UN VIAJE A BUDAPEST, EL CORAZÓN DEL PAÍS

Hungría en cinco días: cómo aprovechar a tope la capital de las 'dos ciudades'

Budapest es una de las capitales más alucinantes del mundo, y lo mejor es que tienes dos ciudades en una. Te ayudamos a descubrirlas

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Nada más cruzar la frontera con Eslovaquia el cauce del Danubio, además de trazar una bella frontera con Hungría, realiza su giro más caprichoso. Sus aguas se desvían rumbo al sur para comenzar un viaje a Budapest. Un regalo de la naturaleza que baña una de las riberas urbanas más espectaculares de Europa Central.

Los viajes a Hungría son una sucesión de postales únicas que embaucan al visitante desde el primer minuto. Sobre todo si se llega a ella en alguno de los numerosos cruceros que parten desde Austria. Una serie completa de estampas animadas y llenas de una vida urbanita que complementa la monumentalidad de esta capital originariamente dividida en dos: Buda y Pest. Dos ciudades en una –la parte oriental y occidental del Danubio, respectivamente– que se unieron en 1873.

La primera, señorial y majestuosa, es el epicentro histórico de Hungría, tal y como recuerdan desde la agencia de viajes PANGEA. Dominada por su famoso Castillo de Buda, su historia refleja el convulso pasado reciente de este país. Levantado hace siete siglos, ha sido destruido y reconstruido varias veces. La antigua residencia real húngara se levanta imponente a medida que se avanza por el Puente de las Cadenas, otro de los iconos de esta capital.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue bombardeado y echado abajo en su mayor parte. Después fue abandonado hasta casi la ruina durante los 45 años que duró la ocupación soviética de Hungría, concretamente hasta 1991. Ahora, recuperado su esplendor, alberga la Biblioteca Széchenyi, la Galería Nacional Húngara y el Museo de Historia de Budapest. Sus interiores carecen de la majestuosidad que se podría esperar tras su fachada, pero sus vistas de la ciudad son, eso sí, espectaculares.

El punto más alto de Budapest se encuentra en la Ciudadela de Gellért. La antigua fortaleza de los Habsburgo, creada ex profeso como punto de vigilancia estratégico, ocupa los pies de la colina homónima. Además de los famosos baños de Gellért –sus aguas termales, piscinas y saunas son un importante atractivo turístico–, allí se encuentra uno de los museos más curiosos: una recreación de la vida en el interior de los búnkeres de la Segunda Guerra Mundial que aún conserva.

El agua es uno de los hilos conductores de la ciudad. Fundada como Aquimcum por los romanos –cuyas ruinas del siglo II y III d.C. se pueden visitar–, Budapest tiene espacios tan singulares como las termas de Ruda. Su piscina central, con forma octogonal y datada en 1550, recuerda el pasado otomano de la capital. Darse un baño allí –las mujeres tienen limitado su acceso a los martes y fines de semana– es hacer un viaje en el tiempo.

Por su gran tamaño destaca también el Balneario Széchenyi, en cuyas piscinas exteriores se puede dar la paradoja de estar a 37 grados mientras los copos de nieve cubren de blanco la ciudad. Toda una experiencia.

El invierno, pese a su crudeza, es una época del año en la que Budapest se transforma en un escenario de cuento. Sus calles más importantes a nivel comercial y gastronómico, Váci Utca y la Avenida Andrássy, se visten de gala en Navidad. La nieve pone su punto mágico a edificios, de por sí espectaculares, como el Parlamento –el tercero más grande del mundo– o el Bastión de los Pescadores, cuyas siete torres recuerdan a las siete tribus fundadoras Hungría.

En esta época, los mercadillos navideños son una visita obligada. Sobre todo si quieres probar productos típicos como el ‘téliszalámi’, un salchichón artesano, su afamado vino blanco ‘tokaji’, el licor ‘pálinka’ o dulces como el ‘bejgli’ –una especie de brazo de gitano relleno de semillas de amapola o crema–. El resto del año es recomendable dar un agradable paseo por su Mercado Central, la enorme despensa de Budapest con más de 300 puestos.

El ‘mar’ interior del lago Balaton

Muy cerca de Budapest, a solo 100 kilómetros por carretera, se puede visitar el lago Balaton. Es un ‘mar’ interior que se ha convertido en el principal destino vacacional de los húngaros. Sus playas de agua dulce y una completa oferta de deportes náuticos añaden atractivo a un lugar dominado por la naturaleza en su estado puro. A lo largo de su particular ‘costa’ se encuentra uno de los mayores palacios barrocos de Hungría, el Palacio Festetics, situado en Keszthely. Su majestuosa decoración se conserva intacta ya que no sufrió daño alguno durante la II Guerra Mundial.

Destaca también la península de Tihany, que se adentra en el lago para albergar uno de los espacios con más encanto de la zona: su abadía de origen medieval. Sus dos torres dominan el paisaje y en su interior se puede visitar una la tumba del rey Andrés I de Hungría, todo un ejemplo de arte medieval en muy buen estado de conservación. Las laderas volcánicas de este paraje natural esconde otro de los orgullos del país magiar: sus famosos vinos blancos. No dejes de probarlos en pueblos como Badacsony.

Pécs, la Hungría desconocida

Hacia el sur del país resulta obligatoria la excursión a Pécs, uno de los referentes de la ‘Hungría desconocida’. Una ciudad ejemplo de la suma de culturas que han habitado sus tierras desde la época de los romanos.

En sus calles se puede disfrutar de algunos vestigios de arquitectura otomana como la Mezquita de Pasha Gazi Kasim, reconvertida en iglesia. Tanto su exterior como su interior conserva parte de la primitiva decoración turca fusionada con símbolos cristianos.

Su catedral, la Basílica de San Pedro y San Pablo, es otro de los edificios que merece la pena visitar. Su exterior fortificado guarda un interior impresionante. Sus naves están policromadas desde sus imponentes columnas hasta el techo, que luce también grandes frescos. El mejor testigo de su pasado romano es su necrópolis paleocristiana, declarada Patrimonio de la Humanidad en el año 2000.

Su historia, resguardada del paso del tiempo entre las estructuras de los edificios de Pécs, se puede contemplar a través de una red de pasarelas que recorre este rincón, tan desconocido e impresionante, como la ciudad que lo alberga.

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