda hipótesis: la sincronía telefónica nos hace vulnerables, como sugería el lingüista ‘millennial’. La gran cantidad de información no verbal que proporciona una llamada de teléfono nos hace muy transparentes ante el interlocutor. Una pausa inapropiada, un cambio en el tono de voz o un titubeo pueden mostrar que somos unos ignorantes, que odiamos a la otra persona o que la amamos. Uno no puede “dejar en visto” una conversación telefónica. Por el contrario, los mensajes escritos nos dan mucho más margen para la reflexión, aunque tardemos poco tiempo en redactarlos. Escribiendo… En línea. Escribiendo…

"En la interacción oral, la inversión emocional siempre es ser mayor"

“Me siento expuesto cuando hablo por teléfono con desconocidos, quizá porque, teniendo tantas maneras de comunicarme con ellos que me permiten, de algún modo, ‘parapetarme’ y disimular esa exposición, me cuesta encontrar justificación a esta interacción oral en la que la inversión emocional siempre va a ser mayor”, añade Sánchez. Por eso resultan tan fatigosas las videollamadas: porque exigen un esfuerzo incluso mayor al ser todavía más visibles.

“En escrito, la exposición de la persona es menor”, añade Vela. “No me oye, así que puedo controlar la emoción”. Los emojis no son un sustitutivo de las emociones. Más bien sirven para expresar justo lo contrario de lo que realmente se siente: es más probable que dibujemos una carita sonriente cuando somos secos o bordes (y somos conscientes de ello). Los emojis están totalmente controlados, mientras que en una conversación de voz hay muchos más gestos fuera de nuestro control que nos pueden traicionar. El infierno de los ‘millennial’, que no hablan por teléfono con sus amigos, sino con superiores en el trabajo, clientes o familiares. Es decir, justo la clase de personas ante la que no querrían tener un desliz.

Hay otra buena razón por la que los ‘boomers’ adoran las llamadas: no quieren los malentendidos que suelen generar los mensajes escritos (aunque habría quien argumente, en su contra, que, cuando algo queda negro escrito sobre blanco, es más fácil volver a consultarlo), ni las excusas de “ah, se debió de ir a la carpeta de 'spam”. En parte, es posible que esto se deba a la falta de costumbre de tener que pedir cosas por escrito de manera fluida. Una cierta falta de competencia digital para expresarse y mantener una comunicación abierta por mensaje que, no obstante, también se produce entre las generaciones más jóvenes.

“El otro día me llegó un correo de una chica joven que me decía ‘soy de los pocos de mis amigos que llama y en el trabajo me valoran mucho porque soy la única que sabe hablar por teléfono”, recuerda Vela. Pero, tengamos la edad que tengamos, en general, nos cuesta cada vez más coger el teléfono para llamar o responder a una llamada. Y todos, en un momento u otro, admitimos haber dejado el teléfono sonar. “Yo misma, cuando me suena el teléfono, digo ‘mmm’, pero un poco menos que los jóvenes”, concede Vela. ¿El final de las llamadas? No tan rápido.

El placer de hablar por teléfono

Tercera hipótesis: cuando imaginamos una llamada telefónica, pensamos que va a ser mucho más incómoda de lo que realmente es.

Amit Kumar es investigador de Psicología Social en la Universidad de Texas en Austin y uno de los contados autores que ha tratado el tema. Cuando se le sugiere que tal vez sería más fácil, dada la diferencia horaria, hablar por correo, insiste: no, no, mucho mejor por teléfono aunque nos separen ocho horas. Está siendo coherente con los resultados de su última investigación, publicada en el ‘Journal of Experimental Psychology’, en la que muestra que la comunicación a través de la voz es siempre más satisfactoria que por mensaje. El problema es que la gente no se da cuenta de ello.

"Si estás acostumbrado a hablar por teléfono, sabes que no es estresante"

PREGUNTA. “Las expectativas de la gente infravaloran el beneficio de las interacciones más íntimas a través de la voz”. ¿Por qué entonces sentimos tanta ansiedad por hablar por teléfono?

RESPUESTA. La gente piensa que va a ser más incómodo de lo que realmente es. Cuando hablamos como estamos haciendo ahora tú y yo, puedo cambiar mi entonación, subir el tono, toda esa clase de cosas que producen emociones y una conexión más íntima. Todo eso se pierde en el texto.

P. Pero eso es precisamente lo que no le gusta a la gente joven, que sepan cómo se sienten.

R. Es pura especulación, pero creo que la gente piensa mucho en los primeros momentos de una conversación. Piensa en esta misma llamada: has tenido que marcar mi número, esperar a que coja y habrás pensado “¿cómo va a responder?”, pero, cuando hemos empezado a hablar, esa ansiedad desaparece. Cuando recuerdes esta conversación no vas a recordarla como algo malo. En general, si dices “hola” a alguien, ¡te van a responder!

P. ¿No es importante quién llama y quién recibe la llamada?

R. Puede haber diferencias de estatus, como un jefe llamando a un empleado. En nuestro contexto, la gente intentaba conectar a propósito con otra persona, como un viejo amigo o con extraños, en otro experimento, pero en todos los casos buscaban tener una conexión con alguien.

P. ¿Por qué la gente se decanta por el texto si genera más malentendidos y menos satisfacción?

R. Es el resultado de estas expectativas equivocadas. Lo interesante es que es difícil que la gente descubra estos beneficios si nunca intenta llamar. La gente piensa que la comunicación va a ser incómoda, así que prefieren no exponerse.

P. ¿Por qué los ‘boomers’ prefieren llamar por teléfono?

R. No tuvimos en cuenta las variaciones de edad en nuestros experimentos, pero una posibilidad es que algunas personas tienen más experiencia hablando por teléfono, y eso les ha permitido saber que no es especialmente estresante. Si estás acostumbrado a hablar por teléfono, has aprendido a calibrar tus expectativas. Algo que me resultó muy interesante es que el tiempo que se emplea en conversaciones habladas o en conversaciones por correo, aunque la gente piense que el correo es rápido y el teléfono lleva mucho tiempo, es parecido, sin el beneficio de sentir esa intimidad.

"A veces nos centramos mucho en la eficiencia y poco en la conexión con los demás"

“El foco de nuestra investigación son las conexiones personales, porque los seres humanos somos seres sociales, es algo necesario para nuestra salud física y mental”, concluye. “A veces, y esto lo sugieren tus preguntas, nos centramos mucho en la eficiencia o el ‘multitasking’, en hacer llegar un mensaje a otra persona, y no en lo importante, que es cómo conectas en los demás, que es lo que te va a hacer feliz”.

Antes de colgar el teléfono, le pregunto por su edad a Kumar. Tiene 35 años, a punto de cumplir los 36. Apenas nos llevamos unos meses de edad. Quizás algún lector haya podido pensar por sus respuestas que se trata de un ‘boomer’, pero no es así. Él vio el surgimiento de los mensajes tras la era del teléfono. “Cuando piensas en los avances tecnológicos, te das cuenta de cómo los desarrolladores han hecho aumentar el número de posibilidades de expresarnos de forma escrita sin reparar en sus efectos, pero, aunque alguna gente lo prefiera, en realidad son nuestras expectativas equivocadas las que generan esa preferencia”. A llamar sin miedo.

Foto: Foto: Reuters.

La gran paradoja final. Nunca antes hemos escrito tanto, como recuerda Sánchez Ibáñez, pero nunca antes hemos hablado menos. “Por un lado, la oralidad no deja de conquistar nuevos terrenos en nuestras formas de comunicación cotidiana (y por eso en WhatsApp, en Twitter… muchas veces ‘escribimos como hablamos’) y, por el otro, la oralidad propiamente dicha va quedando ‘arrinconada’ a situaciones sin tecnología de por medio”. ¿Un futuro sin llamadas? Kumar lo duda: la pandemia, al menos, nos ha ayudado a recordar el placer de la conversación no epistolar. Al menos, cuando nos sentimos solos.

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