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Viaje al corazón de la Hungría profunda, la nación que está reinventando su historia
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DE HÉVEZ A GYÖR

Viaje al corazón de la Hungría profunda, la nación que está reinventando su historia

El yin de Budapest tiene su yang en el resto del territorio: el país del este está mirando a su pasado histórico y monumental para recuperar la identidad y el orgullo perdidos

Foto: El mito centroeuropeo. (H. G. B.)
El mito centroeuropeo. (H. G. B.)

Es invierno, faltan apenas unos días para que Rusia invada Ucrania y unas cuantas semanas para las elecciones, y a mi alrededor solo veo húngaros, alemanes y rusos en bañador. Inmerso en el agua primordial de las termas de Héviz, uno siente que ha viajado en el tiempo, pero incapaz de distinguir si lo ha hecho al 'fin de siècle' en el que se construyó el pabellón en el centro del lago o a un momento más reciente. Tal vez, en mitad de ese comunismo de 'gulash' que caracterizó los años sesenta y setenta húngaros, cuando el lago Balatón volvió a convertirse en lugar de exilio para jubilados, familias de clase media y turistas de la RDA con ganas de templar el cuerpo en pleno invierno.

Hoy, el lago Balatón y Héviz quieren volver a aparecer en los mapas de los turistas, como parte del esfuerzo que Hungría está realizando para intentar que los visitantes no se queden solamente en la demandadísima Budapest, que recibió en 2019, último año prepandemia, más de cuatro millones de visitantes. Un afinado sistema en el que, por ejemplo, saben en tiempo real de dónde vienen, dónde se hospedan y qué prefieren para afinar sus campañas de 'marketing'.

Lo suficientemente cálido como para ser tolerable, lo suficientemente frío como para preferir las piscinas interiores

Como en todas partes, la pandemia ha servido para recordar que el turismo interior también es jugoso y que, de hecho, puede servir para potenciar el exterior. Transdanubia también existe, asegura Hungría, y el meandro del Danubio y la Gran Llanura no son lugares míticos. Porque, además, no hay más que echar un vistazo a cualquier mapa electoral para darse cuenta de que Budapest y el resto del país son como el yin y el yang.

Una sensación contradictoria que uno siente cuando se sumerge en pleno febrero en las aguas del Gyógy-Tó (temperatura media de 33 grados en verano, nunca menos de 22 en invierno), rodeado de abetos como si estuviese en una cabaña en Massachusetts. A simple vista, el agua tiene que estar helada, pero los datos dicen que no, que eso es imposible: y la realidad queda en un punto intermedio. Lo suficientemente cálido como para ser tolerable, lo suficientemente frío como para preferir salirse rápido y refugiarse en las piscinas interiores; algo que puede aplicarse a muchas de las cosas que ocurren en Hungría.

placeholder Alemanes, rusos, húngaros y un español, en su salsa en las termas de Héviz. (H. G. B.)
Alemanes, rusos, húngaros y un español, en su salsa en las termas de Héviz. (H. G. B.)

Incluso aunque entonces ya hubiese empezado la guerra, sería imposible oler la pólvora desde aquí. A pesar de que Hungría ha sido una de las rutas de escape desde Ucrania (ha recibido más de 461.000 refugiados en el momento de escribir esto), el lago Balatón es centroeuropeo en espíritu. Uno de esos lugares que a los viajeros de trazo grueso nos hace pensar en esa abstracción llamada 'la vieja Europa' y en los balnearios de Thomas Mann.

Hungría presume de ser el país con más fuentes termales del mundo (más de 1.000). Hévez recuerda a esas ciudades vacacionales francesas, y entre sus tiendas de moda de baño, relojes y joyerías, a uno le parece estar en Arcachón. Aguas calientes para cuerpos que quieren detener su envejecimiento, gastronomía que pide buenas siestas e historia, una historia que durante siglos les han robado, insisten los húngaros, son las claves de su nuevo turismo.

Pícnic al lado del camino

En Transdanubia, hay una constante tensión entre la épica medieval y el comunismo del barracón más feliz del campamento (ese término que se utilizó para referirse a la excepcional apertura húngara durante la era soviética). Un ejemplo, Soprón. El 19 de agosto de 1989 tuvo lugar en sus cercanías el prólogo de la caía del muro de Berlín, el conocido como Pícnic Paneuropeo, en el que alrededor de 600 habitantes de la RDA que veraneaban en Hungría (por ejemplo, en el ya citado lado Balatón) cruzaron al oeste a través de la frontera húngara con Austria. Un pacto entre el ministro de Exteriores húngaro, Gyula Horn, y el austriaco Alois Mock como señal de sintonía entre bloques.

"Si quieres saber quién va ganar, mira con quién va Hungría y apuesta al contrario"

Pero a los húngaros no les gusta mucho hablar de aquellos tiempos. El consenso está claro, al menos hoy: es una época para enterrar debajo de las alfombras. Los más jóvenes, los criados en los ochenta, no los recuerdan como tiempos tan oscuros, pero para los que vivieron la revolución húngara de 1956 nunca pudieron olvidar lo ocurro en aquellos días; en cualquier caso, el turismo húngaro prefiere mirar atrás, mucho más atrás.

A aquella época medieval en la que nació esa gran nación que, según el discurso histórico, fue desmembrándose a lo largo de la historia a base de cándidos errores estratégicos en las dos guerras mundiales ("si quieres saber quién va ganar en una guerra, mira con quién va Hungría y apuesta al contrario", repiten una y otra vez) y trapacerías históricas (el tratado de Trianon como trauma primigenio) que ahora, finalmente, y gracias en parte al dinero de la Unión Europea, ha revivido siglos después.

placeholder La irregular plaza Fó tér de Soprón, por la noche. (H. G. B.)
La irregular plaza Fó tér de Soprón, por la noche. (H. G. B.)

Sopron es uno de los mejores ejemplos de esa atracción húngara hacia su pasado medieval. A simple vista, observando su plaza (Fó tér), sus calles de adoquines, y la que se dice que es la tienda más pequeña de Europa, una coqueta relojería, recuerda a aquel pueblo que Béla Tarr retrató en 'Armonías de Weickmeister'. En la Ruta del Ámbar y siempre respetada por los turcos, celtas, romanos, alemanes, eslavos, ávaros y, finalmente, magiares, ocuparon la región, que está intentando potenciar su vino kékfrankos. Es uno de esos bonitos pueblos medievales que Europa ha desperdigado por toda su geografía, como se puede comprobar si uno sube los 116 escalones de Túztorony, la Torre del Fuego.

Pero hay otra buena razón por la que Hungría quiere tanto a Sopron: porque es, como señala su Puerta de la Lealtad, la "ciudad más fiel", algo muy bien visto en un país que se ha ido desgajando por sus fronteras. El título se debe a que sus vecinos, en el referéndum celebrado el 14 de febrero de 1921, optaron por seguir siendo parte de Hungría y no incorporarse a Austria, aunque se sitúe a 60 kilómetros de Viena y a 220 de Budapest. Roma no paga traidores, y Budapest premia a los adeptos.

El origen de todo

En Györ, un jueves por la noche, hay tres viejos obreros de la era soviética que ahora trasiegan cervezas, confunden a los españoles con italianos ("¡fortuna!" les gritan) y suben a la mesa a un coqueto Yorkshire que matiza la rudeza de sus dueños. Györ es más comercial: SPAR, KFC, Zara, Pull & Bear, Decathlon y Tesco. Es la ciudad más importante del noroeste húngaro y la sexta más grande del país, y también tiene su buena acumulación de historia: la estatua de Károly Kisfaludy, dramaturgo romántico, la torre del Castillo Episcopal o la iglesia carmelita.

Para los húngaros, como los españoles, comer es una actividad social

Como le corresponde al equivalente húngaro de nuestras ciudades de provincias, esos reductos del menú tradicional, se come bien. Los húngaros tienen una visión de la gastronomía muy parecida a la de España, es decir, la de un acto social que se basa en compartir, en echarle comida de tu plato al de al lado para que lo pruebe, gastar tiempo (cada vez menos) preparando la comilona del fin de semana y, en definitiva, pasando tiempo a la mesa. Sí, el 'gulash' es lo más famoso, pero la carne, el chocolate o los 'strudel' tampoco fallan.

A apenas unos kilómetros de Györ, elevada cual castillo de Drácula sobre el valle del Danubio, se encuentra la abadía de Pannonhalma, año cero de la historia húngara, baluarte que recuerda al visitante el cristianismo esencial de los magiares. Es el lugar fundado en 996 por el príncipe Géza y su hijo, san Esteban, padre de la nación húngara, coronado primer rey el día de Navidad del año 1000. Patrimonio de la Unesco, aloja a monjes y 350 estudiantes internados, así como una de las bibliotecas más alucinantes de este lado del Danubio, con 350.000 volúmenes que encantará a los que padezcan 'horror vacui' y un aura inmortal: ni durante la Segunda Guerra Mundial ni la época comunista fue víctima de pillaje o expropiaciones.

placeholder La biblioteca de la abadía de Pannohnia. (H. G. B.)
La biblioteca de la abadía de Pannohnia. (H. G. B.)

Un ajuste de cuentas histórico

No hay nada mejor para entender la historia de Hungría como el Bastión de Pescadores, que corona Buda (y la portada de la mayoría de guías turísticas). Mientras los locales (y no tan locales) se hacen fotos para sus álbumes de boda, Tinder o Instagram, los turistas se concentran a su alrededor y repiten en voz alta lo mismo que todos han pensado ya: esto bien podría ser un decorado de 'Juego de tronos'.

placeholder No es Desembarco del Rey, es Bastión de Pescadores. (H. G. B.)
No es Desembarco del Rey, es Bastión de Pescadores. (H. G. B.)

Pero no lo es y, de hecho, el famoso Bastión no pertenece a la época medieval sino a finales del siglo XIX, cuando el milésimo aniversario de la nación húngara provocó un alarde de nacionalismo que dejó la capital llena de monumentos conmemorativos como ocurre con esta pieza neogótica y neorrománica: la imagen actual de Budapest es producto de esa época. Cuando el Bastión se construyó, no quedaban pescadores, solo el recuerdo de las siete tribus magiares en una Edad Media, mucho más feliz que los últimos siglos de historia húngara.

Ese es el discurso que se repite una y otra vez en la capital, en los pueblos, en la campiña, en las bodegas y en los restaurantes, el de Hungría como país asediado al que han intentado robar su historia por todos los medios y que ahora, finalmente, está consiguiendo recuperar. El reflejo material es la amplia remodelación que se está llevando a cabo en la colina del castillo real, y que tiene como objetivo recuperar la apariencia que perdió hace siglos, como un retrato de Dorian Gray a la inversa. Es el Programa Hauszmann, con una inversión multimillonaria que concluirá con la instalación del Ministerio de Defensa y de Finanzas en el distrito del castillo. Cuando concluya, el pasado, entonces, habrá llegado por fin al presente en el país de Orbán.

"Lo perdimos todo en las dos guerras mundiales, es hora de recuperarlo"

"No es solo reconstruir algo, es reinventar algo, recuperar nuestra identidad", recuerda la guía que muestra cómo evolucionan los trabajos delante del palacio de Buda. "Lo perdimos todo durante las dos guerras mundiales, Budapest era más importante que Viena". Cuando lo dice, faltan apenas 24 horas para que comience la invasión rusa en Ucrania. Pero incluso desde Budapest, sigue quedando lejos, a cientos de kilómetros; pero también cerca, al otro lado de esa frontera que siempre ha inquietado a los magiares.

Mientras tanto, en la Hungría que nadie conoce, se siguen celebrando justas medievales que celebran el triunfo sobre los mongoles, las aguas termales dilatan los conductos sanguíneos de las clases medias que vienen del este ruso y del oeste alemán y sobre todo comiendo, comiendo mucho. Ya no 'gulash', sino carnes con paprika, el nuevo oro rojo que se ha convertido en una de las minas económicas húngaras y que se vende a precio acorde en el aeropuerto Franz Liszt. Palabra de turista de trazo grueso.

Es invierno, faltan apenas unos días para que Rusia invada Ucrania y unas cuantas semanas para las elecciones, y a mi alrededor solo veo húngaros, alemanes y rusos en bañador. Inmerso en el agua primordial de las termas de Héviz, uno siente que ha viajado en el tiempo, pero incapaz de distinguir si lo ha hecho al 'fin de siècle' en el que se construyó el pabellón en el centro del lago o a un momento más reciente. Tal vez, en mitad de ese comunismo de 'gulash' que caracterizó los años sesenta y setenta húngaros, cuando el lago Balatón volvió a convertirse en lugar de exilio para jubilados, familias de clase media y turistas de la RDA con ganas de templar el cuerpo en pleno invierno.

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