24 horas en la España que no importa a nadie: "No estamos viendo las señales del desastre"
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EN LOGROÑO, CON SERGIO ANDRÉS

24 horas en la España que no importa a nadie: "No estamos viendo las señales del desastre"

Ni la España rural ni las grandes urbes. Para el sociólogo Sergio Andrés Cabello, la clave está en las intermedias. Recorremos con él su Logroño natal para saber a qué nos enfrentamos

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El sociólogo Sergio Andrés Cabello, en la zona de las 100 tiendas. (Héctor G. Barnés)

1. El final del asombro

Son las 12 del mediodía en Logroño y la sirena no suena en el Espolón. El visitante casual no echará nada en falta si no ha leído previamente el periódico local, que recuerda que unas quejas vecinales han silenciado la alarma que durante los últimos 70 años recordaba el momento de salida de los trabajadores riojanos de las fábricas de la capital. Ahora no hay ni fábricas, ni sirena, y por no haber, cada vez hay menos sucursales de Ibercaja, el banco que alberga la polémica alarma.

Como diría Sergio Andrés Cabello, son señales de que bajo la superficie pulida de la ciudad donde vive hay mecanismos que están dejando de funcionar. Andrés acaba de publicar ‘La España en la que nunca pasa nada. Periferias, territorios intermedios y ciudades medias y pequeñas’ (Akal), un ensayo llamado a convertirse en referencia. Lo que el sociólogo de la Universidad de La Rioja propone es que, entre las grandes metrópolis (Madrid o Barcelona, pero también otros focos como Bilbao) y la España rural, “vaciada”, hay una tercera España de la que nadie se acuerda y que sirve de magnífico ejemplo para comprender algunos de los problemas a los que las sociedades occidentales deberán enfrentarse en las próximas décadas, paralelos al declive de las clases medias.

Hay una tercera España que no recibe ni inversión ni atención mediática

La desaparición de la sirena es uno de esos acontecimientos que tan bien definieron las ciudades intermedias durante décadas, solo que en sentido negativo. El acontecimiento, vinculado al asombro. “Por el crecimiento de la ciudad, por las nuevas edificaciones, por los turistas que vienen, por los centros comerciales y por las tiendas”, explica. “No tenías una estación de AVE, no tenías un aeropuerto, no tenías un palacio de congresos, no tenías un festival de música… Ahora lo tienes”. Pero hace tiempo que ya no ocurre nada. Ha pasado mucho desde los ochenta y los noventa. Es una nueva era en que las ciudades intermedias del interior de España se han quedado sin relato.

Ese asombro lo transmite a la perfección el director general del Hotel Gran Vía, Carlos López Melón, con un simple gesto en el ‘hall’ del hotel. “Hace 40 años estábamos aquí”, señala, apuntando al suelo, “y ahora estamos aquí”, mientras eleva su mano hacia las alturas. Y desde ahí arriba, ¿hacia dónde? No parece que se pueda ir a más. En todo caso, aspirar a mantenerse, a medida que la población envejece. Andrés recuerda que a Logroño, como a León, Salamanca, Toledo, Ciudad Real, Albacete, Santander, Vitoria, Soria, Jaén, Cuenca o Huesca, se les está quedando cara de ser las próximas víctimas de un efecto Mateo que ya es patente en Francia, como ha recordado Christophe Guilluy, citado con frecuencia por Andrés en su trabajo.

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Carlos López, dueño del Hotel Gran Vía, lleva cuatro décadas viendo la evolución del turismo riojano. (Héctor G. Barnés)

Es decir, regiones que concentran gran parte de la población española pero que quedan al margen de los flujos globales de inversión, capital humano y económico y atención mediática (“salimos en prensa solo cuando se produce un suceso luctuoso”): quien más tiene más recibe, y por no tener, la España intermedia, la tercera, no tiene ni quien le escriba, como sí ocurre con la España vaciada. El libro no es tanto una queja en plan 'qué hay de lo mío' como una reivindicación de la importancia de las ciudades intermedias, punto de paso entre el campo y la gran ciudad, y un aviso sobre las señales que no estamos atendiendo. No es destructivo: Andrés Cabello trata a sus ciudades, así como a la clase media, con cariño, porque ve en ellas el signo de que la movilidad social funcionó.

Sin embargo, cuesta encontrar en Logroño a alguien que diga que vive mal. A las 12 de la noche de un domingo con chirimiri, el centro está lleno de familias, parejas y grupos de veinteañeros poteando en la calle. Conviene aquí citar a la actriz Carmen Maura, como hace Andrés: “Tenía una idea de Logroño que no era. De repente, una marcha, unas calles tan limpias, la gente superagradable… Una tiene una idea poco atrayente de Logroño… Pues error. En cuanto sales de Madrid, te das cuenta de que todo es mejor. Hay mucha menos tensión”.

Si las ciudades con mayor calidad de vida son las medianas, ¿dónde está el problema?

Apenas dos horas después de haber desembarcado en Logroño, firmaría letra por letra las palabras de Carmen Maura. Logroño es todo lo que hemos terminado creyendo que era Madrid, solo que encontrándote a los ex. La gente está contenta, las calles limpias, el vino es excelente y la pandemia se está acabando. En una encuesta publicada hace unas semanas por la OCU, las ciudades con mayor calidad de vida (Vigo, Zaragoza, Bilbao, Valladolid, Córdoba) eran ciudades de mediano tamaño. Logroño también lo fue en alguna encuesta previa. Así que me giro a Andrés: ¿para qué ha escrito el libro entonces?

2. Charla entre el camarero y el sociólogo

Vicente, dueño histórico del Lorca, antes pub, ahora cafetería, saca de un sobre unas fotos de principios de los años ochenta que muestran otra era fronteriza en el centro oeste de Logroño. Una época en la que 11 pubs y una discoteca se repartían la vida nocturna de la ciudad. Ahora quedan muchos menos: la movida se ha trasladado al centro después del saneamiento del casco viejo y el ‘boom’ de la calle Laurel. El Lorca fue el último bar donde el sociólogo trabajó en 2007, refugiándose de una mala experiencia laboral, lo que da una buena muestra de qué puede hacer un licenciado en las ciudades medianas cuando no tiene trabajo de lo suyo.

Fue en ese mismo bar donde Andrés le dijo a su madre que lo normal habría sido que estuviese al otro lado de la barra, y no trabajando en la universidad mientras publica libros. Que por su origen social, lo lógico habría sido que terminase sirviendo cafés. Le gusta contarlo porque también es el ejemplo de que la movilidad social encarnada en la clase media funcionó en España y en La Rioja, y que, como sospecha el sociólogo, ya no funcionará para sus propios hijos.

placeholder Vicente, al otro lado de la barra del Lorca. (Héctor G. Barnés)
Vicente, al otro lado de la barra del Lorca. (Héctor G. Barnés)

“Aquí se vive muy bien porque la gente es muy abierta”, incide en la respuesta Vicente, que tiene en la cabeza la jubilación. “Lo único, que aquí llegaba todo más tarde que a Madrid. Aquí, la Movida llegaba, pero después y en pequeño”. Pero la época que todos recuerdan con mayor claridad son los años noventa, en que toda España, cada región a su manera, vivió su ‘boom’. En el caso de La Rioja, gracias al vino y a los beneficios de haber ganado la lotería de ser una comunidad uniprovincial, lo que le da una categoría de la que no pueden presumir las vecinas Soria, Vitoria o Burgos. De repente, Logroño se convirtió en lo más.

VICENTE: "En los pueblos, había mucho dinero de los viñedos, hubo un momento en que se llegaban a pagar 500 pesetas por un kilo de uvas [el precio es ahora al menos tres veces inferior]. Muchos tenían dos trabajos, en las industrias y en las viñas de su campo. En los ochenta y los noventa, había curro, y se ganaba bien si tenías viñas. Entonces se abrió la universidad y, claro, miles de personas en una ciudad como esta se notan mucho".

"En el Espolón antes no veías un local vacío y ahora hay un montón"

S.A.C. "En el 95, 96, 97, ganaba 100.000 pelas de camarero. Cuando se abre la universidad en el 92, hay gente de la región que viene a estudiar, de Navarra, de País Vasco. A estas ciudades les pasa como a la clase media, la movilidad funciona, va bien, el vino vende y el nivel de vida se mantiene. Pero, claro, como se dice, luego llega el tío Paco con las rebajas. Los noventa y todavía los primeros dos mil son años con empleo a punta pala".

V. "¿Sabes que va a cerrar la sucursal de Ibercaja? En el Espolón, antes no veías un local vacío y ahora hay un montón. Ves muchos bancos cerrados. Y bares que han cerrado este último año y que ya no van a volver a abrir. Los que no tenemos terraza lo tenemos muy fastidiado. He tenido a mis hijos, que me echan una mano, en ERTE".

S.A.C. "Esa gente que trabajaba en banca también tomaba cafés aquí, en otras circunstancias tendrías esto lleno, ¿no, Vicente? La gente venía de Bilbao o de Vitoria a las tiendas. Era una ciudad muy pija, los años noventa, una ciudad a la que le gustaba vivir bien, había dinero y movimiento de gente que venía a comprar".

V. "¿Te acuerdas de La Muñeca de Trapo? Venía mucha gente de Navarra y País Vasco solo para comprar ahí".

placeholder Vicente, 40 años atrás, cuando el centro de Logroño era peligroso y se salía de fiesta en los ensanches. (Héctor G. Barnés)
Vicente, 40 años atrás, cuando el centro de Logroño era peligroso y se salía de fiesta en los ensanches. (Héctor G. Barnés)

Como ocurre con otras ciudades intermedias, Logroño tenía un potente sector secundario que daba empleo a gran parte de la población a través de multinacionales. Como la tabacalera Altadis, que cerró en 2017, Zanussi (después Electrolux) durante los dos mil, Lear en 2011, además de la fugaz Schweppes, que apenas duró unos meses en los años noventa. Ahora está sobre la mesa el ERE de MASA (Mecanizaciones Aeronáuticas). Además del progresivo cierre de oficinas bancarias, unas 200 en los últimos años en toda la región. Más señales.

Cuando Vicente saca las fotos, lo hace sin nostalgia, al menos esa clase de melancolía que sí se nota en otras capitales de la región, como la desindustrializada León o la envejecida Palencia. Andrés lo denomina “ciclotimia” y cita a Joan Laporta y su "¡que no estamos tan mal!". Insiste en que hay incansables signos que señalan una insostensibilidad del modelo en el medio plazo, algo que ha revelado la crisis del covid. “Se vive bien porque es un concepto muy vinculado a la sociabilidad en la calle, algo muy identitario en La Rioja, pero detrás de la estructura, ¿qué queda?”, se pregunta. “Si lo fías todo al turismo, ¿qué haces si se te cae?”.

Para Logroño, siempre fue un orgullo que no hubiese un Corte Inglés

Carlos López nos da la respuesta. Durante el último año, han cerrado la mitad de los cerca de 15 hoteles de la ciudad. El Gran Vía ha sobrevivido gracias a ello, aunque “lo hemos pasado mal no, lo siguiente”. El turismo riojano, del que el empresario ha formado primera línea desde los ochenta, se benefició de la “nebulosa del terrorismo” de los años ochenta y noventa, que convirtió La Rioja en un destino más solicitado que País Vasco y Navarra. Fueron los años de un ‘boom’ que se reflejó en pasar de una demanda de domingo a jueves a otra de jueves a domingo. La primera, más cultural; ahora, de comer y beber. “Raro es el que te pregunta por Valvanera o San Millán de la Cogolla”, bromea López. “La gente quiere divertirse”.

“El modelo es ese”, replica Cabello, pero el hostelero matiza. “Yo prefiero que haya 100 bodegas a que haya 10, porque eso nos ha salvado de la crisis de 1986, de la de 1993, de la de 2001. No hay que engañarse, somos el balneario de Europa para lo bueno y para lo malo. Ojalá no tuviésemos esa dependencia, pero las perspectivas en 2020 eran increíbles, teníamos reservas hasta octubre. Pero entonces llegó el 28 de febrero de 2020”. Los síntomas son buenos. En el último fin de semana, han pasado 140 clientes por el hotel, el mejor dato desde agosto del año pasado. La gran pregunta es si tras el turismo interior cultural, el turismo gastronómico y el 'impasse' del turismo de borrachera que llevó a los bares a prohibir la entrada a los establecimientos de las despedidas de soltero, hay margen para nuevos acontecimientos, nuevos asombros.

La situación se agudiza cuando eres joven. Isabel Abad es una ingeniera agrónoma de 25 años que acaba de terminar su máster. Cuando se le pregunta por los pros y contras de vivir en Logroño, los pros son comunes a los de sus mayores: “En comparación con otras ciudades como Madrid o Barcelona, la calidad de vida es mejor, he vivido en Madrid y la diferencia en precios o distancias es clara”, explica. Además, como ocurre con tantos riojanos, está orgullosa de serlo. “Es un punto estratégico, muy rico culturalmente y con instituciones importantes como la Universidad de La rioja. Es donde tengo mis raíces, donde he obtenido mi educación, y donde me gustaría quedarme”.

Ahora llegan los contras, precisamente la dificultad para lograr esto último. “Es una comunidad que vive ante todo del sector vitivinícola, y el sector secundario está muy centralizado en Madrid o Barcelona, aquí hay industrias de pequeño o mediano tamaño cuya sede está allí”, explica. En otras palabras, “pocas oportunidades para los jóvenes”. “Las ofertas de empleo son nulas o muy bajas, y las condiciones tanto en ofertas como en remuneración son bajas. Si quieres ascender todo lo que te gustaría, tienes que plantearte marcharte. Habría que intentar incentivar que ciertas empresas realizasen inversiones en nuestra región, aunque fuesen algunos servicios. Me planteo tener estabilidad a los 32 y lo veo impensable”.

3. De zona de las 100 tiendas a zona de las 50

Mientras paseamos con Andrés por el Espolón y Portales, donde se rodó ‘Calle mayor’, no deja de apuntar señales del desastre. Grandes locales donde habían estado sucursales de banco, cerrados a cal y canto. A unos metros del Palacete del Gobierno de la Rioja, el Coté, una tienda de moda 'top' que llevaba abierta desde los años en que Juan Antonio Bardem rodó en la ciudad, cerrada desde el otoño. Algo muy llamativo en una ciudad que, como recuerda el sociólogo, siempre presumió de no tener Corte Inglés. A diferencia de otras, el comercio local era tan potente que no lo necesitaban. Hoy, como tantas otras ciudades, está rodeada por tres centros comerciales.

"Bonito queda, utilidad… hasta la fecha, poca"

En el libro, Andrés se detiene a describir la zona de las 100 tiendas, que es un poco como los pasajes de Walter Benjamin. Hoy son más bien 50 tiendas: casi la mitad ha cerrado. Es una de esas zonas peatonales, cerca de los centros urbanos, tan características de las ciudades intermedias y que tras el covid parecen haber sido heridas de muerte. “Situada en uno de los ensanches de la ciudad, era un área que se peatonalizó a mediados de los años noventa y que contaba con un tejido comercial reconocible y consolidado, con muchas tiendas que incluso llevaban décadas de funcionamiento”, cuenta. Hoy hay negocios que no superan los seis meses de vida.

En la introducción del libro, el periodista de El Confidencial Esteban Hernández recuerda que para comprender las ciudades intermedias no hay que ser turista, es decir, no hay que visitar sus centros urbanos en un fin de semana, sino sus periferias una mañana laboral de otoño. Ni siquiera hace falta irse tan lejos para comprobar que esos escenarios tan atractivos para el turista son resacosos restos de fiesta a la mañana siguiente. “Ya me dirás”, sugiere Andrés, situándose en mitad de una Calle Mayor vacía, medio abandonada, y donde una incansable furgoneta de Amazon Prime, el trasiego de mensajeros y algún ocasional anciano muestran el modelo al que nos dirigimos. Calles muertas, un país de ‘riders’.

placeholder Andrés Cabello, delante del CCR, símbolo de estatus degradado. (Héctor G. Barnés)
Andrés Cabello, delante del CCR, símbolo de estatus degradado. (Héctor G. Barnés)

En una de las esquinas de la Calle Mayor se encuentra el CCR, el Centro de Cultura de la Rioja, que Andrés utiliza de ejemplo en el libro como uno de esos símbolos de estatus (como los aeropuertos, los museos o los festivales musicales) que durante la bonanza empezaron a brotar como setas en las ciudades intermedias. Inaugurado en 2012, “permanece como una herida en la ciudad y también como una muestra de la banalización del uso de lo cultural, que cae en una especie de cajón de sastre donde cabe de todo. Seguro que muchas ciudades tienen su propio CCR. Bonito queda, utilidad… hasta la fecha, poca o ninguna. La competencia, el ‘yo también’ y el ‘yo más’ han llevado a este tipo de actuaciones”.

Hoy, en su fachada, conviven dos carteles que lo dicen todo: uno, anunciando su clausura; otro, que solicita que no se orine en la entrada. Su situación lo convierte en un lugar bastante socorrido ante incontinencias de fin de semana. El centro muestra algunos de los problemas más comunes a los que han tenido que enfrentarse las ciudades medianas, un mimetismo que ha derivado en inversiones en infraestructuras o servicios que no han sido particularmente rentables ni han servido para crear empleo. Más bien se trata de símbolos de estatus de otra era que han generado más enfrentamiento político que capital simbólico.

4. El castillo de naipes

Tras el ocio de domingo noche y la gris monotonía del lunes mañana, es hora de volver a Madrid. Uno de los personajes de ‘Calle mayor’ le espetaba al protagonista que “el Madrid donde vivimos es falso, las luces de neón, la Gran Vía, los cines y el Villa Rosa. La verdad está aquí”. Lo mismo podría decirse 65 años después. 'Aquí' es Logroño, pero también todas las ciudades del interior que han perdido capacidad de influencia, población y relato, el mejor resumen de una tendencia global en la que cada vez más territorios se sentirán de segunda, anhelando tal vez un bienestar perdido, lo que pondrá en marcha movimientos de resistencia y rebelión frente a los acaparadores beneficiarios del efecto Mateo. Una vez más, Guilluy y los chalecos amarillos, los perdedores frente a los ganadores de la globalización.

"Es un castillo de naipes: la gente salía porque había industria, vino, bancos"

Desde las ventanillas del coche de Andrés, se ven por igual símbolos de estatus y signos de alarma, el pasado y el futuro, lo que uno desea ser y en lo que uno puede convertirse. El fantasma de las navidades pasadas y futuras. Entre los primeros, se encuentra el edificio de la UNIR, que significativamente fue en su día Fernández Mueblistas, “una tienda expositor de muebles, uno de esos edificios donde subías a ver las exposiciones de muebles como Ikea”. Hoy, la UNIR es uno de los principales contratadores privados de la comunidad, aunque el principal es, claro está, el sector público. Entre los signos de alarma, infraviviendas y barrios que se caen a trozos, una decadencia a espaldas del centro urbano que muestra que la crisis no está tan lejos.

“Es como un castillo de naipes”, recuerda antes de marcharnos. “La gente vivía bien porque había mucha industria y el vino proporcionaba poder adquisitivo a la gente que vivía en los pueblos, y esa gente podía venir a la ciudad a gastarse su dinero los fines de semana o a estudiar”. Una de las anécdotas más recordadas es que algunos de los primeros estudiantes de la Universidad de La Rioja que llegaban a la ciudad en los noventa no necesitaban quedarse en residencias, porque “sus padres tenían dos o tres pisos vacíos en la capital que habían comprado a tocateja con el dinero del vino”. Mientras conduce, a Andrés no se le quita de la cabeza que el modelo no funciona.

placeholder Andrés Cabello, frente a los locales cerrados en el último año. (Héctor G. Barnés)
Andrés Cabello, frente a los locales cerrados en el último año. (Héctor G. Barnés)

“Lo que no se ven son las señales del desastre, y es lo mismo que le ha pasado a España. Hemos tenido la posibilidad de cambiar el modelo, y no lo hemos hecho. Estamos guapos, eso sí, yo también prefiero estar guapo a estar feo. Pero mira todo esto, poco a poco se ven señales que estamos infravalorando. Hay que tenerlas en cuenta: si tienes una desindustrialización tardía, un sector primario con el que ya no puedes contar, con síntomas de concentración en muy pocas manos y sin remplazo en el agricultor, y la pandemia te ha mostrado que tampoco puedes depender únicamente del turismo y el sector servicios, ¿qué camino tomas?”.

En el horizonte más oscuro, ejemplos como Asturias y su muerte dulce, con una de las pirámides demográficas más envejecidas de toda Europa. Aún queda mucho para eso, pero Andrés no lo ve claro. “Puede elegirse la vía simbólica, cortoplacista, bienintencionada y autocomplaciente, con una foto que transmite una imagen positiva pero vacía”, recuerda aludiendo a los ingenuos discursos voluntariosos sobre la repoblación rural. “O puede optarse por el camino complejo y difícil, por tomar decisiones que son estructurales y generales, por apostar por un equilibrio más general”.

El último tren sale a las 15:10, imposible ir y volver en el mismo día

Llegamos a la estación de tren, frente a la cual se alza otro símbolo de estatus, una estación de autobuses que no abrirá hasta 2022, tras años de disputa. Será un acontecimiento, pero no muy asombroso. Está a punto de salir el último tren a Madrid a las tres y 10 de la tarde, como el de Yuma, una hora poco propicia para los viajes de negocios de un día. La pérdida de categoría que sugiere Andrés se puede identificar en el empeoramiento de la movilidad y las conexiones, en la dificultad para acceder a toda una capital de comunidad autónoma. “A lo mejor duermo un poco en el tren”, me despido. “No lo creo: es un tren regional. Que te sea leve”.

Me marcho con la incógnita de si la sirena de Espolón volverá a sonar mañana, o pasado, o algún día, o si ni siquiera le importa a nadie. Es anecdótico, me han dicho. Pero es una anécdota interesante para los forasteros. Como le ocurre a la clase media, el mayor acontecimiento puede ser perder su estatus, dejar de estar guapos, perder la partida. Que la única novedad sea que las sirenas dejen de sonar.

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