Social: En Francia, el mundo cultural, mediático y económico es ya el de los hijos e hijas de
ENTREVISTA CON CHRISTOPHE GUILLIY

"En Francia, el mundo cultural, mediático y económico es ya el de los 'hijos e hijas de'"

El geógrafo galo generó un gran debate en su país con su libro 'La Francia periférica'. Sus tesis ahondan en esa brecha de clase entre las grandes urbes y el mundo rural

Foto: Christophe Guilluy. (Philippe Matsas/Flammarion)
Christophe Guilluy. (Philippe Matsas/Flammarion)

Christophe Guilluy es un geógrafo francés, que proviene de la izquierda y cuyas obras 'La France périphérique' y 'Le crépuscule de la France d'en haut', generaron un notable debate en su país, y más aún después de que sus tesis fueran también recogidas por la derecha más cercana a Le Pen. Pero más allá de su utilización electoral, los libros de Guilluy son relevantes porque reflejan gran parte de los cambios sociales que están aconteciendo en Occidente.

En esencia, señala cómo se ha creado una nueva burguesía que “copa la parte alta de la escala salarial, los principales puestos en el CAC40 (nuestro Ibex 35), fabrica lo esencial del discurso ideológico y político dominante y promociona la uberización de la sociedad”, y cuyos rasgos son sustancialmente distintos de los del pasado. “Ayer la burguesía significaba gregarismo social, rechazo del otro y negación del progreso. Hoy las clases superiores no se encierran en el gueto, son abiertas y consideran que la mezcla social y cultural es necesaria. Y practican el discurso único de la globalización y de la metropolización feliz”.

Por otra parte, está el resto de la sociedad, desde las clases obreras a las medias empobrecidas, esas en las que sitúa a los trabajadores, los agricultores, los parados, los pequeños empresarios en declive y el mundo rural. Esa brecha, asegura, define nuestro tiempo e irá a más en el futuro.

PREGUNTA. ¿Cómo se define la Francia periférica? ¿El problema que revela esa definición es global? ¿Hay, entonces, una España periférica?

RESPUESTA. La Francia periférica es la de las ciudades pequeñas, la de las ciudades intermedias desindustrializadas y la de las áreas rurales. En resumen, se trata de los territorios más alejados de de las áreas más dinámicas, es decir, de las metrópolis mundializadas.

Hay un nuevo conflicto de clases entre los 'bobos' y la gente común, es decir, entre esta nueva burguesía y la vieja clase media

Es un modelo global, consecuencia de la adaptación de los países desarrollados a las normas de la economía mundial. Hoy, el empleo y la riqueza se concentran en las principales ciudades. Por el contrario, estamos siendo testigos de una desertificación del empleo en la Francia periférica, donde viven la mayoría de las categorías modestas que ayer eran la base de la clase media: los trabajadores, los empleados, los campesinos, los pequeños empresarios. Esta dinámica aparece en todo Occidente. La España periférica (pero también a escala regional, Cataluña periférica) es una realidad. También la América periférica o la Inglaterra periférica. Son estos territorios los que han llevado a Trump a la Casa Blanca y al Brexit en Gran Bretaña.

P. La sociedad está dividida en dos, afirma. Por una parte están los burgueses bohemios, los 'bobos' (directivos, grandes emprendedores, ingenieros, creadores de moda, chefs, analistas simbólicos) y por otra el resto de la sociedad. ¿Hay una pelea entre los nuevos ricos y la gente común?

R. Estamos viviendo una concentración de las categorías más altas de las clases sociales en las grandes metrópolis, como París, Nueva York, Milán o Barcelona, que se han convertido en la nueva burguesía del siglo XXI. Los 'bobos' en realidad representan el rostro de esta nueva burguesía, una burguesía 'cool' y abierta al mundo y a la diversidad y que no ha cesado de fortalecer su poder económico y cultural. Esta geografía dibuja las líneas de un nuevo conflicto de clases entre los 'bobos' y la gente común, o más precisamente, entre esta nueva burguesía y la vieja clase media.

Al abandonar lo social y la nación, la izquierda y la derecha están al mismo tiempo abandonando el bien común, el colectivo

P. ¿Cuál es el futuro de la clase media en un entorno global? ¿Cuáles son las consecuencias políticas de su desaparición?

R. Estamos siendo testigos de la desaparición de la clase media occidental. Afecta a todos los países: desaparece la clase media estadounidense, la británica, la francesa, la española e incluso la alemana. Es un choque cultural fundamental que está dinamitando la democracia occidental y a todos los viejos partidos políticos.

P. Afirma que el principal efecto principal de que la clase media esté desapareciendo es que pone fuera de juego a los viejos partidos. ¿No quedará nada de la derecha ni la izquierda tradicionales si una abandona la nación y la otra lo social?

R. Así es. Pero debe señalarse que al abandonar lo social y la nación, la izquierda y la derecha están al mismo tiempo abandonando el bien común, el colectivo. Al abandonar la clase media como referente cultural mayoritario, la clase dominante abandona a la sociedad misma.

P. ¿En qué consiste lo que llama “la dominación social de la nueva burguesía”? ¿Es la expresión de una ideología global?

R. Detrás del discurso 'cool' de la sociedad abierta, la clase dominante oculta efectivamente una ideología dura: la del mercado, el libre comercio y la división internacional del trabajo. Se ha impuesto a escala mundial y tiende a borrar las especificidades nacionales.

La izquierda es prisionera de los burgueses bohemios de las grandes ciudades

P. ¿La sociedad abierta de las metrópolis va a ser también la que tenga posibilidad de reproducir sus condiciones de vida? ¿Los ricos del mañana serán los hijos de los ricos de hoy? ¿Sólo vivirán bien en el futuro quienes ya viven bien hoy?

R. Sí, y eso está ocurriendo ya. Las metrópolis se han convertido en las nuevas ciudadelas. Son socialmente cada vez más homogéneas y refuerzan mecánicamente la reproducción social. En París, el mundo cultural, económico y mediático ya es el de los "hijos e hijas de".

P. Es fácil ser multicultural en un barrio cuyos habitantes tienen unos ingresos de diez mil euros al mes, pero parece más complicado en los barrios pobres, ¿no?

R. En las sociedades occidentales que se han vuelto multiculturales, la cuestión de la relación con el otro es fundamental. Pero la pregunta no opone a racistas con no racistas, o a fascistas con antifascistas. La gran separación la imponen aquellos que tienen los medios para construir una frontera invisible, es decir, los que tienen los recursos para elegir su lugar de residencia o el colegio de sus hijos. Hoy, solo las clases altas pueden elegir y controlar esa frontera. Este no es el caso de las clases populares. Por eso son estas personas las que piden al Estado o a los candidatos populistas que establezcan fronteras y den así una respuesta a lo que llamo inseguridad cultural.

P. Del voto del pueblo británico en el Brexit se dijo que fue la victoria de la gente iletrada sobre la educada, de los viejos sobre los jóvenes, del pasado sobre el futuro. ¿Esa perspectiva revela un desprecio de clase?

R. Sí, el análisis por nivel educativo revela un desprecio de clase, un desprecio que se expresa singularmente en esos círculos izquierdistas que desde la década de 1980 abandonaron al pueblo.

El antifascismo es un arma utilizada por las clases altas. Permite invalidar cualquier desafío al modelo dominante

P. Utiliza con frecuencia la expresión “izquierda hashtag”. ¿A qué se refiere?

R. Me refiero a las posturas revolucionarias de la izquierda de las grandes ciudades. Tal y como ha demostrado el movimiento 'Nuit Debout', esa izquierda está ya desconectada de las preocupaciones de las clases bajas. En 2000 predije que si la izquierda ganaba las elecciones en París, perdería a la gente. Esto es lo que sucede hoy, la izquierda es prisionera de su electorado 'bobo' de las grandes ciudades. Murió por su confinamiento en esas nuevas ciudadelas burguesas en que se convirtieron las metrópolis.

P. Ha mencionado con frecuencia el antifascismo como un fantasma utilizado por las élites globalizadas para desactivar cualquier crítica a los efectos de la globalización. Si alguien se sitúa contra ella, es ya un fascista o un racista. Afirma que el antifascismo contemporáneo es, ante todo, un arma de la élite.

R. Sí, el antifascismo se ha convertido en un arma de clase utilizada por las clases altas. Permite distanciar a las clases populares en nombre del bien e invalidar cualquier desafío al modelo dominante.

P. Es muy común que a los intelectuales que se oponen a esta nueva burguesía se les acuse de hacer el juego a los enemigos de la democracia. ¿Ha sido acusado de ser de extrema derecha por mantener las tesis que defiende? ¿Qué respondería a quienes le señalan?

R. Ese antifascismo que sirve para distanciar a las clases populares se complementa con la conversión en fascistas de todos los intelectuales que hacen visible la realidad popular. Esta técnica es utilizada por un mundo mediático y académico que ya ni escucha ni lee. Las personalidades que venimos de la izquierda (como Jean-Claude Michéa o yo mismo) somos sus objetivos privilegiados. Afortunadamente, este discurso no tiene ningún arraigo entre los representantes electos. Trabajo con muchos cargos públicos de la izquierda.

Le Pen no, pero un candidato populista, que ciertamente no vendrá de la extrema derecha, sí puede ser elegido

P. ¿Lo que hemos visto en Francia es el futuro de la política europea? Hay dos líderes diferentes, Macron y Le Pen, con partidos que no son los tradicionales; el primero defiende la globalización y la segunda se opone por completo a esa visión del mundo. ¿Serán estas dos opciones las que dibujarán el mapa electoral europeo?

R. Sí, las nuevas divisiones sociales y geográficas están causando una explosión en el sistema político tradicional y han dinamitado la división izquierda-derecha. Macron o Trump pertenecen a este nuevo modelo político nacido con la globalización.

P. ¿Cree posible que Le Pen sea presidenta en unos años?

R. Le Pen, no, pero un candidato populista, que ciertamente no vendrá de la extrema derecha, puede ser elegido. No olvidemos que la Francia periférica y, en términos más generales, la de las clases populares, es mayoría.

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